Por: Jesús de Luzam

Emergí de un pequeño pueblo andino de montaña merideña, Mesa Bolívar, y El Vigía, era una aldea de éste; mientras que el valle del Mocotíes, con Tovar y Santa Cruz de Mora, el pueblo de mis ancestros, cobijaban, como ahora, mis sentidos espirituales y emocionales al abrigo de neblina y el aroma del café. Las primeras luces de la Tierra Llana las aprecié en 1967 y, El Vigía de ése entonces, hizo arder mi desencanto en contraposición a la serrana belleza cautivadora de la alta montaña de Los Andes; y todo cambio en la primera noche, en el horizonte refulgía intermitentemente el Relámpago del Catatumbo y quedé cautivado y, con ello, fui y he sido un vigiense que desempeño mi traza de vida en la ciudad de Mérida, la misma que me ha hecho suyo, renacido y feliz. Por ello, este manojo de palabras tituladas “Trazos y retazos de El Vigía y Sur del Lago”, es mi canto integral de agradecimiento. Ciudad de mi infancia y adolescencia, de dichas y pesares, cuyo gentilicio de ser vigiense lo llevo en espíritu, alma y corazón. No sabía cómo describir tantas emociones existenciales, pero lo hice como acto mayor de amor a su territorio urbano y natural, a los ciudadanos zulianos, andinos y los venidos de otras latitudes que han hecho de El Vigía y el Sur del Lago de Maracaibo, su espacio para la fragua de sus ideales y sueños construidos. Fueron años de vivencias y entrevistas muy sentidas, plasmadas en imágenes y emociones, las cuales han permitido que sea bendecido el haber conjugado tantas historias. He plasmado una amalgama de sentires correspondidos con mi verbo y una manera de escribir muy de Luzam, que no pretende mayor reconocimiento que el amor, el cual trasciende con este documento teñido de espiritual; amor por mi gente, que aún tengo en el centro de este corazón que les admira y hago eco de mis sentimientos vigíenses en cada página que estructuran “Trazos y retazos de El Vigía y Sur del Lago”.

Jesús de Luzam


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