Por: Prof. Ramón Márquez

A la memoria de aquel CONSEJO DE BUENOS LIBROS

En el comienzo de este fragmento narrativo debemos escuchar las voces polifónicas de quienes estuvimos al frente de un esfuerzo editorial que iluminó la vida del libro  en una ciudad-biblioteca como Mérida.

Este es un escrito que nace, pues, de la memoria de  una oralidad incesante en aquellos días cuando pusieron en nuestras manos la responsabilidad  de hacer,  diseñar y editar libros de otros pero que terminaban siendo como si fuesen de uno. Cada parto era una paternidad que se dividía en compadrazgos y bautizos. 

 En  esta orquestación oiremos de fondo las voces, las intuiciones puntuales del profesor Roberto Chacón,  quien fuera el Secretario Ejecutivo del Consejo de Publicaciones en ese período del que ya vamos a dar cuenta;  la voz del profesor Eleazar Ontiveros Paolini, Director de Cultura y Extensión en igual período, y en un nivel de coro ex deus máquina, las voces del apoyo múltiple,  con acordes y disonancias, de los alter egos Lic. Pedro Velásquez, hoy abogado de la República, y Ramón Márquez, escribidor o transcribidor de  este “parto de imprenta” con el que en su tiempo se procuró  un proyecto que buscaba comulgar con un aire reivindicador  de la cultura del libro  en nuestra Universidad de Los Andes y la propia ciudad de Mérida.

Es una historia sectorial, ciertamente, montada en retazos de lo que fue, en sus rizomas de esplendor y pieles de medianía,  pero también con los retazos de lo quedó en la tinta y el sueño de lo que pudo haber sido… y no fue.

La historia del libro seguirá siendo una historia sin fin. Pero dentro de esa infinitud, el libro tiene sus particularidades, sus complejos de identidad primaria. Cuando nace como idea, el contenido de su SER puede sufrir trastornos, extravíos hasta terminar siendo lo que jamás soñó ser. Sobre esto se cuenta con una amplísima literatura que forma parte más bien del inconsciente y el psicoanálisis de las represiones y frustraciones. Como bien dijo el poeta,  EL SER QUE ES,   QUE INVENTÓ LA NADA Y DESCANZÓ, QUE BIEN LO MERECÍA.

Como artefacto,  el libro entra en un circuito de consumo de energías y esfuerzos técnicos que devora al más “pintao”; y como producto editorial, este explorador de sentidos y matador de certezas, se remonta a la cresta de ambiciones y proyectos donde deben conjugarse visiones de mundo y profundos sentidos estéticos bien codificados.

Si algún acucioso  de ahorita mismo, cayera en la tentación de preguntar por la razón que movió al Consejo de Publicaciones en la gestión del Profesor y sociólogo  Roberto Chacón, abrirse a una experiencia con el libro que fuera más allá de la impresión de trabajos de ascenso y poemas al primer amor o a la segunda esposa (Nunca falta un Libro de Buen Amor); a ese curioso acucioso,  responderíamos ahorita mismo  con un dato que pudiese sonar pretencioso pero que es real y que la experiencia del Consejo  lo reveló así: había un potencial de escritura en muchos de esos profesores que llegaban al Consejo a gestionar una publicación para sus esfuerzos didácticos de aula.  Y no estamos cayendo en menosprecios de ninguna suerte: el dato sencillo es que podía irse más allá del “libro-texto”  y abrir la experiencia editorial del Consejo a un tejido de mayores pretensiones teóricas e intelectuales.

De esta  revelación inesperada nace unos de los programas que se desarrollarían posteriormente y que se va a llamar precisamente “Escribir para publicar”.

Ahí empieza entonces una labor de deslinde entre lo que eran las ediciones casi que artesanales de “libros texto”, y aquellos escritos con alma ensayística y aliento de reflexión teórica  que también llegaban a buscar nido en las páginas

Con la mira puesta en ese potencial, se crearon nuevas colecciones, se replantearon algunas de las existentes, y se empezó a trabajar, a darle aire a una idea que – vista desde este agónico presente-es la partera de lo que se iba a conocer como el Salón Latinoamericano del Libro Universitario, luego traducido a una ambición mayor y con un marcado carácter comercial legítimo: la Feria Internacional del Libro Universitario (FILU).

Este plan de ampliación de escenarios y horizontes, descansaba ciertamente en la idea de trabajar con publicaciones que fueran más allá de lo ya dicho y enseñado en clases; se buscó darle   prioridad a una escritura que se planteara, incluso, críticamente el ejercicio de la propia enseñanza. Esta dimensión crítica, ensayística, cuestionadora, nos conectaba con lo que se hacía ya en otras casas editoriales universitarias del continente, incluyendo también a España.

Se abrió entonces una labor de contactos permanentes; el internet estaba dando los primeros pasos para entonces , pero ya en el Consejo de Publicaciones de esos primeros años 90, se contaba con pioneros en este campo de la nueva comunicación digital que nos fue de mucha utilidad.

Lo cierto es que, estos dos eventos –El Salón, y la Feria- imprimieron un sello de identidad editorial, primero,  al Consejo de Publicaciones y a la Universidad de Los Andes y , segundo, a la ciudad, que empezó a conocerse en el ambiente librero, de Venezuela y ciertos países latinoamericanos, como LA MERIDA DEL LIBRO.

Como ustedes saben, Mérida había sido, exitosamente, la ciudad de los festivales: del cine, la música, y el de la inteligencia materializada en aquellos señores del exilio que andaban por ahí, sin patria fija y con sueños y máquinas portátiles, sembrando de palabras  la inocencia blanca de la página, que es como la harina –ya con la pimienta negra de la letra- que necesita el horno de los editores.

Y esta, justamente, es la palabra mágica: -EDITORES, EDITORIAL. Quisimos hacer entonces del Consejo de Publicaciones una EDITORIAL, y eso implicaba una perspectiva institucional, una perspectiva de cultura; una mirada intelectual  y, sobre todo,  una política sobre el libro como instrumento de pluralidad y pensamiento. Se nos vino la idea de UN CONSEJO DE BUENOS LIBROS.

Ahora bien, Si Mérida venía demostrando,  en esa década de los 70,  que las provincias podían superar o, al menos, emparentarse,  a un mismo grado de entusiasmo y nivel, con la gestión cultural capitalina, pues de esa Mérida y ese pasado de cultura y arte, vinculado con la Universidad , emanaba ese aire de impulso para concebir e intentar la concreción de una ciudad editora.

Aquel cuentico centrista y de rancio complejo metropolitano de que “Caracas es Caracas y lo demás es  monte y culebra”, encontró en Mérida y otras ciudades del país un parao práctico y semántico: empezaron a hacerse cosas de naturaleza ejemplar  y a decirse cosas de maravilla poética,…. todo ello por supuesto en medio de un contexto político, ideológico e insurreccional sumamente complejo. Y Mérida pescó en esas aguas porque había peces y grandes pescadores, y baste nombrar en el acto a Don Pedro Rincón Gutiérrez, -para mentarlo a la altura de un gran respeto-:  Rector de Rectores, facilitador de sueños e iluminador de cultura, pero que en el terreno llano de la ciudad, de la gente, del universitario de a pie,  era apenas PERUCHO…!EPA, PERUCHO¡”.

Mérida tenía para ese entonces el  ÉLAM de los griegos, esa energía que emanaba de la institución universitaria y que, burbujeante,  empezó a cobrar espíritu fuera de los recintos y las cátedras. En ese maná  de un pasado  reciente,  se montó el andamio y nos subimos a él para ver hasta dónde podíamos ver y a donde podíamos llegar. Ya habían pasado por el Consejo de Publicaciones  Carlos Contramaestre, Salvador Garmendia, de modo que esa memoria nos exigía miras altas, independientemente de lo bueno, lo malo, lo mucho o poco, que pudieron hacer estos estremecedores de conciencias.

UNA ALIANZA ESTELAR.

Cuando se concibe la idea de un Salón Latinoamericano del Libro, la mira estaba puesta en ese plan de consolidar una perspectiva regional del mercado del libro universitario. Las respuestas favorables y entusiastas de editores universitarios de Colombia, Argentina, Brasil, México, España y de las casas editoras de las Universidades nacionales y privadas del país, nos dieron luz y aliento y es cuando se piensa en las alianzas necesarias a efectos de poner la mesa bien servida.

 Dentro de la misma Universidad de los Andes, la alianza con la Dirección de Cultura fue un paso fundamental. El Dr. Eleazar Ontiveros Paolini, Director de Cultura para entonces ,  no sólo se ganó a la idea, sino que la asumió como parte de sus firmes planes de cultura y extensión.

Tocamos la puerta del Consejo Nacional de Universidades y conseguimos apoyo y un cierto financiamiento para la edición de algunas publicaciones y la revista especial que sacamos en el Primer Salón. Tocamos otras puertas que se abrían con la generosidad de la cortesía palaciega, pero que después se cerraban con la salivación de la demagogia. Pero podemos sostener con orgullo que ese esfuerzo por el libro, no sólo en cuanto a su producción y esmero estético, sino en cuanto a su promoción en escenarios nacionales e internacionales, fue un logro único de la Universidad y de la ciudad.

Cuando se montó el Primer Salón se hizo en los pasillos del Centro Cultural “Tulio Febres Cordero”: fue una verdadera toma de tinta y papel. Por allí desfilaban gentes de todos los gustos, niveles y ensueños:  los que ya leían y los que estaban a punto de empezar a leer. El suceso del robo de libros por esos días en el Salón cobró centimetraje en los titulares de primera página en la prensa regional, y aquello se tradujo en la mejor promoción del evento.  Hubo un titular en Frontera que decía más o menos, “LA CULTURA TIENE ESPERANZA EN MÉRIDA: ROBAN GRAN CANTIDAD DE EJEMPLARES EN EL SALON DEL LIBRO DEL TULIO FEBRES”.

Ya decía Borges, lo que había dicho  Mallarmé,  y que para otros era un juicio romántico de Schelling: EL MUNDO EXISTE PARA LLEGAR A UN LIBRO. De lo que se deduce que la historia del libro es la historia de todos nosotros, seamos o no lectores, seamos o no protagonistas.

Pero por estas fechas de remembranza y celebraciones,  caemos en  una particularidad del libro que salta de lo universal para encuevarse en lo más cercano e íntimo. En este sentido, el libro es un símbolo de reafirmación y pertenencia. Cuando uno va a nuestros pueblos andinos, invitado a los BAUTIZOS de los  LIBROS que contienen la sangre que nos dio el nacer,  sentimos profundamente la magia, el mito, el arraigo existencial y hasta arquetipal de un espíritu antiquísimo que vuelve en su eternidad a fijar el mundo, por pequeño que sea, sobre el granzón  del papel y la inmovilidad de la palabra escrita. Se comparta o no este juicio,  debemos decirlo:  nuestros pueblos son letrados: quieren y buscan que su vida no se vaya con el viento. Entonces cuentan y recuentan a los oídos de los que escriben para que quede lo vivido tal como fue en el sentimiento. De aquí que esa vieja dicotomía, banal e insulsa, de que el libro es un instrumento de dominación, un instrumento de escuela burguesa, no resiste el fervor de esa vieja antropología y esa  vieja memoria. 

Veamos de pasada apenas tres casos que nos llenan de sombras y asombros.

José Martí hablaba del “libro importado” que había de ser vencido por el “hombre natural”. En el  excelso escrito “Nuestra América”, el poeta apóstol arremete fieramente contra lo que él consideraba infame y nefasto,  por artificial, para la pureza casta y esperanzadora de estas tierras.  Hablaba de un misterio, de un saber, del “ser verdadero”  del hombre criollo, pero por ninguna parte dejó una pista para seguir su huella.

Un gran crítico peruano, Antonio Cornejo Polar, decía en “Escribir en el aire”, que en América la letra encarnó  la primera derrota de la voz: la derrota del hombre natural por el hombre civilizado. 

Rigoberta Menchú –asesorada por una letrada de siete leguas como la venezolana Elizabeth Burgos- hablaba de unos secretos étnicos que jamás iban a ser descifrados por el libro humanista de los enemigos:

“Me llamo Rigoberta Menchú -dice-  Tengo veintitrés años. Quisiera dar este testimonio vivo que no he aprendido en un libro…”. 

Pero, respetada Rigoberta,  e incomprendida Burgos:  ¿a dónde vas a sembrar tu oralidad para que no muera con la primera carcajada del viento? … sin lugar a dudas,  y en definitiva, la vida existe para llegar a un libro…

Señores, amigos todos, respetados  lectores ahora bajo luz de vela, Mérida es una biblioteca.

Don Manuel Pérez Vila, en su “Bibliotecas coloniales de Venezuela”; Don Ildefonso Leal en su separata “El Colegio de los Jesuitas en  Mérida, 1628, 1767. Blas Bruni Celli en su “catálogo razonado y crítico de los libros del siglo XVI de la Biblioteca Universitaria de Los Andes”, todas estas indagaciones, entre otras, nos abren al horizonte de una comprensión mayúscula: sin ejemplares no hay universidad. No podría ser entonces otro el destino de Mérida.

Fueron muchos los libros que entraron a Mérida sobre el lomo de las mulas, buscando refugio ante las amenazas de la inquisición y buscando resguardo y libertad en la conciencia de los hombres.

Y nosotros, modestamente, entre los finales de un siglo y el comienzo de otro, apostamos a que Mérida sacara libros a otras partes del mundo. Pero este esfuerzo por una CIUDAD EDITORIAL se fue en el riel que cogió al sur cuando en el camino se bifurcaron los intereses.

 Vuelvo, ya para finalizar,  a una cita  del gran lector  (por que hoy también es el día del lector)  que fue Jorge Luis Borges.  Hablaba de Paul Groussac y de la labor que este francés argentinizado cumplió por las letras y la cultura del libro en Buenos Aires. Dice Borges que Groussac,  “Escribió que Juan Crisóstomo Lafinur tuvo que abandonar su cátedra de filosofía cuando estaba a punto de saber algo de la materia que enseñaba”.

Algo de ese meritorio orden, como desmerecido desdén por lo que mata y descompone, pasó con la experiencia de la editorial para la Universidad de Los Andes: cuando  Roberto Chacón, Eleazar Ontiveros Paolini, Pedro Velásquez y quien suscribe, estaban a punto de saber más y dominar la materia,  profesionalmente  hablando,  vino el cambio del poder en las instancias donde el poder se construye como una máquina –bien intencionada, no faltaba más,-  de devolver todo al grado  cero, reprogramar el reloj y empezar a medir el tiempo con otros ritmos.  Pero así son las cortas historias de los Partos de Imprenta

Y en nosotros se dibujó en el horizonte, como un arcoíris burlón, la risa y la venganza de la piedra de Sísifo.

(Palabras leídas por el Lic. Pedro Velásquez en la Academia de Mérida, el día 24 de abril de 2019 con motivo de celebrarse el Día Internacional del Libro)

Profesor Ramón Márquez es escritor y productor de radio y televisión. Cofundador del Salón Latinoamericano del Libro Universitario (1995-1996) y de la Feria de Libros Usados y de Ocasión (2009). Actualmente es profesor de la Facultad de Humanidades y Educación.


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