Una nota sobre el pensamiento económico durante la Edad Media europea

Por. Dr. Rafael E. Solórzano

Individuo de Número de la Academia de Mérida, Sillón 11.


Resumen

En el presente ensayo se le pasa revista a las principales líneas de pensamiento económico que prevalecieron durante la Edad Media en Europa (476 d.C – 1492). Durante ese período, la Iglesia católica, ya impuesta por Roma como religión oficial, ejerció poderes casi absolutos sobre vidas, acciones y pensamientos de las personas, haciendo que las ideas predominantes sobre los asuntos económicos, estuvieran profundamente influidas por los dogmas religiosos. La ética se impuso sobre las realidades económicas. El resultado, según muchos, fue un milenio de atraso intelectual y científico y de obstáculos al surgimiento de la modernidad y del sistema capitalista en el cual se produjo muy poco progreso del pensamiento económico. El feudalismo fue la forma de organización socio-política y económica dominante, la cual sirvió a la vez como mecanismo de poder político y militar y como sistema de explotación económica.

Palabras clave:   Iglesia católica, Escolástica, feudalismo, precio justo, usura

Abstract

This paper reviews the main lines of economic thought prevailing during the European Middle Age (476 bC – 1492) a historic period when the catholic church and Rome imposed Catholicism as the official religion and when they exerted absolute power on lives and thoughts. That was also a period when the religious dogmas deeply determined the economic ideas. As a result, the Middle Age was a millenium of intellectual backwardness and of scarce progress in the economic thinking. Feudalism was the dominant form of social, political and economic organization and it acted as a mechanism and a system of economic exploitation.

Key words:  Catholic church, Scholasticism, Feudalism, fair price, usury.

 

Tradicionalmente los historiadores han designado como Edad Media al período representado por el milenio comprendido entre el fin del Imperio Romano de Occidente en el año 476 d.C. y el año de 1492, durante el cual se produjeron el descubrimiento de América por parte de Colón y la definitiva expulsión de los árabes de la península ibérica, luego de ocho siglos de presencia dominante [1]. Este período histórico a su vez, suele ser fragmentado en dos grandes subperíodos, la Alta Edad Media (desde el siglo V al X, d.C.), y la Baja Edad Media (siglos XI al XV d.C.).

Durante esos mil años cruciales para el desenvolvimiento de la especie humana, se produjeron profundas transformaciones históricas, políticas y sociales en el mundo conocido de entonces, que determinaron de manera decisiva el curso de los acontecimientos históricos posteriores. El derrumbe del Imperio Romano representó, por un lado, el fin de la religión pagana, y a la vez un primer final de la civilización clásica grecorromana. Todo ello exacerbado tanto por el paulatino proceso de germanización que ya en el siglo V d.C. se comenzaba a observar en los predios centroeuropeos del Imperio Romano, como por el avance arrollador del cristianismo como fuerza religiosa predominante en el continente, luego de la adopción del mismo como religión oficial del Imperio, por parte de Constantino mediante el Edicto de Milán en el año 313.

El análisis de los temas económicos, tal como se realiza hoy en día, era prácticamente inexistente durante la Antigüedad.  En la Grecia clásica la filosofía se encargaba de esos temas, aunque sólo en tanto asuntos subalternos de y relacionados con los problemas políticos y éticos; mientras que en la Roma imperial, fue sólo a través de las normas del Derecho Romano como ciertos temas económicos cotidianos, tales como el de los derechos de propiedad privada, su naturaleza y sus alcances, pudieron ser abordados. Hasta bien entrada la Edad Media, en cierta forma esto continuó siendo válido. Es por ello que algunos historiadores de las doctrinas económicas han llegado a sostener que la prehistoria de la economía como disciplina científica comenzó realmente en el siglo XIII, con los análisis pioneros del mercado, de los precios y del valor, realizados por los autores Escolásticos del medievo y los cuales parecen haber sido importantes influjos sobre el pensamiento de Adam Smith y otros economistas clásicos del siglo XVIII (Mark Blaug, 1996), muy anteriores a las conocidas influencias mercantilistas y fisiocráticas, que habitualmente suelen asociarse a esos pensadores.

A lo largo de los mil años de duración de la Edad Media, se pueden distinguir tres etapas de desarrollo del pensamiento económico (Fanfani, 1942, 1948, Berni, 1968). La primera corresponde a los  siglos iniciales del Cristianismo, en los albores de la Alta Edad Media, durante los cuales el ideario económico se encuentra en cierta forma diseminado en los textos evangélicos, entre otros, en los cuatro Evangelios, en las Actas de los Apóstoles y en las Epístolas de San Pablo. La segunda etapa se refiere al segmento final de la Alta Edad Media, durante las centurias inmediatamente anteriores al siglo X, en las cuales, el pensamiento cristiano alcanzó su plenitud a través del movimiento de la Patrística, así llamado por haber sido desarrollado por los grandes Padres de la Iglesia, entre ellos San Juan Crisóstomo, San Clemente Alejandrino y San Agustín. Finalmente, a partir del siglo XI, una última etapa mucho más elaborada que las anteriores, correspondiente al movimiento de la Escolástica, cuyas figuras más destacadas estuvieron, sin duda alguna, representadas por Santo Tomás de Aquino y Nicolás de Oresme. El pensamiento escolástico surgió en las universidades medievales, conformadas por juristas, teólogos, filósofos, todos pertenecientes al clero y como tales, preocupados más que por explicar cómo funciona la economía, por suministrar normas de comportamiento a los agentes económicos que sean ajustadas a las normas de conducta ética postuladas por la Iglesia.

 El pensamiento económico evangélico

Los aspectos económicos y sociales del mensaje evangélico predicado por Jesús y sus discípulos se encuentran dispersos en los primeros textos cristianos, los cuales tienen una presencia y una naturaleza predominantemente religiosas. Uno de los aspectos más importantes en los escritos de los primeros Evangelistas, a partir del cual se pueden extraer conclusiones acerca de cómo en ese entonces se concebía la economía y su funcionamiento, es la aceptación de la idea de la persona humana como creatura divina y consecuentemente, de la existencia de un destino sobrenatural para el ser humano, así como del carácter filial del Hombre frente a Dios. Concepción desde la cual no resulta difícil derivar los principios de la igualdad de los hombres, la dignificación del trabajo humano y el rechazo a cualquier forma de esclavitud entre ellos. La única servidumbre permitida en estos escritos, es la servidumbre de la virtud y de la conducta moral, como comportamientos a practicar para la búsqueda de la salvación eterna (Berni, 1968; Fanfani, 1942, 1958). En tal sentido, todas las actividades del ser humano, deben estar subordinadas a la práctica de una vida virtuosa y éticamente ajustada a los textos sagrados.

Así por ejemplo, con relación a la riqueza, dado que inicialmente el pensamiento cristiano primitivo concebía al Reino de Dios como una situación muy próxima,  y consideraba a la práctica de la virtud como el camino más expeditivo para alcanzar dicho estado ideal de cosas; para los primeros cristianos, la posesión de bienes materiales y la acumulación de riqueza, lejos de ser considerada como un objetivo existencial, podía más bien constituir un obstáculo para alcanzar dicho reino (“Bienaventurados los pobres en Espíritu, ya que de ellos será el Reino de los Cielos”,  Mateo, 5.1-12). De allí que no hubiese preocupación por explicar los temas y problemas económicos relacionados con la producción, adquisición y acumulación de bienes y riqueza. El pensamiento económico en tal respecto, se basaba en dos premisas muy elementales: Primero, que el objetivo fundamental de la vida de un ser humano es la salvación de su alma, frente a lo cual, las preocupaciones por los asuntos económicos terrenales pierden cualquier importancia que pudiesen tener. Segundo, que los asuntos económicos representan apenas un componente menor de la conducta humana, y por tanto los mismos deben simplemente subordinarse a los principios de la ética y aplicar sobre ellos las normas de la buena conducta moral.  De tal manera que actividades típicamente económicas como el intercambio comercial y las finanzas, con respecto de las cuales existe el señalamiento muy generalizado en los historiadores económicos, de que la doctrina oficial de la Iglesia medieval mantuvo una actitud condenatoria de las mismas, podían ser aceptadas y toleradas, en la medida en que pudiesen ser justificadas desde un punto de vista ético.

Esta última posibilidad se hizo más evidente a medida que transcurría la Alta Edad Media, cuando se comenzó a aceptar la idea de que el Reino de Dios podía estar más lejano de lo que imaginaban los primeros cristianos, lo cual condujo a flexibilizar la concepción dominante con relación a la posesión de bienes: Ahora, en este nuevo enfoque, la máxima preocupación debía ser el buen uso que pudiera darse a los mismos (conducta virtuosa y práctica de la caridad para con los semejantes) y el apego de ese uso a las normas morales de convivencia establecidas en los textos sagrados. Esta tolerancia interpretativa permitió que el pensamiento económico medieval pudiese aportar algunas importantes contribuciones teóricas, como por ejemplo la que tiene que ver con la formulación de una incipiente teoría subjetiva del valor por parte de San Agustín, en el siglo V, basada en la identificación y comparación de necesidades individuales por parte de las personas (Ekelund y Hebert, 1992).

Los Padres de la Iglesia se plantearon dos cuestiones claves con respecto a la riqueza material:  Por un lado, la ética de la adquisición de los bienes materiales, según la cual,  la adquisición y acumulación de bienes y riqueza no es condenable per se, siendo sólo permisible si se logra a través de medios lícitos y honrados, y muy particularmente, a través del trabajo, el cual es considerado no solo como un castigo o penitencia (“Ganarás el pan con el sudor de tu frente”), sino como la fuente más digna de adquisición de bienes para garantizar la supervivencia. En segundo lugar, lo relacionado con el uso que se puede dar a la riqueza lícitamente obtenida. Los bienes que constituyen la riqueza, son, al igual que todas las cosas que el hombre tiene a su disposición, algo creado por Dios; no son malos en sí mismos. Es precisamente el uso que los hombres dan a esa riqueza lo que les confiere el carácter de bien o mal.

El contexto histórico y social:  El feudalismo

Durante este período histórico se produjo la transición desde la Antigüedad y el Imperio Romano hacia la Edad Media propiamente dicha, lo cual tuvo lugar en dos fases sucesivas. En la primera, ocurre la llamada germanización del imperio, como resultado del conjunto de las diversas interinfluencias culturales que desde varios siglos antes venían ocurriendo entre los romanos y los pueblos germanos ubicados más allá del Rhin, debido al aislamiento sufrido por Europa a raíz de la ocupación musulmana de las riberas del Mediterráneo. Una consecuencia importante y digna de mención de este proceso fue el hecho de que los pueblos germánicos terminaron asumiendo como propia la religión predominante en Roma, el Cristianismo, con lo cual esta doctrina se expandió hacia el norte, constituyéndose en, prácticamente, la religión de casi toda la Europa de entonces. Mientras que en la segunda fase, se consolida la ocupación de la cuenca del Mediterráneo por parte de los musulmanes, luego de su exitosa invasión del sur de la península ibérica ocurrida en el año 711 y del sitio de Constantinopla ocho años más tarde. La ocupación y control árabe del mar Mediterráneo, trajo como consecuencia el aislamiento de Europa de su comunicación e intercambio comercial con los países del cercano oriente ribereños del Mediterráneo y, por  tanto,  la necesidad  de su  expansión  hacia el  norte, precisamente, una de las más importantes razones explicativas de su paulatino proceso de germanización [2].

La forma de organización social y económica predominante durante la Edad Media fue el Feudalismo. El Feudalismo puede ser interpretado de diversas maneras. Una interpretación muy difundida lo define como el conjunto de instituciones medievales por medio de las cuales se crearon y regularon las relaciones de producción y dependencia, y las de obediencia y servicio entre dos tipos de hombres libres, uno llamado Señor, generalmente un miembro de la nobleza, propietario de la tierra, y otro denominado Vasallo, para el establecimiento de obligaciones de protección y sostenimiento del “vasallo” por parte del “Señor”, dentro de los límites territoriales de un predio agrícola denominado Feudo, y para la imposición de obligaciones de servidumbre, dependencia y lealtad hacia el Señor por parte del vasallo. Todo ello establecido en base a una especie de contrato social, lo cual representa un instrumento de vinculación totalmente distinto, a la relación esclavista que para propósitos similares regía en el Imperio Romano y en la antigua Grecia.

El origen de esta forma de organización de las relaciones sociales y de producción se remonta a los años finales del Imperio Romano, período en el cual la actividad económica predominante y casi única era la agricultura, y durante el cual reinó la anarquía en Europa Occidental a raíz de la desintegración de la autoridad y del poder administrativo de Roma, dando lugar a la destrucción de la clase media y al surgimiento de una pirámide social con una cúspide representada por una aristocracia territorial y una base muy amplia constituida por una inmensa masa de hombres libres, sin propiedad territorial y ávidos de la protección y de la seguridad económica que ofrecía el Señor feudal  (Barnes, 1955, p.115).  A cambio de la protección suministrada por éste dentro del territorio de su propiedad, generalmente basada en los propios ejércitos personales del Señor feudal, los vasallos se comprometían a ofrecerle su lealtad personal y la entrega de los excedentes de producción de una actividad agrícola muy rudimentaria, muy ineficiente y casi de subsistencia. Dentro de los límites del feudo, que generalmente era una extensión territorial relativamente pequeña con una o varias comunidades agrarias o aldeas llamadas “manor”, el Señor feudal ejercía en forma absoluta las funciones de gobierno, las cuales podían ir desde el dictado de leyes, la administración de justicia, el establecimiento y recaudación de impuestos de diversa índole y la recolección de los excedentes productivos, hasta el reclutamiento militar obligatorio para nutrir los ejércitos personales del Señor. Tal como lo ha afirmado Barnes (1955), los señores feudales en tal carácter solo estaban subordinados a sus reyes; sin embargo, esta subordinación operaba dentro de los principios del localismo y de la inmunidad, dado que los reyes no eran lo suficientemente poderosos como para imponer y afirmar su autoridad sobre los diferentes feudos existentes en sus dominios. De esta manera, en ausencia de un Estado fuerte como el que conocemos hoy día, el Feudalismo constituyó a la vez un mecanismo de poder político y militar y un sistema de explotación económica por parte de una clase, los nobles propietarios de predios territoriales, sobre el resto de la población, que fue capaz de llenar, así, el vacío que en ese período histórico representó la inexistencia del Estado.

Dentro del predio territorial de un Señor feudal, el manor constituía la unidad administrativa por excelencia, ya que era a la vez el centro local de policía y de administración de justicia, funciones a través de las cuales se expresaba y ejercía la actividad y la autoridad gubernamental del Señor. Era igualmente una unidad religiosa en la cual hasta el párroco era designado por el Señor feudal y, por tanto, se le exigía predicar a favor de sus intereses. Y además, era una unidad de producción, fundamentalmente agraria y autosuficiente y con escaso, o ningún contacto, con el resto de los manors del feudo (Pirenne, 1936). Dentro del manor, generalmente convivían tres clases sociales perfectamente diferenciadas, constituyendo una rígida estructura social: Los villanos, o arrendatarios por costumbre, los campesinos o arrendatarios libres, y los empleados o sirvientes del Señor.

El Feudalismo como forma de organización social prevaleció hasta bien entrado el siglo XVIII, sin embargo, su máximo esplendor se alcanzó en la Alta Edad Media y en los territorios de lo que actualmente constituyen Francia, Alemania y el Reino Unido. Su decadencia comenzó a producirse a partir del siglo XV, con el surgimiento de los burgos y las ciudades a lo largo de la geografía europea,  así como de la nueva clase social de los pobladores de las ciudades, la burguesía, y con la aparición y desarrollo del comercio interurbano como actividad económica generadora de riqueza y en capacidad de competir con las actividades agrarias, primitivas, rudimentarias e ineficientes, propias del régimen feudal, así como también con el paulatino surgimiento de cambios tecnológicos, primero en la agricultura y posteriormente en la manufactura, que permitían sustituir la fuerza de tracción humana o animal, por tracción mecánica, hidráulica y eólica, lo cual representaba un sistema de producción mucho más eficiente que el sistema feudal  (Landreth y Colander, 2006).

De esta manera, para el momento en que se produce la primera Revolución Industrial en Inglaterra, en la segunda mitad del siglo XVIII, este proceso de progresivo cambio tecnológico se encontraba relativamente avanzado y, además, ya habían comenzado a constituirse los primeros estados modernos y a consolidarse las ciudades como centros fundamentales de la actividad económica y comercial y, por tanto, la estructura feudal de la producción europea, teniendo muy poco que ofrecer, se encontraba en francas vías de desaparición.

El papel de la Iglesia Católica en la vida económica del Medievo

Durante la Alta Edad Media, Europa fue una región circunscrita de modo casi exclusivo al territorio comprendido entre el Rhin y el  Mar del Norte, por un lado, y el Mar Mediterráneo y el Océano Atlántico, por el otro; una región, además, despoblada, de casi nulo crecimiento demográfico y rodeada de enemigos por todas partes -los musulmanes en el sur y los germanos en el Norte-. En consecuencia, una región totalmente aislada de su mundo circundante. Esta situación de reclusión europea resulta particularmente notable cuando se le compara con los inmensos límites territoriales y las aperturas geográficas y al comercio internacional que el Imperio Romano llegó a alcanzar y a desarrollar, antes de la Edad Media, en su época de mayor expansión y esplendor. Por otra parte, este encierro en que cayó Europa con posterioridad al derrumbe de Roma, fue mucho más que un aislamiento comercial, ya que significó una práctica imposibilidad de intercambio e interacción cultural, científica y tecnológica, con la región del mundo que durante ese período histórico representaba uno de los mayores reservorios de civilización y desarrollo científico, el mundo musulmán. Sólo así, en semejante escenario de aislamiento,  es posible entender cómo Europa durante la Edad Media, redujo su vida económica a unas cuantas actividades agrarias de subsistencia, sumamente atomizadas, primitivas e ineficientes, mientras que en lo cultural y en lo científico terminó hundiéndose en el tremedal de lo que la mayoría de los historiadores han designado como la etapa del oscurantismo, es decir, un largo período histórico en el cual los dogmas religiosos de la Iglesia Católica no permitían el desarrollo de teorías y explicaciones de los hechos del mundo real que pudiesen entrar en contradicción o en conflicto con los preceptos bíblicos y en el cual los sacerdotes y clérigos de esa Iglesia ejercían en forma absoluta el monopolio del conocimiento y del saber, impidiendo férreamente el ejercicio de la libre expresión del pensamiento.

En semejante contexto histórico, la Iglesia, ya constituida en religión de Estado, adquirió en toda Europa una gran presencia y poder, incluso más allá de lo estrictamente religioso. En su momento de mayor esplendor, durante la Edad Media, la Iglesia llegó a disponer de más de medio millón de clérigos, repartidos por toda la geografía europea, predicando los Evangelios y representando los intereses de la Iglesia, llegando a constituirse en el Estado internacional más grande del mundo occidental luego del derrumbe del Imperio Romano, siendo además una organización estatal totalmente centralizada, con un único jefe supremo ejerciendo una autoridad incuestionable a través de una estructura jerárquica vertical, con toda una pléyade de dignatarios y con un sistema tribunalicio y de prisiones muy completo y extendido geográficamente para enjuiciar y sancionar cualquier acción considerada delictiva. “…Una organización que imponía a sus miembros una obediencia absoluta y que, además, poseía una lengua oficial única –el latín- la cual empleaba como elemento cohesionador para conducir sus negocios en todas partes, y que, además, amparaba jurídicamente sus acciones en las normas del Derecho Canónico, de vigencia universal en todo el continente. De esta manera, Europa Occidental se convirtió en una inmensa asociación religiosa que consideraba como traición cualquier rebelión contra ella o contra sus dogmas religiosos, delito que se castigaba hasta con la muerte” (Flick, 1909; Barnes, 1955).  Para mantener y financiar este inmenso poderío, y la logística organizacional que ello suponía, la Iglesia generaba suficientes recursos provenientes de una diversidad de fuentes (entre otras, donaciones territoriales, cobro de diezmos, cobro de derechos por servicios eclesiásticos diversos tales como matrimonios, bautizos, confirmaciones, venta de indulgencias, confiscación de las propiedades de los condenados por herejía, etc), las cuales eran tan abundantes y rendidoras que en muchos casos los ingresos de la Santa Sede podían llegar a ser superiores a la sumatoria de los ingresos de todos los soberanos de la Europa de entonces.

Tanto la vida económica como el pensamiento sobre los temas económicos durante el medievo, debían por tanto, forzosamente, responder y subordinarse al entorno sociopolítico dominante en el cual la Iglesia Católica ejercía un poder casi omnímodo sobre la totalidad de los asuntos cotidianos de la vida de las personas.  De manera que aunque la Iglesia siempre fue considerada como una institución religiosa, al servicio de la difusión de los Evangelios y demás textos sagrados y de la búsqueda de la salvación espiritual de sus afiliados, y por tanto, supuestamente por encima de los asuntos mundanos, la verdad histórica es que durante la Edad Media, esta institución fue el verdadero poder terrenal en Europa. La Iglesia tomó parte muy activa en todas las fases de la vida económica medieval europea, constituyéndose en el principal terrateniente en el continente ya que sus propiedades territoriales y labranzas no conocieron fronteras durante la Edad Media; sus monjes monopolizaban las actividades de cultivo, de manufactura y de comercio. De igual manera las incipientes operaciones bancarias y financieras presentes en la Europa medieval, eran mayoritariamente controladas por clérigos y dignatarios de la Iglesia, y sus obispos, arzobispos y la propia Santa Sede, lograron atesorar más dinero y riquezas materiales, que ninguna otra persona o institución, incluyendo los Estados. El poder económico de la Iglesia durante la Edad Media, no tuvo límites. Tampoco el poder político y militar, de lo cual el mejor testimonio lo representan, las numerosas guerras y campañas militares instigadas, promovidas o directamente realizadas por la Santa Sede en procura de expansión territorial, y de las cuales los más conocidos ejemplos fueron las diversas Cruzadas emprendidas hacia Tierra Santa durante los siglos XI y XIII bajo el directo auspicio de la Iglesia, a partir de las cuales se pretendía no sólo el control geopolítico de la cuenca del Mediterráneo, sino también el acceso a y la apropiación de las inmensas riquezas de los pueblos ribereños de dicha cuenca.

Principales líneas de pensamiento económico en la Edad Media

Dado que durante la Edad Media la religión llegó a ser el aspecto más importante en la vida cotidiana de las personas y que la Iglesia se constituyó en el poder terrenal supremo por excelencia en toda Europa, el pensamiento económico no pudo escapar a la poderosa influencia de la religión y de la Iglesia, presente en todos los órdenes de la vida social. Desde los años de los primeros cristianos y Padres de la Iglesia, hasta los de los Escolásticos, la Iglesia siempre realizó todos los esfuerzos concebibles para moralizar la vida económica y las ideas sobre los hechos económicos, llegando incluso a los extremos de la aplicación de las máximas penas para imponer sus principios y puntos de vista [3].  El testimonio más importante de este permanente esfuerzo de la Iglesia por imprimirle un carácter ético a los asuntos económicos, lo representan sus concepciones principistas sobre el “precio justo”, sobre el interés y sobre la usura, tres temas de capital importancia cuyos aportes escolásticos representan una importante base conceptual para las modernas teorías económicas del valor y de las finanzas.  Los fundamentos de la noción del precio justo se encuentran en los escritos aristotélicos sobre el intercambio comercial (Etica a Nicómaco, siglo IV a.C.) que fueron heredados y tomados por los escolásticos, así como también en el concepto de justicia prevaleciente en el pensamiento religioso medieval, también en cierta forma heredado de la cultura greco-romana. A diferencia de lo que la teoría económica moderna considera importante en materia de precios (los procesos de formación de los precios en los mercados, la determinación de los equilibrios entre oferta y demanda, la dinámica de esos equilibrios, el papel de los precios como mecanismo de asignación de recursos escasos, etc), la Escolástica medieval redujo el interés por esta variable, a la consideración del problema ético de la relación de los precios con la justicia. Se aceptaba que toda actividad económica debía estar enmarcada dentro de la noción de justicia y que esta podía asumir la forma de justicia conmutativa, en los procesos de intercambio de valores equivalentes, o la de justicia distributiva, en los casos de reparto de la renta entre personas según el mérito. El concepto de precio justo para los Escolásticos, adoptó muy diversas acepciones (precio de mercado y costo del factor trabajo o ‘salario justo’, entre otras); pero en todas ellas, la intención práctica era impedir que los intercambios de mercado diesen lugar a la generación de ganancias exageradas, tales como el lucro y la usura, consideradas pecaminosas por las tres más importantes religiones del mundo, el cristianismo, el judaísmo y el islamismo. En la mayoría de los casos el precio justo, o equitativo, era considerado equivalente al precio de mercado, aún cuando resulta difícil “…reconciliar la noción medieval del ‘precio justo’ con la noción de ‘precio de mercado’, porque el primero se defiende generalmente sobre una base normativa, mientras que el último se considera como un resultado objetivo de fuerzas impersonales” (Ekelund y Hebert, 1992, p. 31).  Para Santo Tomás de Aquino (Summa Theologiae, 1265), por ejemplo, si los agentes del mercado realizaban transacciones para satisfacer sus propias necesidades, no debería generarse ningún conflicto. Sin embargo, cuando las transacciones del mercado se realizaban con el propósito deliberado de obtener un beneficio (pecuniario), allí sí existía margen para que dichas transacciones entrasen en contradicción con lo que se consideraba una conducta correcta desde el punto de vista ético. En este último caso, la aplicación de un precio justo en la transacción de mercado y el hecho de que los beneficios a generarse en la misma se utilizasen para la caridad, para la propia subsistencia o para contribuir al bienestar colectivo, serían las maneras de mantener una conducta virtuosa y apegada a la ética. Es decir, mientras la ganancia producida por el intercambio de los bienes fuese una ganancia honrada, lo cual se asocia con la utilización de precios justos, no debería existir conflicto con la ética ni con el mantenimiento de una conducta virtuosa.

La doctrina del precio justo prevaleció durante casi toda la Baja  Edad Media e incluso hasta bien entrada la modernidad y su vigencia estuvo asociada con el desarrollo y uso de otras categorías económicas igualmente delimitadas en su naturaleza por la noción de justicia:  El salario justo, el beneficio comercial justo, etc. El concepto, sin embargo, entró en desuso y en paulatina decadencia, a medida que el feudalismo, como forma de organización social y modo de producción, fue cediendo terreno al surgimiento y proliferación de las ciudades, de los estados modernos y del comercio local e internacional, y en consecuencia, a medida que el intercambio comercial fue ganando en complejidad y sofisticación y, por tanto, los procesos de fijación de los precios en los mercados, requeridos para dar fluidez a ese intercambio comercial, comenzaron a reflejar esos niveles de complejidad en la valoración de las transacciones.

El pensamiento escolástico sobre la usura constituye un corolario de las nociones del interés y del precio justo. La posición de la Iglesia sobre el precio justo era tan general e imprecisa, que rara vez podía dar lugar a importantes efectos inhibidores del desarrollo de la economía. Al fin y al cabo, la posición sobre el precio justo admitió diversos tipos de flexibilizaciones interpretativas a medida que en la Baja Edad Media la economía se hacía más sofisticada, y el concepto mismo de precio justo llegó a ser en un momento histórico determinado, más que una obligación legal, un referencial ético para normar las transacciones y los intercambios comerciales.  En cambio, la doctrina eclesiástica sobre la usura sí podía generar serios conflictos entre la Iglesia y los agentes de la actividad económica y afectar de manera significativa la lenta evolución que el  intercambio comercial y los incipientes desarrollos financieros alcanzaron en la Edad Media.   La noción medieval de la usura, como categoría económica, debe ser analizada en conexión con la noción de interés y del dinero.

Los pensadores eclesiásticos del medievo consideraban al dinero como algo estéril en si mismo, ya que se pensaba que el dinero no creaba nada. Sólo se consideraba útil para facilitar el intercambio comercial sin las inconveniencias propias del trueque directo de mercancías por mercancías. El dinero, por tanto, nunca formó parte de las preocupaciones intelectuales de los tratadistas medievales. No fue sino hasta 1360, ya en la fase final de la Edad Media, cuando Nicolás de Oresme (De origine, natura, jure et mutationibus monetarum) postuló lo que podría considerarse como una teoría completa sobre el dinero, la moneda, su valor, su relación con el gobierno del Príncipe y la manera cómo su uso, no sólo como medio de cambio, sino también como  medida del valor de  todas las demás cosas, podía afectar el funcionamiento de las más importantes actividades de la economía [4].

Como consecuencia de ello, entonces, el cobro de dinero por el préstamo de dinero, es decir, el cobro de un interés, era considerado injustificado y por ende, condenado como algo éticamente reprobable e inmoral, bajo el entendido de que el interés, por provenir del uso de algo estéril, no está en capacidad de modificar la naturaleza de las cosas, como si lo haría el trabajo humano. Para los primeros autores medievales que tocaron este tema, el cobro de cualquier tipo de interés era considerado como usura. Si se compara al interés con el beneficio (ganancia), entonces, este último se puede aceptar y justificar debido a que se genera en el trabajo, que es una categoría económica que los padres de la Iglesia y los Escolásticos habían dignificado en alto grado, a diferencia de lo ocurrido en la cultura greco-romana en la cual el trabajo humano, especialmente el trabajo manual, era repudiado por los estratos sociales más elevados (la nobleza) y la esclavitud era una institución y una práctica éticamente justificada.  La posición inicial de la Iglesia con respecto a la usura fue mucho más intransigente que con relación al precio justo. En el siglo V, por ejemplo, el Papa León El Grande prohibió a los sacerdotes católicos actuar como usureros y estableció que los laicos que lo hiciesen serían considerados reos de lucro vergonzoso (turpe lucrum). Más tarde, en el año 850, los sacerdotes cristianos decidieron excomulgar a los usureros; y en el año 1179 se decidió negar a los usureros la posibilidad de una cristiana sepultura (Perloff, 2004, p. 579).

Sin embargo, con el avance de la Edad Media, a medida que el comercio se incrementaba y las transacciones monetarias se hacían más y más complejas, el tema de la usura se iba convirtiendo en una rémora para el desarrollo de las nuevas realidades económicas, a raíz de lo cual fue haciéndose necesario que la Iglesia revisase su posición frente al interés y la usura y adoptase una flexibilización de la misma. Los más importantes cambios en este respecto se produjeron en el siglo XV con la adopción por parte de la Iglesia de dos principios justificatorios del cobro de interés sobre préstamos: El daño emergente (damnum emergens) y el lucro cesante (lucrum cesans). Según el principio del daño emergente, se puede cobrar intereses sobre préstamos, de manera justificada y aceptada por la Iglesia, cuando exista una demora en el reembolso del capital prestado; en tal caso, las sumas pagadas de interés estarían justificadas en la necesidad de compensar al prestamista por las pérdidas ocasionadas a causa del retraso en el reintegro del capital. A su vez, el lucro cesante se produce cuando a consecuencia de la entrega al prestatario por parte del prestamista, de la suma prestada, éste último sacrifica la posibilidad de disponer y usar ese capital en algún otro uso rentable, debiendo compensársele, en tal caso, permitiéndole el cobro justificado de un determinado interés. Como puede verse, esto último no es más que lo que designamos actualmente como el costo de oportunidad, y el cual constituye un concepto clave de la moderna teoría microeconómica.

Un intento de evaluación del pensamiento económico de la Edad Media

Los mil años de duración que tuvo la Edad Media han sido objeto de múltiples evaluaciones por parte de los historiadores de la economía (Pirenne, 1936; Barnes, 1955; Berni, 1968; Landreth and Colander, 2002). En lo sustancial, la mayoría de ellos coincide en señalar que durante ese milenio la estructura económica de Europa heredada desde el Imperio romano, experimentó muy pocas transformaciones. Tanto la economía griega y la romana, anteriores al medievo, como la economía de la Edad Media, fueron estructuras económicas de subsistencia, pequeñas, tradicionales, autosuficientes, y aisladas; con escasos grados de capitalización, intensivas en el uso de la mano de obra y con muy reducidos niveles de innovaciones tecnológicas y de eficiencia productiva.  Durante ese milenio, los mercados de bienes y de recursos productivos, tampoco tuvieron oportunidades de desarrollarse, de crecer y de diversificarse. En consecuencia, la economía de mercado, tal cual la conocemos hoy en día, como un dinámico enmarañado de relaciones de intercambio entre diversos tipos de agentes económicos, en los sectores real y monetarios-financieros de las economías nacionales y entre residentes de diferentes estados nacionales, simplemente no existía.  Además fue un período histórico durante el cual, frente a la inexistencia de los Estados, una institución terrenal, la Iglesia Católica, haciendo uso de doctrinas y postulados religiosos de naturaleza extraterrenal, logró llenar el vacío institucional y ejercer el dominio casi absoluto y exclusivo del poder político y económico en la casi totalidad de la Europa de entonces, logrando imponer un modo de vida y un tipo particular de pensamiento sobre los asuntos mundanos de la vida de los seres humanos, incluyendo en ello, los temas de la economía. Ese pensamiento oficial de la Iglesia, vigente en sus aspectos básicos durante todo el milenio medieval, privilegió lo ético-religioso sobre lo mundano-económico. De allí que las doctrinas eclesiásticas sobre los asuntos económicos, se centraran fundamentalmente en los aspectos morales y religiosos más que en los propiamente económicos.

Esto ha permitido que algunos autores consideren que la Edad Media fue un período histórico de estancamiento intelectual y que con sus prácticas represivas a la libertad de pensamiento y su imposición de normas de conducta moral, representó un importante freno que retrasó el advenimiento de la modernidad y del capitalismo como sistema económico y como modo de producción. No fue sino hasta el surgimiento de la revolución protestante liderizada desde Alemania por el sacerdote católico agustino Martín Lutero y desde Francia por el teólogo Juan Calvino, y rápidamente difundida a los territorios del centro-norte europeo, a mediados del siglo XVI, que la Iglesia católica (ahora desligada de la autoridad papal de Roma como consecuencia de la ruptura ocasionada por el movimiento de la reforma protestante) comenzó a suministrar apoyo ideológico y doctrinal a las transformaciones que hicieron posible el surgimiento del capitalismo como sistema económico. La reforma protestante eliminó del pensamiento cristiano las doctrinas económicas que restringían tanto la adquisición como el uso de la riqueza, promovió el individualismo económico y el espíritu de ahorro, removió las prohibiciones escolásticas sobre el interés, y acabó con las limitaciones que la legislación eclesiástica medieval imponían al uso de la motivación de los incentivos y del provecho individual para la orientación de las conductas y de las decisiones de los agentes económicos. Y como si eso fuese poco, también decretó una masiva confiscación de las propiedades de la Iglesia en muchos países europeos, contribuyendo así a enriquecer tanto a los gobiernos laicos como a los particulares y a debilitar la omnipresencia política de la Iglesia en el continente. Así, la nueva moralidad surgida a partir de la Reforma y la revolución protestante permitió un cambio de actitud frente a los asuntos económicos –los negocios, el intercambio, las operaciones financieras, el trabajo manual- que facilitó el tránsito desde el feudalismo al capitalismo. Como lo ha sostenido Barnes (1955, p. 226), “…La revolución protestante removió por completo el estigma que pesaba sobre el enriquecimiento personal por el comercio, glorificó los negocios y los provechos monetarios y puso los fundamentos de nuestra casi deificación actual del hombre de negocios. El individualismo predominante y la mano poco fuerte de una Iglesia dividida aceleraron estos desenvolvimientos”.

No todo, sin embargo fue negativo. La Edad Media, pese a haber sido un período histórico de relativo anquilosamiento intelectual y científico, legó a la posteridad una concepción de dignificación del trabajo humano que resultó ser una influencia muy importante en la evolución del pensamiento anti-esclavista y a favor de la libertad individual. En lo económico, este aporte fue fuente de inspiración para los progresos intelectuales logrados por los economistas clásicos al inicio de los tiempos modernos, constituyendo uno de los principios más importantes utilizados por ellos para el desarrollo de las nuevas doctrinas económicas liberales. En lo político, fue sin duda una influencia muy determinante de las nuevas posturas sobre la libertad y la dignidad del ser humano, que estuvieron presentes de forma evidente en hechos históricos tan cruciales como la Revolución Francesa (1789) y los procesos de independencia de las colonias europeas en el Nuevo Mundo descubierto por Colón. Sólo con esta importante contribución, sin contar con las que de manera incipiente aportó el pensamiento medieval en temas como la teoría del valor trabajo, la teoría financiera del interés y la teoría del dinero, bastaría para endosarles a la Edad Media y al pensamiento económico de la iglesia católica vigente durante ese período histórico, un balance positivo en su influjo sobre la evolución de las ideas económicas.

Referencias: 

Barnes, Harry E. (1955). Historia de la Economía del Mundo Occidental. México. UTEHA.

Berni, Giorgio (1968). Evolución del Pensamiento Económico. México: Herrero Hnos., Sucesores, S.A. Editores.

Blaug, Mark (1985). Economic Theory in Retrospect. London: Cambridge University Press. (Traducción al castellano: Teoría económica en retrospección. Madrid: Ediciones Fondo de Cultura Económica España, S.A., 1985).

De Rouver, Raymond. “Scholastic Economics: Survival and Lasting Influence from the Sixteenth Century to Adam Smith”, Quarterly Journal of Economics, vol. 69, may 1955, pp. 161-190.

___________ (1958). “The Concept of the Just Price: Theory and Economic Policy”. Journal of Economic History, vol.18. pp. 418-434.

Ekelund, R.B., R.F.Herbert and R.D.Tollison. “An Economic Model of the Medieval Church: Usury as a Form of Rent Seeking”, Journal of Law, Economics and Organization, vol. 5, Fall 1989.

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Fanfani, Amintore (1942). Storia delle doctrine economiche: il volontarismo. Milán: Casa Editrice Giuseppe Principato.

__________ (1958). Catolicismo y protestantismo en la génesis del capitalismo. Madrid: Ediciones Rialp, S.A.

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Fellner, William (1960). Modern Economic Analysis. New York: McGraw-Hill.

Flick, A. C. (1909). The Rise of the Medieval Church. New York: Putnam.

Gray, Alexander (1980). The Development of Economic Doctrine. London: Longman. Second Edition.

Landreth, Harry and David C. Colander (2002).History of Economic Thought. Boston: Houghton Mifflin Company. (Traducción al castellano: Historia del Pensamiento Económico. Madrid: McGraw-Hill/Interamericana de España, S.A., 2006).

Perloff, Jeffrey M. (2004). Microeconomía. Tercera Edición. Madrid: Pearson Educación, S.A.

Pirenne, Henri (1936). Economic and Social History of Medieval Europe. London: Routledge.

Rima, I. H. (1967). Development of Economic Analysis. Homewood, Illinois: Richard D.Irwin, Inc.

Schumpeter, Joseph A. (1954). A History of Economic Analysis. New York: Oxford University Press. (Traducción al castellano: Historia del Análisis Economico, Barcelona: Ediciones Ariel, 1982).

Silva Herzog, Jesús (1963). Antología del pensamiento económico-social. México: Fondo de Cultura Económica.

Spiegel, Henry W. (editor, 1952). The Development of Economic Thought. New York: John Wiley and Sons, Inc.

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Stavenhagen, Gerhard (1959). Historia de las Teorías Económicas. Buenos Aires: Librería El Ateneo Editorial.

Sitios web consultados:

http://www.economia.unam.mx/amhe/histpens.html  (Consulta hecha el 12/4/2010).

http://www.econlink.com.ar/historiadelpensamientoeconomico (Consulta hecha el 12/4/2010)

http://historiacomercioamericano.blogspot.com/2007/10/historia-del-pensamiento-econmico-la.html  (Consulta hecha el 15/4/2010).

http://www.calimaweb.com/blog/media/blogs/a/tema_1_3_la_europa_medieval.pdf (Consulta hecha el 15/4/2010).

Notas:

[1] La división de la historia de la humanidad en grandes períodos (Antigüedad, Edad Media, Edad Moderna), constituye una arbitraria manera de visualizar y categorizar los eventos más importantes ocurridos desde que existen registros históricos; y obedece a la clasificación hecha por el historiador alemán Cristóbal Cellarius en un libro publicado en 1685, la cual, desde entonces, se convirtió en una manera universalmente aceptada de dividir los tiempos históricos. Se le ha criticado con frecuencia, sin embargo, que corresponde a una visión extremadamente eurocentrista de los hechos históricos, ya que un examen detallado de la historia de los restantes continentes, revelaría con facilidad que esta forma de segmentar los tiempos históricos sería inservible para explicar la evolución histórica de alguna de esas otras regiones del mundo.

[2] La decisión de recuperar para la cristiandad el control de Jerusalén y del resto de la Tierra Santa, a través de las sucesivas campañas y expediciones militares organizadas desde Francia y los estados del centro de Europa agrupados en el Sacro Imperio Romano Germánico, que tuvieron lugar entre los siglos XI y XIII, y las cuales se conocen universalmente como las Cruzadas, no solo obedeció a las razones de tipo religioso que habitualmente suelen esgrimirse en los textos de historia, sino fundamentalmente, a la necesidad de restablecer para Europa una comunicación comercial con el Oriente Medio, interrumpida desde la ocupación del Mediterráneo por parte de los árabes en el siglo VIII. 

[3] La institución de la Inquisición, establecida por vez primera en el año 1184, a través de Bula Papal de Lucio III, y difundida rápidamente en todos los dominios de la cristiandad europea, aunque inicialmente fue concebida como instrumento represivo para combatir sólo los actos de herejía; le permitió igualmente a la Iglesia enjuiciar y castigar no sólo los actos de sostenimiento de opiniones contrarias a los dogmas eclesiásticos ortodoxos preestablecidos, sino también a cualquier disidencia con el pensamiento oficial de la Santa Sede en materias incluso diferentes a lo estrictamente religioso. El ejemplo más conocido es el del físico y astrónomo Galileo Galilei quien el 9 de abril de 1633, como desenlace de un prolongado juicio por parte del Tribunal de la Santa Inquisición de Roma, fue obligado a abjurar de sus teorías heliocéntricas coperniconianas sobre el universo y el sistema solar, como única forma de poder lograr la conmutación de la pena de prisión perpetua por la de arresto domiciliario de por vida, debido a que  sus teorías entraban en conflicto con la doctrina oficial de la Iglesia según la cual, la tierra era el centro del universo.

 [4] Algunos autores han llegado a sostener que el antecedente más importante de las modernas teorías monetarias está representado precisamente  por las contribuciones de  este escolástico. “…Las consideraciones de Oresme –que anticipan los futuros desarrollos de las teorías monetarias- representan la primera tentativa clara de investigación económica autónoma, aparte de ser la aportación más técnica que ofrece el pensamiento económico de la Edad Media.” (Berni, 1968, p. 73).

Dr. Rafael E. Solórzano

Economista, Master of Arts in Economics, Doctor en Ciencias Económicas. Profesor Titular de la ULA y de LUZ.  Individuo de Número, Sillón Nº 11, de la Academia de Mérida; Miembro Correspondiente de la Academia de Ciencias Económicas del Estado Zulia.

 


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