Por: Dr. Eleazar Ontiveros Paolini

Quinta entrega semanal por capítulo de la novela Muriendo desde la Z.

CAPITULO V

LOS ORÍGENES

Era veintiuno de diciembre, solsticio de invierno. La lluvia pertinaz pretendía bañar de fertilidad la pobre y rastrera camada de pasto que cubría la superficie del intransigente suelo paramero.  Las ovejas, manojos blancos de sumisión, se recostaban las unas a las otras en un intento aprendido de darse un poco de calor. A lo lejos, las enhiestas montañas, en búdica quietud, se iban cubriendo con un manto de tono blanquecino que las hacía desaparecer en un mundo de gélidos presagios. El viento, imperturbable, cantaba sus murmullos de tristeza, batiendo las desvencijadas puertas de las frágiles moradas en que los hombres del frío refugiaban sus limitaciones y amarguras.

Manos afanosas, callosas desde los primeros años de su pertenencia al trabajo de la tierra, nutrían de leña la barrosa cocina, procurando un poco de calor que hiciera propicio el ambiente para el nacimiento de una boca que haría más frágil la subsistencia. El arder de los leños era canción de gloria, adornando de pavesas los espacios y haciendo mustio el escenario en donde se daría el milagro del nacimiento esperado.

Afuera, alrededor de la morada insuficiente, los muros de piedra que el ancestro inquieto arrumó pretendiendo barreras imposibles, como queriendo detener las alucinaciones, reposaban su quietud de siglos cubiertos con una cobija de musgo. Las tejas del techo de la casa se quejaban de las incesantes heridas acuosas de las lluvias. En el abigarrado interior, la luz mortecina de una vela se derramaba insegura, impregnando de tonos surrealistas las paredes, producto de tantas pinceladas de humo sofocante. El Cristo de madera para la oración de cada día, tallado por callosas manos del hacer sin tregua, centraba la pared en que se recostaba la única silla, dispuesta para apacentar, a veces, las premuras. La desvencijada ventana, boca diminuta, era la única liberación del hermético asilo interior, en que se procuraba cualquier caricia de tibieza.

Ya del aguardiente venido de la destilación clandestina en los callejones, no  quedaba nada. Sin él no era posible ahogar la angustia, la frenética espera, neutralizada por su calurosa bondad, abrazo intangible que estimulaba y enardecía.  Sólo restaba absorber el fervor del café, para seguir esperando con las ansias en vilo, la llegada de la nueva boca. Quedaba la esperanza de que los compadres se aparecieran con  sus consabidas botellas.

El sol tenía días negando sus caricias, obligando al encierro entre las torcidas paredes, pleno de espeso humo que dificultaba la respiración. Y lo malo era que cuando la comadrona lo dijera, debían apagar la leña, para evitar que el recién nacido se ahogara en la saturación del alivio.

El tálamo impreciso en que se concebiría el hijo, al antojo de instintos sin premeditaciones, dispone su vetustez acumulada para el ansiado arribo a la vida. Por fin llega la comadrona, doña Concepción, la reviste un halo de amor sacerdotal y su mirada es expresión inacabada de sabiduría antigua.  En ella se acumulaba todo el saber para saber vivir y saber morir, y para llegar sin sobresaltos a la otra vida, después del efímero tránsito terrestre. Conocía la totalidad de los remedios y aseguraba tener más capacidad curativa que los médicos del pueblo; además se jactaba de poder leer el futuro sin equivocarse, bastándole mirar profundamente los ojos del procurante. Después de entrar con los aires de importancia que se dan los que se consideran indispensables, caminó lenta, hierática, hasta el cuartucho, a la vez que reclamaba que no se hubiera hervido todavía el agua, ni quemado las hojas de eucalipto, vieja receta para espantar los malos espíritus que siempre rondan los lechos de las parturientas, tratando de introducir la maldad en el recién nacido, proclive a ello por nacer con el pecado original, sólo perdonado en la pila bautismal.

Ordeno a la comadre Regina, con voz aflautada, que le metieran a la parturienta un trapo grueso en la boca para que soportara mejor el dolor. Esta, diligente buscó la toalla más gruesa y enrollándola como pudo, hizo que María la apretara entre los dientes, provocándole cierta dificultad para respirar.

▬¡Puja María! ¡Puja fuerte! le dijo con tono autoritario a la confundida mujer que con los ojos desorbitados la miraba con preocupación, pues creía que ya venía la  criatura. La comadrona le aseguró a la nerviosa parturienta,  que el parto iba a ser más fácil de lo que creía a pesar de que era  primeriza. De pronto, demostrando una enorme sorpresa, después de palpar en las entrañas como había aprendido desde hacía muchos años, gritó entusiasmada que era dos. Aclaró con todo sacerdotal  que se trataba de una especial bendición de Dios, pues desde hacía muchos años no atendía un parto de gemelos. Recordó que tuvo el privilegio cincuenta años atrás, cuando todavía sus conocimientos eran muy pequeños y sus manos temblaban de inseguridad.

▬¿Y el agua hervida?, Demetrio, requirió con energía, siempre has sido más pasmado que tu viejo burro, pero ahora es necesario que te apures. Ya tus hijos están en la puerta.

Vino uno primero, flaco como ninguno, y después otro que estaba muerto. A lo mejor Dios se compadeció, dijo para sus adentros doña Concepción, pues para Demetrio y María alimentar dos hubiera sido muy, pero muy difícil.

A la comadrona le sorprendieron varias cosas. El muchacho no lloró cuando le dio la consabida palmada en la espalda mientras lo mantenía boca abajo, agarrándolo por los pies. El llanto lo suplió un quejido del viento, lo que presagiaba que tendría una vida intensa. El pelo era largo, tan largo que le llegaba a las espaldas. Era una señal, según lo predecía el crepitar de la leña, de que sus consumaciones se sentarían en un pedestal que todos reconocerían. Las uñas de las manos y de los pies, para completar la sorpresa, eran largas, tan largas, que la comadrona, temiendo que se pudiera sacar los ojos, se hiriera la naciente cara, se rompiera los testículos o irritara la pituitaria cuando se sacara los mocos, las cortó como pudo con una vieja navaja. Era una señal, predijo la lluvia golpeando el techo, de que en su vida habría algo excepcional que lo diferenciaría de los demás.

Nadie se conmovió al conocer que uno había nacido muerto. Todos concentraron su atención en el que nació vivo. Demetrio, el atribulado padre, preparó de inmediato un hoyo en el solar, envolvió a la criatura muerta con una toalla hecha sayal y luego, saliendo con el cadáver en brazos, lo enterró muy cerca del arroyo, pues esperaba, como lo sabía, que al tener siempre cerca el agua podía saciar su sed por toda la eternidad. Por otra parte, hizo el entierro de inmediato, sin ni siquiera rezar un rosario en la casa, pues no quería que la muerte, desde ya, influyera en su hijo vivo.

Llegaron, uno a uno, los pocos vecinos, si es que puede llamarse así a los que viven a kilómetros de distancia y los compadres, marido y mujer, con su buena carga de aguardiente. Todos querían celebrar. El acontecimiento de un nacimiento en aquella fría región era único, en especial porque a temprana edad los muchachos se iban a los pueblos a buscar una vida mejor y podían ayudar a la subsistencia de los padras desde donde trabajaran.

Severino, que tenía el don de invocar los espíritus del más allá, manifestó con un todo que pretendía ser convincente y después de empinarse un buen trago de miche, que con seguridad el muchacho tendría dos inteligencias, la propia y la de su hermano muerto. Y eso, le aseguró a su atento auditorio, es una ventaja, pues podrá hacer buenas cosas en su vida con doble capacidad.

▬ ¿Y cómo se llamará? ▬preguntó la comadre Araminta a la debilitada parturienta.

▬ Será Leonardo ▬ contestó con voz entrecortada y cansina doña María▬ Así me han dicho que se llamaba mi abuelo, el papá de mi papá que, según el Demetrio, fue el mejor criador de gallos de la región y que por un pleito por las apuestas, lo cocieron a puñaladas.

Los primeros años de Leonardo transcurrieron absorbidos por la monotonía del interior de su casa y los pequeños paseos que su madre hacía, llevándolo en sus brazos, a los campos en que se cultivaba papa, zanahoria y apio. También lo llevaba todas las mañanas, despertándolo sin miramientos a las seis de la mañana, cuando el frío arreciaba inclemente, al obligado ordeño diario de las ovejas, cansadas del frío y de buscar sin descanso, entre los montes casi yermos, algunas hojas de pasto que saciaran su hambre. Eran flacas. Las costillas se les veían a través de una piel cubierta pobremente de lana, pero a pesar de todo, y era parte primordial del alimento del niño, daban algo de leche.

La que fue su madrina de bautismo, Carmen Alarcón, quien cumplía un voluntariado en la región pretendiendo alfabetizar a gente a quien no le importaba leer, pues no le era necesario para supervivir en tan inhóspito medio, se encariño con Leonardo, y además de llevarlo cuando éste tenía unos tres años a Betania, se empeñó en enseñarlo a leer. Para su sorpresa, y de eso conocía pues tenía más de quince años alfabetizando, no había encontrado niño tan precoz. A los cuatro años era capaz de leer e interpretar textos que casualmente no se referían a temas infantiles y como buena evangélica, lo hacía leer pasajes de la Biblia, asombrándose de la rapidez con la que recorría diferentes pasajes y cómo, en algunas oportunidades, le hacía preguntas relacionadas con lo leído. No tenía interés alguno por los estudios a los que lo obligaban en la escuela primaria. Su indiferencia era tan manifiesta que, a pesar de demostrar una inteligencia superior, salió de la primaria a los 14 años. La madrina logró, después de muchos ruegos, que empezara el bachillerato, pero al año desistió sin que se le pudiera convencer de volver a clase. Privaba en él deseo de regresar a casa de sus padres. Nadie pudo hacerlo desistir a pesar de que la madrina y los maestros trataban de darle a entender que se trataba de una terquedad. Un domingo, cansada la madrina  de las súplicas del muchacho, decidió emprender el camino y lo llevó de regreso a casa de sus padres. La abnegada mujer sentía una profunda decepción como docente al no haber podido inculcar al muchacho algún aprecio para los estudios formales. Sin embargo, se había dado cuenta de que tenía una memoria excepcional y que al castellano le prestaba atención especial. Que con regularidad le solicitaba el significado de algunas palabras. Por otra parte, leía con avidez lo que le cayera en la mano, excepto los libros de texto, sin distinciones de ningún tipo. Notaba que cuando leía algo y alguna palabra le era desconocida, si no se preguntaba a ella, procuraba el diccionario para averiguar el significado. Parecía que en él se iba labrando una especie de obsesión, que lo impulsaba con avidez a sumergirse en el sugestivo mundo del léxico.

Cuando Leonardo cumplió quince años y ya trabajaba como un adulto en los campos, llegó al sector, buscando una vivienda, un señor entrado en años, posiblemente setenta, bajito, barbudo, canoso, mal vestido, algo encorvado, que denotaba tristeza y en la mirada se apreciaba bondad e inteligencia. Traía en una mula dos cajones llenos de libros y en una pequeña maleta su ropa. El bigote impregnado de nicotina, tenía un tono marrón, que de alguna manera contrastaba con la blancura de las canas. Exhalaba pureza, sosiego, sinceridad.

Al verlo cerca de la casa, María, que miraba las distancias sin mirar nada, con la proverbial hospitalidad de la gente humilde de los páramos, lo invitó a tomarse un café. El hombre, mostrando agradecimiento, bajó de su jumento y de inmediato, ya que el frío calaba profundo, entró al pequeño refugio.

▬ Siéntese, por favor ▬ dijo solícita María ▬ ya le caliento un poco de café. Aquí uno termina de hacerlo y al minuto ya está frío. También le voy a calentar un poco de leche de cabra, pues se ve muy desmejorado, como si no comiera desde hace mucho tiempo.

▬ Gracias, muchas gracias ▬ contestó el hombre sonriendo a la vez que  con lentitud se sentaba en la única silla, recostaba sobre la pared que como ya sabemos la centrada  un Cristo de madera, tallado burdamente, que descansaba sobre un pequeño nicho abierto en la pared, en forma de arco ▬. Una escuálida vela, ya falleciendo es su inevitable desgaste, alumbraba tenuemente el pequeño espacio. El trapo que cubría la pequeña ventana, ubicada en la pared del frente, traslucía con debilidad algo de la luz del día.

De pronto, cubierto con una espesa ruana, Leonardo salió del cuarto que compartía con sus padres y respetuosamente saludó al extraño. Lo miró con detenimiento, detallándolo de arriba abajo. Luego de saludarlo con respeto, se sentó en el suelo de tierra sobre un cuero seco, a orillas de la cocina, en la que ardía la bendita leña, generosa entrega de calor y de claridad; abrió un diptico prestado por su madrina y empezó a leer ensimismado.

Al hombre le llamó poderosamente la atención aquella escena, plena de sorpresa, al ver a un muchacho, en un ambiente tan sombrío, embeberse en la lectura y hacerlo con tal profundidad que ni siquiera había reparado más en él. Sin disimular su emoción, le preguntó:

▬ Hijo ¿Qué lees? Veo que estas muy interesado. Se puede saber.

▬ Sí, señor ▬ dijo Leonardo sorprendido ▬ Leo lo que mi madrina, Carmen Alarcón, quien me enseñó a leer, me presta todas las semanas. Yo no quise seguir en la escuela y me vine a lo que me pertenece, el campo. Ahora leo ▬ dijo mostrándoselo ▬ en el periodiquito que sus compañeros de iglesia publican, los llamados evangélicos, el emocionante pasaje en que Cristo resucitado, después de tres días de muerto, se  presenta a sus discípulos, a los apóstoles, demostrando como era capaz de vencer a la muerte. Claro que hay palabras que no conozco, causa por la cual las anoto y ella me dice después su significado. Ha quedado en mandarme un diccionario y no lo ha hecho. No sé por qué, pero me llaman mucho la atención las palabras y quiero aprender lo que significan. Por ejemplo, le tengo que preguntar, si usted tiene a bien contestarlo, ¿qué quiere decir apóstol y qué quiere decir parábola?

El hombre se quedó de una sola pieza, al apreciar que no sólo sabía leer, sino que también se expresaba correctamente, mejor que muchos de sus alumnos en el liceo de la capital del estado. Desde ese mismo momento, tomó la decisión de acercarse íntimamente al muchacho, en su condición de maestro, para enseñarle lo que le fuera posible. Sintió que aquella tarea llenaría su vida, trastocada cuando por oponerse a la arbitrariedad del Gobierno en la administración de la educación, fue hecho preso y liberado después de un año en la cárcel, de la cual acababa de salir y que lo hizo pensar en aislarse, como efectivamente lo estaba haciendo, en un lugar en el cual pudiera vivir sólo con su interior, su poesía, sus alucinaciones y sus libros. Había escogido la región pues un compañero de prisión, sentenciado por asesinato, le describió con lujo de detalles su absorbente quietud. Y después de imaginársela, decidió venir. Traía algunos ahorros y había previsto ir cada dos meses a la capital del estado a cobrar su pensión.

▬ Mira, hijo ▬ dijo ansioso ▬ yo soy maestro, me llamo Florencio Ramones, y si me quedo por aquí, espero que seamos buenos amigos. Tengo la intención de aislarme, de vivir mucho más arriba,  pero, a la vez, poder enseñar a muchachos como tú que quieran aprender en forma libre, sin amarres de ningún a especie a sistemas educativos que yo no he considerado como los mejores. ¡Ah! y lo de apóstol te lo puedo decir. Se llama así al que convierte a su fe a los infieles o también al que propaga, enseña y defiende una doctrina. Pero a su vez, hay que saber que es doctrina, a la cual se entiende como la enseñanza que se da para la instrucción de alguien, o como el conjunto de principios que orientan, como sucede con los cristianos. Como notas ▬ acentuó emocionado ▬ hay una riqueza enorme en las palabras y cada vez que conocemos el significado de alguna, se nos invita a conocer otras que están relacionadas, como viste que sucede con apóstol y doctrina. Y en cuanto a parábola, que es muy interesante pues como aparece en la biblia con regularidad, a lo mejor te lo ha dicho tu madrina, Jesucristo enseñó y sigue enseñando recurriendo a ellas. Se puede decir que es un relato figurado del cual se deriva una enseñanza. Pero y es lo interesante de conocer las palabras, si no sabes que es figurado, como lo supongo, no vas a entender. Veamos ▬ dijo afectando una pose patriarcal ▬ figurado es cuando se le da un sentido a las palabras distinto al literal, pero, y así seguimos, literal quiere decir lo conforme al sentido propio de la palabra, es decir, a lo que está en el diccionario…Por otra parte ▬ subrayó el profesor emocionado ▬ tenemos resuelto lo del diccionario, pues traigo entre mis peroles el último que publicó la Academia Española de la Lengua. Por si no lo sabes, en España hay una organización de gente que sabe mucho del español, escritores, poetas, novelistas y de otras especialidades, y se dedica a su estudio y adecuación, publicando periódicamente el Diccionario…Ya lo vas a ver, es además un libro bello, un amigo incondicional.

Leonardo, mostrando asombro, sintió que algo tibio le recorría el cuerpo con celeridad. Le habían gustado  más las lecturas que hacía libremente que las clases recibidas, en especial porque no estaban definidas como obligatorias en programas rígidos, ni le eran evaluadas por ningún profesor. Pensó en la posibilidad de consultar el diccionario cuando lo quisiera…Algo extraño lo estaba invadiendo, algo que no se explicaba, pero que le acariciaba su cuerpo y su espíritu

El viejo profesor, sonriendo de satisfacción, se dio cuenta de la emoción que había despertado en el muchacho. Pensó de inmediato, calculando la posibilidad de que educándolo a su manera lograría algo de importancia con el joven y que de hacerlo, le permitiría sentirse como un Sócrates revivido.

La señora María, sacándolo de sus lucubraciones, le ofreció ofreció con voz pausada y tímida un pocillo de café.

El profesor le agradeció la amabilidad, a la vez que se afirmaba en el la convicción de que estaba en contacto con gente especial, más humana, menos egoísta, de vida que a pesar de la humildad les resultaba satisfactoria. Recordó el viejo dicho que sentenciaba “Es más rico el que menos necesita”.

Cuando el visitante tomaba su café, entró apurado a la casa Demetrio. Estaba sudoroso y las manos cubiertas de tierra, señal del agotador trabajo de inclinarse todos los días, para escarbar la tierra, colocar en su vientre las semillas, y esperanzarse en lograr, después de cierto tiempo, una buena cosecha. Entre sembrar y cosechar había un espacio significativo, signado por las privaciones que malamente se cubrían con los pocos ahorros, lo que obligaba a realizar algún trabajo en una de las grandes haciendas que bordeaban el río Táchira, lejos de su rancho.

▬ Buenos días señor ▬ dijo Demetrio, mirando con detenimiento al profesor, a la vez que le solicitaba a su mujer un poco de café.

▬ Buenos ▬ contestó con efusividad el maestro, mostrándose amable ▬ su señora me vio frente a la casa y bondadosa me invitó a tomar un café, lo que les agradezco. Por cierto, amigo, yo soy maestro y he querido pasar mis últimos años un poco aislado, para lo que escogí estos parajes. Me gustaría saber si hay alguna manera de alquilar una pequeña casa o algo parecido, pero mucho más arriba, donde el frío arrecie más. Y es que además tengo la intención de enseñar a los muchachos de la zona que quieren aprender, sobre todo a leer y escribir. Por cierto ▬ enfatizó ▬ no sé si se habrá dado cuenta de la inteligencia asombrosa de su hijo. Yo he dado clase durante más de cuarenta años y nunca vi a un muchacho de su edad leer y hablar con tanta propiedad. De usted permitirlo, yo lo guiaré para que aprenda mucho más y a lo mejor, no se sabe, pueda mañana ser un exitoso profesional que les ayude.

▬ Bueno maestro, le doy la bienvenida, pero y perdone la impertinencia  ¿por qué tuvo que venirse de la ciudad a pasar trabajo en estas tierras aisladas, sin muchas posibilidades de lograr algo bueno? ¿Y su mujer y sus muchachos? ¿Los va a traer más adelante? En cuanto a la casa, hay una, pero muy mala, más o menos a cinco kilómetro arriba, cerca del pié de monte y que está a la orilla de la quebrada que llaman la Roncona. El camino es muy malo y se pone muy resbaloso cuando llueve. Es de un amigo mío, medio pariente, que consiguió una chamba fija en una finca de Rubio y se fue para siempre. Me dejó dicho de que si alguien quería comprarla, la dejaba por 8.000 bolívares, pero creo que medio arreglarla va a ser caro. Está lejos y la posibilidad de llevar muchachos para enseñarlos, lo veo difícil.

▬ Mire, Demetrio ¿es ese su nombre, verdad? Yo no tengo mujer ni hijos. Ella y mis dos muchachos murieron en un accidente de tránsito y esa es una de las causas por la que quiero olvidarme de todo. En cuanto a la casa, la compró. Me imagino que tengo que darle la plata a usted para que se la lleve a su compadre, el cual me enviará los papeles de propiedad. Por otra parte, me decidí a venir aquí, por recomendación de un compañero en la cárcel que me lo describió y me hizo imaginármelo como bello. A lo mejor lo conocen, me dijo que se llamaba Dioniso Zambrano. Y ahora lo compruebo, tenía razón. Es así, es un sector magnífico. Y lo de la cárcel es bueno que sepan que no estuve allí por algún delito. Me hicieron preso porque criticaba mucho al gobierno y de manera especial la forma en que se llevaba la educación.

▬ Señor, ▬ aclaró Demetrio ▬ eso no tiene propiedad. Ni siquiera yo tengo papeles de la mía. Aquí, en este aislamiento, la gente construye donde le provoque, siempre y cuando no sean tierras de algún hacendado. Yo le llevo la plata y punto. Conozco a un albañil en Villa Páez, más debajo de Betania, que como tiene una camioneta, puede arreglarle la casa, trayendo el mismo lo que se necesite. Es de un solo cuarto, más o menos grande. Tiene que hacer una letrina a menos que quiera hacer lo suyo en el monte, cosa que es común en estas tierras, pero con el problema de que cuando el frío arrecia es difícil aguantarse acurrucado al aire libre. Ese señor, que se llama, Justiniano, también puede traerle el mercado cuando usted se lo pida. Mientras arreglan la casa, lo que creo se llevará su tiempito, usted puede quedarse a dormir aquí en la sala. Tengo un cuero que le servirá de cama. ¡Ah! Y en cuanto al Zambrano, claro que todos lo conocemos, era famoso por robar ovejas y gallinas que vendía en Delicias. Jugador de cartas y borracho. Lo habían hecho preso más de una vez, hasta que un día un hacendado lo cazó robándose una oveja y le dio un tiro en la pierna. Después de ser curado en la medicatura, se perdió para siempre.

Don Florencio, al cabo de un mes, había logrado la amistad del muchacho y al precisar sin equívocos sus cualidades excepcionales para la lectura y el manejo memorizado de las palabras que descubría en cada texto que le facilitaba, puso a su disposición los libros que como un tesoro había traído consigo. Notó, con asombro, que el muchacho no descansaba de leer y de recurrir al diccionario para aclarar dudas sobre palabras que no conocía. Lo hacía todo el día, en la noche hasta eso de las once y en la madrugada a las cinco de la mañana.  Comprobaba que la asimilación era extraordinaria. Nunca había tenido un alumno ni por asomo parecido. Y lo que más lo obsesionaba era el diccionario, en el cual se concentraba con especial obstinación. Para completar su asombro, constató día a día, que Demetrio aceptaba sin decir nada lo que el muchacho hacía y por lo que dejó de trabajar. Algo le decía que aquello iba por un buen camino y que su hijo lograría algo que no podía imaginarse, pero que lo presentía. El viejo profesor fue aceptado como uno más de la familia y este, para no convertirse en una carga, le daba a Demetrio, cada vez que iba a Betania, dinero para el mercado.

Llevó sus libros y sus pertenencias en lomo de  mula hasta su nueva morada. Con la ayuda de Leonardo acomodó y clasificó los libros y después de tanta incomodidad para dormir, lo hizo placenteramente en la cama nueva que había comprado. Trajo una pequeña cocina, algunos vasos y platos. Sal sufriente para mucho tiempo, azúcar y enlatados. Pensó en comprar para  Leonardo una cama, cobijas y unas mudas de ropa. Calculaba que se bañarían en la quebrada y harían sus necesidades en el pozo séptico que le construyó Justiniano, el albañil.

Al instalarse acompañado por Leonardo, insistía en preguntarse, sin poder lograr una explicación satisfactoria, como Demetrio, sin ninguna oposición ni exigencia, le permitió a Leonardo que viniera con él, bajo la promesa de que éste podría desistir de sus enseñanzas cuando lo creyera y entonces, regresar a su casa.

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