Por : Dr. Eleazar Ontiveros Paolini

CAPÍTULO XIV

LA DEFINICIÓN

Abordaron el vuelo de American Air Line de Nueva York a Maiquetía. Llegarían en aproximadamente unas cinco horas. Iban satisfechos. Las presentaciones en Los Ángeles y en la  Metrópoli, habían sido más que exitosas y recibido una sustanciosa cantidad de dólares. Si bien fueron brillantes, los programas no fluyeron como en países de habla hispana en los cuales no se tenía que recurrir a la traducción. Les llamó la atención que unos veinte chinos al registrarse para el vuelo, lo hicieran con  pasaportes venezolanos.

Leonardo, ya ahíto de tantos viajes, de ir y venir, de estar de aeropuerto en aeropuerto, estaba hastiado. Deseaba llegar, concertar la boda con Dolores e irse a vivir la vida de tranquilidad que le ofrecía su páramo de siempre, en su hermosa casa y cerca de sus padres. Sólo atendería invitaciones de tiempo en tiempo, siempre y cuando fueran de una sola ciudad y que, además, la interesada tuviera conocido prestigio. De todas maneras, cada solicitud la estudiaría detenidamente con Dolores. Tenía el propósito de que en adelante todo, hasta lo más mínimo, lo decidiría con ella.

A Fernando le pasaba algo muy similar. Estaba cansado. Estimaba que ya habían logrado mucho y que resultaba necesario física y emocionalmente pasar al retiro, dejar de agitarse. Trataría de definir su futuro con Marisela Pérez, la maestra de la que estaba enamorado, buscando algo en las afueras de la Grita y retirarse. Tenía lo suficiente para vivir  y en una ambiente que definiría con su mujer.

Se ajustaron los cinturones. El avión despegó, dejando ver después de unos minutos en su plenitud y extensión, a la que sin duda era la capital del mundo. Resultaba impresionante apreciar el entramado  de  rascacielos que enhiestos le decían al cielo de las posibilidades técnicas del hombre.

Como siempre, Leonardo tomó el asiento que daba al pasillo. A pesar de tantos viajes, no podía soportar mirar por la ventanilla el espacio vacío que recorría el avión. Se sentía como una hormiga. Le tenía terror a las alturas, era acrofóbico hasta el extremo. En cada vuelo se veía como un ser diminuto, pequeñito,  juguete de las decisiones de otros, y con la frustración de no poder influir en ellas.

Fernando, como siempre, deseoso de conversar, sabía a la perfección cuando debía dejar tranquilo a su pupilo, ahora hecho un hombre broquelado por sus éxitos, a pesar de que por experiencia sabía que el viaje se le  haría más corto o por lo menos mensos preocupante, si abordaban, como era constante, un tema de interés.

El ensimismamiento fue roto por la acariciante voz de la azafata que les solicitó de dieran a conocer cuál de los desayunos que figuraban en la cartilla  iban a preferir.

Fernando hizo su pedido. Leonardo, como también le sucedía  en todos los viajes, no podía comer. Comentaba que le daba horror que pudiera, de repente, sentir ganas de vomitar o de pescar una diarrea y tener que estarse parando para ir al sanitario.

▬ En que pensabas ▬ preguntó Fernando interesado ▬ pues venías más concentrado que un monje tibetano. Bueno ▬ agregó pretendiendo ser condescendiente ▬, yo también venía un tanto ensimismado. No es posible sustraerse de pensar en  cómo viviremos en el futuro. Me pregunto, no sin preocupación, si el retiro que tenemos pensado no hará que añoremos lo que  hemos venido haciendo hasta ahora, sin descanso.

▬ Yo no tengo ninguna preocupación ▬ aclaró Leonardo ▬  todo está  planificado con minuciosidad y, además, priva en mí la convicción de que el venero de mi vida futura está en los brazos de Dolores. Nada para mí puede ser más importante que ella.

▬ Es decir ▬ preguntó Fernando siempre queriendo aclarar los detalles ▬ ¿qué ya has definido lo que será tu felicidad futura?

Interesado por la pregunta, Leonardo, después de pensar un momento aclaró:

Yo no sé en verdad que es la felicidad, ni creo que nadie lo sepa a cabalidad. Pienso que no se trata de un estado de éxtasis permanente, sino que aparece por momentos, como estados superiores del bienestar, lo cual sólo es resultado de nuestra realización como hombres. Y creo,   que tú, como yo, también te sientes realizado. Ese sentimiento de bienestar ▬ enfatizó ▬ pude tener cierta permanencia y continuidad. Desde hace mucho tiempo los pensadores se han preguntado si se trata de placer,  de posesión de bienes exteriores,  de ser virtuosos, de tener conocimientos, o  de lograr un destino que resulta del esfuerzo que hemos hecho con la anuencia de un algo superior, suprasensible. Es algo así como sentir que uno en su recorrido vital ha venido dejando de lado imperfecciones que a medida que van desapareciendo, escalamos hacia un algo que, y esto tiene una carga subjetiva determinante, autodefinimos como felicidad. Asequible sólo cuando nos la permite la envergadura espiritual.

▬ Interesantes tus consideraciones ▬ opinó Fernando ▬. Creo que están llenas de verdad. Y es que comparto eso de que se trata siempre de un dimensionamiento personal. Ejemplarizando, recuerdo un dicho muy inteligente de tu padre: Es más feliz el que menos necesita. O sea que no se trata de posesión de algo tangible, sino de una especie de lleno espiritual, que pude provenir de amar con intensidad a otra u otras personas y sus cualidades, como parte de un todo de límites indefinibles. Es decir, que compartir puede ser determinante. Y creo que Dolores es parte importante de ello.

▬ Sí, así pienso que es. Ya de esto hemos hablado muchas veces en esas aburridas noches en los hoteles, esperando el nuevo día para ir a cumplir cabalmente los compromisos adquiridos o para correr al aeropuerto a viajar por obligación.

▬ Hay algo más ▬ prosiguió Leonardo ▬ y con seguridad tú lo conoces perfectamente. No nos hemos dejado absorber por los impulsos del placer físico, pues siempre los apreciamos siendo volátiles, etéreos, y a cuya esclavitud nunca nos hemos sometido, a pesar de haber sido tentados con insistencia. Por eso creo que ahora, al retirarme, puedo proyectar mi felicidad con base a lo que  he conservado con ahínco: valores, honestidad y sentido de la justicia y, sobre todo, el haber sido incapaz de humillar aunque pudiera estar tentado a hacerlo si pensara arbitrariamente que tendría el derecho de hacerlo por  la capacidad que Dios me dio. Nadie es inferior. Cada hombre y mujer delante de nosotros tiene algo superior. Ya  te lo he dicho con anterioridad. Puede que el pordiosero tenga mejor vista, que la señora del servicio tenga mejor memoria, que el obrero tenga más resistencia física, que al ascensorista cante mejor, que la secretaria tenga mejor dentadura, que un buhonero nos gane siempre jugando a las damas. Por otra parte, y tomando otro camino interpretativo, la felicidad es una ilusión que, por supuesto, sin la menor duda, nos la forjamos personalmente, necesitando, para que no se debilite, la salud y el amor. Tengo hasta ahora, esas dos cosas.

▬ ¿Y La idea de asimilar felicidad a la posesión de dinero en abundancia?

▬ Eso también es un problema de apreciación personal. Ne es que se pueda negar en forma absoluta que el dinero ayude a la felicidad. Siempre es, sienten algunos, necesario para ciertos sustentos materiales en que se labra esa felicidad. Insisto. Eso no es un axioma. Sólo se trata de circunstancias y singularidades. Recuerda algo que define la situación: Los niños son felices y no tienen dinero.

▬ Yo lo diría de otra manera, desde otra arista, y sé que no contradice lo que has expuesto. Podríamos también, ampliando el concepto, pensar que la felicidad es un estado de ánimo de los que se sienten satisfechos por alcanzar lo que desean o por disfrutar de lo que hacen, en especial si han alcanzado sus metas. También puede predominar el sentido de la felicidad al obrar bien, al entender que se procede en función de lo esperado por Dios.

▬ El tema es complejo y yo termino por resumirlo diciendo que en definitiva la tenemos en función de nuestra subjetividad. Yo subjetivamente creo que vivir con Dolores y mis padres, en donde quiero hacerlo y que no tendré obstáculos para  potenciarme espiritualmente, definen el bienestar esperado, que, ya lo dije, puede ir alcanzando muchos momentos de felicidad de duración indefinible.

Creyendo haber aclarado el tema, Leonardo tomó una revista y se detuvo a leer un artículo que por coincidencia, hablaba de la ilusión en contraposición a la realidad. Explicaba que ella consiste en que los contenidos intelectuales y sensitivos  pueden inducir a juicios falsos. Que se daba una ilusión de los sentidos cuando la percepción muestra el objeto distinto de lo que es. Consideraba que en el sentido estricto era un engaño a los sentidos, lo que no quería decir que no fueran importantes en la vida emotiva del hombre y en impulsar  la voluntad hacia la búsqueda de un algo deseado.

Llegaron a Maiquetía. Entraron en el pasillo que llevaba a las instalaciones del aeropuerto. Notaron que los chinos, sin despegarse ninguno del grupo, apuraban el paso, como si tuvieran la necesidad de llegar antes que los demás pasajeros al control de ingreso. Y la suposición dejó de serlo en forma inmediata. Para sorpresa y enardecimiento de Leonardo y Fernando, los chinos hacían una fila diferente a la del resto de los pasajeros. Eran atendidos con preferencia y de manera expresa por los  funcionarios policiales. Leonardo reclamó a viva voz para que todos lo oyeran y al hacerlo, los demás pasajero hicieron suya la protesta. La cuestión fue a mayores. Tres policías uniformados tomaron a Leonardo de los brazos, con brusquedad, y lo llevaron al interior de una oficina en donde lo vejaron como si se tratara de un delincuente. La protesta aumentó y los pasajeros, por incitación de una mujer de cierta edad, decidieron permanecer en la fila, sin registrarse, hasta que Leonardo fuera reintegrado a la misma. Los policías, apreciado que la cuestión podría agravarse, optaron por dejarlo libre.

Pasado el incidente, salieron de las instalaciones del  sector de viajes internacionales y se dirigieron al  de los nacionales. Como ya tenían los boletos y las respectivas reservaciones, en eso era más que previsivo Fernando, abordaron el avión de las 2 de la tarde, vía aeropuerto de Santo Domingo, en el Táchira. Allí los estaría  esperando Darío y Beatriz. Después de bajarse del avión, de inmediato, emprendieron el camino a San Cristóbal, en la camioneta doble tracción que Leonardo le había solicitado a Darío le adquiriera, de manera tal de tener un vehículo apropiado para subir sin dificultad a su casa desde Betania. Tuvo el agrado de majearla, aunque en un principio, dados las muchas posibilidades que el vehículo le ofrecía, se sintió incómodo.

Tal como lo había planificado Fernando, llegaba el 20 de junio y la boda sería el próximo domingo, a las cuatro de la tarde. Todos los pormenores habían sido cubiertos tal como lo dio a conocer Beatriz, quien se dedicó con entusiasmo a planificar hasta el más mínimo detalle. Habiendo sido Beatriz la dedicada planificadora ▬ se dijo Leonardo ▬ todo saldría a pedir de boca. No se le escapaba a la simpática y diligente arquitecto ningún detalle y menos como era el caso, cuando todo se había panificado en conjunto.

Almorzaron en la estupenda casa de la familia Ramones,  en un gran solar boscoso, sitio de las reuniones familiares de los fines de semana, aniversarios y celebraciones de todo tipo.  Doña Eulogia, la mamá de Darío, anfitriona sin par, preparó el consabido sancocho cruzado de gallina y costilla de res. Todos los hermanos y las decenas de sobrinos de Darío, estaban presentes. Era un ambiente de características extraordinarias, demostrativo de una compenetración familiar envidiable. Como sucedía en toda fiesta andina, las mandolinas, los tiples y las guitarras, amenizaron la reunión, dejando oír sus bambucos, pasillos y valses. Don Matías y doña Eulogia se comprometieron a ir a la boda. Llegarían a Betania en domingo en la mañana.

Sin limitaciones de ninguna especie se puso a disposición de los presentes whisky, ron, cerveza, vino, ponche crema e incluso aguardiente claro, néctar le decían, la bebida  preferida de don Matías, enseñado a su consumo por los colombianos cuando le tocó salir del país huyéndole a la policía.

Leonardo se entusiasmó. Apuró el whisky como nunca antes lo había hecho. En un momento dado, Darío le recordó que bebiera con prudencia, pues de lo contrario, al emprender el viaje para Betania, caracterizada la carretera, en partes determinadas, por pronunciadas curvas, iba a vomitar hasta el alma. Sin embargo, el caldo, dos perniles de gallina y dos trozos de costilla, amortiguaron el estómago y todo pareció disiparse.

Fernando llegó de la Grita el día sábado con su prometida. Se irían con Leonardo a eso de las siete de la mañana del mismo día domingo. Leonardo, sin explicar razones de ninguna naturaleza, decidió ir el domingo a Betania  muy temprano y no antes. Calculó que Llegarían sin problema a eso de las 8. El matrimonio civil, en la casa de Dolores, estaba pautado para las 10 de la mañana, de manera tal que estaría en Betania, con suficiente antelación. Darío y Beatriz irían en su carro, en caravana con Leonardo.

De acuerdo a lo previsto, Llegaron a Betania pasadas las 8 de la mañana. El pueblo se mostraba diferente. Los colores claros seleccionados por Beatriz, le daban  a la Iglesia un todo de limpidez, de claridad. Unos 20 toldos estaban colocados en la plaza, precedidos por uno de gran tamaño en la parte norte de la misma, de espaldas a la iglesia. Por primera vez Leonardo no vio a los borrachitos acostados en la acera y en la grama de la plaza. El prefecto, aun sabiendo que tenía que darles  de comer, decidió encanarlos desde el sábado. Los liberaría el lunes por la mañana. El  policía de siempre, ahora luciendo un uniforme y zapatos nuevos,  y sin masticar chimó, pues se lo había prohibido el prefecto, rondaba con monotonía la plaza, pavoneándose como si se tratara de un general. Hacía un esfuerzo inusitado para meter su enorme barriga. El busto del prócer había sido retocado por la misma Beatriz y su pedestal frisado y pintado de blanco. El billar estaba cerrado un domingo por la mañana por primera vez en muchos años y no se escuchaban los ruidosos vallenatos. El prefecto, don Gumersindo  Arévalo,  había conminado a  Patricio para que le lavara con bastante jabón la acera, esperando que se amortiguara el olor a orines, que parecía haberse pegado para siempre en la acera. Beatriz había obsequiado la pintura para pintar el frente, lo que le daba un aspecto de limpieza. Igual sucedía con la pensión de doña Cornelia, pintado su frente de blanco. Don Pancho Ramírez, el hacendado, convencido de que su donación de 10.000 bolívares había sido la mejor de su vida y que por lo tanto participó de alguna manera en la carrera de Leonardo, remozó el frente de su hermosa casa y arregló el jardín que frente a  ésta, le daba un toque de frescura. A solicitud de Beatriz, para que no tuviera que vestirse el novio en la casa de la novia, el emocionado hacendado preparó una de las habitaciones para que lo hiciera antes de ir a la iglesia. En ella estaba colocado, en una ancha cama, el smoking que luciría Leonardo.

Al lado derecho de la plaza, de espaldas al camino que conducía a la casa de Dolores, la casa de festejos había estacionado cuatro cavas, con todo lo necesario para el brindis, los pasapalos y la cena. En un toldo ubicado al lado de la primera de ellas, se habían colocado unos doce chifonier para calentar en el momento requerido, la comida que se ofrecería a todo el pueblo.

Se estacionaron detrás de los toldos y de inmediato cruzaron el puente para llegar a la casa de Dolores. En  la puerta los estaba esperando don Gumersindo Arévalo, el prefecto. La madre de Dolores permanecía en el interior, conjuntamente con el Sacerdote, Demetrio y María, don Pancho, dos fotógrafos y el Secretario de la Prefectura. Leonardo abrazó  a su novia y su suegra con afectuosa intensidad, en la puerta de la casa. Entraron. Dolores lucía un delicado vestido de color blanco que dejaba ver parte de sus espaldas. Estaba esplendorosa. Sus ojos parecían más brillantes por el velo de lágrimas que los cubrían. Era en verdad una mujer linda. Leonardo se acercó y sin tomar en lo más mínimo en cuenta a quienes los acompañaban, la besó sin restricción alguna. Doña Mercedes, como en casos anteriores, sonrió complacida. Luego Leonardo abrazó a sus padres. De él emanaba un halo de felicidad.

Darío y Beatriz sirvieron de testigos de la boda civil. Pensando en la proximidad de la boda por la iglesia, sólo se ofreció una copa de vino. Doña Mercedes había preparado un almuerzo ligero. Ya marido y mujer, según lo había dictaminado el prefecto en nombre de la República y por autoridad de la Ley, se tomaron con todos los presentes una cantidad enorme de fotografías.

La tarde estaba esplendorosa. Dios, así lo consideró Leonardo, presagiaba con  tal luminosidad un futuro lleno del sabor cierto de la vida para él y dolores, sólo posible cuando prevalecía el amor por sobre cualesquiera otras consideraciones.

Se vistió con nerviosismo. El smoking le quedaba perfecto. Sabía que nadie en el pueblo se había casado con  un  traje similar. No le importaba. No era vanagloria sino la demostración de su gran felicidad, que quería compartir con todos los paisanos. Don Pancho lo esperaba en la sala. Iría con él a la iglesia de inmediato. Atravesaron la plaza diagonalmente y subieron con cierta parsimonia los escalones que conducían al interior. La iglesia estaba abarrotada. No cabía nadie más. El calor era sofocante. Los muchachos de la Escuela y del Liceo, uniformados y de pie, copaban los sectores laterales.

La nave central estaba revestida casi en la totalidad de su anchura, por una alfombra  de color rojo que se extendía desde la última banca hasta el reclinatorio preparado frente al altar. En cada extremo de las bancas hermosos ramos de rosas blancas daban un  tono de pureza. Allí estaban esperando, ansiosos, anhelantes, sus padres, doña Mercedes, Beatriz y  Darío. Estos últimos también serían los padrinos de la boda eclesiástica.

Caminó pausado por sobre la roja alfombra. La gente aplaudió. No era para menos. Leonardo les estaba ofreciendo un día extraordinario, que rompía de un tajo la monotonía de un pueblo sumido en una rutina aletargante, sin variaciones significativas de ninguna especie. Le llamó poderosamente la presencia de doña Cornelia, que en el extremo de una de las bancas que daba a la nave central, teniendo a su lado a Ana, la recepcionista, que lo miraba con coquetería,  lucía un hermoso vestido negro y notó que al saludarlo, sus prótesis no se movían. Supo después que Beatriz le había mandado a hacer el vestido en San Cristóbal y que  al preguntarle a un odontólogo como evitar el movimiento de las planchas, este le indicó que le diera a usar un pegamento especial que por cierto tiempo las mantendría bien adosas al paladar, llamado Corega. Demetrio se mostraba ansioso. Con insistencia, al sentir una picazón molesta, trataba de ensanchar el cuello de la camisa. Era la primera vez que usaba una corbata y le resultaba del todo incómoda. La madre de Leonardo, también producto de la mano de Beatriz, lucía un vestido adecuado al momento. El sacerdote, en pose hierática, miraba todo lo que iba sucediendo. Se sentía complacido de acto tan solemne, de ser protagonista del mismo y de que la iglesia estuviera, como nunca había sucedido, a reventar.

Pasados unos cinco minutos, acompañada de don Pancho, Dolores entró a la iglesia. Un murmullo cundió los espacios. La gente estaba expectante. Sentían estar participando en un fiesta que se les ofrecía con generosidad y que llenaba de emoción los sentimientos. Diez niños a la derecha y diez niñas a la izquierda, acompañarían la novia hasta el frente.

Estaba bella. Parecía un ángel de esbelta talla, con el mejor rostro que se pudiera encontrar en una mujer. Algunos la compararon con la patrona del pueblo, la Virgen del Carmen, que atenta vigilaba, desde su nicho en el altar, lo que estaba pasando.  El maquillaje era muy suave. No requería mucho. Sus mejillas, indicio de salud, eran rosadas. El vestido era espectacular. Color blanco, cola enorme que tomaban de la punta dos niñas. Escote discreto en la espalda, glamorosa caída en cascada hasta el piso que no permitía ver los zapatos. También Beatriz, se había encargado de llevar a la muchacha a San Cristóbal y buscado un famoso modisto, para lograr un traje singular. Ramo de rosas blancas, unidas con cordones revestidos de color oro llevaba en la mano derecha.

Para sorpresa de todos, en la puerta de la iglesia apareció un hombre rubio, alto, de complexión atlética que lucía un smoking con solapas de negro intensificado. El hombre, con manifiesta decisión se acercó a Dolores y pidiéndole permiso a don Pancho,  tomó a la sorprendida muchacha por el brazo derecho.

Dolores se puso pálida y atropellando las palabras, por el nerviosismo que le causaba tan absurda situación, le preguntó.

▬ ¿Quién es usted?  ¡Cómo se atreve! ¡Yo ni siquiera lo conozco ¡Por favor, suelte mi  brazo! y permítanme que don Pancho me lleva al altar.

▬ No, Dolores ▬ dijo el hombre afectando delicadeza y en un tono amoroso ▬ yo te voy a llevar hasta el altar. Y lo hago porque soy tu padre. He venido expresamente al saber  que te casabas. Y también, si tu madre lo acepta, quiero vivir definitivamente con ella. Luego te puedo explicar todo con lujo de detalles.

Doña Mercedes, al detallar el hombre que se atrevía a tomar el brazo de su hija, casi se desmaya. Se  trataba nada menos del único que había amado: Jhonny Green, el padre de Dolores. Sin pensarlo dos veces, casi corriendo, llegó hasta donde estaba y sin decir palabra alguna se quedó mirándolo. Él se acercó. Ella, sumisa, se dejó abrazar. Sus sentimientos habían permanecido inalterables. La nostalgia la había acompañado día a día, durante muchos años. ¿Cuántas veces había llorado mirando su retrato? ¿Cuántas noches soñó con la entrega apasionada? ¿Cuántas veces rezó porque volviera?

El prefecto, dándose cuenta de situación tan bochornosa, se acercó a Leonardo y le dijo que no se preocupara, que nada iba a alterar su matrimonio. El arreglaría todo de la mejor manera. Le aclaró, para sorpresa de Leonardo, que el hombre era nada menos que el papá de Dolores.

Leonardo no dijo nada. Lo que estaba sucediendo era tan imprevisto que no atinaba a  tomar ninguna actitud ante el hecho. Esperaría ▬ se dijo, sin mucha convicción ▬ a que don Gumersindo arreglara el  incidente y pudieran continuar con la boda. No le preocupaba el retardo, sino lo que emocionalmente pudiera estarle pasando Dolores al tener de pronto, frente a ella, a su padre, un hombre que nunca había visto en su vida, ya que ni siquiera su madre le había mostrado alguna foto.

Don Gumersindo, apurando el paso con energía nunca antes demostrada pues era proverbial su pasividad, se acercó al hombre y mirándolo fijamente, con decisión le dijo elevando la voz para que todos oyeran:

▬ ¿Qué tal?  ▬ preguntó a la vez que le extendía la mano ▬ ¿Qué es lo que usted quiere mister Jhonny, después de tanto tiempo? ¿Puede pretender así como así, de forma inesperada, tomar a su hija del brazo y asumir en la boda el papel del padre que nunca fue? ¿Es que acaso no se da cuenta de la conmoción que está provocando? Ella ni siquiera lo conoce. Respete o lo meto preso.

▬ Mire, don Gumersindo, con todo respeto ▬ aclaró el hombre atropelladamente ▬ y quiero que lo oiga Mercedes y sea ella quien decida. Estoy arrepentido de lo hecho. He vuelto para solventar mis inadmisibles fallas. Después de muchos años me he dado cuenta de que desperdicie mi vida lejos de una mujer  inigualable.  Sé que me quiso con devoción. Fui un torpe e indolente, pero deseo enmendar. Estoy dispuesto a todo lo que Mercedes, Dolores y ustedes consideren necesario. Cuando supe lo del matrimonio de Dolores, tomé la decisión de venir para no irme nunca más.

Dolores, estática, sin saber que pensar, lloraba sin parar, desconsolada. Tenía emociones encontradas, dada la aparición intempestiva de su progenitor y en el momento más importante de su vida. Sus abundantes lágrimas desteñían un tanto el maquillaje tan bien logrado. La gente permanecía callada. Los que conocían los amoríos de Mercedes con Johnny, veían aquello como el capítulo final de una de esas telenovelas que pasaba por televisión, en la que todo se arreglaba entre los enamorados, hubiera pasado lo que hubiera pasado con anterioridad.

▬ Bueno ▬ aclaró el Prefecto con voz autoritaria ▬ Aquí todo depende de doña Mercedes. Si ella accede, usted podrá entregar a Dolores a su novio, de lo contrario le voy a agradecer que se vaya por donde vino o me lo empujo pa´ la  cárcel por alteración del orden público.

▬ Señor Perfecto ▬ dijo Mercedes con voz muy pálida, muestra de su profunda emoción ▬ Estoy de acuerdo que Jhonny lleve a  nuestra hija hasta el altar, pero  si ella  también lo acepta.

▬ Creo que la niña no tiene cabeza para poder responder eso en este momento. Pero yo sugiero, en aras de la decencia y las buenas costumbres, que si ustedes  están dispuestos, se casen de inmediato, ahora mismo y aquí. Si lo hacemos, posiblemente Dolores tome una decisión basada en el enlace legal de su madre. Por el acta no hay ningún problema, lo redacto mañana. Por algo soy la primera autoridad civil de este pueblo.

Hubo un silencio absoluto. Todos estaban expectantes. Apreciaban la inteligente salida del Prefecto.

▬ No sólo estoy dispuesto, don Gumersindo, sino que lo deseo de todo corazón ▬ aseguró el hombre elevando la voz para que se oyera en toda la iglesia.

▬ ¿Y tú que dices, Mercedes? ¿Estás de acuerdo? ¿Sí o no? ▬ preguntó el Prefecto en forma conminatoria ▬. Quería resolver el problema de la mejor manera  y eso le aseguraría en el futuro su permanencia en el cargo. Tenía el toro agarrado por los cachos. Conocía perfectamente la forma de ser de sus paisanos. No se resistían a nada que propendiera al llanto, bien por alegría o por tristeza.

Mercedes se quedó mirándolo fijamente, como queriendo escrudiñar en su alma, la del Prefecto, la de Dolores y la de Jhonny lo que debía decidir. Pudo en definitiva  lo que siempre había sentido por aquel hombre. Por otra parte ▬ dedujo ▬ podría ser completa su felicidad futura teniéndolo a su lado en un todo de acuerdo a la ley, en unión de su hija y de su yerno.

▬ ¡Sí, estoy de acuerdo don Gumersindo!  Afirmó con decisión.

Los presentes, después de pasado un momento de expectación, aplaudieron a rabiar ante el hecho  de que la querida señora Mercedes, más virtuosa que muchas de las casadas del pueblo y sus alrededores, hubiera dado su consentimiento.

▬ Entonces, no hay más que hablar. Pónganse ▬ ordenó el prefecto ▬ los dos delante de mí y tómense, en señal de compenetración, las manos. Dolores, colóquese a la derecha de su madre.

Leonardo, todavía impactado, seguía aguzando la vista y los oídos para cerciorarse de lo que estaba pasando. Sus padres se sentaron. Ya les resultaba incómodo  estar tanto tiempo parados. Darío, que intrigado se había aproximado, regresó al reclinatorio para contarle a Leonardo lo del matrimonio. Con sorna, como siempre, le dijo que pronto ya no tendría sólo suegra sino también un suegro. A pesar  de todo, Leonardo sonrió. Se alegraba por doña Mercedes. Merecía vivir en la compañía que siempre deseó, el resto de su vida.

▬ Señor Jhonny, ¿cómo es su apellido? ▬ preguntó el Prefecto.

▬ Green, señor.

▬ ¿Y cuál es su edad?

▬ Cincuenta y dos años.

▬ ¿Y dónde nació?

▬ En Nueva York, Estados Unidos

▬ Y su estado civil: ¿casado, viudo o divorciado? Y le advierto que de estar  todavía casado comete bigamia y eso le costaría algunos añitos de cárcel.

▬ Señor, soy divorciado. Tengo el acta correspondiente. No se preocupe.

▬ Eso está bien.

▬ Entonces ▬ enfatizó el prefecto ▬ señor Jhonny Green, divorciado de cincuenta y ocho años de edad, natural de Nueva York y domiciliado. Ah, eso no me  lo dijo.

▬ Actualmente, en Caracas.

▬ Y domiciliado en Caracas  ¿Acepta por su legítima esposa a Mercedes Acero, soltera, de 35 años de edad, vecina de esta población de Betania?

▬ Sí, la acepto.

▬ Y usted, Mercedes Acero, vecina de este pueblo de Betania, ¿aceptas como tu legítimo esposo al señor Jhonny Green?

▬ Sí, lo acepto.

▬ Entonces, en nombre de la República y por autoridad de la Ley, los declaro marido y mujer. Y que sean felices. Ahora continuemos con la boda, que los muchachos ya deben estar bastante preocupados.

Dolores, al ver la emoción que traslucía su madre, se acercó y la abrazó. Lo mismo hizo con su padre. Por tratarse de la felicidad de su progenitora, olvidaría todo y se acoplaría a la nueva relación. El hombre, sin poder evitarlo dejó escapar sendas lágrimas. Tomó a  su hija por el brazo y se dirigieron al altar. La gente aplaudía a rabiar. Esa historia, haría famosa a Betania, se dijeron muchos y hasta podía servir de argumento para alguna película. El coro contratado por Beatriz en la ciudad, entonó como nunca el Ave María. No era para menos, sus integrantes también estaban conmovidos.

Al llegar al reclinatorio en donde esperaba Leonardo, sus padres, Beatriz y Darío, el hombre, azorado, se presentó a la vez que dirigiéndose a Leonardo le aseguró que haría todo lo que estaba a su alcance para lograr su amistad.

Leonardo sonrió, dándole su aprobación. Supuso que lo que estaba sucediendo era positivo, en cuanto lograría para Dolores una vida más satisfactoria.

La ceremonia transcurrió con emotividad. Cuando el sacerdote, vivamente emocionado, los declaró solemnemente en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo esposos ante Dios, la gente volvió a aplaudir. Mercedes, al mirar detenidamente a la Virgen del Carmen, creyó ver que le sonreía.

Al salir por la nave centrar de la iglesia rumbo a la plaza, los miles de pétalos que Beatriz había repartido, le fueron tirados a la pareja. No se le escapó  a Leonardo la sonrisa un tanto burlona de Ana, que a diferencia de las otras personas, besaba cada pétalo antes de tirarlo.

Después que los novios abandonaron la iglesia, la orquesta contratada por Beatriz, tocó el pasillo “Brisas del Torbes”. Atropelladamente la multitud que colmaba el sagrado recinto, salió en procura de un puesto estratégico en algunos de los toldos que se habían colocado en la plaza. Algunos, dándosela de vivos, salieron antes de terminar la ceremonia y ya estaban acomodados en los sitios que fueron de su preferencia.

EL toldo más grande, colocado en la cabecera de la plaza, estaba dispuesto para los novios, los familiares y los invitados especiales. Leonardo y Dolores se sentaron en las sillas del centro, al lado derecho Mercedes y su esposo, el sacerdote, y Darío y Beatriz; a la izquierda el Prefecto, don Pancho, el director de la Escuela, el del Liceo, el doctor José Bautista y don Rafael Uzcátegui, el dueño del “Centavo Menos”.

Sonaba un melodioso pasodoble, cuando lleno de emoción, Leonardo vio que se acercaba por el centro, entre los toldos, su madrina Carmen Alarcón. Se paró  y bajó a recibirla. El abrazo fue más que emotivo.

▬ Te felicito de todo corazón ▬ dijo Carmen dejando escurrir algunas lágrimas ▬ Te mereces la mayor de las felicidades. No pude llegar a tiempo para la ceremonia, me fue difícil encontrar un taxista que quisiera traerme. Pero, aquí estoy.

▬ Gracias por venir. Es el mejor de los regalos que he recibo hoy. Sube y siéntate en una de las sillas de nuestra mesa, al lado de mis padres que también se alegrarán de verte.

Todos los asistentes estaban eufóricos, tenían a su disposición todo tipo de licor y de comida, y para completar, como nunca les había sucedido, diez mesoneros  de smoking que los atendían con presteza, complaciéndolos en sus peticiones.

La noche se insinuaba a eso de las siete de la tarde. Leonardo, tratando de ser lo más discreto posible, tomó de la mano a Dolores y se fue con ella a la calle paralela a izquierda de  la iglesia, donde había dejado su camioneta. Dio la vuelta por detrás de la construcción y tomado el atajo de una callejuela estrecha, alcanzó la carretera que lo conduciría a su definitiva morada.

Dolores se recostó amorosamente sobre el pecho de Leonardo.  A cada momento, para que los besos fueran plenos, se detenía. Así, llenos de ansiedad, llegaron a eso de las diez de la noche. Él se bajó a prender la planta eléctrica y le rogó a Dolores que no se bajara, pues quería llevarla en sus brazos desde la  camioneta hasta su habitación.

Si existía el paraíso, esa noche lo vivió la pareja, al arrullo de la quebrada que pasaba exactamente por debajo del dormitorio, tal como lo había planificado con Dario. Su murmullo hablaba sin cesar de una dimensión de la vida inimaginable.

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