Por: Pbro. Cándido Contreras Ochoa

Por primera vez participo en un evento de esta naturaleza por tanto agradezco en primer lugar al Dr. Fortunato González su amable invitación y a la Academia de Mérida por permitirme estar entre ustedes.

Vengo como creyente en Dios y como sacerdote de la iglesia católica para compartir, someramente, sobre lo que a mi parecer es la búsqueda fundamental de todo ser humano: LA FELICIDAD. Esto es en lenguaje cristiano equivalente a SANTIDAD.

El término KADOSH, el Santo, en hebreo se refiere fundamentalmente a YHWH;  para ellos Él, es tres veces KADOSH, según el texto de Isaías 6; para afirmar que es, en palabras de Karl Barth, “el totalmente otro”. Esa realidad de la santidad, referida a Dios, involucra al ser humano que, según la fe hebrea, es el ser creado a “imagen y semejanza” suya (Cfr. Génesis 1,26). Por tanto podríamos afirmar que el ser humano es también el totalmente distinto al resto de lo existente.

En el idioma griego la palabra AGIOS, está referida a Dios como el Santo. De alguna manera se intenta describir la trascendencia de lo divino, de lo inaferrable, de aquello que el ser humano no puede dominar.

Desde el mensaje de Jesús de Nazaret, trasmitido por los evangelios, ese Dios “totalmente otro” no es un ser lejano y enemigo de la humanidad, sino un ser lleno de ternura, cercanía y bondad, al que se le puede llamar Padre (Lc 11,2). El que era visto, pensado y predicado como el “totalmente otro”, es ahora el que se manifiesta como Abbá, papaíto querido. El Santo hace partícipe al ser humano de su santidad.

En el evangelio de San Mateo se coloca como primer discurso del Señor Jesús el sermón llamado por algunos autores “de Las Bienaventuranzas“(Mt, 5,1-12). Jesús propone un camino distinto a la santidad: son felices, bienaventurados, santos, distintos, quienes asumen un estilo de vida basado en la sencillez, la bondad, la limpieza de corazón, la libertad en el espíritu, el relativizar las contradicciones de la vida y no dejarse llevar por el resentimiento ante quien injuria, calumnia y agrede.

San Pablo llama santos, felices, a quienes siguen el camino propuesto por Jesucristo aunque esas personas tengan muchas deficiencias y limitaciones en la vida personal o comunitaria, como es el caso de las comunidades de Roma y  de Corinto (Rom 1,7; 1 y 2 Cor 1,1).

Con el predominio de los parámetros de la filosofía griega y la expansión del cristianismo en la cuenca del Mediterráneo, alejándose de las raíces antropológicas hebreas, poco a poco se fue imponiendo una concepción de la santidad como un alejarse por voluntad y esfuerzo propio de las realidades materiales y corporales. El cuerpo humano es asumido como cárcel del alma y el empeño del creyente cristiano se centra en superar, sobre todo por su propio esfuerzo, sus limitaciones corporales para liberar su alma y entrar en la eternidad.

Los primeros creyentes empiezan a admirar y exaltar a quienes sufrían o morían por ser creyentes en Cristo, confesándolo como el único Señor y Salvador. Quienes morían por esta razón son considerados santos y empiezan a ser objeto de veneración. En un segundo momento empiezan a ser admirados, tanto en vida como luego de su muerte, quienes han sido perseguidos, torturados, exiliados, por causa de su fe cristiana: ellos son considerados y venerados como santos.

Luego de la relativa libertad al cristianismo, a partir del año 313 con el edicto de Milán, algunos creyentes optan por una vida de ascetismo, penitencia y alejamiento de la sociedad para dedicarse totalmente a la oración, meditación y algunos a la erudición teológica, siendo igualmente admirados y venerados por otros creyentes como santos, como quienes son distintos y viven solo para Dios.

La santidad vista desde esta óptica queda reservada solo para unos pocos; es algo más para héroes que para el común de los creyentes. Debemos esperar hasta el Concilio Vaticano II (1962-1965) para que en la iglesia católica se empiece a hablar del llamado a la santidad para todo el pueblo de Dios (L.G. cap. V).

El Papa Francisco, el 19 de marzo de 2018, da a conocer la Exhortación Apostólica Gaudete et Exsultate, sobre el llamado a la santidad en el mundo actual. La santidad, sin negar la heroicidad de las virtudes de algunas personas de la comunidad, es una realidad que se da en la puerta de al lado.  “7. Me gusta ver la santidad en el pueblo de Dios paciente: a los padres que crían con tanto amor a sus hijos, en esos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, en los enfermos, en las religiosas ancianas que siguen sonriendo. En esta constancia para seguir adelante día a día, veo la santidad de la Iglesia militante. Esa es muchas veces la santidad «de la puerta de al lado», de aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios, o, para usar otra expresión, «la clase media de la santidad»[4].

Hace ya más de cien años que José Gregorio Hernández Cisneros, el Venerable tema de este conversatorio, dio testimonio de esa santidad subrayada por el Papa Francisco. Es la vida de un cristiano católico laico, profesional de la medicina, la investigación y la verdadera educación, que sin hacer ruido como diría san Vicente de Paúl (siglos XVII y XVIII), fue haciendo siempre el bien al estilo de Jesús de Nazaret.

En José Gregorio Hernández se conjugan “la santidad de la puerta de al lado” con la heroicidad de las virtudes. Por un lado, hasta donde podemos intuir y colegir por su intensa búsqueda de la trascendencia –lástima que no tenemos a mano ningún escrito- quiso consagrarse totalmente a la vivencia de su experiencia de Dios. Quiso, luego de su gran preparación científica, primero dedicarse a la vida monástica rigurosa como es la Cartuja. Luego cuando esa realidad, a causa de su salud no pudo darse, quiso ser sacerdote secular; pero tampoco esa era su misión. Por otra parte, dedica buena parte de su existencia a curar a los enfermos desde la práctica de la medicina científica y desde una solidaridad efectiva para ayudar a quien más necesitaba de él.

Su preparación científica, su rigurosidad para la investigación, su docencia en los campos propios de la docencia médica, no entraron en colisión con la profesión y práctica de la fe cristiana católica. En él encuentra una verdadera síntesis existencial de la fe y la razón. No conozco ningún escrito suyo que aborde “ex profeso” estos dos campos, que por cierto fueron objeto de una Carta Encíclica del Papa san Juan Pablo II en 1998. Pero sí es cierto que en él fe y ciencia no fueron contradictorios sino concomitantes para brindarle a los demás, sobre todo a los más humildes, mejor calidad de vida.

Para el pueblo venezolano la santidad del Venerable Dr. José Gregorio Hernández Cisneros, en mi opinión, es incuestionable, manifestada ya el mismo día de su entrada en el cielo, durante el velatorio de su cadáver y su posterior entierro. El sentido de fe los fieles católicos los ha llevado a ver en nuestro Venerable a un creyente católico íntegro; a un servidor de los demás, digno no solo de ser imitado sino de pedir su intercesión por considerarlo santo, cercano a la presencia de Dios; de hecho, para muchos cristianos católicos venezolanos, y algunos latinoamericanos, es san Gregorio sin más aditamentos.

El proceso canónico ante la sede apostólica lleva su rumbo y debe cumplir con los parámetros establecidos; podemos estar de acuerdo o desacuerdo con ello. Creo que aquí puede aplicarse la frase de Isaías (55,8) “Mis caminos no son sus caminos… mis pensamientos no son sus pensamientos”. Por diferentes razones el proceso canónico no ha encontrado la fluidez que muchos deseamos que hubiese tenido, pero para nada resta que la vida cristiana del Venerable sea ejemplo para muchos.

Termino con otro texto, el número 11, de la Exhortación Apostólica Gaudete et Exsultate “. «Cada uno por su camino», dice el Concilio. Entonces, no se trata de desalentarse cuando uno contempla modelos de santidad que le parecen inalcanzables. Hay testimonios que son útiles para estimularnos y motivarnos, pero no para que tratemos de copiarlos, porque eso hasta podría alejarnos del camino único y diferente que el Señor tiene para nosotros. Lo que interesa es que cada creyente discierna su propio camino y saque a la luz lo mejor de sí, aquello tan personal que Dios ha puesto en él (cf. 1 Co 12, 7), y no que se desgaste intentando imitar algo que no ha sido pensado para él. Todos estamos llamados a ser testigos, pero «existen muchas formas existenciales de testimonio»[11]. De hecho, cuando el gran místico san Juan de la Cruz escribía su Cántico Espiritual, prefería evitar reglas fijas para todos y explicaba que sus versos estaban escritos para que cada uno los aproveche «según su modo»[12]. Porque la vida divina se comunica «a unos en una manera y a otros en otra»[13].

Muchas gracias.

Pbro. Cándido Contreras Ochoa

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