Por: Dr. Fortunato González Cruz

Presentación

Cuando aún imberbe estudiaba en el liceo “Rafael Rangel” de Valera, comencé a escribir pequeños ensayos sobre diversos temas que continué en los años de estudio en la Universidad de Los Andes. Aquellos los publicaba en la cartelera del liceo y quizás alguno en el diario El Tiempo; ya en la Universidad los publicaba en el semanario “La Opinión” y en el diario “El Vigilante” de Mérida. Más tarde en los diarios “Frontera” y “El Nacional”. Un buen día se me ocurrió ponerle un título genérico con el cual publicaría en adelante y escogí “Por la calle Real”. En mi pueblo La Quebrada, que he cargado a cuestas como parte de mi saco de nostalgias, la calle Real, que luego se denominó Bolívar por haber sido siempre la principal, el eje urbano,  no por la que cargan a los que van al cementerio que se conoce como la “calle de la Igualdad”, o un callejoncito lateral que se denomina “la calle del Sobaco”, donde despachaba sus favores la única puta conocida que hubo en el pueblo. Por la calle Real caminaban quienes nada temían y nada ocultaban, o deseaban que los vieran y saludaran y a la vez ver a mucha gente y saludar. Son las razones de mi decisión de identificar mis artículos que se publicaron todos los lunes hasta que la política se acabó, o casi no quedó nada, transformada Venezuela en un torneo de intereses egoístas y campo para el saqueo más descomunal que ha visto la convulsionada historia nacional. Son más de tres mil artículos bajo el nombre común “Por la calle Real”, que se publicaron los lunes, de los cuales, los entonces estudiantes de Ciencia Política Fiorella Paracaima, Gabriel Chacón y María Danessa Duarte, hicieron una selección que respeto, y sólo le he agregado uno que otro que puede tener interés para los lectores de ahora y de mañana.

Los he agrupado por años. He podido hacer por materias, pero muchos tienen sentido e incluso valor en su circunstancia temporal y dan testimonio de las ideas políticas que he tenido con absoluta coherencia. En muchos de tantos artículos he pisado unos cuantos callos y por supuesto granjeado enemistades. Espero que el tiempo haya borrado los rencores como yo he borrado los míos, porque me gusta viajar por mi vida ligero de equipaje. Los artículos recogidos en este libro se reeditan tal como fueron escritos en su momento y sólo se han corregido los escaneados de las páginas de los periódicos por tener errores puntuales de transcripción.

Lo que me agrada y satisface de esta larga experiencia es la comprobación de que he sido coherente con los valores que me inculcaron desde niño en la familia, donde mi madre Luisana “Chana” Cruz Jugo jugó el papel más delicado y profundo a base de amor, su contagiosa alegría que no se opacó ni en los momentos de mayor miseria, y su generosidad para dar a los que más necesitaban hasta el pan de su boca, la existencia sencilla del ambiente campesino en el apacible pueblito donde nací, los vínculos con la doctrina cristiana que comenzaron rezando en casa el Santo Rosario en latín, en las misas dominicales, la cercanía con sacerdotes humildes y sabios y luego la formación metódica recibida en cursillos de cristiandad, como la permanente lectura y discusión de las enseñanzas de la Iglesia y de los grandes escritores.

Siempre he sido amigo de las buenas lecturas y de la buena música, y gracias a las buenas amistades, leales consejeros y sabios maestros, bebí en las mejores fuentes del conocimiento. El ambiente de Mérida fue definitivo en este proceso de formación del pensamiento que ha inspirado mis acciones y mis escritos. Me ha gustado la política más no tanto los cargos públicos. Solo destaco cuatro responsabilidades que me ha correspondido ejercer: La dirección del Diario “El Vigilante” de la Arquidiócesis de Mérida, mi desempeño como primer Administrador Municipal y más tarde Primer Alcalde de Mérida, y por último fundador y director del Centro Iberoamericano de Estudios Provinciales CIEPROL, unidad académica de la Universidad de Los Andes. En esas responsabilidades puse todo mi empeño apuntalado en mi formación y en mis valores. “El Vigilante” fue un reto enorme que acepté porque me lo pidieron dos hombres excepcionales: Monseñor Miguel Antonio Salas, entonces Arzobispo Metropolitano de Mérida, y Monseñor Baltazar Porras Cardozo su Obispo Auxiliar. La Alcaldía fue una seducción dada mi formación municipalista y mi entrañable compromiso con Mérida, que se prolongó para aprovechar esas ricas experiencias en el CIEPROL.

Ofrendo estas páginas a mi hermano gemelo Francisco José González Cruz, compañero de camino desde nueve meses antes de nacer, y a mis lectores, que pueden leerlas como lo desee, libremente, guardando o no la secuencia cronológica. Solo deseo que su lectura, o relectura, puesto que fueron publicados en la prensa escrita (con toda la posibilidad de algunos errores de transcripción del manuscrito) sea comprendida y el juicio sea benigno

Fortunato José González Cruz

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