Por: Dr. Eleazar Ontiveros Paolini

Primera entrega semanal por capítulo de la novela Muriendo desde la Z.

I
PRETENSIÓN ACLARATORIA

Escribo la historia de mi vida convencido de que es única, tal como es única la de cada ser humano. Ella es referencia de un mundo muy especial, lleno de particularidades que no se dan en los demás, a pesar de que los pueda influir de alguna manera. A lo mejor algunos la aprecien como curiosidad ajena a su propia existencia o como ejemplo a seguir, pero sin ser posible aprehenderla espiritualmente a plenitud, sin posibilidades de ser parte de su esencia individualizada. A lo mejor les servirá como pauta que se  conjuga  para enjuiciar la propia como superior, en esa esclavizante actitud humana de santificar por sobre todo el yo, imputándole a los otros los defectos.

Mi historia, aunque no lo crean, no es reciente. Viene de muy atrás, de mucho antes de que la comadrona me diera con sus manos callosas la palmada en la espalda para que absorbiera por primera vez el indispensable oxígeno, escaso en las alturas parameras. Y llego a creer que pudo haber sido mucho más atrás, mucho antes de que un inquieto espermatozoide de mi padre penetrara en las ansias maternas de un óvulo de mi madre. Es decir, con siglos de anterioridad, cuando la omnipotencia, omnisciente e infalible, desde su ser venido de la nada, creato ex nihilo, planificó todo hasta un fin inexistente, incluyéndome a mí en ese desiderátum,  aun cuando muchos no acepten que la nada haya precedido  a lo creado, ni tampoco que sea  una a especie de materia de la cual todo haya surgido, ni que ninguna causa eficiente ha intervenido en la creación, es decir, que lo creado no lo haya sido de ninguna materia preexistente.

Eso sí, tengo la convicción de que en cada uno de nosotros se mezclan y entrecruzan todos los fenómenos del mundo, en una síntesis apretada, constreñida en la coraza rígida del cuerpo y el cerebro, a pesar de que centremos toda nuestra acción, pensamiento y sentimientos en un algo que pensamos concreto. Y es que cada cual, hecho espíritu voluble, sufre y goza su hechura de criatura, y de una manera u otra, se clava a sí mismo en una cruz personalizada, singular.

Y es que sabemos, o prendemos saber, lo qué somos. Sólo nos sentimos como seres haciéndonos, sin poder terminar de hacerlo, para bien o para mal, en forma ininterrumpida, pues internamente, en lo profundo del espíritu, no hay ninguna realidad cierta; no hay ni siquiera la imagen de un ser cabalmente terminado. Claro que esto no tiene nada de malo. Es el motor que ha impulsado el mundo, permitiéndonos, aunque no lo tengamos en un plano consciente, sobrepasar nuestras formas y fenómenos, en la búsqueda de un camino ontológico.

No escribo mi vida por sentir que soy algo. La escribo para saberme a mí mismo hasta donde sea posible, pero eso sí, no he seguido, en apariencia, el camino de transmutar en emociones íntimas la realidad sensible, sino de oír sin juzgar lo que me cuenta el aire que respiro, mi pasión por las palabras, la barba que me crece, la leche que me bebo, los colores de las rosas, el vuelo de las mariposas, mis matas parameras, la límpida quebrada, el susurro del viento, la calidez del sol, mi chorro de orines, los olores de la leña haciéndose carbón, el agite de mis sueños, los duendes del licor, la armonía de los cantos, los rosicleres, mi gran amor real y los ficticios que sólo fueron veleidades que iban y venían, el espacio de mis sentimientos, lo que he palpado, oído, recordado y olvidado.  Claro que ese espacio no lo conozco a plenitud y en consecuencia, no soy capaz de establecerle límites. Más eso no me importa ni debe preocupar a los demás.

No puedo a mí mismo decirme si la vida ha sido tránsito cierto, pero quiero decir que pretendo, aunque sé que el esfuerzo será inútil, contarla sin que se entrometa con impertinencia, en grado apreciable, la ficción. Aunque sé que es inevitable, ya que una vez oí decir a un viejo escritor que expelía sabiduría hasta por la larga y blanca barba, que en toda biografía hay algo de ficción y que toda ficción tiene algo de biográfica. O sea, que sin poder evitarlo nos retratamos en las quimeras, en los mitos, las parábolas, las fábulas y el cuento, y para colmo nadamos en mundos nimbados e intangibles.

Quiero, es el objetivo de lo que narro, desprenderme de mi vida, antes de que la inexorabilidad me desprenda de ella en un día o una noche en que las alas se habrán agotado en su agitar de vuelos, sin poder seguir viajando a espacios ignotos.

La vida no es otra cosa que el sendero recorrido, tratar de trazar un camino hasta metas indefinidas; es irse muriendo día a día, causa por la cual cada uno de ellos es el primero de lo que nos queda por vivir. Por eso, nunca he entendido porque se celebran los cumpleaños con tanta efusividad.

Creo tener la ventaja, así pretendo demostrarlo, que si bien me asemejo a todos los demás por aquello del huevo genitor, no me he quedado en ser una mariposa, un murciélago, una larva, una hormiga, o un ser con sólo la mitad derecha o la mitad izquierda. Y es que si bien pretendemos interpretar a los demás, vana ilusión, entiendo que sólo nos interpretamos a nosotros mismos aunque a medias, con muchas deficiencias.

Claro que eso de ser objetivo al escribir mi vida pretendiendo que sea una novela, no me lo creo ni yo mismo, pues nunca seremos en verdad independientes del objeto. Efectivamente, como ser humano, en mí confluyen, y en eso si nos parecemos todos, la razón que como tal es un bien universal, heredado y la cultura, bien adquirido y contingente. Y de la cultura sobresale lo mejor que de ella hemos adquirido: la imaginación.  Como es inevitable que razón cultura y lenguaje se compenetren sin prefabricarlo, tal complejidad acicatea con persistencia nuestro cerebro, terminando por obligarnos a producir, casi a diario, mundos nuevos que navegan en el río de la tradición. Claro que la imaginación es más rica si tenemos más palabras para conformar esos nuevos mundos de ficción, ya que la amplitud de nuestro mundo es definida por el límite de nuestro lenguaje, limitado a su vez por la lógica. No en vano ese lenguaje es la estructura de la razón. Y confieso sin ningún rubor, a pesar de ser el tipo que más palabras conozco en el mundo, que no soy ni medianamente brillante en descubrir las relaciones sintácticas que en sus miles de relaciones se esconden. Es paradójico, pero así es y no puedo hacer nada para solventarlo.

Y lo más emocionante, así lo puede precisar al terminar la supuesta novela, es decir, después de mezclar episodios verdaderos y mentiras sobre mi vida, es que percibo que esos nuevos mundos, han superado la propia razón y la lógica, dándome el goce indefinible de burlarme de la fastidiosa realidad, conformándome con representarla, o, en otras palabras, como lo diría el lenguaje tremebundo de los filósofos, convertirla en una versión hipotética.

Entiendo que no todo nuevo mundo, producto de la imaginación, es luminoso. Algunos de ellos son desesperantes, en especial cuando con arranques inadmisibles de ingenuidad, pensamos asirlos como propiedad tangible y vivirlos a plenitud en un espacio sensible, que sería lo mismo que transmutar los sueños, las pesadillas, las ansias desmedidas, en realidades manipulables por nuestra voluntad, por nuestros deseos y apetencias.

Mi novela fue un parto sin dolor, pero desesperado, desasosegado. Resultó que al terminarla y después leerla, no tenía seguridad de si lo escrito era obra mía, pues me pareció que el personaje aprisionado en el texto, desde su nacimiento hasta su muerte, Leonardo Prado, así me llamo, era un ser diferente, lleno de plenitudes que no se explicaba, pletórico de sentimientos de los que nunca tuvo conciencia y de complejos que antes fueron simples formas de evadir el orgullo. Tampoco me explico, cómo fue posible poder narrar los pasos finales e inexorables de mi propia muerte.

Hay algo sobresaliente. Mi capacidad, única en el mundo, inigualable, incomprensible, inextricable, indiscernible y demás adjetivos calificativos sinónimos, según dicen los entendidos, los letrados, los psicólogos, los filólogos, los literatos y demás yerbas relacionadas, creo que nunca sirvió para ser apreciado en mi esencia como ser. Por el contrario, no sé si tengo razón, en cada presentación, en la calle cuando era abordado, en la televisión y la radio cuando era entrevistado, me sentí como un payaso de circo, como si fuera un objeto de espectáculo divertido, sin que se tomarán en cuenta mis sentimientos, mi forma de pensar, de amar y de odiar, concentrándose todo en lo que exteriorizaba por mis dotes inimitables, es decir, que aplaudían lo que decía y contestaba, pero no a quien lo decía o contestaba, es decir, a Leonardo Prado.

Que no se me olvide. Un médico especialista que me estudio hasta la saciedad, terminó por decirme, después de muchas entrevistas, que posiblemente mi condición de sietemesino, de ser gemelo de un hermano que murió durante el parto y de haber tenido un toque muy leve de autismo y posiblemente de epilepsia, habrían estimulado mí memoria, haciéndola  prodigiosa, pero sin que tal propiedad me afectara más allá, es decir, sin que entorpeciera los procesos de integración, la comunicación  verbal y no verbal y la imaginación; sin que obstruyera las actividades mentales superiores de comparación, generalización, síntesis y análisis, pero facilitando algo que es común en los autistas: la repetición sistemática, incansable. Claro que muchos otros interesados en mi virtud, si es que puede llamarse así y no mi drama, consideraron que tal etiología es sólo habladuría, que no hay una explicación satisfactoria. Pero yo, aunque mi criterio sobre el particular no tiene validez, creo que en el fondo hay algo de eso, en especial cuando nadie se ha aventurado a dar otra explicación. Y es que me han hecho hasta la saciedad estudios del cerebro y no han captado ninguna diferencia con el de otros considerados normales, pues hasta el sistema límbico, según me explicaron, vital en lo de la memoria, ubicado debajo de los lóbulos cerebrales, no mostraba ninguna característica especial en cuanto al   tamaño, contorno, color o superficie. Otro especialista, por cierto muy interesado en mis dotes memorísticas, se dedicó a comparar mi zona de Broca, ubicada en el lóbulo frontal izquierdo, pensando que como ella controla la emisión y articulación del lenguaje, indispensable para la memorización, podría mostrar un desarrollo superior. Después de muchos estudios comparativos, se llegó a la conclusión de que no difería del de otras personas sin mis capacidades. Uno más, y creo que fue el que dio la mejor opinión, consideró que como la memoria queda almacenada en numerosos y diferentes lugares del cerebro, era posible que muchos de ellos tuvieran un desarrollo especial, pero que comprobarlo resultaba imposible por no tenerse todavía los medios adecuados.

Confieso que escribí la narración de mi vida a escondidas de mi profesor, tutor y representante, el bueno de Fernando Rigoberto Jacinto Perdomo González. Como no duermo ni siquiera cinco horas, pues me acostumbre a fortalecer mi memoria recostado a la almohada horas y horas, aprovechaba también la forzada vigilia para escribir, a mano, en una agenda, el texto de mi obra ¿Pero será una obra? Bueno así llaman a todas las novelas y lo mismo quiero, nadie me lo puede prohibir, darle tal connotación a la mía. Cuando le mostré lo escrito, una vez que creí que lo había concluido, y en momentos en que iba describiendo mi extinción, me preguntó ¿Pero cómo hiciste para escribir si sólo te dedicabas a leer y memorizar? Muy fácil, le respondí, en vez de sentarme en el borde de la cama a leer, me puse a escribir, así de sencillo. Por supuesto que le pedí me perdonara por no haberle comentado nunca lo que estaba asentando en mi agenda, pues con seguridad me hubiera ayudado con algunas sugerencias y consejos, pero la tarea la había dimensionado como algo que yo enfrentaría con exclusividad, sin injerencias de ningún tipo. Luego, con su indeclinable voluntad de ayudarme en todo, la pasó en la máquina de escribir, en lo que duró unos seis meses, pues sólo había aprendido a escribir en ella utilizando los dedos índices, produciendo un cacofónico y fastidioso tic tac.

Otro aspecto que me perece importante comentar, no me importa si le interesa o no a los que se atrevan a leer la novela, es que después de releerla unas cinco veces, descubrí, no sin el asombro de un pichón de escritor, que sin quererlo y sin explicitarlo directamente en el texto, había creado un espacio en el que estaba incluida integralmente mi experiencia humana, que supongo también es la de los demás. Y es que, deténganse a comprobarlo, allí hay algo de lo intelectual y de lo pasional, algo del   conocimiento y de lo instintivo, algo de la vida y de la muerte, algo de las sensaciones y de lo intuitivo, de la dulzura y la amargura, la admiración y el desprecio, el amor y el derecho, que de ninguna manera pudieron ser expresados con la rigidez de una definición, ya que en muchos casos sólo se insinúan, dándole el valor de lo inacabado.


El siguiente capítulo se publicará la próxima semana.

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