Por : Dr. Eleazar Ontiveros Paolini

CAPITULO VII

LLEGANDO A LA ZETA

Aquel viernes el sol se mostraba generoso. Perlaba con pinceladas de dorados el agradecido y rastrero pastaje, siempre sometido a los embates del frío y el viento. Las montañas, arriba de la casa de Leonardo, mostraban sus perfiles nítidos, pintados por la luz que esparcía con generosidad el Dios consuetudinario. La quebrada, casi siempre oculta debajo de la neblina, se hizo de cristalina brillantez, alegrando los espacios con su canto de susurros, acompañados del constaante golpeteo a las estoicas piedras, ancladas para siempre en su lecho de fastidio. El tabacote, la salvia, la bandera española y el lupinus mostraban a plenitud sus colores al influjo de la luz solar que acariciaba su belleza floral. Las dos ovejas, recientemente adquiridas, que le daban a Leonardo un poco de leche, correteaban frenéticas, como queriendo acumular para siempre el calor que estaban recibiendo. Era para ellas el beso ardoroso de un amor inestable que venía de vez en cuando por algunos días, para luego perderse entre los brazos obsesivos de la bruma.

Leonardo terminaba de preparar el café, cuando la puerta se abrió, permitiendo la entrada de la luz solar que lo cegó por un momento. Era su padre y el Profesor Fernando Perdomo, que tal como lo había prometido, vendría los viernes por la tarde para quedarse sábado y domingo y regresar el lunes por la mañana. Estimó con entusiasmo que la presencia del profesor representaba una compañía valiosa y que al revés de entorpecer sus estudios, lo ayudaría en ellos, en especial sobre lo relacionado con las comprobaciones, pues hacerlas por sí mismo era fastidioso, al tener que abrir el diccionario, leer la palabra, decir la o las acepciones y volver al diccionario a comprobar si estaba en lo cierto; seleccionar una nueva palabra y así sucesivamente. El profesor, con seguridad, haría en forma apropiada el trabajo de seleccionar y luego de comprobar la certeza o no de lo dicho. Por otra parte, no estaba nada mal tener alguien con quien hablar de otras cosas, pues ya la vida solitaria lo estaba afectando. Si bien se olvidaba de todo y de todos al ensimismarse en las palabras del diccionario y en lecturas de las más variada naturaleza, cuando el cansancio lo aguijoneaba, no dejaba de pensar en la posibilidad de irse de su mundo de quietud aletargarte, de pasividad, de limitaciones emocionales a otras experiencias. No le era extraño soñar con las diversiones que ofrecían las ciudades, incluyendo en ello a las mujeres, pues ya también estaba fastidiado de un onanismo frustrante.

El visitante saludó efusivamente a Leonardo, a la vez que le manifestó que tal como lo prometió, estaba en su casa para ayudarte en lo que pudiera, aunque sabía que el muchacho podía valerse por sí mismo, sin necesitar la intervención de nadie más. Pero, pensó convencido, trataría por sobre todo de serle útil en lo que él considerara conveniente. Traía un colchón inflable y dos cobijas, de manera tal que pudiera acomodarme en cualquier lugar, sin tener que mover o acomodar nada. También trajo un buen mercado. Le aseguro que debía empezar a tener una alimentación más sustanciosa, pues el cerebro necesitaba carburante para poder trabajar en forma adecuada, y más si se hacía con tanta intensidad.

Demetrio lo bendijo a la vez que le daba su consabido abrazo campesino, lleno de fortaleza. Dimensionado la ventaja que representaba la ayuda del nuevo amigo, le pronosticó que con ella  podía terminar  más rápido lo que se había propuesto, de manera tal que pudiera pronto volver a su casa y allí definiera un camino para tu vida futura. Con voz trémula le dio a conocer que doña María lloraba por él todos los días, y que ya resultaba bueno que la volviera a ver. Le comunicó que nunca se animó a subir por el esfuerzo que representaba para su piernas debilitadas y dolorosas y porque tercamente sostenía que de venir interrumpiría los estudios. Le aclaró que había conversado en el camino con el profesor, asegurándole que el hombre le dio a conocer ideas que estimaba importantes y que podrían servirle para definir la orientación de lo que debería enfrentar en adelante.

A la vez que lo observaba detenidamente, Leonardo le expresó su agradecimiento por el hecho de haber cumplido la promesa de venir a ayudarlo. Convencido de que la relación sería armoniosa y productiva, le manifestó su deseo de que hubiera un productivo entendimiento, de manera tal que pudiera lograr con la mayor celeridad su deseo de alcanzar el dominio de las acepciones de la mayoría de las palabras que conformaban el español. Con satisfacción le dio a conocer el hecho de que en ese mismo día había empezado con las palabras que empezaban por V, lo que quería decir que después de dominarlas, sólo le faltaría adentrarse en las que empezaban por Y y por Z, meta a la que esperaba llegar en unos dos meses, sin más tardanza, pues estaba sintiendo cierto agotamiento. Una vez hecha tal consideración, invito a Fernando a calentarse con un guayoyo que acababa de colar. Sostuvo su criterio de haber estimado que eran necesarios más de dos meses para terminar, pero que tenía el firme propósito, tuviera que hacer el esfuerzo que resultara necesario para lograrlo en menos tiempo. Al consumir el café, con celeridad abrió una lata de sardinas y después de comerlas con pan, sugirió se abriera la botella de vino que el profesor con mucho empeño sostenía en su mano derecha. Con tono que traducía cierta añoranza, le dio  a conocer al profesor que tenía mucho tiempo sin siquiera probar el guarapo fuerte que nuca faltaba en su casa y al cual era muy aficionado su papá, a pesar de que después de unas tres totumadas se sentía  como si tuviera diez ladrillos aplastando la cabeza.

Todos, como si representara tan simpática ocurrencia una declaración de estrecha compenetración afectiva, rieron efusivamente.

El profesor, entusiasmado, dio a conocer que había traído una pequeña parrilla y suficiente carne, por lo que resultaba más adecuado asar unos buenos filetes, acompañarlos con papas sancochadas y así desparecer el tinto de mejor manera. Aprovechando la distención del momento, animadamente dijo que nunca le faltaba una botellita, pues se había aficionado al vino por haberlo aprendido a tomar en pasantía de actualización pedagógica  que había realizado durante un año, becado por el Ministerio de Educación, en Santiago de Chile,  donde era hasta más apreciado que el agua, no faltando en ninguna mesa en los almuerzos y cenas.

Comieron con avidez. El frío siempre ayuda a despertar el apetito. Al terminar decidieron ir hasta la tumba de don Florencio a llevarle algunas flores que habían recogido en los alrededores de la casa. Leonardo, con respeto, se arrodillo y entonó un Padre Nuestro, en el que lo acompañaron su padre y Fernando, demostrando respeto.

Fernando, pretendiendo insuflar entusiasmo en el que ya consideraba su pupilo, propuso después de despachada la carne y el vino,  que se olvidaran de la rutina  y conversaran  sobre algunas cosas importantes que creía necesario tomar en cuenta para enfrentar el futuro con alguna propiedad. Con acierto consideró que no había actitud más prudente que la de planificar lo que se iba a hacer,  pues con seguridad muchos aspectos podían y  debían ser precisados con anticipación, definirlos con objetividad, evitando sobresaltos, porque lo que estaba en juego era sustentar en la capacidad de Leonardo su futuro y el de los suyos.

Demetrio que había permanecido callado, se paró con presteza de la cama en que estaba sentado y manifestó que emprendía el regreso antes de que se le hiciera tarde  y le cayera  encima la oscurana de la noche. Le aseguró a Leonardo que le contaría a su mamá mamá que estaba bien y que había  aceptado la compañía del profesor. Sabía el buen hombre que su esposa se iba a alegrar al comunicarle el estado de bienestar de su hijo y lo de la compañía del tutor, lo que a lo mejor haría que no llorara cada vez que se hablaba de él, pues cuando esto sucedía manifestaba entre lágrimas su preocupación pensando en que su muchacho vivía solo e íngrimo.

Leonardo acompañó a su padre unos doscientos metros. Con efusividad y convencimiento le dijo:

▬ Padre, te agradezco, al igual que a mi mamá, que hayas tenido la suficiente paciencia para esperar que terminara con mi propósito de memorizar las acepciones de las palabras del diccionario. Yo no sé si eso me servirá para algo, pero por lo menos, así lo siento, tendré la satisfacción de lograr una proeza única, que según tengo entendido, nadie más ha alcanzado. Sin embargo, creo que de alguna manera mi vida se enrumbará en función de ese aprendizaje y de ser así, si tengo éxito, haré que pasen bien el resto de sus vidas, sacándolos de la pobreza. Sueño con darle a la vieja una bella casa de campo, con un gran jardín, un corral para las ovejas, un jeep para que puedan ir al pueblo cuando quieran y dinero para que satisfagan todo lo que se les ocurra.

▬ Descuida mijito ▬ dijo Demetrio con los ojos empañados por las lágrimas ▬ si triunfas estará muy bien y si no es así, seguiremos siendo los mismos para contigo. Ya te lo he dicho en otras oportunidades, es rico el que menos necesidades tiene. No hay mejor riqueza que la que tenemos ahora: salud, un hogar donde calentarnos, unas propiedades que nos dan comida y la condición de gente honesta. Espero que esos principios sean también tu guía. Y ya eres rico, Leonardo, pues has aprendido de nosotros a convivir con la pobreza, lo que no le es posible a todo el mundo.

▬ Bueno, padre ▬ dijo Leonardo a la vez que se enjugaba con las manos las lágrimas que escurrían por su mejillas ▬ te acompaño hasta aquí, debo regresar, pues el profesor me estará esperando. Nunca olvidaré lo que me has dicho. Besos a mi madre. Recuerda que el lunes, a eso de las cinco de la mañana, debes enviar a Justiniano, el baquiano, para que acompañe de regreso al profesor en caso de que tú no puedas hacerlo, pues sé que ese día lo dedicas a hacer el queso.

▬ Trataré de venir yo mismo ▬ aseguró  Demetrio, ▬ a la vez que emprendía con decisión el camino cuesta abajo▬. Por lo del lunes ▬ dijo ▬ no hay preocupación, tu madre  como en otras oportunidades, puede hacer el queso sin mi ayuda,

El cielo empezó a encapotarse agresivamente. El chubasco era inminente. Su padre, pensó con preocupación que se iba a llevar una empapada de las buenas, aunque era admirable su adaptación a las circunstancias. Nunca se quejó de nada. Su estoicismo era proverbial. Le agradeció a Dios ser su hijo.

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