Por: Dr. Fortunato González Cruz

Vivir la cuarentena en Mérida de Venezuela es un desafío que pone a prueba mis fuerzas físicas y psíquicas. Existen escenarios mejores y peores, como en esta ciudad cada persona, familia y comunidad la vive según sus circunstancias. Siento que el coronavirus es una amenaza que impone restricciones a mis derechos y lo asumo aunque sepa muy poco del virus ni de las medidas que se han tomado en el ámbito planetario, pero hago el esfuerzo por comprenderlas. Mi circunstancia me obliga a preguntar ¿Qué es lo que más impacta mi cotidianidad? No es la cuarentena que es tolerable si las condiciones específicas que me imponen son quedarme en casa, salir a lo esencial con tapaboca, guardar la distancia de dos metros, lavarme las manos con jabón y alguna otra precaución que me cuide del contagio y cuide a los demás. Comparto el comentario del Dr. Jesús Osuna Ceballos, mi compañero de la Academia de Mérida… “La incertidumbre generada por la pandemia Covid-19 es compensada con la alegría de poder disfrutar las maravillas que día tras día nos regala la madre naturaleza…su majestuosa e imponente belleza…trinitarias y helechos alegrando nuestro entorno; apamates en flor visten de color lila los montes y veredas siguiendo el cortejo que atrás con su inigualable belleza comenzó el araguaney, después llegarán encendidos bucares seguidos por azul jacarandá que pintará con nuevo tono cálidos atardeceres rociados por generosas lluvias, y el aire se llena con aromas infinitas…Nos deleita la naturaleza renovando vida con amor en el planeta tierra, nuestro hogar, hogar de todos, hogar de siempre.” [1] En fin, Mérida está emplazada en un claustro natural que brinda diuturnamente el azul verdoso de sus montañas que se imponen al desastre urbano.

No es el confinamiento lo que me agobia sino las condiciones en que lo vivo: La electricidad por momentos, sin gas doméstico, pésimo servicio telefónico, muy escaso el transporte público, el Internet es tan malo que no se puede conectar sino por momentos, sin gasolina, sin moneda y los puntos para compras funcionan a veces, o nos dicen que no tenemos saldo.  Las autoridades civiles sustituidas por militares que imponen su visión cuartelaria de la sociedad. Un sistema de privilegios que golpea en forma inclemente a quienes no estamos enchufados, ni tenemos el Carnet de la Patria, a la clase media y a los más pobres. Es una situación catastrófica que impone cambios insólitos como cocinar, trabajar y conectarse según las horas de electricidad. Vivir una cotidianidad según las órdenes y contraordenes de no se sabe quién.  Las ciudades y los pueblos lucen desolados, las instituciones semidestruidas, muchos inmuebles abandonados y en ruinas. La alegría emigró con sus jóvenes.

Nuestra ciudad ha pasado por tiempos terribles. El año 1812 y los que vinieron luego fueron espantosos y crueles. En 1811 se separó de Maracaibo la Provincia de Mérida, se independizó de España y se unió a la República de Venezuela. Una gran alegría embargó a los merideños por haber logrado la independencia, pero de inmediato estalla la Guerra con todas sus desgracias. El 26 de marzo de 1812, jueves santo, con las iglesias colmadas de fieles, ocurre el terrible terremoto que mata miles de merideños entre ellos su Obispo Santiago Hernández Milanés; derrumba casas, templos y edificios públicos, arruina sembradíos, corta caminos y causa una gran desolación y pobreza. Al poco tiempo caen los republicanos y vuelven los monárquicos, que son desalojados en la Campaña Admirable de 1813. Apenas Bolívar trastumba las cumbres nevadas vuelven los realistas, luego regresan los patriotas unos años después. Cada triunfo de un bando y por supuesto derrota del contrario causa muertes, persecución, presos, confiscación de bienes. Los líderes de la ciudad trasladan el Obispado, el Seminario y la Universidad a Maracaibo; los conventos y monasterios a Lagunillas y le piden a los habitantes que se muden a esa población y a San Juan para arrasar la meseta y convertirla en un gran potrero. De Las Clarisas se quedan 7 y se echan al hombro su convento. Los que se quedan poco a poco recuperan sus menguadas economías,  recogen las ruinas, reconstruyen la ciudad y recuperan las instituciones con grandes esfuerzos. Entonces llega la segunda gran desgracia que destruye lo reconstruido y mucho más. Es el terremoto del 28 de abril de 1894 que devasta casi todas las poblaciones del Estado Mérida, mueren cientos de personas y muchas más quedan heridas, cerca del 80% de los inmuebles son caen derribados o quedan muy malas condiciones. Dejó más de veintiún mil personas sin hogar. Casi todas las casas hay que reconstruirlas o repararlas, como todas las iglesias y los edificios públicos. La miseria causa más estragos durante algún tiempo. Pero se impone la voluntad de levantarse y a comienzos del siglo XX la ciudad capital y los pueblos habían sido reconstruidos, recuperada  la vida normal con mayor calidad de vida. Comienzan unos años de construir con mejores criterios y las ciudades y los pueblos resurgen mejores y más bonitos.

Toda la segunda mitad del siglo XX es de progreso. Con problemas y muchos pero se avanza. En comunicaciones se hacen la carretera Trasandina y más tarde la carretera Panamericana, se conectan los Pueblos del Sur y todos las demás poblaciones del Estado. En servicios se construyen todos los acueductos hoy en servicio. En electricidad comienza casi artesanalmente hasta que se vinculan todas las poblaciones del Estado con la red eléctrica nacional y la gran generación hidroeléctrica y termoeléctrica. En educación se masifica la primaria y la secundaria, se construyen casi todos los centros educativos existentes, como también en salud. Se organiza el Estado en Municipios y se le reconoce categoría de capitales a poblados en toda la geografía regional que logran reconocimiento político un impulso social y económico. La Universidad de los Andes expande su campus y su matrícula y abre sus aulas a miles de estudiantes de todo el país. Mérida pasa a ser la ciudad más bella de Venezuela y el turismo se convierte en un valioso recurso de la economía local. Se le reconoce como la “ciudad turística y estudiantil de Venezuela”. Ya era desde tiempos fundacionales culta, apacible, devota y taurina.

Llega la revolución bolivariana tan o más devastadora que la guerra y los terremotos, que deja a 21 años de sistemática destrucción lo que hoy se ve con tristeza: Un paisaje urbano desolador, su gente perdiendo el tiempo en colas para recibir el clap, repostar el tanque de sus vehículos o cobrar la pensión y la dádiva. Sus familias fragmentadas por la diáspora que deja casas y edificios abandonados y semidestruidos; gente famélica buscando que comer; el comercio reducido a unos pocos especuladores y otros rebuscando para sobrevivir;  calles y avenidas descuidadas y oscuras. La otrora ciudad y pueblos alegres, optimistas y dinámicos están arropados por una negra nube de tristeza, rabia, impotencia y resignación. Y su ilustre Universidad de Los Andes desolada, enmontada y saqueada por el  malandraje desatado e impune. Las fuerzas públicas asegurando privilegios y coimas. Las instituciones del Estado desnaturalizadas trocadas por formas contrahechas. La ley se va inventando a medida que se anuncian las estadísticas del Covid-19, una nueva agresión del imperio o llega la gandola de gasolina. Se ha impuesto una institucionalidad extraña y dañina, mezcolanza de militarismo, populismo, arbitrariedad y delincuencia que afecta a la ciudad capital y a todas las poblaciones merideñas, como a todo el país, que nada construye y solo arruina en tal grado que se teme una desintegración antropológica a decir del especialista Tolentino Pérez, perplejo ante semejante desastre.

En todas estas desgracias merideñas hay varias constantes: Una clase política y una élite local incapaces de llegar a acuerdos, cada grupo aferrado a sus intereses egoístas en la que solo unos pocos tienen la disposición de reconstruir unidos. Los trabajadores sobre el surco, en el taller, en su trabajo que sigue en lo suyo y de repente es arrastrada al conflicto como carne de cañón, que si no muere lejos de su casa regresa al trabajo para seguir ganándose el pan con el sudor de su frente. Al final es lo que queda: El trabajo honrado, las virtudes ciudadanas, la gente dispuesta a seguir adelante hasta que vengan otros locos a destruirlo todo y cuando ya no quede sino escombros, comenzar de nuevo.

Nos invita el Dr. Jesús Osuna Ceballos a “construir un nuevo orden mundial posterior a la  crisis generada por la pandemia Covid-19 que debería ser un nuevo orden mundial de paz, para la paz, con una economía de paz, para la paz.” [1]. Esa construcción comienza aquí y ahora. En nuestra casa, en nuestro trabajo, en nuestra cotidianidad, ir armando piedra a piedra el lugar destruido más bonito, más amable, más humano y también más capaz de hacer las cosas bien y ponerle orden a los locos y a nuestras propias locuras. Se puede empezar ahora mismo en medio del desastre sin esperar los cambios políticos, porque en la obra de reconstrucción del lugar irá a la par de la ciudad que queremos. La patria grande que no se levantará de arriba hacia abajo, sino desde cada lugar de este hermoso país.

Fortunato González Cruz, Primer Alcalde de Mérida, Individuo de Número de la Academia de Mérida


[1] Osuna Ceballos, J. La pandemia coronavirus COVID-19 y la salud del medio ambiente. Blog Academia de Mérida, junio 2020.


Foto de fondo: De ®Dave – https://www.flickr.com/photos/davidhdz/1438285009/, CC BY-SA 2.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=5645261

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