Por : Dr. Eleazar Ontiveros Paolini
CAPITULO X
LA PRIMERA EXPERIENCIA.

El pasillo estaba en penumbras. De seguro el bombillo que guindaba del techo, había fallecido por consunción. Tanteando, Leonardo logró después de varios intentos meter la llave en la cerradura y abrir la puerta. Un ramalazo de más oscuridad se introdujo es sus ojos, que desorbitados buscaban orientarlo. Alcanzó la cama. Con todo y ropa se tendió en ella, después de lograr prender el bombillo, que daba una luz mortecina, anuncio  que agonizaba sin remedio. Se oía, cacofónico, el vallenato que sabía se llamaba La Gota Fría, infaltable en cualquier fiesta de la región.

Seguía, para su angustia, desconcertado. Ansioso por lograr animarse, se repetía una y otra vez, que todo saldría de lo mejor. Vino a su memoria el agradable momento en que los habitantes del pueblo lo aplaudieron en la iglesia durante por lo menos un minuto. Algo de vanidad lo aguijoneó. Se reconvino de inmediato. Notó que no podía manejar a su antojo los pensamientos y que estos aparecían libremente, creando un calidoscopio de confusiones, superponiéndose, yendo y viniendo, como si alguien los manejara cual títeres inquietos ¿Acaso todo se debía a que no tenía sueño y el vallenato le hería con insistencia los oídos? Se daba cuenta de que estaba nervioso sin saber por qué razón, pues no tenía la menor duda de que saldría airoso de cualquier prueba a la que se le sometiera. Debía dormir ▬ se dijo ▬. No resultaba conveniente seguir intranquilo, ya que podría llegar a la desesperación. No debería obsesionarse procurando  una respuesta que no llegaba. Lo que requería era afirmarse en la contradicción, entenderse a sí mismo. Tuvo, en ese instante, el convencimiento de que era fácil desbrozar el camino de todas las dudas, pues si permitía que persistieran no encontraría la forma de definir adecuadamente el futuro. Lo que Fernando le proponía, debería entenderlo así de una vez por todas; era una posibilidad asible, con pleno sentido y que podía soportarse sin perturbaciones emocionales. Dejaría que todo discurriera, sin obstáculos mentales,  pues él estaba seguro de tener la necesaria envergadura para cumplir a cabalidad, sin contratiempos de ninguna especie, con la parte que le correspondía. Tuvo la sensación de que todo estaba dicho y que había encontrado el cabo de la madeja. Recordó a Cayo Julio César cuando antes de atreverse a atravesar el Rubicón, dijo: “Queda echado el dado”.

Se paró y fue al baño. Orinó. Se cepillo los dientes y al hacerlo, se vio, seguro que debido a la mortecina luz y a la calidad del destartalado espejo clavado en la pared, desfigurado, con una cara que se difuminaba a veces en su mitad derecha y otras en su mitad izquierda. No era él; no se reconocía. Tuvo la seguridad de que todo era un juego de luces, pero se figuró, preocupado, que a lo mejor se trataba de una advertencia en cuanto a que en adelante cambiaría su forma de ser. Se reconvino. No tenía la menor duda del cambio de vida, pero también  la certeza de que nunca cambiaría su forma de ser.

Se acostó de nuevo. Una vez más el vallenato saturó sus oídos. Entre la somnolencia y la vigilia, su mente, persistiendo en su inquietud, se ofuscaba, vagando entre el pensamiento sensato y la ensoñación. Y esto se hacía insufrible. Poco a poco, sobreponiéndose, ayudándose con inhalaciones profundas, logró conciliar el sueño. Se vio en el escenario del liceo, animado por maestros y estudiantes. Entre las muchachas vio a su compañerita de la primaria, Dolores García, a la cual había definido en su inocencia como su novia, aunque sólo algunas veces, y era cuando vencía la timidez, hablaba con ella. La retrató en la cámara de sus recuerdos, como una hermosa muchacha, de pelo rojizo, ojos azules, y de esbelta talla, que según se sabía, había sido el fruto de unos violentos amoríos ente doña Mercedes García y uno de los ingenieros gringos que acompañó al profesor universitario en la siembra de los pinos, de nombre Jhonny Green. Si persistía la belleza  en la muchacha lo constataría al otro día en el acto del liceo.

Tocaron a la puerta. Despertó. Unos hilos delgados de luz que se colaban por entre las hendijas de las ventanas, le daban en la cara. El día florecía como pétalos de luz emergiendo de la oscuridad. Se dio cuenta de que había dormido con la ropa puesta. Después de estirarse, pretendiendo espantar lo que le quedaba de sueño, se paró y abrió la puerta. Era el profesor Fernando.

▬ Buenos días, Leonardo ▬ saludó efusivo ▬ ¿Cómo estuvo ese sueño? Te dejaron dormir los malditos vallenatos. ¡Yo no sé qué le pasa a la policía que permite esa vaina toda la noche! …Creó que debes apurarte un poco…Son las ocho y debemos desayunar para  después ir a nuestra primer gran aventura. Pero antes, vamos a comprar algo de ropa, de manera que estés presentable ▬ insinuó casi cantando ▬ Voy a despertar de inmediato a tus padres.

El agua le pareció mucho más fría que la de la quebrada, pero igual sintió el placer que producía sus caricias en el cuerpo. Por lo de la ropa, supo una vez más que su tutor era  y le sería indispensable. Pensaba en todo. Nada se le escapaba. En verdad ▬ se dijo ruborizándose y sintiendo pena ▬ no puedo presentarme con estos viejos y desteñidos pantalones, que ya lloraban su color por tantas lavadas ¿Y la camisa? Cayó en cuenta de que tenía puesta una de las que le había dejado don Florencio. Sonrió. Su recuerdo siempre era grato. Si Dolores estaba entre los muchachos del liceo, quería causarle una buena impresión ¿Estaría allí? Algo lo estremeció. Algo que no entendió. Al cepillarse, pegó la nariz contra el espejo y fue retirando poco a poco la cara. Comprobó que ahora se reflejaba sin ninguna distorsión. Dedujo del hecho que su destino no provenía de un algo externo, que se broquelaba en su propio interior, en su alma. Se sintió aliviado. Lo de antes de acostarse había sido una simple efecto de la combinación de oscuridad y poca luz. Se peguntó con cierta preocupación: ¿No estaba acaso cayendo en el desvarío de tratarse a sí mismo con severidad, sin motivo alguno? Salió. Delante de él, a unos pasos, iba caminando apresurada, casi corriendo, la pareja de muchachos que había visto desde el comedor entrar a la pensión el día anterior. Buscaban con apremio la salida…De improviso, se movió la fibra instintiva y pensó que debería experimentar de una vez por todas con alguna mujer.

Desayunaron. Anita, la coqueta recepcionista, haciendo de mesonera les sirvió la infaltable pisca con huevos y las arepas rellenas de queso de mano. Ahora no miraba al profesor con el interés de antes, parecía concentrarla en el muchacho, al cual sentía el actor principal de algo importante. A Leonardo no le pasó desapercibida la mirada penetrante de la mujer y retribuyéndosela, le sonrió con amabilidad. Ingirieron el desayuno con manifiesto nerviosismo. Demetrio y su mujer se mostraban  inmutables. Posiblemente no dimensionaban con exactitud lo que estaba sucediendo o, a lo mejor, tenían plena confianza en su hijo.

Salieron de la pensión. Fernando llevaba el pesado diccionario de la Real Academia bajo el brazo derecho. En la puerta, el penetrante olor a orines se hizo manifiesto. Los borrachos de siempre, de todos los días, dormían plácidamente en la grama, cerca del busto del prócer, y el policía de guardia, inmutable, indiferente, como siempre, masticaba con  deleite su consabida bola de chimó. Unos dos salieron tambaleándose del billar, con rumbo a la cama a cielo abierto que representaba la grama de la plaza.

Se dirigieron con presteza al “Centavo Menos”, la tienda de misceláneas del señor Pedro Uzcátegui, con la intención de comprar alguna ropa adecuada. Antes de entrar en la tienda, Leonardo pregunto:

▬ Profe, ¿Usted tiene el dinero suficiente para la ropa? Pues me imagino que debe estar muy cara ahora que los bolívares no valen nada y los productos colombianos se han puesto muy caros.

▬ No te preocupes ▬ contestó Fernando entusiasmado a la vez que se reía ▬. La plata que nos donó el señor Pancho Ramírez es más que suficiente. Se trata de 10.000 bolívares, con los cuales podemos comparte dos buenos pantalones, una buena camisa y una chaqueta, de manera que estés presentable.

Entraron a la tienda. Leonardo se fue midiendo lo que le iba alcanzando el profesor, hasta que hizo la escogencia que le pareció adecuada.

▬ Háganos lo siguiente ▬ insinuó Fernando ▬ ve a la pensión, te cambias y nosotros te esperaremos en la puerta de la iglesia para después ir al liceo.

Así se hizo. Leonardo, entusiasmado, se fue con lo comprado a la pensión. Ana estaba en la recepción y lo recibió con una insinuante sonrisa.

▬ Mira, Leonardito ▬ dijo con afectación ▬ ya me voy para el liceo, pues  por nada me puedo perder  lo que con seguridad será tu primer éxito. Si quieres te espero y te acompaño ▬ insinuó.

▬ Está bien, me parece muy bien. Será agradable tu compañía.

Entró a su cuarto y se cambió. Le hubiera gustado tener un espejo en que mirarse a cuerpo entero. Era una sensación agradable sentirse bien vestido. Pensó que tal  satisfacción  en adelante la sentiría con regularidad.

Con Ana a su lado derecho, se dirigió a la iglesia. Allí los estaba esperando, como fue lo acordado, Fernando y sus padres. Con sonrisa socarrona, Demetrio detalló a la bonita muchacha.

Llegaron al liceo. El patio estaba abarrotado de liceístas y vecinos del pueblo, entusiasmados por lo que le había dicho el sacerdote en la misa del día anterior. Todos aplaudieron la entrada de la comitiva. El director los esperaba al pie del pequeño escenario de cemento en el que se había colocado un micrófono de pie. En el fondo se veía una pancarta en la cual se leía: “Bienvenido el orgullo de Betania”.

Subieron sólo Leonardo y Fernando, al darse cuenta de que solo había dos sillas dispuestas en el escenario. Demetrio, doña María y Ana, permanecieron de pié, cerca del escenario.

Una vez sentado en la silla dispuesta para él, conmovido por la asistencia de todo el pueblo, Leonardo trató de precisar algunas caras conocidas. De pronto, como si se tratara de una aparición divina, vio a Dolores García, que ubicada en el centro del patio, a unos seis metros del escenario, lo miraba con detenimiento. La muchacha estaba más bella que nunca. Sus ojos azules resplandecían con brillantez, reflejaban la luz del día. Le sonrió a la vez que la saludaba con su mano. Ella respondió de la misma manera.

De pronto, lo sacó de su éxtasis el ingreso al escenario del Director del liceo, que de inmediato se dirigió al micrófono para la presentación de rigor, diciendo:

▬ Estimados vecinos, queridos estudiantes y profesores del liceo, hoy es un día muy especial para nuestro instituto, para Betania y para Venezuela, pues tenemos el privilegio de ser los primeros en oír, en presentación formal, a un muchacho de nuestro pueblo que ha dominado, como nunca sucedió antes, las palabras del Diccionario de la Real Academia de la Lengua, que pueden llegar a ser, quiero que todos lo sepan, más o menos, unas 80.000. Apreciar ésta cifra es, a su vez, darse cuenta de la magnitud del logro. Leonardo es orgullo de nuestro pueblo y  con seguridad, asombrara al mundo intelectual con su excepcional capacidad.

El aplauso fue unánime y sostenido, en especial de los liceístas que se sentían representados por un muchacho de su edad. A lo mejor muchos de los presentes aplaudían a pesar de que mejor no tenían la capacidad para discernir con propiedad lo que representaba el gran logro del muchacho. Pero de alguna manera la fibra etnocéntrica se ponía en juego.

▬ Gracias, muchas gracias ▬ continuo ansioso el director ▬ ahora vamos a decirles cómo vamos a proceder, de acuerdo a lo que conversamos con el profesor Fernando. Él trajo el diccionario. Yo se lo voy a pasar a algunos de ustedes, para que lo abran donde quieran y allí escojan las palabras. Nos la darán a conocer subiendo la voz para que todos sepan cual es. De inmediato, Leonardo dirá  el significado de cada una de ellas. Una vez que lo haya hecho, quien escogió la palabra y como tiene el diccionario en la mano, leerá, también alzando la voz, el significado que se lee en éste, de manera que podamos constatar si lo dicho por Leonardo es coincidente o no con lo que en él está asentado.

▬ Vamos a entregarle el diccionario a la profesora de castellano, la señorita Gertrudis Varela, para que sea la primera en escoger una palabra.

La profesora ▬ con pasos nerviosos ▬ subió al escenario y  abrió el diccionario al azar. Leyó frente al micrófono: exvoto.

Leonardo pensó un momento y de inmediato dijo: Don u ofrenda que los fieles dedican a Dios, a la virgen o a los santos en señal y por recuerdo de beneficios recibidos.

▬ Perfecto ▬ aclaró  la profesora entusiasmada ▬ es exactamente lo que indica el diccionario. Ni una palabra más ni una palabra menos.

Aplausos efusivos. Gritos alentadores de la muchachada.

▬ Ahora invitamos al señor cura.

Sacerdote: la palabra es: Eleófago.

Leonardo: en que se alimenta de aceitunas.

Sacerdote: Perfecto, es lo que dice exactamente el diccionario.

El director iba a hacer un nuevo llamado, pero Leonardo lo interrumpió de improviso, solicitándole que invitará primero a Dolores García, su compañera en los primeros años de la primaria, a escoger una palabra.

La bella muchacha, nerviosa pero mostrando evidente entusiasmo, subió al escenario y después de mirar a Leonardo con intensidad, abrió el diccionario y leyó:

▬ Chongo.

Leonardo: Chanza, broma.

Exacto dijo Dolores, a la vez que entregaba el diccionario a director y sin poder contenerse, se acercó a Leonardo y le estampó un beso en la mejilla.

El aplauso fue esta vez más sostenido. La muchacha bajó del escenario sin poder contener algunas lágrimas que generosas se escurrieron por sus mejillas.

Llamamos ahora a un muy distinguido vecino, que  habiéndose dado cuenta de lo que representan los conocimientos de Leonardo, le donó un significativa suma de dinero para que pudiera dar con propiedad los primeros pasos. Estoy hablando de don Pancho Ribera.

¡Aplausos!

Don Pancho caminó con parsimonia hasta es escenario. No disimulaba su emoción. Lo llamaban a hacer algo nunca pensado. Sólo había vivido para sembrar y vender papas y de vez en cuando empinar el codo. Tomó el diccionario, lo abrió al azar y leyó:

▬ Cinegética

▬ Leonardo: Arte de la caza.

Don Pancho. Es lo que dice aquí en el diccionario, sí señor. Igualito.

¡Aplausos!

De esa manera pasaron al escenario unos diez liceístas más y en todos los casos las respuestas fueron acertadas. Fernando, que en un principio había mostrado cierto nerviosismo, sintió que se ratificaba a sí mismo la sostenida apreciación de que el muchacho además de su memoria, tenía una capacidad espiritual especial, pues se apreciaba que no sentía preocupación alguna, que tenía plena seguridad de sí mismo.

La salida del liceo fue emotiva. Pasó entre los muchachos que con cariño lo abrazaban o le daban una suave palmada en la espalda. En la puerta estaba, expectante, Dolores. La abrazo tiernamente. No se dijeron nada. Ella, a su lado, lo acompañó hasta la puerta de la pensión.

▬ Dolores, mañana me voy. Quiero que nos veamos en la tarde en la plaza y si tú lo quieres, visitaremos a tu madre ¿Está de acuerdo? Necesito decirte algo importante. Verte de nuevo me ha llenado de alegría. Siempre pensé en ti a pesar de que sólo compartimos unos ratos en la escuela.

▬ Sí, Leonardo ▬ contestó Dolores condescendiente, sin titubear ▬ Vendré a eso de las tres de la tarde. No creo que mi mamá se moleste por la visita. Cuando le conté ayer lo que iba a suceder en el liceo, me dijo que te recordaba, aunque vagamente.

Se despidieron. Sin poder contenerse ante la limpidez de ojos tan profundamente azules, Leonardo la besó en la mejilla, rosándole levemente los labios. Dolores se sonrojó, dio la vuelta y apresurando el paso, se fue buscando el camino que desde la parte derecha de la plaza, se dirigía hasta el puente sobre la quebrada “La Pedregosa”. Al nomás pasarlo, a mano izquierda, estaba su casa. El rumor de la quebrada la hizo sentirse nimbada, flotando en algo que no podía explicarse. A pesar de lo impetuoso, creyó que Leonardo terminaría siendo su amor.

De nuevo en su cuarto, ya de noche, Leonardo, recostado en la cama, valoró lo sucedido. No podía negar que había sentido un profundo orgullo. Los aplausos, el cariño y las manifestaciones de admiración le indicaban, como canto de presagios, que si era válido lo que hacía. Que no podía quedarse  con su capacidad encerrada en sí mismo sin darla a conocer, en especial porque podría servir de estímulo a otros jóvenes para emprender cualquier aventura intelectual.

Los ojos azules de Dolores se dibujaron con exactitud en su mente, obligándolo a dejar de pensar en el futuro. Era en verdad hermosa. Mucho más que cuando compartió con ella la primaria. Las pocas pecas y el leve acné de su infancia habían desaparecido. Fue inevitable imaginarse que una vez que hubiera triunfado y ganado el suficiente dinero, volvería para buscarla. Era un anhelo que sólo podría concretar si sus logros fueran de tal magnitud como para poder ofrecerle lo que merecía. Hablaría con ella antes de irse a la capital del estado. Le diría que lo esperara, que no se olvidaría de ella en ningún momento, que aunque conociera las mujeres más bellas del mundo, ella prevalecería por sobre todas, como la reina en sus sentimientos. Se quedó, poco a poco, plácida y profundamente dormido manteniendo viva la imagen de la muchacha…Fernando lo paró. Había contratado el vehículo para que  Demetrio y doña María regresaran a su casa. Era necesario pararse para despedirse, después de desayunar.

El chofer, incumpliendo el horario establecido, llegó a eso de las once de la mañana al frente de la pensión. Demetrio lo abrazó efusivamente. Su madre lo besó con ternura. No pudieron contener las lágrimas. Leonardo sabía que en el fondo ellos estaban alegres de que caminara por un sendero mucho mejor que el que ellos habían recorrido con tantas limitaciones, aunque nunca manifestaron arrepentimiento alguno o le reclamaron a Dios o al destino su suerte. El alma campesina, sin ningún recelo, siempre considera que el creador es quien tiene la palabra y que si bien los hombres pueden proponer, es él el que decide y hay que obedecerse. Era una forma adecuada de enfrentar la vida sin sentir frustraciones de ningún tipo. Era una forma aprendida de conformismo anímicamente estabilizador.

Pensativo entró a la pensión y se sentó en un sofá colocado frente a la recepción, a esperar la hora del almuerzo y después que fueran las tres para encontrarse con Dolores. De pronto, Ana apareció detrás de la mesita que servía para anotar a los huéspedes y sin ningún rubor, mirándolo coquetamente, le dijo;

▬ Mi amor, lo de esta mañana fue fabuloso. Creo que tengo que darte un premio. Y será el premio más sabroso que recibirás en tu vida.

Se acercó y sin que mediara ni siquiera una palabra, se sentó junto a Leonardo y abrazándolo lo besó en los labios, con ansiosa intensidad.

Leonardo no supo qué hacer o decir. Era la primera vez que lo besaba una mujer. Sintió que todo su interior se estremecía de manera muy extraña, no conocida con anterioridad. Como un ramalazo vinieron a su memoria las mujeres desnudas que había visto en algunas revistas y el frustrante onanismo al que hasta entonces se había sometido.

Ana iba a repetir el beso, cuando vio aparecer en el fondo del pasillo a doña Cornelia, que con una cerveza en la mano y un cigarrillo a medio consumir, se acercaba hasta ellos. Ana se paró con presteza y volvió a ubicarse detrás de la mesita. Para disimular, hizo como si estuviera buscando algo en el libro de anotaciones.

▬ Mijito, ▬ balbuceó la señora mostrando  una buena borrachera ▬ me dijeron que la vaina en el liceo había estado cojonuda. Te felicito y espero que te vaya del carajo de ahora en adelante.

▬ Gracias ▬ dijo Leonardo con torpeza, cohibido ante mujer tan singular ▬ creo que todo irá bien. De todas maneras, yo no dejaré de estar en contacto con el pueblo y con todos ustedes. En definitiva, son mi gente. La gente de mi pueblo.

La doña rio y sin decir una palabra más, salió de la pensión con una cerveza en la mano. Ana sabía que sólo lo hacía para ir hasta el billar y pedir que le trajearan una caja de su infaltable licor.

Leonardo, aburrido después de almorzar y de esperar el paso del tiempo, miró el reloj. Eran sólo las dos de la tarde y su encuentro con Dolores sería a las tres. Decidió ir a esperar en una de las bancas del parque, sobre todo para evitar que Ana pudiera repetir lo que antes había hecho.

A las tres, tal como habían convenido, Dolores, luciendo un vestido blanco, se acercaba presurosa.  Al llegar no dijo nada. Se sentó en la banca.  Leonardo, venciendo la timidez que lo acosaba, se atrevió a tomarle la mano. Ella sonrió asintiendo. Hablaron del futuro. Él le prometió que volvería y ella que lo esperaría hasta que decidiera regresar. Tomados de la mano se fueron por el camino, pasaron el puente y de inmediato entraron a la casa de la mamá de Ana, doña Mercedes, que por la ventana entreabierta, sonriendo, los veía  acercarse.

Decenas de mariposas revolotearon por sobre sus cabezas, cuando pisaron el pequeño camino de piedra, bordeado por hermosas rosas de todos los colores e increíbles trinitarias que con su esplendor parecían hablar de un espacio de quietud, apto para profundizar los sentimientos. Detrás de la casa, protegiéndola y dándole sombra, tres grandes eucaliptos desmayaban sus ramas sobre el techo de la humilde casa.

Un hermoso pastor danés salió de pronto de la casa y acercándose a Dolores recostó sus patas sobre las piernas de ella, solicitándole que lo acariciara. Lo hizo. Mesó los pelos de su cabeza y de la espalda. Siguieron caminado. El perro los acompañó.

▬ Siéntense muchachos ▬ invitó doña Mercedes con amabilidad y sin dejar de sonreír pícaramente en momentos en que su hija le presentaba a Leonardo ▬Ya les traigo un vaso de fresco de mora  y un dulcecito de lechosa.

Se sentaron uno junto al otro. La mamá de Dolores estilaba confianza, amabilidad y parecía que entendía lo que podía estar pasando con su hija y Leonardo, sin ningún tipo de preocupación. Nunca se pudo desprender del amor que le tenía al padre de la muchacha. Esperaba que su hija amara de la misma manera y al parecer Leonardo era el escogido. Su belleza volvía locos a los muchachos del liceo, pero nunca le hizo caso a ninguno. Eso le aseguraba que el muchacho representaba algo especial para ella y por tal la satisfacía. No dejaba  de soñar con tener entre sus brazos un nieto, con la misma belleza de su hija. Además, habiendo oído de las capacidades del muchacho, asumía que éste la sacaría un día del pueblo, en búsqueda de una vida mejor.

Ante la solicitud de Mercedes, Leonardo contó todos los procesos que había vivido para llegar al dominio de las palabras del Diccionario e hizo algunas remembranzas cariñosas del maestro Florencio y de la ayuda del profesor Fernando.

A eso de las seis de la tarde, doña Mercedes les dijo que iría a preparar unas arepas para cenar. Que conversaran con toda la confianza. Dolores le agradeció con la mirada el gesto a su madre. Al pararse, mirando con amabilidad al muchacho, sonrió con un gesto de complicidad.

Cenaron. Al terminar, Leonardo consideró que debía irse a la pensión a planificar con el profesor lo que harían. Dolores y su mamá estuvieron de acuerdo. La doña los acompañó hasta la puerta y los dejó solos. Sin siquiera pensarlo, Leonardo la atrajo hacia él y le dio un prolongado beso. Ella le respondió con avidez. La señora, viéndolo todo por entre las cortinas de la ventana, sonrió complacida. Pareció, de pronto, que el perfume que exhalaban las flores del nutrido jardín del frente de la casa, aumentaba, penetrando profundo. El perro, a lo mejor celoso, ladró con insistencia.

Alegre como nunca, Leonardo emprendió el regreso. Algo le petrolizaba el corazón. Un algo llenaba su mente y los más profundos recodos de su cuerpo de meliflua ternura. ¿Era el amor? ▬ se preguntó ▬. No pudo darse una respuesta. No lo sabía, aunque lo presentía. Pensó que lograr  ganársela, pasaba previamente por alcanzar todo lo que fuera necesario para tener que ofrecerle algo sólido, permanente. Al pasar el puente, la quebrada pareció acariciarlo con sus arrullos. Las pomarrosas le sonreían con su amarillo oro, reflejado en el agua. La vida era buena. Valía la pena vivirla si lo hacía en compañía de Dolores. Volteó, ella lo seguía mirando parada en la puerta. Saludó con la mano. Luego se perdió la vista de la casa y se adentró en el parque, respirando el sabor de sus sentimientos.

Fernando lo esperaba en la puerta de la pensión. Mostraba cierta preocupación.

▬ ¿Dónde estabas? ▬ preguntó de inmediato ▬ ¡me tenías preocupado!

▬ No hay de que, profesor ▬ aclaró ▬ estaba en casa de una amiga. Y quiero decirle que ha sido hasta ahora la mejor tarde de mi vida.

▬ ¿En la casa de la que llamaste para que escogiera una palabra? ▬ preguntó en tono burlón.

▬ De la misma ¿Ya está todo listo, a qué hora nos vamos? ▬ preguntó cambiando abruptamente y a propósito la conversación.

▬ Todo está previsto. Nos vamos a eso de las siete de la mañana. Después de desayunar. Ya hice los contactos en la capital. Por otra parte, todo lo de la escuela está arreglado, levanté el inventario y llevo la renuncia para entregarla en las oficinas del Ministerio de Educación. Creo conveniente que nos vayamos a dormir y así amanezcamos bien para emprender el viaje que se lleva unas tres horas y media. Hasta mañana.

Recostado sobre la cama vio dentro de sí la imagen de Dolores. Le costaba aceptar que sólo habiendo estado con ella un momento, un intenso momento, tuviera que alejarse sin saber a ciencia cierta cuándo regresar. Hacía un poco de frio. La lluvia empezaba a repiquetear sobre el techo con monótona cacofonía. Al rato, se iba quedando  dormido, cuando sintió sobresaltado que la puerta de la habitación se abría con sigilo. Aguzó la vista. Reconoció a Ana, la recepcionista. Esta, sin mediar ni una palabra, se acercó presurosa a la cama. Se desnudó con parsimonia, incitante, provocadora, y luego se acostó junto a él y empezó a acariciarlo con avidez. Leonardo no sabía qué hacer. Ni siquiera le preguntó por qué estaba allí. Se sentía congelado, estático, exultante. Pero hablar no fue necesario. Una violeta erección lo sacudió. Ella acarició su miembro por sobre los interiores y de inmediato se los quitó lentamente, como gozando cada segundo. Sus labios se deslizaron con suavidad sobre su miembro. Ella, de vez en cuando, levantaba la cabeza y lo miraba burlonamente. Sabía que era su primera mujer. Aturdido dejó que ella hiciera lo que quisiera. Al rato, se acostó sobre él y tomando de la mano el excitado miembro lo introdujo en sus entrañas. Se movía como si tuviera una depurada experiencia de muchos años. Al rato, la convulsión fue inevitable. Los dos se relajaron agotados. Él sabía ahora que era una mujer y el placer que podría proporcionarle. Con arrepentimiento se acordó de sus frustrantes masturbaciones en la casucha y cuando se bañaba en la quebrada. No se dijeron nada. Ella, al rato, inició de nuevo las caricias con más vehemencia, hasta que de nuevo la eclosión se sintió en ambos cuerpos. Sin decir nada, Ana se paró, se vistió y salió del cuarto. Se quedó de inmediato dormido. Soñó que hacía lo mismo con Dolores, pero todo era completamente diferente, pues con ella había una compenetración de sentimientos que superaba con creces lo mecánico que había sido con Ana.

En la mañana se paró eufórico. Se sentía liviano. Era un hombre diferente. Algo de lo sucedido le hacía ver el mundo de otra manera, con optimismo, con la seguridad de que muchas cosas buenas le sucederían. Al salir del cuarto, vio a Ana detrás de la mesa de la recepción. Ella sonrió como si no hubiera sucedido nada la noche anterior.

Desayunaron y salieron a abordar el jeep que los llevaría a Delicias, de ahí a Rubio y de esta ciudad a la capital del estado.

Mostrándose agradecido, se despidió con cariño de la muchacha. Esta, sin mostrar ninguna emoción, le dijo:

▬ Que te vaya bien, mi amor y espero que esta despedida se fije en tu corazón para que no me olvides. Adiós, buen viaje y que logres muchos éxitos. Ah, y cuéntale al menso de tu profesor, lo que se perdió por no haberme tomado en cuenta.

Leonardo, ruborizado, sin saber que decir, en especial por la forma en que se había referido a Fernando, salió apresurado de la pensión, en búsqueda de su destino.

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