Por : Dr. Eleazar Ontiveros Paolini
CAPÍTULO XII
EN LA CAPITAL

▬ Leonardo  ▬ dijo emocionado Fernando al despertar y después de leer una nota que su hermana le había dejado en la mesita de noche ▬ Nos llegaron tres invitaciones de la capital. Vamos para  Carracas, muchacho. Es la gran ventana al mundo. Nos quieren en la  Academia Venezolana de la Lengua, en la Universidad Central y  en un importante canal de televisión comercial. Las ofertas son generosas: la Academia nos ofrece un bono de 100.000 Bs., la Universidad, que se sabe está pelando bolas desde de que Gobierno la acosa por vía del presupuesto, unos 50.000 y la televisora, donde están los reales, nada menos que 300.000 ¿Te das cuenta de la magnitud de la oferta?

▬ Bueno ▬ respondió Leonardo sin entusiasmo, mostrando su proverbial tranquilidad e indiferencia ante el dinero ofrecido▬. Qué le vamos a hacer, vamos entonces a lo que creo que será el centro nacional del bullicio.

Todavía, dadas sus aprensiones, no lograba asimilar satisfactoriamente lo que estaba pasando, a pesar de que dimensionaba, también una vez más, lo que el dinero le podría deparar en el futuro. Resignación, pensó tratando de sacudirse las dudas que lo seguían martirizando. De nuevo, el demonio de lo opuesto le tentó el cerebro. Creyó aceptar en forma diáfana que lo que estaba pasando era lo mejor para él y lo que necesitaba  para Dolores y su familia.

▬ ¿Y cuál será el itinerario? ▬ preguntó Leonardo tratando de dejar de plantarse las molestas  dudas.

▬ La cuestión será así: pasado mañana a las 10 am. en la Academia; a las 4 en el Aula Magna; y a las 8 en la televisión. Apretado el programa ▬ acotó ▬ pero así salimos de los compromisos en un sólo día y con algo sustancial en los bolsillos.

El taxi se desplazaba raudo vía el aeropuerto de Santo Domingo. Leonardo no habló. Las dudas, insistentes a más no poder, lo seguían corroyendo, haciendo inútil su deseo de asumir lo que le estaba sucediendo como un algo verdaderamente positivo.  A eso se sumaba en ese momento, el terror que le producía montarse por primera vez en un avión. Dada su inexperiencia, no dejaba de pensar que pasaría si le fallaban los motores. Ese miedo persistiría a lo largo de toda su vida.

Con manifiesto temor empezó a subir  las escaleras para abordar la aeronave. Al llegar al último peldaño, le provocó regresarse.

Fernando se dio cuenta de la situación y como venía detrás de él, recostando su cuerpo lo hizo entrar. Se acomodaron en sus asientos. Fernando le daba todas las indicaciones, procurando neutralizar el miedo que cundía al muchacho, pues comprendía que todo, si era que no desistía, implicaba viajes y más viajes en avión y muchos de ellos en vuelos de varias horas. Desde esa primera oportunidad, Leonardo, por sentirse un poco más seguro y alejado de la visión del vacío, se sentó en el asiento que daba al pasillo. En todo el viaje, como la azafata había anunciado que el vuelo duraría más o menos una hora, no dejó en ningún momento de mirar  y mirar el reloj, pretendiendo precipitar el recorrido de las manecillas.

Por fin llegaron a Maiquetía. Los inquietó el agite de la gente, corriendo para todos los lados, arrastrando su maletas, sosteniendo bolsos, buscando algún asiento desocupado. Algunas mujeres controlando a los niños con correas para evitar extravíos, vendedores, tiendas, gente apurando un cigarrillo, comiendo con avidez platos  chatarra en decenas de cafetines, librerías, y también un desfile de hermosas mujeres, ricamente trajeadas y usando chores, lo que le pareció inaudito y hasta vulgar, ya que mostraban  casi todas sus piernas. Le llamó poderosamente la atención la cantidad de gringos que caminaban por los pasillos o estaban sentados en cada puerta esperando un vuelo. Se mareó. Trataba de ver todo al unísono, mirando a todos los lados, lo que le congestionaba la cabeza. Los ojos se irritaban. De nuevo las dudas ¿Soportaría toda esa locura?  Como un ramalazo vino a su mente el bucólico escenario paramero  inamovible, quieto, estático, sin estremecimientos de ninguna naturaleza. Para completar su desazón, su confusión, su preocupación emocional, fue aprensivo soportar la cola que hubo del aeropuerto al centro de Caracas. Duró, entre el humo, los pitazos, los afanes y el tormento de no avanzar con cierta regularidad, unas dos horas.  Se dijo resignado que aquello era sin duda el precio del progreso y éste, sea como fuere, era indetenible aunque acabara con la  vida en  la tierra.

Llegaron al hotel reservado por la televisora. Se registraron. Iban a subir a las habitaciones asignadas cuando un hombre de mediana estatura, un traje ajeado de color indefinido, camisa negra y corbata de rojo intenso, con unos anteojos de enorme aumento, de los que llamaban “culo´e botella”, se les acercó.

▬ Señores, bienvenidos a Caracas ▬ dijo con un timbrecito agudamente antipático ▬ soy periodista y necesito que me den algunas declaraciones, pues ya han causado mucho revuelo, aunque no creo que haya sido por apreciar lo que se dice del señor Leonardo, de sus capacidades. Conozco la  manera de pensar de muchos  capitalinos, sólo interesados por la novedad, por lo excitante de estar frente a un algo excepcional, a un innovador espectáculo. Además, algunos dicen, lo que yo creo, que se trata de algo preparado, una triquiñuela para engañar pendejos, pues es imposible que sea verdad lo que dicen de su memoria. Yo soy periodista y licenciado en letras, lo que me permite juzgar la cuestión con propiedad. Y espero que no se arrechen por mi crudeza, pero busco las noticias y trato de desentrañar la verdad, duélale a quien le duela.

Leonardo se puso rojo de la rabia y le provocó partirle la cara al impertinente. Fernando percibió  la incomodidad que le causaron las palabras del periodista a su pupilo y sin pensarlo dos veces, con apresuramiento,  agarró al periodista por la solapa y le dio un empujón de tal naturaleza que el hombre cayó sentado en un sofá situado a sus espaldas. Intervino el encargado de la recepción y calmó los ánimos, pues Fernando daba la impresión de querer seguir arremetiendo contra el hombre.

Preocupado por el impacto que le hubiera causado al muchacho las palabras del inoportuno periodista, Fernando lo  empujó para que subiera al ascensor. Leonardo estaba visiblemente confundido. Unas lágrimas le acariciaron las mejillas. Esto preocupó vívidamente al profesor. Presintió que las dudas podrían hacerse ahora mayores y determinar el fin de todo.

Al llegar al cuarto, de inmediato, Leonardo entró al baño, se lavó la cara y se quedó mirándose en el espejo. Creyó que lo sucedido y lo que había dicho el antipático periodista, era una confirmación de lo que  pensaba respecto a no seguir con aquello.

▬ Mira, Leonardo ▬ dijo Fernando vivamente preocupado y alzando la voz para asegurarse de que lo escuchaba, ya que permanecía en el baño aunque con la puerta abierta ▬. A lo que pasó no le puedes hacer caso. Ningún camino ha sido de rosas para que las mentes superiores logren públicamente el éxito. Hay que desbrozar todos los obstáculos. Eso es lo que dicta y estimula la envergadura espiritual y a ti, sin la menor duda, te sobra. En este mundo no faltarán enemigos, envidiosos, negociantes, hipócritas y estafadores que pretendan condicionar a los que por sus dotes sobresalen, se separan de lo común, de lo modal. Eso es parte del reto. No puedes sentirte disminuido por lo que un pendejo diga y opine. Ya verás, ten la seguridad, de que podrás contrastar lo que afirmó ese idiota, con lo que van a decir la mayoría de periodistas del país.

Leonardo no dijo nada. Pensó, sin quitar la mirada del techo, sobre  lo sucedido. De pronto, como si una luz lo hubiera iluminado, se dijo que no podía vencerlo un ser de tal calaña. Eso sería sucumbir ante la mediocridad. Apreció que lo dicho por el profesor era razonable. Debía estar preparado para muchas críticas malsanas, envidias, intereses ocultos y demás confabulaciones, pero todo lo compensaría la objetividad con la que  los honrados, que eran la mayoría, juzgarían sus  cualidades. Debía vencer las adversidades. Entendió perfectamente, buscando en el fondo de su corazón, que el único que podría vencerlo era él mismo y nadie más. A partir del hecho, tomaría las cosas como una forma de potenciarse así mismo.

De pronto, lo que sorprendió a Fernando, regresó del baño eufórico y mirando al profesor le dijo:

▬ No te preocupes. No voy a renunciar por lo dicho por ese tal periodista. Ahora empiezo a entender, a conocer, a apreciar objetivamente lo que no se puede lograr desde el aislamiento en que vivía. Nada me va a detener. Supongo que después de las presentaciones aquí en Caracas, algunos hablarán bien y otros mostrarán dudas o intereses subalternos, criticaran con sinceridad o por sólo criticar. Desde ahora, lo prometo, ese tipo de situaciones me va a dar igual. Me pasaré por el forro  lo malo que se diga de mí.

Fernando lo abrazó. En su interior llegó a agradecer al impertinente personaje el haber aparecido en sus vidas. Nunca sabría el favor que le había hecho a Leonardo, dándole ímpetu a una decisión esperada.

Sonó el teléfono.

▬ Señores, buenos días, soy el recepcionista. Ya el periodista se fue. Ahora los está esperado  la televisión y varios reporteros serios de los principales diarios. Ellos quieren entrevistarlos. La cosa será diferente. He visto cosas similares. Mi experiencia es larga, muy larga.

▬ Te lo dije ▬ explotó emocionado Fernando ▬ ahora verás lo que te he asegurado. La pequeñez del periodista, si es que  puede llamarse así, la vas a contrastar con lo que nos espera  en la recepción. Allí todo será diferente. Será un aplauso anticipado.

Efectivamente, con la mayor decencia y consideración los locutores y periodistas, hicieron las consabidas entrevistas  y con propiedad, sin atosigar ni proferir impertinencias y respetando la intimidad, indagaron lo que les interesaba difundir sobre la capacidad de Leonardo, resaltando en cada  momento lo impactante que sería para el público caraqueño poder verlo en la televisión o en el aula Magna de la Universidad, pues sabían que en la Academia la reunión sería privada, aunque algunos medios habían logrado la autorización para cubrirla y luego hacerla pública.

Regresaron a su habitación un tanto agotados. Durmieron unas dos horas  al cabo de las cuales se despertaron y decidieron ir  a un restaurante cercano al hotel que le había recomendado el recepcionista, llamado “El Pelícano”.

El restaurante estaba casi lleno. Le asignaron una mesa en el fondo, quedando un poco ocultos, pero sin embargo, los presentes no dejaban de mirarlos. Por primera vez, Leonardo hizo caso omiso de tal incomodidad y comió con avidez. Había aprendido una  lección que en adelante le sería vital para su tranquilidad: no preocuparse por el acoso de que sería objeto.

▬ Recuérdame el itinerario de mañana ▬ solicitó Leonardo al terminar con su postre ▬. No lo precisé cuando me lo diste a conocer.

▬ Bien, te explico de nuevo. A las diez de la  mañana estaremos en la Academia de la Lengua; a las cuatro de la tarde en el Aula Magna; y a eso de las ocho de la noche en la televisión. Según lo que he concertado, la  televisora pondrá a nuestra disposición un carro con el respectivo chofer, a partir de las ocho de la mañana, lo que nos facilita todo pues en esta ciudad no es fácil orientarse. Bueno ▬ invitó ▬ vamos a ver algo en la televisión y a dormir para mañana pararnos rumbo a una de las mejores batallas que enfrentarás en tu vida.

▬ No profesor ▬ dijo Leonardo con tono convincente ▬ no quiero ver el programa de noticias en los cuales con seguridad se difunde nuestra entrevista en la recepción del hotel. Tengo la seguridad, al verme en la pantalla, de que volverían mis dudas acerca de si no soy simplemente un payaso. Duerma usted y yo me dedicó al escribirle una la carta  a Dolores

Leonardo optó por escribir la carta sopesando cada palabra. El recepcionista se había comprometido, previa la correspondiente propina que ahora Leonardo la sabía útil hasta para lograr imposibles, a enviarla por el correo. Cada carta enviada a ella contemplaba una parte dirigida a sus padres, de manera tal  que Dolores, una vez separado lo dirigido a su persona, se lo entregara a Demetrio.

La mañana era hermosa. El sol perlaba las laderas del Ávila invitando a la vida. Parecía presagiarles el mayor de los éxitos. Se vistieron formalmente, con corbata, lo que molestaba visiblemente a Leonardo, pues a cada rato metía los dedos entre el cuello de la camisa, tratando de ensanchar el espacio. La luz le recordó los ansiados momento de sol en Betania.  Fernando rio complacido. Ya  su pupilo se acostumbraría al que sería en adelante un obligatorio vestuario.

Bajaron al comedor. Desayunaron. En el comedor los abordó un hombre de color, alto, fornido, que dijo llamarse Gabriel Guanipa. Les hizo saber con amabilidad que era el chofer enviado por la televisora y  que los esperaría a la entrada del hotel, en el momento en que decidieran ir a la Academia Venezolana de la Lengua.

A medida que se desplazaban al Palacio de las Academias, iba aumentando la estupefacción en Leonardo. No concebía el atosigamiento del tránsito, los gritos, los olores tan desagradables que flotaban en el espacio, el caminar de los transeúntes sin mirar a los lados, el bullicio y abigarramiento en la calle de los buhoneros, el ruido de las cornetas y la suciedad de las paredes, todas llenas de consignas políticas, algunas escritas con errores ortográficos. Ojalá y este tipo de progreso ▬ se dijo ▬ no llegue nunca a sus páramos, pues sería el acabose.

Arribaron la Palacio de las Academias, ubicado de Bolsa a San Fernando, según les dio a conocer el chofer. El profesor le explicó que allí tenían sede la de la Lengua y demás academias del país. Que aunque no lo creyera, era muy antigua, pues había sido fundada por Guzmán Blanco  el 10 de abril de 1883, y que en ella, durante toda su historia, se habían cobijado grandes intelectuales, entre ellos Andrés Bello.

El potero de la Academia los hizo entrar, a la vez que les indicaba que el Director los esperaba en la primera de las oficinas ubicadas a la derecha del pasillo. Efectivamente, estaba parado detrás del escritorio, esperándolos. Con amabilidad los saludó teniéndole la mano, a la vez que les ofrecía un café  y les indicaba que se sentaran en el  mullido sofá frente al mueble. Era un hombre alto, flaco, de quijada muy pronunciada, poblada la cara de una espesa barba de blanco señorial, y de unos 80 años. Denotaba inteligencia, sabiduría y humildad y, sobre todo, despertaba confianza. 

Después de consumido el café, con voz parsimoniosa, casi susurrante, como si no tuviera ni el más mínimo apuro, les dijo:

▬ Supimos de ustedes por los medios de comunicación, desde que tuvieron la primera presentación en la Universidad del Táchira. Uno de nuestros miembros correspondientes nacionales, oriundo de ese estado y que estaba en el público, nos llamó para contarnos lo sucedido. Es imposible negar que tuvimos, al oír su narración, una profunda impresión, pues así, de pronto, nos pareció que era imposible tal prodigio. Pero bien amigos, creo que puedo llamarlos así, estamos aquí y tendremos la oportunidad de constatar directamente ese don del que parece estar dotado el señor Prado. Nuestra reunión con ustedes es, digámoslo así, privada. Es decir que sólo estarán los miembros de la Academia y unos  reporteros autorizados de los diarios y canales de televisión… Bueno, todo está dicho, afirmó a la vez que se paraba con cierta dificultad de su silla. Vayamos a la sala de reuniones y enfrentemos un acto que será histórico en esta vieja corporación y que marcará, sin la menor duda, un hito significativo en su historia.

Llegaron al salón de reuniones. Con respeto, todos los presentes se pararon y esperaron que se sentara el Presidente, para luego hacerlo ellos con parsinomia. Vestían formalmente. Había pocos jóvenes. Unas siete mujeres. La mayoría pasaba de los sesenta años y tenían un porte señorial. Incluso algunos mostraban una  edad muy avanzada. El ambiente estilaba sabor a intelecto, a inteligencia, a estudio, a sobriedad… Habían dispuesto  dos sillas al lado del presidente, una a la derecha para Fernando y una a la izquierda para Leonardo. El salón era de una belleza inigualable. Piso de madera muy bien  pulido, una gran mesa de caoba, sillas altas, de madera tallada con arabescos y respaldo mullido de color morado. En las paredes, estaban, según supieron después, en retratos al óleo, muy bien logrados, todos los miembros fallecidos de la Corporación. Cuatro hermosas lámparas, de enorme tamaño y cientos de lágrimas, colgaban del alto techo de madera, iluminado el ambiente a plenitud.

Leonardo, por varios segundos, pues nunca los había visto, se detuvo a detallar los chalecos que lucían algunos académicos, en especial los que se apreciaban como siendo más viejos. Le gustaron. De pronto pensó que lo utilizaría el día de su matrimonio. Por un momento se olvidó dónde estaba y se trasportó a la casa de Dolores.

Pasado unos momentos expectantes, con  morigeración, el Presidente se paró y observando a todos los presentes con un vuelo rápido de la mirada, dijo:

▬ Señor Fernando Perdomo, señor Leonardo Prado. Estimados colegas académicos…Como lo sabemos a la perfección, hoy tenemos una reunión extraordinaria. Seremos testigos de un hecho inédito,  pues al conocer lo sucedido en el Táchira y explicado con lujo de detalles por el distinguido académico Dr. Jesús Rondón Prieto, nos decidimos a hacer la invitación a estos distinguidos ciudadanos, de manera tal que podamos con propiedad constatar directamente la excepcional capacidad del señor Leonardo Prado, el cual, sin siquiera estudios preceptuales de bachillerato, ha sido capaz, según se ha difundido como noticia nacional e internacional, de dar las acepciones a cientos y cientos de palabras del Diccionario de nuestra Lengua, excluyendo sitios geográficos, compuestos químicos y modismos propios de determinados países.

Leonardo se dio cuenta de que por primera vez se dirigían antes a Fernando y no a él. Eso lo satisfizo. Le pareció correcto: primero los profesores y luego los alumnos.

El Presidente continuó: De nuestros invitados estar de acuerdo, pues no hemos acordado nada con anterioridad, nos gustaría profundizar la prueba, combinando la solicitud de  acepción o acepciones de las palabras   y al revés ,es decir,  darle a conocer la acepción o acepciones  para que nos diga cuál es la palabra que las determina. Esto es importante, ya que en función de lo que sabemos de anteriores presentaciones de nuestro invitado, en ellas se procedió invariablemente y de manera única, con la primera alternativa. También, hacerlo de esa manera, acrecentará, sin la menor duda, de haber el éxito que esperamos, el prestigio de nuestros invitados.

▬ Señor  ¿Está usted de acuerdo? ▬ preguntó  el Presidente dirigiéndose a Leonardo ▬ Pues de no aceptarlo sólo procederemos de acuerdo a la primera alternativa, es decir, presentar palabras escogidas por los académicos y oír las acepciones.

Leonardo, sin decir nada, asintió moviendo la cabeza. Lo segundo le resultaba más fácil que lo primero. Ya antes, desde las primeras comprobaciones hechas por el profesor Florencio, lo había constatado, al igual que con los cientos de crucigramas de alta dificultad que había llenado.

▬ Bien, señores, estimados colegas académicos, precisadas las alternativas, procederemos de la siguiente manera: como sólo se trata de 10 palabras y 10 acepciones, que se irán alternado, yo iré sacado de la pequeña caja que tengo frente a mí, aleatoriamente, el nombre del académico que dará a conocer la palabra escogida o las acepciones. Empecemos.

Todos estaban visiblemente expectantes, nadie como ellos, académicos de la lengua, podían dimensionar la importancia de lo que estaba sucediendo, máxime cuando cada cual recordó lo limitado del número de palabras que dominaba con propiedad, si era que tomaban como referencia unas 88.000 del diccionario.

▬ Perdone ▬ dijo Leonardo parándose de su silla, a la vez que se ajustaba el nudo de la corbata y dirigía la mirada a los académicos sentados en el fondo de la mesa, en especial a una hermosa anciana que luchaba con sus párpados para mantener los ojos abiertos ▬  no sé si rompo algún  protocolo. Pero antes de empezar quiero manifestarles nuestro gran agradecimiento por permitirnos el honor de  estar en este hermoso recinto del saber, compartiendo con mentes sobresalientes, que han dedicado toda su vida al estudio de ese excepcional bien cultural que llamamos Lengua Castellana. Espero no defraudarlos, pero tengan la seguridad de que pase lo que pase, no hemos ni remotamente pensado en algo especulativo ni actoral. Lo que he logrado es el resultado del esfuerzo, de la voluntad, de la dedicación y por supuesto, del amor que desde niño, desde muy pequeño, tuve por nuestro rico léxico.

Todos aplaudieron la intervención. Leonardo se sonrojó. Fernando río complacido. Lo que les  estaba sucediendo era lo máximo. Algo que nunca podrían olvidar.

Bien, señores, ahora si estamos de acuerdo, empecemos. Sacó el primer sobre del pequeño cajón.

Académico Sergio Orta, tiene la palabra. Como hemos establecido empezaremos enunciado las palabras y luego las acepciones, alternando.

Académico: Dactilión.

Leonardo: Instrumento que se coloca en el teclado de los pianos para facilitar su estudio a los principiantes.

Académico: Correcto.

Susurro de asombro.

Académico Jesús Montilla, por favor.

Académico: Inestable y díscolo. Feo en alto grado.

Leonardo: Feróstico.

Académico: Correcto.

Así continuaron las intervenciones sin que apareciera la más mínima falla.

Palabra: Guarache.

Leonardo: Trabajo en horas extraordinarias,  generalmente nocturnas.

Acepción: Descendiente de Heracles o Hércules.

Leonardo: Heraclida.

Palabra: Cedareno.

Leonardo: Según la Biblia, el árabe o agareno.

Acepción: Carencia de esternón.

Leonardo: Asternia.

Palabra: Roscadero.

Leonardo: Cesto grande de mimbre con dos o más asas en el borde, que sirven para  llevar frutas y verduras.

Acepción: Tostar o azar en las brasas.

Leonardo: Turrar.

Palabra: Volsella.

Leonardo: Pinzas que tienen forma de gancho.

Acepción: Hurtar, robar.

Leonardo: Ufar.

Palabra: Fritaje.

Leonardo: Operación de eliminar por combustión las impurezas minerales que puedan quemarse.

Acepción: Corneta que puede alcanzar hasta cuatro metros de largo.

Leonardo: Tutuca.

Palabra: Yare.

Leonardo: Jugo venenoso que se extrae de la yuca amarga.

Acepción: Tener cópula carnal.

Leonardo: Ayuntar.

Palabra: Atestatura.

Leonardo: Trinchera que se hace  de prisa con  estacas o sacos de tierra.

Palabra: Azurumbarse.

Leonardo: Aturdirse, atolondrarse, turbarse.

Acepción: Tela de algodón, de tejido diagonal compacto y fino.

Leonardo: Fineta.

Palabra: Desmancho.

Leonardo: Movilidad excesiva, falta de aplomo del jinete en la silla.

Acepción: Tristeza, decaimiento

Leonardo: Mucepo.

Palabra: Gripois

Leonardo: Curvatura anormal de las uñas.

Terminadas las veinte opciones, según lo anunció el Presidente, los académicos, perdiendo su compostura un tanto rígida, aplaudieron con intensidad, llegando, lo que resultaba inusitado, a dar algunas hurras. Y era que nadie como ellos, estudios del idioma, sabían lo extraordinario que resultaba que un muchacho desconocido, sin estudios formales ni siquiera de bachillerato, llegara como nadie lo había logrado, a tal dominio de las palabras. Además, sabían que ni los más grandes filólogos, lexicólogos, gramáticos, críticos literarios y escritores, incluyendo premios nobeles, habían logrado algo parecido.

Al dar el Presidente por concluido el acto, los académicos, uno a uno, fueron dándole la mano efusivamente a Fernando y Leonardo, a la vez que los felicitaban, deseándoles que continuaran con sus éxitos, los cuales consideraba asegurados.

Los periodistas invitados y los camarógrafos estaban conmovidos. Habían cubierto cientos de actos en la Academia, pero lo había sucedido esa mañana no tenía parangón.

Acompañaros al Presidente a su oficina. Allí, éste, manteniendo su tono sosegado, les dio de nuevos las gracias por haber aceptado la invitación y después de colocarles en la solapa el pin distintivo de la Academia, les obsequió una publicación bellamente encuadernada, referida a la historia de la Institución desde 1883 y un ejemplar del último Diccionario de la Real Academia de la Lengua, en su vigésima tercera edición. Les dio conocer que una nueva edición, la vigésimo cuarta debería publicarse durante el 2014. Luego, sacó la chequera de una gaveta y les firmó el cheque por la cantidad convenida, a nombre de Fernando Perdomo, según se le solicitó.

Los acompañó hasta la salida del palacio. Les indicó que no salieran por la puerta principal para evitarle en acoso de los muchos periodistas que con seguridad estarían esperando. Lo harían por un pasillo especial que llevaba directamente al garaje, en el sótano, en donde, tal como le había mandado a decir al chofer, el carro los esperaba. Se despidieron de nuevo. Decidieron pedirle al chofer que les recomendara un buen restaurante de carnes. Este, sin pensarlo dos veces, les dio el nombre de “El Corral de Novillo”. Allí fueron. Invitaron al chofer a almorzar. Al terminar de degustar una blanda punta trasera, se dirigieron al hotel. Era hora de descansar y preparase para ir al Aula Magna de la Universidad. Leonardo estimó que si bien lo de la Academia había sido magnifico, estar en el  Aula Magna de la Universidad, con los profesores y estudiantes, sería lo máximo. Procuraría que le dieran una copia  de la grabación.

Eran las 4 de la tarde. Entraron al Aula Magna por un pasillo formado por decenas de muchachos, a los cuales con dificultad  ordenaban los vigilantes de la Universidad. Todos querían tocarlos, en especial  las bachilleres que por estar ya abarrotada el Aula Magna, tendrían que ver el acto por las pantallas gigantes colocadas fuera de ella.

El ingreso al Aula Magna fue apoteósico. El aplauso colmó todas las expectativas. Los estudiantes gritaban, silbaban y levantaba los brazos saludando. Las dos primeras filas habían sido reservadas para autoridades universitarias y profesores. Se mostraban inquietos. Aquello era un espectáculo nunca visto en el hermoso recinto histórico de la Institución.

El protocolo fue el mismo utilizado con anterioridad. Primero habló el Rector. Presentó con palabras elogiosas a los invitados y luego explicó el procedimiento que se seguiría. Para definir con precisión un ordenamiento y evitar confusiones, se había decidido lo referente a veinte palabras, seleccionadas por las autoridades, los decanos de las facultades, presidentes de centros de estudiantes y Presidente de la Asociación de Profesores.

Después de que cesó el nutrido aplauso como respuesta a las palabras del Rector, el maestro de ceremonias, director de la Escuela de Letras, le solicitó al Vicerrector Académico que empezara indicando la palabra escogida por él.

Leonardo, aturdido, se había olvidado de pedir la palabra, para hacerlo en ese momento, lo que obligó al Vicerrector volverse a sentar sin dar a conocer la palabra seleccionada. Cuando se paró frente al micrófono. El bullicio fue ensordecedor.

▬ Estimados Universitarios. Señor Rector y demás autoridades Universitarias. Señores profesores. Quridos estudiantes, empleados y obreros de este templo del saber, hoy en día tratado como un paría, por efecto del desprecio que el Gobierno tiene para con lo intelectual, pues le tiene miedo, mucho miedo, a la critica que surge del análisis, de la comparación y al tener claro que la enseñanza basada en la consideración científica de la historia, de las doctrinas y contradicciones ideológicas, conduce indefectiblemente a la conformación, que por lo demás es lo deseado, de mentes autónomas.

Reventó el Aula Magna. Dio la impresión, dada su perfecta acústica, que se derrumbaría. El entusiasmo era sorprendente, como sorprendente era que aquel hu,ilde muchacho sin estudios formales, tuviera tal claridad de criterios.

Entusiasmado continuó:

Me siento como flotando. Como si hubiera llegado a un espacio mágico, en el cual  los venezolanos aprenden para servir. Nunca pensé, aislado en los páramos tachirenses, que pudiera algún día estar aquí, aunque ahora siento la magnificencia de la pertenencia. Pues no hay mayor pertenencia humana, ni nada más democrático que el saber.

El silencio impuesto por la necesidad de escucharlo, se quebró en mil pedazos, en mil voces que  al unísono sintieron la emoción de ser universitarios.

Al silenciarse de nuevo el Aula Magna, el Director le solicito de nuevo  al Vicerrector Académico que  diera a conocer la palabra que había seleccionado.

Heteronomía, enunció el Vicerrector.

De inmediato, Leonardo dio la acepción: Desviación de las leyes normales.

Aplauso generalizado.

Luego, tal como lo había indicado el Rector, se fueron dando las palabras seleccionadas, a las cuales Leonardo daba sin titubeos las acepciones correctas. En cada caso, dada la precisión, los aplausos una y otra vez se fueron repitiendo.

Las restantes 19 fueron: Alimón: Pase de dos toreros a la vez. Solidaridad o cooperación entre dos; Eón: Arquetipo, modelo. En el gnosticismo, cada una de las identidades divinas de uno u otro sexo, emanadas de la divinidad; Intonso: Que no tiene cortado el pelo, ignorante, inculto, el libro que tiene hojas pegadas por el borde y no se han despegado; Ácrata: Suspensión de toda autoridad, anarquista; Sicofante: Acusador profesional; Acémila: Mula o macho de carga; Capistote: Mandatario absurdo y tirano; Amplectivo: Dícese de los órganos que abrazan completamente a otros; Cellar: Aplicase al hierro forjado en barra redonda y gruesa; Galforero: Pobretón, holgazán y vagabundo; Chapeta: Mancha de color encendido que aparece  en las mejillas; Diuturno: Que dura mucho; Ignavia: Tedio, languidez; Munificante: Bueno, excelente; Baldado: Imposibilitado; Evección: Despojo que sufre el poseedor; Lenitivo: Medio que sirve para ablandar, para mitigar penas y sufrimientos del ánimo; Hadada: Prodigiosa; Ergástula: Cárcel destinada a esclavos; Pasmarote: Boba, persona ensimismada.

Fernando, no podía con la emoción. Como nunca antes, Leonardo había dado las acepciones con tanta rapidez y seguridad. Pensó que a lo mejor era efecto de ambiente tan propicio. Los vibrantes aplausos le hicieron estremecer hasta la más íntima de sus fibras. El rector emocionado lo abrazo. Muchos bachilleres, rompiendo todo tipo de orden, se abalanzaron al escenario para  felicitarlo. Los vigilantes se vieron en un gran aprieto para lograr liberarlo de decenas de brazos que con avidez lo asfixiaban. Custodiado por unos seis de estos, bajó del escenario. Afuera del Aula Magna el enjambre de estudiantes que aplaudían a su paso era impresionante. Algunos conocedores de la historia de la Institución llegaron a decir que nunca antes se había dado manifestación de tal tipo. Que quizá lo único comparable había sido el día de la caída de la dictadura militar.

Llegaron con dificultad, paso a paso, a las oficinas del Rectorado. Allí esperaban los vicerrectores, el Secretario y algunos de los decanos. Les fueron dados algunas publicaciones de carácter literario y la medalla distintiva de la Universidad.

Arribaron extenuados al hotel. Tratarían de descansar apropiadamente para enfrentar el programa en la televisión a las ocho de la noche. Encendieron el televisor y pudieron ver que los actos de la Academia y del Aula Maga se estaban transmitiendo. Antes de su inicio, el presentador habló de manera elogiosa, insistiendo en que Leonardo debería  ser visto, para orgullo del país y su gentilicio, en todas partes del mundo, pues lo que había logrado no tenía antecedente que se conociera.

▬ ¿Qué opinas, Leonardo? ¿No es algo maravilloso? ¿No sobrepasa con creces lo que está sucediendo si consideramos lo que originalmente nos imaginamos?

▬ Creo que sí ▬ respondió Leonardo arrastrando las palabras ▬ Lo que si deseo es que a donde vayamos nos cobije la tibia espontaneidad que sentí en el Aula Magna. Creo que me dejó una impronta indeleble.

▬ Buena apreciación, muchacho ▬ aseguró Fernando complacido de que Leonardo se hubiera emocionado de tal manera ▬. Eso ▬ le dijo ▬ era vital para que sin restricciones enfrentara nuevos compromisos.

Durmieron hasta que el recepcionista, tal como se lo habían solicitado, los llamó por teléfono a las seis, diciéndoles que ya el chofer de la televisora los estaba esperando en la recepción.

Fueron recibidos por el Director del canal con amabilidad. El hombre calculaba, pues ya conocía lo de los programas de la Academia y el Aula Magna, que el suyo sería visto en todo el país,  y eso implicaba un negocio redondo.

Los llevaron al estudio seleccionado. Leonardo de ninguna manera aceptó que le pusieran nada en la cara, aunque le explicaron que el talco era para contrarrestar la brillantez que podría disminuir la nitidez. No aceptó explicaciones y llegó a decir con énfasis que si eso era imprescindible, no se presentaría. Las mujeres, a una orden del Director del programa lo dejaron tranquilo. De todas maneras, no habían suscrito ningún contrato y en consecuencia, no había normas preestablecidas que fueran obligantes. Fernando, pretendiendo ser solidario, también se negó.

En el estudio, según informó el animador, estaban presentes cinco distinguidos catedráticos universitarios, especialistas en las diferentes ramas del idioma, que procederían, a enunciar las palabras y a determinar si las acepciones dadas por Leonardo, eran válidas.

Lo que si se había establecido como compromiso, era llevar el programa a 30 las palabras, para poder así cubrir de alguna manera, con cuatro negros intercalados cada 10 palabras, una hora de programa.

Todo transcurrió como era lo esperado. Leonardo, con una seguridad asombrosa, dio todas las acepciones de manera correcta. Le llamó profundamente la atención, por el hecho de parecerle desagradable y artificial, que después de dar cada acepción colocaban aplausos grabados. Consideró que vendrían muchas otras sorpresas que le resultarían  rebuscadas argucias del negocio.

En la Dirección les fue entregado el cheque por la cantidad acordada. A la vez, afectando una pose de generosidad, el Director les dijo que como por sus conexiones los actos de la Academia y del aula Magna habían sido difundidos a muchos países, había recibido comunicaciones de otras latitudes pidiendo información de cómo contactarlos.

▬ Considero estimados amigos ▬ dijo mostrando satisfacción el Director ▬, que gracias a nosotros se les han abierto las puertas del mundo hispanoamericano. Y no es para menos. Lo que hemos apreciado es inédito, excepcional, inédito, extraordinario. Aquí tengo las comunicaciones provenientes de países como España, México, Argentina, Perú, Colombia y Puerto Rico. Sobresale la de la Real Academia de la Lengua Española, que como saben, es si se puede decirlo así, la Catedral mayor del nuestro idioma. Les dio en físico las comunicaciones. Ellos podrían, de creerlo conveniente, establecer las relaciones formales del caso.

Fernando, más que satisfecho, durmió como un bebé. Era el resultado del cansancio que le había producido tanta emoción acumulada en el día, a lo que se sumaba, para la tranquilidad requerida, la visualización de un futuro promisor,  pleno de logros.

Por el contrario, Leonardo, recostado en la almohada, seguía hilvanando obsesivo la madeja sin resolver las contradicciones que todavía se entrelazaban abigarradas en su cerebro, sin poder evitarlo.

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