Por: Dr. Eleazar Ontiveros Paolini

Cuarta entrega semanal por capítulo de la novela Muriendo desde la Z.

IV

UN ENCUENTRO AGRADABLE

La comodidad de la butaca del avión invitaba a dormir. Serían seis o siete largas horas las que se requerirían para llegar al aeropuerto Simón Bolívar de Maiquetía. El éxito obtenido en la Academia de la Lengua y en la Universidad de Salamanca, sosegaba a plenitud el espíritu y arramblaba hasta un mundo de nimbados espacios, en el cual todo resultaba agradable. Era como si se nadara en el seno de una hermosa poesía, de palabras hechas rosas flotando en las melifluas aguas de la imaginación.

A Leonardo siempre le había gustado el asiento que daba al pasillo. Sentía cierta aprensión estar en la ventanilla mirando moverse un espacio indefinido y el pasar inquieto de las nubes que hacía inevitable percibir la velocidad con la que se desplazaba el avión. Fernando, al contrario, siempre gustó pegarse a la ventanilla y ensimismarse, para matar el tiempo, con lo que veía por ella, permitiéndole imaginarse inmensidades.

Un hombre joven de unos cuarenta años, de cara y porte agradable, estaba sentado en la silla de la misma fila que daba al pasillo, es decir, la más próxima a Leonardo. Desde que se sentó, pareciendo que todo lo que lo rodeaba le era indiferente, leía ensimismado un grueso libro, que por el peso lo obligaba regularmente a colocarlo en sus piernas.

A Leonardo lo mordía la curiosidad. Le gustaría saber de qué libro se trataba, pero privó en él la prudencia que siempre lo había caracterizado y decidió esperar un momento más apropiado. Sabía de antemano que aun cuando tuviera sueño, no podría dormir. Nuca había podido hacerlo ni en los aviones ni en los autobuses.

De pronto, el hombre dejó de leer y arrellanándose en la butaca, se dispuso a dormir, dejando el libro sobre las piernas, lo que permitía, con sólo estirarse un poco, ver la carátula. Cuando creyó que no despertaría así como así, alargó la cabeza y leyó “Paideia”. Se extrañó, nunca había oído la palabra, lo que quería decir que no era del español. La comprobación le acicateó aún más la curiosidad. Cuando despertara trataría de entablar una conversación y posiblemente distraerse si el tipo era bueno para platicar. Además, había algo en el hombre que le parecía conocido, pero descartó la posibilidad. No podía precisar nada.

Había transcurrido unas dos horas de tranquilo vuelo, cuando el hombre despertó y sacudiendo la cabeza intentó despejarse. Llamó a la azafata y pidió un güisqui con soda y bastante hielo. Cerró el libro y lo colocó en la bolsa del respaldo del asiento. Se paró y bajando el maletín de mano de los depósitos ubicados en la parte superior de los asientos, sacó una revista. Se sentó de nuevo dejándose caer. Saboreando con fruición el trago, miró la salida del aire acondicionado con indiferencia. Abrió la revista y se concentró en su contenido. Luego, después de un rato de concentración, sacó un bolígrafo del bolsillo de la camisa y se dispuso a escribir algo en la revista.

Leonardo, mirando de reojo, se dio cuenta de que se trataba de una revista española de crucigramas.

El hombre mostró contrariedad. Parecía ser el resultado de estar pensando sobre alguna de las exigencias del crucigrama y no encontraba las palabras adecuadas. Se mostraba molesto y con voz entrecortada dejó escapar una maldición.

Leonardo, al darse cuenta de la situación, estimó que era el momento de establecer una conversación, para lo cual le dijo:

▬ Perdón, Señor. Veo que está sacando un crucigrama y al parecer alguna palabra que desconoce se le ha atravesado. Si por favor me dice cuál es, a lo mejor lo puedo ayudar.

El hombre lo miró con asombro, a la vez que se preguntaba qué era lo que podía creerse un muchacho de unos veinte años al sugerirle que podría ayudarlo a llenar su crucigrama. Sin embargo, intrigado le dijo:

▬ Estoy trancado con una palabrita medio jodida. Se trata de una cuya acepción es: “Arrebatar una cosa con las uñas o con otro instrumento curvo”.

▬ No hay problema ▬ dijo sonriente Leonardo ▬ es gafar, si es que tiene cinco letras.

Es correcto dijo el hombre asombrado a la vez que llenaba los cuadritos con las correspondiente letras. Para asegurarse, como resultaba natural, le pidió que le ayudara con otra, la que se planteaba así: “Sensación luminosa a que da lugar la comprensión brusca del ojo cuando los párpados están cerrados”

▬ ¿Sabe cuál es? Preguntó  expectante.

▬ Sí. Creo que se trata de fosfeno, si es que tiene siete letras.

▬ ¡Correcto! ¡Correcto! Exclamó el hombre mostrando entusiasmo ▬ Pero me pregunto ¿cómo es posible que usted haya podido dar con dos palabras tan poco comunes?  Y se lo digo yo que creo tener un léxico adecuado, aunque los crucigramas de esta revista son clasificados de súper difíciles, de muy jodidos; pero es mi afición llenarlos.  En mi casa u oficina recurro siempre al diccionario de la Real Academia y a un Diccionario de Sinónimos y Antónimos, en los que escrudiño, busco, hasta dar con la palabra. Claro que al revés, así lo entiendo, si se desea aumentar el léxico, es más fácil buscar  palabras desconocidas en el diccionario, lo que no tiene problema alguno, y conocer de inmediato su acepción o acepciones.

▬ Creo que tiene razón ▬ Asintió Leonardo ya interesado en el intercambio con el compañero casual de viaje ▬. De hecho yo manejo con propiedad las dos posibilidades, es decir, tener la palabra y dar su o sus acepciones, o tener las acepciones y determinar con ellas la palabra que las engloba. Esto último, como usted lo sabe, es el reto lo que plantean los crucigramas.

▬ Pero eso, estimado amigo ▬ dijo el hombre sintiendo plena confianza ▬ también es muy difícil. Claro que la dificultad está en dominar un número significativo de palabras, lo que requiere una memoria privilegiada. ¿Es esa acaso su virtud? ▬ preguntó con ansiedad.

▬ Si, ese es su caso ▬ interrumpió Fernando que había permanecido callado hasta el momento y oía con mucha atención la conversación ▬. Él es mi discípulo, Leonardo Prado es su nombre y puede darle una explicación si es que está dispuesto a hacerlo, pues a veces se pone ▬ aseguró sonriendo ▬ un poco duro para comunicarse. Pero todo lo compensa con ese amor inigualable que le tiene a las palabras, a las cuales ha dedicado su vida, sus emociones, sus sentimientos, sus preocupaciones.

▬ Efectivamente ▬ confirmó Leonardo, a la vez que miraba con cierta reprobación a su tutor ▬ yo tengo, y se lo digo a usted pues me ha caído muy simpático y porque  me da la impresión por el tonito de su voz que además de ser como yo, venezolano, es también paisano, de Los Andes. Ese sonsonetico parecido al de los colombianos es inconfundible. ¿Me equivoco?

▬ No, para nada. Soy tachirense. Nací en San Cristóbal, la capital del estado. Lo que pasa es que soy ingeniero forestal y desde hace dos años trabajaba en Finlandia, atendiendo unos proyectos de manejo de bosques. Es un país con mucha madera y como soy experto en la materia, formado en el Canadá, por vía consular me contactó el Gobierno para ofrecerme la firma de un contrato. Como la remuneración que me ofrecieron era atractiva, 17.000 dólares mensuales, decidí venir durante un tiempo para ahorrar algunos reales y después regresar a mi tierra, la que considero única. Deseo montar una empresa constructora, cuyo proyecto he venido madurando desde hace mucho tiempo. Quiero dedicarme a construir casas coloniales con madera, que yo procesaría en cada caso… Sueño con ello ▬ dijo sumiéndose en la imaginación ▬. Tengo en la cabeza proyectos inéditos, únicos, espectaculares.

▬ ¡Qué pequeño es el mundo! ▬ manifestó Leonardo mostrando sorpresa ▬ Yo nací y me crié arriba de Betania, un caserío, a unas dos horas y media de Delicias, hacia el norte y muy cercano al río Táchira ¿Ha oído de él?

▬ Claro que sí, conozco hasta Villa Páez, que está en el camino a Betania. Fui alguna vez cuando muchacho acompañando a mi Papá a visitar a su hermano, dueño de una pequeña bodega en esa localidad. Era, a lo mejor han oído hablar de él, de apellido Ramones, hermano de un maestro de nombre Florencio, que nunca se supo dónde estaba después de que fue votado del Ministerio por denunciar hechos de corrupción en la administración de la Dirección de Educación del Estado.

▬ ¡Pero coño, amigo mío! ▬ dijo Fernando entusiasmado ▬ este encuentro tiene visos de mágico. Don Florencio fue el maestro de Leonardo cuando era niño y fue quien lo indujo a leer y conocer el diccionario. A él se le debe todo. Vivía como un anacoreta cerca  de la casa de Leonardo, y cerca es hablar a unos cinco kilómetros, en una pequeña granja de unas dos hectáreas, donde sembraba papa y enseñaba a leer y a escribir a los muchachos que le eran llevados sin ninguna regularidad por los campesinos, casi siempre reacios a hacerlo, pues representaban una mano de obra indispensable para cultivar papa, apio y zanahoria, única forma de sustento en una región fría y sin muchas posibilidades. Su casa, era de una sola habitación, en la que se juntaban la cocina, el dormitorio y la sala, abarrotada de libros tirados por todas partes. El sanitario era un pozo séptico en la parte de atrás de la casa. Se bañaba en la quebrada que se desprendía de la montaña, un kilómetro arriba, donde empezaba la planicie, sin que el frío del agua lo inmutara en lo más mínimo.

La azafata interrumpió para ofrecer un refrigerio. Lo comieron sin decir nada. El silencio expresaba con elocuencia la sorpresa de establecer una relación que de ninguna otra manera hubiera sido posible.

El ingeniero, de nombre Diego Ramones, una vez que se tomó el refresco, se quedó pensativo para de pronto, con premura, comentar:

▬ Esperen, esperen. Sabía algo de ustedes, pero no podía precisarlo. Ahora recuerdo, aunque fue algo muy fugaz porque estaba distraído leyendo el periódico, que capté en la televisora nacional de Finlandia, de soslayo, una noticia que se retransmitía de España, donde hablaban de lo hecho por Leonardo en la Academia Nacional de la Lengua española, en Madrid. ¡Claro que sí! ¡Claro que sí! ¿Cómo fue posible que no lo hubiera recordado desde un primer momento? ▬ Se preguntó Diego, afectando estupor.

▬ Bueno, aunque ni siquiera nos hemos presentado, ya nos conocemos, lo que creo que nos alegra a los tres, pues no es para menos que venga a nosotros el recuerdo siempre afectivo de don Florencio Ramones, un viejo excepcional, de una vida alegre a pesar de las privaciones con las que vivía. Sólo le importaba aprender y enseñar, y para ello no tenía horario ni días de descanso.

▬ Por cierto, señor Diego ▬ dijo Leonardo sabiendo que cambiaba el tema de la conversación ▬ mientras usted dormía me atreví a mirar la carátula del libro que leía y que si bien recuerdo tenía por título “Paideia” ¿De qué se trata, si no es molestia?

▬ Es, si se quiere, un libro que nos dice todo sobre los griegos, aunque el término en sí mismo significa educación. Se nos dice en el texto que con ella los griegos deseaban la plena y rigurosa formación intelectual, espiritual y atlética del hombre, con lo cual, en definitiva, procuraban darle a sus ciudadanos, desde niños, un carácter humano. La historia es muy rica y extensa. Se lo obsequio, esperando que más adelante, podamos intercambiar ideas sobre su contenido.

La azafata, obligándolos a una pausa en su conversación, recogió los platos, los vasos y las servilletas, a la vez que con una franca y blanca sonrisa, les pidió disculpas.

▬ Y Diego ▬ preguntó Fernando mostrando interés ▬ ¿qué pudo haberlo hecho desistir de un buen trabajo y tan bien remunerado ¿Es que acaso, se le salió lo latino y se metió en algún lío?

▬ No, no, de ninguna manera, pero resulta que la vida se me hizo insoportable y voy explicarles la razón. Allí todo es tan pero tan ordenado, que atosiga, y eso me ponía neurótico. No hay un sobresalto, una emoción que surja de alguna irregularidad, nadie se cuela en una cola, nadie se come un semáforo, nadie toca corneta, nadie tiene motivos para arrecharse cuando el tráfico se congestiona, nadie estafa a nadie, todos los empleados públicos parecen autómatas que hacen los trámites que le son solicitados sin siquiera una equivocación que permita la satisfacción de un reclamo, nadie piropea a una mujer en la calle, ni se queda mirándola a pesar de que pueda tener las mejores curvas del mundo; todo está al día y a la hora; nadie llega tarde al trabajo, las mujeres son capaces de estar leyendo una revista mientras hacen el amor; ninguno echa un chiste picante, que pueda hacer reír de verdad; los compañeros de trabajo sólo hablaban de éste y nada más, sin siquiera sostener una conversación sobre otros aspectos alegres y mundanos; las fiestas tenían hora de comienzo y de final, aunque cuando llega esta última, uno  pueda estar bien entonado y con ganas de seguir.

▬ Pero ¿eso no es bueno, no implica orden y seguridad? ▬ preguntó Fernando.

▬ Mira, la vaina es como todo. Aparentemente, a primera vista, la cuestión parece extraordinaria, en especial cuando se hacen comparaciones. Pero, todos lo sabemos, es cuestión de formas aprendidas de vivir, de actuar, de pensar, que nos condicionan, pues inducen a una forma determinada de socialización Por eso, por lo menos en mi caso, me fue imposible sentirme cómodo. Ese orden estricto, casi inflexible, sin variaciones me molestaba. Añoraba día a día, y lo digo sin que me quede nada por dentro, las informalidades, violentar de vez en cuando los horarios, echar un chiste picante, asistir sin límites preestablecido a una fiesta. Y así, añoraba todo lo que considero mío. En especial mi familia. Es la mejor del mundo. Casi todos decimos lo mismo, pero hay algo extraordinario en la mía. Mi papá, hijo de un matrimonio que vivía, si vale el término, en un cuchitril ubicado en un cerro, cuando muchacho se dedicó, y lo cuenta riéndose, al robo especializado de bicicletas, junto a sus dos hermanos. Lo acosó tanto la policía que cuando sus padres, mis abuelos, murieron de mengua, se fue a Cúcuta, a Colombia, y logró emplearse en una panadería. Atento, aprendió todo lo relacionado con el arte de la fabricación del pan, y de manera muy especial la de las almojábanas, el pan de bono, las paledonias, el pan francés y el de mantequilla. Ahorró todo lo que pudo, y como estaba enredado con una muchacha que trabajaba en el horneado del pan, mi mamá, decidió volver a San Cristóbal, acompañado de dos de los panaderos jóvenes, deseosos de tener nuevas experiencias. Lo hizo, alquiló un pequeño local, compró a crédito lo necesario y empezó a producir, llegando a tener fama su pan, en especial el de mantequilla. Creció el negocio a pasos agigantados. Llegó el momento en que producía para otras panaderías. Modernizó todo el procedimiento y terminó por comprar el local y el edifico en que funcionaba su negocio. Hizo mucho dinero y con el construyó nuestra casa, que es una cosa loca. Tiene 1O habitaciones y fue haciendo locales a su alrededor, a medida que cada uno de mis hermanos, somos 14, optaba por un determinado trabajo. Y esto fue bueno: uno se dedicó a la quiromancia y la adivinación; otro a la música: vendía instrumentos, discos y daba clases de guitarra; otro se dedicó a la compraventa de libros viejos; otro a la preparación de embutidos y picantes; otro a la venta de carne; otro a la fotografía artística; otro a la venta de ropa íntima de mujer; otro a la venta de medicinas naturales y a la preparación de infusiones dizque curativas; otro montó un laboratorio dental; otro un centro de masajes terapéuticos; otro una casa de trucos; otro una zapatería; otro a la venta de mercería; otro estableció una academia de baile; y yo fui la excepción, me decidí por los estudios universitarios. Me gradué de ingeniero Forestal. Y parece mentira, ninguno, cosa extraña, le metió el pecho a la panadería.

▬ Perdonen ▬ dijo volviendo del ensimismamiento de la narración ▬ sé que lo que les he contado no puede tener ninguna importancia para ustedes, pero para mí tiene un significado muy especial y me gusta manifestarlo cada vez que tengo la oportunidad.  Cuando nos veamos en el Táchira, así lo espero, los invitaré para que conozcan a mi familia y de seguro van a constatar  porque la catalogo de excepcional. ¡Ya lo verán!…Imagínense no más comiéndose una paticas de cochino con caraotas, que mi madre prepara como nadie más, en compañía de una agrupación de cuerdas y con el aguardiente que se quiera beber. La dirección es calle los Jabillos, casa número 23, La Ramonera, en la zona de Paramillo.

▬ Al contario ▬ afirmo Leonardo entusiasmado ▬ creo que es una historia más que interesante y de seguro que cuando lleguemos al Táchira, de una manera u otra, te visitaremos. Pero, Diego, antes de que se me olvide, y es lo que quiero que resulte de nuestro encuentro, deseo lo siguiente:

▬ Siempre tuve la intención de construir mi casa, allá en el páramo y rodearla de un bosque. No preciso de qué, si de pinos o algo parecido, pero sea lo que sea, lo que quiero es un bosque. Y es que cuando niño, me cansaba mirar aquellos peladeros, casi yermos, y soñaba con árboles frondosos rodeando una casa grande, de amplios corredores, en donde cantaran miles de pájaros y el viento se enredara en las grama arrullando los espacios. Y por la mitad de la casa, dejar correr la quebrada, como parte de la intimidad. Me ensimismaba mirando frondosidades en los libros del maestro, en fotos de revistas que parecían decir de un mundo más dulce, más completo, más lleno de belleza. Pero estoy desvariando ▬ aseguro manifestando inquietud ▬ pues lo que quería decir es que aprovechando tus conocimientos, espero que hagamos un contrato para que estudies y concretes lo del bosque, es decir, decidas que sembrar y lo hagas, con lo cual puedo cumplir mi sueño. De igual manera, qué casa construir en el centro de ese bosque, sobre la quebrada.

▬ No hay problema ▬ aseguró Diego ▬ te dejo mi teléfono. Cuando quieras me llamas y nos ponemos de acuerdo para subir hasta el sitio, vemos el terreno, hacemos los estudios de suelos y sembramos lo que con seguridad pueda crecer. A la vez, diseñamos una casa apropiada. A lo mejor resulta difícil lograr un diseño que se adapte al ambiente, al entorno, pero eso es un reto y hay que asumirlo con propiedad.

El tiempo pasó rápido. La amena conversación permitió no darse cuenta del mismo. De pronto, anunciaron el arribo al aeropuerto de Maiquetía. Se abrocharon los cinturones y esperaron el siempre inquietante aterrizaje, a pesar de que invariablemente redefinía tranquilidad.

Una vez en las oficinas de la línea nacional que iría a Santo Domingo, en el Táchira, Leonardo y Fernando registraron el pasaje, cuyo cupo había sido reservado por la agencia desde mucho antes. Pero cuando Diego, queriendo acompañarlos quiso comprar el suyo, la atenta recepcionista le indicó que el cupo estaba completo, que no era posible venderle el boleto para ese vuelo.

Resignados se sentaron en el cafetín, pidieron su marroncito. Estaban bebiéndolo, cuando un hombre de color un poco subido, bien vestido, se acercó a ellos y sin siquiera pedir permiso se sentó en una de las sillas, al lado de Diego.

▬ Amigos ▬ dijo afectando indiferencia ▬ pude apreciar que el señor no consiguió el pasaje en el mismo vuelo, pero si quieren eso se puede arreglar. Sólo les va a costar 3.000 bolos. Si estamos de acuerdo, me da la cédula y en menos de lo que dura un peo en una hamaca, yo le arreglo la vaina. Para que estén seguros, sólo me dan la cédula y la plata me la entregan cuando el compañero tenga su pasaje en la mano. En el aeropuerto todos me conoces, son mis panas y saben de mi eficiencia. La cuestión amigos, es de relaciones y de saber cómo actuar sin pelar bolas.

▬ Pero ▬ ripostó Diego mostrándose escéptico ▬ la muchacha me dijo que ya no era posible emitir un pasaje más, que ya estaba todo vendido. Yo vi el registro, ella me lo mostró para que me cerciorara ¿Cómo va a lograrlo? No tengo problema en pagar los 3.000, pero explíqueme.

▬ Usted parece que vive en otro planeta. Aquí todo se vende y todo se compra. Es el poder de los billullos, es decir, de los reales. Este es un país donde los vivianes inteligentes, como yo, y perdonen la modestia, subsisten sin muchos problemas. Voy a contarle cómo se hace la vaina, aunque creo que es un secreto, para que de ahora en adelanta sepan que en toda actividad en que se atiende al público, hay formas de ganar plata sin mucha dificultad. La muchacha dice que no hay pasajes. Usted va a la despachadora y esta le mostrará sin que se lo solicite, el listado de pasajeros que copará el avión.  Algunos nombres son ficticios, unos seis en cada viaje, pero son puestos en la lista sólo para llenarla y así, nuestros clientes aprecien mucho más el favor que le vamos a brindar. Seis pasajeros por viaje son 18.000 Bs.  y  lo repartimos a partes iguales entre el gerente, la despachadora y yo. De paso, algo les damos al jefe de la policía, siempre dispuesto a estirar la mano y a los guardias nacionales.  Y si sacamos la cuenta y preparamos el infalible sistema para seis viajes, son 108.000 bolos, suficientes para ir haciéndonos de una buena platica, sin tener que sudar ni una gota. Por lo que les cuento, es fácil entender que de ustedes denunciarme, abusando de la confianza que les he dado al contarles el productivo procedimiento, estarían pelando bola. Nadie les hará caso. Pero le echo el cuento para que se decidan rápido, ya que necesito cubrir los otros cinco puestos. Así que a bajarse de la mula y rápido, antes de que pique cabos pa´otro lado y el caballero tenga que pernoctar en una de las bancas o pagar un hotel, corriendo con el riesgo de que mañana tampoco consiga cupo.

Convencido y resignado, pero sin inmutarse, Diego le dio la cédula y la plata para comprar el pasaje. No tardó más de media hora en volver. Traía, sonriendo, el boleto y la cédula. Recibió los 3.000Bs. y poniéndose a la orden para otra ocasión, se despidió amablemente, agradeciendo con un tonito de picardía, la colaboración.

▬ Nada que comentar ▬dijo Diego sonriendo▬ es si se quiere lo bello de este país. Vamos; están llamando para el abordaje.

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