Por : Dr. Eleazar Ontiveros Paolini
CAPÍTULO VIII
ARRIBO A LA ÚLTIMA PALABRA: ZWIESELITA

El profesor esperó en la puerta de la casa que Leonardo regresara de acompañar a su padre. Mientras esperaba que llegara,  mirando ensimismado el gélido paisaje, algo iluminado por un sol cansino que moría de mengua, dándole paso a la lluvia de siempre, pertinaz y fastidiosa. Admirado precisó una vez más  el grupo multicolor de mariposas rondaba por sobre la cabeza del pupilo, mientras este se acercaba. Sabía que la conversación que sostendría sería definitiva. Trataría de lograr lo que en su mente bullía con entusiasmo como programa a seguirse en adelante. Pero, como en oportunidades anteriores, pensaba que a lo mejor no sería convincente y que todas las esperanzas de llevar a cabo algo inédito en el mundo, podría diluirse ante los criterios personales de Leonardo, que con su recia personalidad podría considerarlos argumentos inaceptables, negándose a participar en lo que le propondría. De su capacidad de persuasión dependía la posibilidad de hacer que el muchacho adquiriera notoriedad y con ello lo necesario para vivir holgadamente, aunque, y en eso era sincero consigo mismo, lo que él pudiera obtener le importaba poco. Dimensionaba que lo relevante era dar a conocer la genialidad de Leonardo, utilizando los medios que se pusieran a su alcance. Se vio, por ejemplo, parado en la tarima del auditorio de la Academia Venezolana de la Lengua, viendo los gestos de asombro, de fascinación, de los académicos ante cada respuesta certera de Leonardo y aplaudiéndolo de pié.

Al llegar a la puerta de la casa, Leonardo, con voz apagada que denotaba cierto agotamiento, le aseguró al profesor que estaba a la disposición. Tenía  curiosidad de oír lo que le propondría como programa a seguir en adelante. Antes de que Fernando hablará, Leonardo le aclaró  que le agradecía de antemano que quisiera  lo mejor para él, porque tenía la seguridad de que era sincero.

Después de sentarse Fernando en la cama y Leonardo en la silla de la mesa, le dio a conocer, por anticipado, que no pensaba que sus  ideas  fueran, de ninguna manera,  definitivas. Que todo, como resultaba natural, iba a depender de lo que el joven considerara pertinente para enfrentar el futuro. Debía convencerlo de que por sí mismo debería forjárselo con base a dar a conocer al mundo en forma apropia, sin limitaciones, su excepcional capacidad… Le  propuso, tratando de ir al grano, que en la mañana descansara un poco de la memorización de palabras, pues ya eran pocas las que te faltan por guardar en la memoria, dado el hecho de  las que empezaban  por Y y por Z no eran tan numerosas, pues sólo llegaban a unas 350. Quería decir que si  decidiera la memorización de 20 palabras diarias, solo emplearía cincuenta días, pero que como su intención era darle cabida a otras cosas que quería enseñarle, resultaba indispensable disminuir la presión que causaba la memorización, limitando ésta a un número preestablecido, mucho menor. En otras palabras, le aclaró que su propuesta era que se siguiera utilizando las mañanas para la memorización, optando por hacerlo con sólo cinco palabras cada mañana, ya que si ese número fuera rígido, en tres meses lograría dominar 450, lo que representaba 100 más de las que faltaban. Tratando de darle mayor justificación a la propuesta, le aclaró que decidirse por las cinco palabras, representaba un esfuerzo limitado que con seguridad  le permitiría mantener más fluida la memoria, menos exigida, sin posible confusiones por el agotamiento y la acumulación, y porque, además,  tendría un espacio cómodo en cuanto al horario para evaluar todo lo anterior, es decir, lo memorizado de la A hasta la X.

Después de oír con atención la propuesta del profesor, Leonardo le manifestó que optar por no dejarlo en función de su ánimo y disposición a memorizar las palabras que  quisiera al día,   sería  perder el  ritmo ya acostumbrado. Sin embargo,  tratando de buscar un punto de equilibrio, le aseguro que había mucho de razonable en lo propuesto, por lo que le solicitó que le especificara de que se trataba lo otro de que hablaba, y para lo cual sugería la definición de un horario más planificado, sustrayéndole horas a lo esencial. Le rogó que se lo explicara detalladamente, pues en  su ánimo no bullían ambiciones especiales, causa por la cual, requería para decidir, un conocimiento detallado. Al mirar hacia la cocina, le pareció que el agua puesta para hacer café, ya estaba hirviendo. Se acercó, echó dos cucharadas de café y luego vertió la combinación en el colador de trapo, para que cayera en una pequeña olla. Le ofreció al profesor y a la vez se sirvió una generosa cantidad. Su afición por la infusión era proverbial. Tomaba unas quince tazas al día, en especial cuando se metía de cabeza en el diccionario. A veces, cuando el insomnio, que era común, lo apremiaba, lo preparaba muy tinto y con el pocillo en sus manos, salía fuera de la casa y se acercaba a la tumba de don Florencio, de quien esperaba alguna señal, alguna indicación del camino que debería tomar en adelante. Al salir lo acompañaban las mariposas de siempre, pues para ellas parecía un deber dictado por no se sabía quién,  acompañarlo a cualquier hora. Pero el silencio espeso de la noche, parecía decirle que era él y sólo él el que debería decidir. Se dijo que había llegado el momento ideal para pensar en su vida.  Se sentó a hacerlo sobre el promontorio de tierra que sellaba la tumba. Ya las florecitas estaban marchitas. Las sacó de la tierra y las tiró a un lado. Entre sus cavilaciones, siempre surgía con urgencia el tema de las mujeres. Sólo sabía de ellas por lo que había podido leer en las revistas que el profesor le traía. Se hacía muchas preguntas sobre el amor y el sexo No había estado con ninguna mujer y hasta el momento sólo el onanismo le había calmado sus ansias, aunque siempre que lo hacía se sentía mal, incómodo, arrepentido.

Fernando, disimulando su preocupación por lo que le aseguro Leonardo respecto a no tener ambiciones de ninguna naturaleza, le  reitero estar de acuerdo en que todo debería entenderlo a cabalidad, en especial el hecho de que si aceptaba que se mostraran al mundo sus dotes memorísticos, resultaba necesario tener el ánimo y la convicción de que era importante presentarse en liceos, universidades, radio, televisión, academias y otras instituciones, en donde se encontraría con intelectuales sobresalientes, lo que requería adquirir conocimientos más amplios de los que le habían dado sus lecturas, sobre historia, geografía,  castellano, literatura, aritmética y sociología, de manera tal que pudiera sostener conversaciones de carácter general con personas bien formadas y sortear con propiedad las entrevistas que inevitablemente le harían reporteros de radio, televisión, periódicos y revistas.  Después de percibir que Leonardo había entendido la importancia de la formación, le  propuso un programa para poder sistematizar el proceso de estudio: de lunes a domingo, en horas de la mañana, a partir de las 8, memorizaría las cinco palabras, lo que no le resultaría difícil. Después, durante una hora y media,  se haría un apropiado repaso, de manera aleatoria, de las palabras memorizados de la A a la Z, afinado la precisión y simulando con ello lo que sucedería en cualquier presentación. En la tarde, de lunes a viernes, él le  indicaría las lecturas que debía hacer sobre las materias de las que había hablado, para lo cual traería los libros correspondientes y utilizando algunos de los que  había dejado don Florencio. Después de cenar, a eso de las siete, repasaría las palabras aprendidas en el día y las aprendidas en los días anteriores y leería de nuevo lo que hubieran seleccionado. El viernes, en la tarde, una vez que él hubiera llegado, se repasarían las nuevas palabras aprendidas y se discutirían algunas de las lecturas hechas durante la semana. En la mañana del sábado, memorizaría las nuevas cinco palabras y  constatarían, en forma aleatoria, la certeza de  las acepciones de palabras de la A hasta la X. El domingo en la mañana, aprendería las nuevas cinco palabras, se insistiría en lo de las lecturas y se rasparía todo lo memorizado con anterioridad. El domingo en la tarde lo emplearían para conversar informalmente, en especial para aclarar las preguntas que surgieran respecto al mundo amplio que como abanico generoso irían conformando. Sugirió que las conversaciones se sostuvieran caminando de ida y regreso al soberbio pico Águila que parecía  vigilar con su enhiesta figura, la totalidad del paisaje. De repente, sin haberlo pensado, se le ocurrió pedirle, si es que la tenía, una explicación respecto al consabido enjambre de mariposas siempre  lo acompañaba. Además, que si en algún momento tenían suerte de ver en toda su envergadura un cóndor,  que según tenía entendido, merodeanban por allí. Había sabido de su desparecieron desde hacía muchos años, pero  un banquero de Mérida, preocupado por el ambiente y su fauna, trajo algunas parejas de California para tratar de lograr una población en constante crecimiento. El problema para lograr el éxito del programa, según le habían contado, era que los campesinos tenían la creencia de que podía  comerse a los niños y por eso trataban de matarlos.

▬ Estoy de acuerdo con todo, amigo mío ▬ aseguró Leonardo manifestando seguridad ▬. Pero, hay algo que todavía falta por aclarar y que para mí puede representar lo más importante ¿Qué futuro me espera una vez que yo termine con todas la palabras del diccionario y obtenga esa formación general de la que usted me ha hablado? ¿Cómo será entonces mi vida? ¿Cuál será el itinerario a seguir? ¿Cuál su intensidad? ¿Qué valores nuevos se irán adentrando en mí con un cambio de vida tan radical? ¿Estaré dispuesto para algo diferente al solo hecho de regresar a mi casa con algún dinero y posible fama, una vez terminada la memorización? Yo no aspiro ni figuración ni riquezas.

▬ Sí, no hay duda, esos son aspectos que debemos aclarar en sus pormenores para que todo fluya con propiedad. Ante todo, con la intención de empezar a llamar la atención de una manera discreta, haremos algunas presentaciones gratuitas en liceos, procurando que algún periodista haga el reportaje correspondiente. Esto permitirá, a su vez, que, de alguna manera, al saberse públicamente de tus capacidades, seamos convidados por instituciones de mayor importancia y con las cuales convendríamos algún tipo de honorarios. Después, y esto nadie puede definirlo, caminaremos en función de las invitaciones. Tengo la seguridad de que serán muchas a nivel nacional e internacional; que tendremos que dosificar el tiempo y hasta rechazar algunas. Lo tuyo va a ser tomado con mucho interés. No es para menos. Socialmente está más que comprobado que la gente se interesa por todo aquello que escapa de lo común, y lo tuyo, Leonardo, es algo que será apreciado de tal manera. No tengo ni la menor duda. Por otra parte, aunque pueda ser lo menos importante, pero también necesario de considerarlo, tengo la seguridad de que los honorarios que pagarán algunas instituciones serán significativos, con lo cual puedes moldear un tipo de vida con mayor comodidad y dársela a tus padres, tal como ya te lo he asegurado. En todos los casos, si bien yo haré los contactos y definiré los convenios, ninguno se hará efectivo sin tu previa aprobación.

▬ Entiendo todo. Ya suponía que lo que me iba a proponer se refería a esos pormenores, pero hay algo que me preocupa ▬ afirmó Leonardo a la vez que  parecía buscar las palabras precisas para explicarlo ▬ ¿Mis presentaciones no se verían como un espectáculo cualquiera, hechas sólo con la intención de hacer plata?  ¿No me sentiré como un payaso que se presenta sólo para divertir a la gente, sin que importe lo que soy como persona? Eso me preocupa porque nunca, ni siquiera por asomo, pensé que estudiaba el diccionario para ganar dinero. Para mí ha sido y es sólo una afición que no puedo explicar con mucha claridad y que hasta he llegado a considerarla como algo enfermiza. No crea que no me haya preguntado si en lo que hago no hay un toque de locura, de enajenación. Si por mí fuera, al terminar con la Z, me daría por satisfecho, consideraría que he logrado lo que me había propuesto y se acabó. Quedaría lleno espiritualmente y convencido de haber logrado, repito, mi objetivo, aunque nadie diferente a usted y mis padres llegara ni por asomo saber lo que he conseguido.

▬Te comprendo ▬ dijo Fernando conmovido por tanta honestidad y al apreciar otra faceta sobresaliente de Leonardo, su  honestidad para consigo mismo ▬, pero yo no veo eso como un espectáculo vulgar de esos que se acostumbran por televisión. Para mi es la posibilidad de que la gente conozca a plenitud un hecho intelectual sin precedentes. No serás nunca visto como un payaso, sino como un ser excepcional que da a conocer las inmensas posibilidades que tiene el cerebro humano. Y en cuanto a los cobros, está sobreentendido que de algo tenemos que vivir. Por eso no hay que preocuparse. Los novelistas cobran por sus novelas. Los poetas cobran por sus poemarios. Los intelectuales cobran por sus ensayos, libros y conferencias, los investigadores por sus invenciones, publicaciones y descubrimientos, y así, sucesivamente. Eso no debe preocuparte. No tiene nada de irregular o de inmoral que tu capacidad sea una forma de ganarse la vida adecuadamente, con honradez…Lo otro sería que te conformes con lo aprendido y vuelvas a casa de tus padres a vivir en el anonimato. Pero míralos a ellos. A pesar de que uno los siente felices, no habría nada de malo en darles la alegría de una bella casa y de aumentar sustancialmente su cría de ovejas y sus cultivos, adquiriendo más tierras. No estaría para nada mal que pudieras llevarlos en algunas oportunidades a la ciudad, comer con ellos en un buenos restaurante, ir de compras, invitarlos a ver un buen espectáculo y conocer ciudades, empezando por la capital del estado, llegando, incluso, a la capital de la república. Qué bueno y gratificante debe ser que tengas la oportunidad de ofrecerles la posibilidad de comprar lo que les apetezca en cuanto a la comida, enseres para la casa y cuanto adorno y equipos se les ocurra. E, incluso, que pudieran celebrar con los vecinos y amigos sus cumpleaños y otras fiestas. Que puedan tener su jeep para ir al pueblo los domingos a misa y a compartir con los citadinos entre los cuales, entiendo, hay algunos compadres.

▬ Acepto con todo respeto lo que usted me dice, profesor ▬ ripostó Leonardo arrastrando las palabras como queriendo que no terminara lo que quería decir ▬, pero no estoy del todo convencido. Sigo pensando que pudiera haber alguna desviación en cuanto a la pureza del hecho. No de mi parte, por supuesto, sino porque de seguro alguien en todos los casos va a servir de intermediario para concretar mis presentaciones y eso implica hacer dinero, sin importarle para nada el valor esencial de lo que yo pueda ofrecer a quienes me escuchen.

▬ Eso es innegable Leonardo ▬ respondió Fernando con voz pausada, tratando de que el muchacho no sintiera que lo estaba presionado ▬, pero es inevitable que eso suceda. Todo en la vida gira alrededor de determinados intereses, pero lo importante en este caso es que tú tendrás conciencia de que si bien recibirás una remuneración, es esta, en definitiva, una compensación que el mundo te ofrece por el gran esfuerzo hecho para alcanzar tal grado de dominio de las palabras. Y es así. Repito algún ejemplo. Un novelista hace el esfuerzo de escribir una obra que puede llegar a tener 500 páginas, lo que representa un esfuerzo físico y mental considerable, causa por la cual es justo, pues de eso vive, que obtenga con la publicación ganancias adecuadas. Incluso, ya te he hablado de algunos, cuando alcanzan el premio Nobel pueden llegar a obtener como premio por su libros cifras multimillonarias Todo, absolutamente todo ▬ enfatizó con decisión ▬ se compra y se vende y eso sucede, según lo dijo alguien, hasta en el Vaticano. De manera tal que no debes preocuparte. Para mí está muy claro que no puede causarte ninguna carga en la conciencia obtener dinero para llevar una vida decorosa, aunque, repito, tal como me lo dio a entender tu padre, es más rico el que menos necesita, pero eso es verdad mientras la vida no te obligue a cierta agitación y te genere necesidades crecientes. Veámoslo de otra manera, en cuanto al trabajo y las ganancias. Ellos no son la excepción ¿O es que acaso no crían con gran esfuerzo sus ovejas, las engordan y las venden? ¿O es que acaso no se esfuerzan en hacer queso y venderlo para subsistir?

▬ Bueno, profesor, me ha dado muchos argumentos para reflexionar sobre el particular y le prometo que lo voy a hacer, pues no quiero que usted se lleve una decepción si es que en las primeras de cambio, me arrepiento al convencerme de lo que digo y desista de seguir adelante. Quiero ser honrado con usted, en especial porque valoro lo que ha hecho por mí y el tiempo que me dedica sin ninguna condición.

▬ Creo que es lo mejor ▬ aseguró Fernando al sentir que por lo menos no se había dado un rechazo contundente, aunque no dejaba de sentir cierta preocupación ▬. No quiero por nada del mundo que te sientas presionado por mí. Respeto y admiro en su justa dimensión lo que has logrado, y eso sólo te pertenece a ti, lo que en consecuencia, te da todo el derecho a decidir.

Transcurrieron los 100 días previstos, cumpliéndose con rigor la casi totalidad  del programa diseñado. Hubo que emplear veinte más, por interrupciones inesperadas, producto de algunos malestares, en especial gripe y  dolores estomacales y, en oportunidades, por tener que esperar para conseguir la literatura prevista en el programa de formación. La lluvia había acompañado con persistencia los últimos veinte días, haciéndole cada día más difícil a Leonardo ir a bañarse a la quebrada, pues el agua quemaba sin misericordia, pero sabía que al sumergir todo el cuerpo, la situación era soportable y hasta estimulante. Con entusiasmo había asumido el aprendizaje de los aspectos generales considerados y se dio cuenta de que cada vez que aprendía más, se sentía más ignorante, pues lo sabido le permitía dimensionar lo que le podría faltar por saber, lo que no sería posible saber si no supiera nada. Los últimos meses no fueron tan duros como los vividos con anterioridad. No le faltaba buena comida y además, seguir un programa con disciplina, le permitió fijar horarios y metas, con lo cual todo era más descansado, menos apremiante, exigente y avasallador.

Un viernes 16, tarde diáfana, asoleada, esplendorosa, quizá premio del cielo por lo que había logrado, sintió la enorme satisfacción de haber concluido su tarea, su propósito de memorizar las acepciones de las palabras del diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, pues había llegado a  la última palabra, es decir, ZWIESELITA (Fosfato natural de manganeso y de hierro, abundante en Zwiesel, localidad alemana).

Eran las cuatro de la tarde. Acababa de leer un trabajo sobre algo que consideró fundamental saber y que le permitía entender a cabalidad a la gente. Se trataba del relativismo cultural. Analizarlo le permitió comprender que cada cultura tiene una forma de pensar, sentir y actuar que le es propia y completamente válida, lo que le da singularidad y que, por lo tanto, no debía asombrase de costumbres de otras culturas que parecen a primera vista exóticas e incluso inadecuados, por efecto de la comparación y de ver todo desde la óptica de su propia cultura. Enfrentar a grupos disimiles requería tener plena conciencia de tal principio Salió a la puerta de la pequeña morada. Las mariposas lo estaban esperando, pero ahora eran miles. Consideró que era un buen presagio. Tuvo la impresión de que sombreaban sobre su cabeza un espacio de más de diez metros. Aspiró profundo  queriendo absorber la luz con la que el sol entonaba una canción de armonía, como queriendo festejar con propiedad, espiritualmente, el haber llegado a lograr su propósito, aunque sabía, y en eso había insistido el profesor, que terminar algo no era más era el principio de algo nuevo; que uno empieza donde cree haber terminado; que el fin es el principio.

Meditaba sobre el tema, cuando a lo lejos visualizó un todo terreno que se acercaba con lentitud, dando, como una danza de aproximación, saltos continuos por efecto de las tantas piedras que descansaban su aburrida existencia enterradas en la tierra. Intuyó que se trataba del profesor, aunque hasta ese día había venido a píe, generalmente guiado por su padre. Cuando el vehículo paró frente a la puerta, con sorpresa vio que del mismo se bajaba sonriendo con ansiedad su madre que corrió a abrazarlo, su padre y un conocido compadre de éste. También lo hizo, sonriendo como nunca, después de decirle el profesor Fernando algo al chofer.

El encuentro con su madre fue emotivo, lleno del sabor fresco del campo y de la limpidez de sus quebradas. Se abrazaron por largo rato, como si nada más existiesen en el mundo ellos dos. Ella no dijo nada. No tenía palabras para expresar sus sentimientos, sus emociones. Pero lo hizo llorando sin limitación alguna, hasta que Demetrio y el profesor se acercaron para hacerla salir de su ensimismamiento.

El profesor, sabiendo que esa tarde concluía lo programado, y como siempre previsivo, sacó de la camioneta una caja  de vino, dos botellas de ron y  una bolsa con varios kilos de carne, chorizos y algunas presas de pollo. También había traído una docena de copas de plástico, a sabiendas de que en la casucha sólo había unos dos pocillos de lata y unos cuatro vasos. A todo esto se agregaba una pequeña parrillera metálica, nueva, y cuatro pacas de carbón. No había la menor duda de que la alegría lo embargaba y deseaba festejar momento tan importante, tan definitorio del logro de un algo excepcional.

La rata, como nunca lo había hecho, se asomó a la puerta. Con seguridad quería compartir la alegría de quien día a día le había dado comida y convertido en su amigo.

Con efusión Fernando abrió la primera botella liberando con presteza el corcho de su aprisionamiento y brindó con elocuencia, resaltando la recia voluntad de su pupilo y lo excepcional que había resultado su dedicación, definiendo una voluntad férrea, inflexible, que se sentía indoblegable. El enjambre  de las consabidas mariposas aumentó considerablemente, a lo mejor atraídas por el olor dulce del vino. Rondaron por sobre todos, sin discriminar. Consumida la primera botella después de reiterados brindis, el chofer de la camioneta, siguiendo las instrucciones previamente recibidas, preparó la parrillera y encendió el carbón. Mientras este llegaba a su punto, otras botellas desaparecieron más rápido de lo previsto. Conversaban animadamente, sobre todo sobre lo relacionado con el futuro de Leonardo, cuando un nuevo vehículo se asomó en la empinada carretera. Sorprendido, Leonardo le preguntó con cierta ansiedad al profesor de quién podría tratarse. Este, sonriendo, le dijo que se trataba de una sorpresa. ¡Y vaya sorpresa! Del vehículo se bajaron cuatro músicos y el chófer. Una vez que saludaron y se empinaron las dos primeros vasos de ron, pulsaron con calidad el violín, el cuatro y las dos mandolinas, esparciendo en el espacio valses y bambucos, llenos de pertenencia con aquella singular tierra, dibujada para sentir la cercanía de Dios, expresada en la belleza de su quietud. El espacio pareció llenarse de un melifluo sabor celestial. El número de mariposas aumento poco a poco, acompañando el momento con su calidoscópica  danza de colores.

Eran las cinco de la tarde cuando el sol empezó a despedirse ocultándose detrás de las montañas, anunciando como siempre la hora de la conciencia y del pensar en Dios. Entraron a la casucha, llenos de los duendes del vino y  del ron,  una vez que las botellas fueron consumidas. Los músicos decidieron quedarse en la camioneta y dormir allí. El chofer que había traído al profesor y sus padres, optó por lo mismo. Los padres de Leonardo se acomodaron en la cama del maestro Florencio, el profesor en la suya y Leonardo en un cuero seco de res. Apremiados por el frío. Se quedaron de inmediato dormidos. El aire, dado el encerramiento, se hacía pesado y obligaba a aspirar por la boca. La noche copó todo de oscuridad. La mortecina luz que deparaba la vela empezaba a extinguirse sin remedio. La rata rondó por debajo de las camas, procurando migajas, hasta que decidió quedarse cerca de la cabeza de Leonardo.

Leonardo, era el único que no dormía. Seguía pensando, haciéndose preguntas para las cuales no encontraba respuestas satisfactorias. La rata se posó en su pecho sin ningún temor, como viejos conocidos. No se inmutó. Decidió que llegaría hasta Betania y en la iglesia del pueblo, trataría de lograr encontrar esas apremiantes respuestas. Cerró los ojos en el momento en que la llama de la vela desaparecía. Como sucedía a cada momento, la enorme rata gris después de mirarlo con detenimiento, se bajó del pecho y corrió a esconderse en un hueco de la pared. La consideraba una compañera y no le causaba ninguna repulsión ni preocupación.  Era tanto que se le acercaba sin ningún recelo para comer en sus manos las migas de pan que acostumbraba darle. El viento arreciaba, chocando agresivo contra las débiles paredes y el inestable techo de zinc. La oscuridad se hizo cada vez más espesa; nada se veía y ni siquiera un mísero haz de luz se colaba por las hendijas de la puerta y la ventana.

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