Por: Dr. Ricardo Gil Otaiza. Presidente de la Academia de Mérida

En la antesala de las fiestas de Navidad y de Año Nuevo deseo hacer una breve reflexión en este querido contexto. Hoy cerramos una etapa de grandes realizaciones institucionales, que han proyectado a la Academia de Mérida fuera de sus fronteras naturales, para hacerla reconocible y merecedora de un sitial de importancia en la promoción de las Artes, las Humanidades y las Ciencias. Fue el 2019 un año de avatares, pero también de inmensos retos que nos pusieron a prueba, y a pesar de las normales fallas, propias de cualquier institución, el saldo es ostensiblemente favorable para la corporación, la ciudad y el país. Nuestra Academia dio lo mejor que pudo dar y recogió los frutos.  

En lo personal me siento satisfecho por el camino andado, porque en equipo nos erigimos en catalizadores de procesos, en azuzadores de un cúmulo de experiencias, que ya quisieran otras instituciones poder desarrollar en medio del cataclismo que vive la nación. Con escaso presupuesto y con un personal sometido a las vicisitudes propias de la administración pública, la Academia pudo cumplir con creces todo lo pautado, porque se incorporaron actividades conexas que dieron pertinencia a una corporación, cuya prosecución en el tiempo se ha hecho exponencial, impactante y merecedora del reconocimiento de propios y extraños.

Cierro este año (y también mi paso de cuatro años por la presidencia de la Academia) con la certeza de haber hecho lo posible para que nuestra institución fuese mejor día a día. Sé que hubo inadvertencias, pero doy constancia que jamás fueron la resultante de la mala fe, de la inquina, o de la negligencia; todo lo contrario: por amor institucional y un exceso de celo en el cumplimiento de lo establecido en su ley y en su reglamento, para garantizarles a todos sus miembros (y a la entidad a la que se debe por definición) lo mejor de su talento y de sus reservas intelectuales y morales.

La presidencia de la Academia ha sido para mí una escuela de lo humano. Aquí saboreé las mieles de la amistad, de la solidaridad y del compañerismo, pero también las hieles del Yo. En este sentido, el Yo es lo que nos identifica, lo que nos ubica en el presente, pero también se expande para convertirse en la imagen que tenemos de nosotros mismos, lo que nos impele a actuar, a defender nuestros propios espacios cuando los vemos (o creemos) socavados. Ese Yo, o noción acerca de nosotros, es necesario porque es un mecanismo de defensa frente a los peligros (reales o inventados) que nos acechan, pero se vuelve contra nosotros cuando nuestra propia imagen es tan elevada e ilusoria, que termina por erigirse en una barrera que nos separa y aleja irremisiblemente de los demás. El Yo, también llamado Ego, a veces termina por ser tan inmenso, que no somos nosotros quienes hablamos o actuamos, sino “esos otros” que subyacen en nuestro ser y que aniquilan toda posibilidad de entendimiento y de armonía.

Todos tenemos un Yo, pero cuando nos supera en tamaño nos convierte en seres fantasmales, que respondemos a situaciones muchas veces irreales y caemos fácilmente en sus peligrosas trampas.

Ser miembros de la Academia es un compromiso, lo he dicho en otras oportunidades, pero también es un honor, qué duda cabe. Empero, el pertenecer a ella, o a otras, no nos pone (o no debería de ponernos) por encima de los demás. El arquetipo del Académico es un hombre o una mujer que por su elevada formación y trayectoria pública, tiene el mejor y más sincero trato para con los demás, jamás pontifica ni impone sus ideas porque sabe que la clave del conocimiento está en el cotejo con los otros, y que la verdad es una categoría dura en lo filosófico que se construye a lo largo de toda la existencia. Que no se nos olvide esto: la Academia es la asamblea de pares intelectuales y, por lo tanto, nadie está por encima del otro.

El Adviento es un tiempo bueno para la reflexión, para sacar en limpio las cuentas de nuestro transitar por la Tierra. La vida humana es breve, pasa en un abrir y cerrar de ojos. Dejemos pues que el Yo se redimensione y en lugar de dejarnos llevar por sus fútiles pasiones, trabajemos con empeño, humildad y sencillez su ubicación en el lugar que le corresponde, y que así no entorpezca nuestro camino que debería ser el del permanente aprendizaje para la conquista de nuestros más elevados sueños.

En lo particular hago votos por la paz y la felicidad de todos. Que la unión familiar, la salud y el bienestar material sean ejes alrededor de los cuales se articulen nuestras vidas.

Que el concierto de hoy, de la mano experta de nuestro muy querido y respetado académico, profesor Amílcar Rivas Dugarte, hijo de una estirpe de brillo universal, sea un broche de oro en este momento tan especial cuando esperamos con gozo el nacimiento de Jesús en nuestros corazones.

En nombre de la institución que me honro en presidir, les deseo una Feliz Navidad y un Venturoso Año 2020. Que el venidero sea el de la transformación de nuestra esperanza en una portentosa realidad.

¡Salud, queridos colegas!

Ricardo Gil Otaiza. Presidente de la Academia de Mérida (2016-2017, 2018-2019)

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