SABÍA QUE ERA INMORTAL

O EL ARTE DE ENSEÑARNOS A ESCRIBIR UNA BUENA NOVELA, PASO A PASO

Por: Arturo Mora-Morales

Presidente de la Asociación de Escritores del Estado Mérida

El género de la novela, sigue siendo el cauce de mayor magnitud en el mundo de la literatura. La novela es para la cultura literaria, lo que el río es para el mar. Y la imagen se valida sin importar los marbetes que el afán clasificador otorga en su interés definidor. Por ejemplo, uno no tan reciente, la expresión francesa roman-fleuve (río novela) que define una estructura narrativa capaz de integrar, en un mismo argumento, varios puntos de vista e historias independientes.

La novela puede admitirse como metáfora del río porque, difícilmente, al menos por ahora, cual río verdadero, podría existir, discurrir y dejarnos ver su final, sin las afluencias recibidas en el recorrido. Podríamos imaginar un río, cuyo caudal es permanente e incólume desde el manantial hasta el estuario, una sola corriente sin aportaciones, sin la adición de los arroyos, riachuelos y otras corrientes. Podríamos imaginarlo de esa manera, pero la racionalidad y la experiencia nos dice que las aguas prístinas, no en el imaginario sino en las terredades de su trayectoria, terminarían en los abrevaderos, morirían en el recorrido, evaporadas, afantasmadas en los arenales.

Podemos imaginar una novela con una acción que nace, se desarrolla a partir de uno o dos personajes, en una sola estructura narrativa, con un solitario argumento, sin acrecentaciones después del comienzo, sin la agregación de más personajes que cuenten, aporten más, añadan aventuras; sin la suma de otras personalidades, costumbres, sentimientos y pasiones. Podemos imaginarla así, plana, en un discurrir solitario, fluida, contumaz, sobre su asunto. Y esta hipotética novela, que aún no he tenido la suerte de leer, nos llevaría a decir que solo por nuestra fe en la capacidad del imaginario humano sería posible verla, fiel a la dilatada extensión del género, con resuelto final.

Y es que una novela posee atributos más o menos definido por la teoría literaria. Y digo más o menos, porque solo su extensión y las adiciones que amplían y complejizan su argumentación, aguas abajo del inicio, permiten disociarla del cuento. No obstante, reitero, que incluso, esto último, los tributos que amplían y complejizan su argumentación, aguas abajo del inicio, podrían cuestionarse, diluirse, como sus elementos morfológicos ínsitos, a partir del momento en que aparezca una novela con un sola tesitura argumental desplegada en centenares de páginas; o –y no gráfico con esto a la novela corta-, desde el instante mismo en que aparezca un cuento en cuya exacta brevedad se decanten las diversiones, relaciones, pasiones, conflictos, aventuras, divagaciones, sensaciones y escenarios para uno o más personajes.

Supongo, que no estamos lejos, de reconocer esa dilución de ambos géneros, novela y cuento, y comenzar a postular el tiempo post de un nuevo orden en la ingeniería narrativa, un modelo transfronterizo del esquema ficcional que amplíe la secular gama de los actuales diseños consagrados a la fabulación.

Mientras ese tiempo se acerca, la novela, atada a las estructuras que le dieron forma en el siglo XVII, vive cambios formales que la intiman, progresivamente, hacia demarcaciones límites, hacia una nueva época de transformaciones en su clásica construcción, concebida con los materiales de la prosa y de la poesía, la ficción pura y la ficción histórica, y todos los demás entresijos que, en su entretenido y prolongado itinerario, aportan contenido argumentativo, acción, estados tensionales, verosimilitud, y demás elementos que resisten las tendencias elusivas del lector. A fuer de los ingénitos rasgos, internos y externos, crecen las aportaciones de elementos distintos al contenido documentado en su cauce central. Al núcleo argumental de la novela se suma el discurso teórico, las deliberaciones personales y ajenas, el recurso intertextual; esto es, las alegaciones de autores reconocidos, las angustias del autor que yuxtapone sus máscaras, sus representaciones literarias, bajo una o más nominaciones, e intenta vencer, si no expurgar a sus demonios.

Una obra de este tiempo, con los méritos de la novela de proyecciones clásicas, atada al rigor de una escritura precisa, estéticamente firme, de clara y desarrollada estructura y, al propio tiempo, expresión de esta etapa transicional, prefiguradora de un nuevo orden narrativo, fue escrita por el merideño Ricardo Gil Otaiza. Sabía que era inmortal [1] es el título de esta pieza, que en formato pocket, editó Equinoccio, editorial de la Universidad Simón Bolívar, en su colección Papiros Narrativa.

Sabía que era inmortal, tiene el registro de dos relatos de interés y cuantías tensionales eficaces, cabalmente articulados, dispuestos sobre sus correspondientes planos temporales. El primero de ellos es de esta época, la del protagonista Guillermo Fajardo, quien trabaja en la enseñanza e investigación de la literatura en la UNAM[2], e intenta escribir después de trece años, su gran obra, la novela que restablezca su perdida fecundidad creadora. El segundo plano es remoto, y se circunscribe a la primera mitad del siglo XVIII. El protagonista encuentra el tema de esa escurridiza novela en un matrimonio, del período colonial de los andes venezolanos, con unas relaciones muy problemáticas que terminan en un verdadero drama.

Nuestro tácito acuerdo con el proceso diegético propuesto por el autor, presupone que los sucesos de aquel siglo, escogidos para la trama, fueron investigados y escritos por el protagonista, uno de sus dos narradores, presente desde la apertura narrativa en la primera persona del singular. Éste es omnisciente, taxativo, responsable de su papel, un excelente guía de lectura; por momentos es palabra auxiliar, cortés, silente, mimética, que en ciertas breñas del trayecto se extravía detrás del follaje discursivo, bromea con nuestras incurias lectoras, con nuestra inteligencia, e inadvertidamente reaparece para tomar los cuernos de la historia.

[1] Gil Otaiza, Ricardo.  Sabía que era inmortal. Equinoccio, editorial de la Universidad Simón Bolívar. Colección Papiros Narrativa. Talleres Fanarte, Caracas, Venezuela, diciembre de 2016. Primera Edición. 396 pp.

[2] Ibidem. P. 52

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