La Investigación Científica en la ULA

Discurso de Orden pronunciado el 5 de diciembre de 2017. Día del Profesor Universitario. Entrega de la Orden Cruz de la Provincia de Mérida. Concejo Municipal de Mérida

Por: Dr Fortunato González Cruz

Individuo de Número Sillón 6

En el proceloso camino de la civilización, el rumbo está marcado por el empeño del hombre para alejarse de su condición de ser desfalleciente y del esfuerzo puramente físico que significa el trabajo, antes apoyándose en herramientas y animales, ahora en las nuevas tecnologías, para alcanzar cotas más altas de calidad de vida. Los humanos no queremos perder el tiempo en actividades que pueden realizar las máquinas, porque preferimos dedicarnos a saciar la curiosidad por el conocimiento y al disfrute. En esa obstinación, de lo que se trata es de usar cada vez más el cerebro para pensar y el corazón para sentir. Es por ello que la investigación científica sigue en la antigua trocha de la curiosidad,  y ahora, más que antes, como es lógico, en enfrentar los desafíos que imponen sus propios descubrimientos y sus inventos, bien para seguir avanzando, o para remediar los impactos negativos y los daños causados por su propio afán creativo. “Hay señales obvias que vamos por un camino insostenible” aseguran 15.364 científicos de 184 países que alertan sobre la amenaza al bienestar humano por tendencias negativas y daños ambientales, como el cambio climático, la deforestación, la falta de acceso al agua dulce, la extinción de las especies y el crecimiento de la población humana. Se trata de un formidable desafío a la investigación básica o pura, a la nanociencia y al desarrollo de nuevas tecnologías que den respuestas, las primeras al saber por sí mismo, las segundas a su aplicación a las viejas y a las nuevas necesidades humanas y al cuidado de la casa común, como lo señala el Papa Francisco en la Encíclica “Laudato Sí”, el más audaz y claro de los documentos que alertan sobre los males del planeta y los desafíos que ellos implican. “Nunca la humanidad tuvo tanto poder sobre sí misma y nada garantiza que vaya a utilizarlo bien, sobre todo si se considera el modo como lo está haciendo”. La Encíclica “Laudato Si” nos alerta de lo que está pasando en nuestra casa: Contaminación y cambio climático, el agotamiento de los recursos naturales en particular la pérdida de la calidad del agua, la pérdida de la biodiversidad, el deterioro de la calidad de la vida humana y la degradación social, la inequidad planetaria, y la debilidad de las reacciones.

Agrega Francisco: “Si tenemos en cuenta la complejidad de la crisis ecológica y sus múltiples causas, deberíamos reconocer que las soluciones no pueden llegar desde un único modo de interpretar y transformar la realidad. También es necesario acudir a las diversas riquezas culturales de los pueblos, al arte y a la poesía, a la vida interior y a la espiritualidad. Si de verdad queremos construir una ecología que nos permita sanar todo lo que hemos destruido, entonces ninguna rama de las ciencias y ninguna forma de sabiduría puede ser dejada de lado.”

Los últimos investigadores premiados con el Nobel han escudriñado el fondo de la ciencia física sobre ondas gravitatorias que explican cosas del universo; de la química en el desarrollo de la microscopía crioelectrónica, que ha servido al Nobel de medicina en sus trabajos sobre  el funcionamiento de los complejos moleculares que regulan el reloj circadiano; y en la economía al investigador que se dedica al estudio de la conducta humana en las decisiones económicas. Es sólo una ventana de muchas otras, que nos permite ver por dónde va la curiosidad científica: por el positivismo como lo señaló Descartes, y por los sentimientos, según Pascal.

En el año 2006 tuve el honor de representar a la Universidad de Los Andes en una reunión de los rectores de las universidades más antiguas del planeta en la ciudad holandesa de Leiden. La ULA acudió a esta cita en nombre propio y en representación de los países signatarios del Pacto Andino, destruido por el torrente bolivariano. Allí se acordó financiar mediante el programa Erasmus la investigación en las siguientes áreas del conocimiento: biodiversidad y ambiente; salud pública; desarrollo sostenible; nanociencia, nanotecnología y nuevos materiales; seguridad pública; derechos humanos, inmigración y migración, problemas urbanos y diversidad cultural. Estas prioridades ponen de manifiesto el interés tanto en la investigación pura o básica, como en la que tiene pertinencia u oportunidad respecto de determinadas urgencias. En este sentido, la discusión es libre y cada sociedad decidirá conforme a sus posibilidades y demandas.

Para la Universidad de Los Andes la prioridad es la pertinencia y la oportunidad. La política ulandina en investigación la fija el Consejo Universitario por recomendación del Consejo de Desarrollo Científico, Humanístico, Tecnológico y de Arte CDCHTA, que en su página Web, que no se actualiza desde hace por lo menos 10 años, señala como misión la “integración de la investigación con la docencia y la extensión, liderar el proceso de detección de los problemas y propiciar la investigación conducente a la búsqueda de solución de los principales problemas de la comunidad, de la región y del país, así como definir las áreas generales de investigación y desarrollo”. Entre sus objetivos especifica tres: Apoyar al investigador y a su generación de relevo. Fomentar la investigación en todas las unidades académicas, relacionar la investigación con la docencia, la extensión y con las necesidades del país. No prevé nuestra institución la investigación básica aunque se hace, por supuesto.

Nuestra Universidad tiene varios programas de apoyo a la investigación entre los que destacan y coloco en primer lugar por su importancia, el apoyo a grupos de investigación ADG; también se cuenta con el premio estimulo del investigador PEI, el financiamiento a proyectos de investigación y el financiamiento a publicaciones científicas. Para viajes a encuentros científicos ya no queda nada. La investigación, para que sea exitosa, requiere la pasión de un líder y el concurso de un equipo. Por ello me parece más importante el ADG, porque estimula la conformación del grupo en torno a una idea o proyecto que articula los investigadores y les insufla una tarea apasionante. Los mejores ejemplos están aquí, en esta histórica Sala Consistorial, que en el Día del Profesor Universitario la ciudad les reconoce como hacedores de ciencia.

Los temas de los que se ocupan las unidades o grupos más destacados que hoy reciben el reconocimiento del Municipio son tan variados como la policromía de la ciudad y de su entorno: Vivienda y Hábitat, Patrimonio, Semiconductores, Propiedad Intelectual, Desarrollo Empresarial, Productos naturales y química medicinal, Agroecofisiopatología, Historia de las ideas en América Latina, Simulación y modelos, Microscopía, Interidisciplinariedad entre Ingeniería y Educación; Investigación Humanística, Económica y Social; Geoanálisis, Desarrollo humano y discapacidad, Biopatología, y Ambiente y Territorio. Son los profesores investigadores reconocidos hoy una calificada muestra representativa de los más de 300 grupos que trabajan en todas las facultades y núcleos, bajo condiciones cada vez más precarias, pero que creen en su país y en su institución; que saben que en tiempos revueltos es indispensable trabajar para abrir surcos en la siembra del nuevo país que espera mucho, muchísimo de su patrimonio científico. Son ellos y muchos más los que determinan que la Universidad de Los Andes sea la primera en Venezuela y ocupe un respetable lugar entre las mejores de América Latina. Lamentablemente muchos grupos han perdido profesores investigadores  que se han ido, con mucho dolor, a otras tierras.

Quienes compartimos este hermoso y significativo acto de reconocimiento a los investigadores de nuestra Casa de Estudios, pasamos por frente a muchos merideños que hacen horas y horas de cola ante los bancos y los cajeros, los abastos, las paradas del transporte público, la oficinas de trámites burocráticos, las estaciones de gasolina o a la espera de la bolsa de comida. Todos somos víctimas de este gigantesco fracaso, y quizás la angustia mayor que nos asalta es la pérdida del tiempo, ese bien que, como la vida, no es renovable. Sabemos que la construcción de un mejor futuro pasa por la buena formación de nuestros niños y jóvenes y nos tropezamos con una vergonzosa eclosión de la incompetencia. Es como que viviéramos la hora loca de la insolencia, del alarde de la ignorancia. Los muchachos nos llegan a clase con promedios que sonrojan, vacíos imposibles que auguran tiempos más difíciles. Es un atraco contra el tiempo del cerebro y del corazón y una apuesta por el de la panza, una reducción cruel a la mera sobrevivencia de unos pocos y de la ostentación más abyecta de los boliburgueses que personaliza Juan Planchard, el desvergonzado personaje del cineasta    Jonathan Jakubowicz.

Los desafíos del absurdo y de la estupidez nos conmueven. Hace 20 años nos propusimos trabajar sobre las posibilidades de desarrollo desde lo local, desde nuestras provincias y municipios y con mucho entusiasmo creamos el CIEPROL, para estudiar la política desde esa perspectiva, habida cuenta del balance en términos de bienestar de sociedades exitosas organizadas desde lo pequeño, como casi todas las altamente desarrolladas con los primeros lugares en los índices de desarrollo humano. Hoy quedamos unos pocos porque el equipo lo desintegró la diáspora; los estados y municipios han sido reducidos a organismos burocratizados e ineficientes y los mecanismos oficiales han sido reorganizados para mantener a la gente arrodillada esperando una bolsa de comida, mientras las nuevas élites ostentan su borrachera de dólares. Nos conmueven pero no nos derrotan, porque no nos arrebatarán nuestras querencias, ni mucho menos nuestros sueños.

La historia enseña que nuestro pueblo ha vivido tiempos muy malos. Hay pasajes de nuestra historia que se deben leer con el pañuelo en la nariz, como los actuales. También que hemos tenido tiempos fulgurantes como lo recuerdan las fechas de celebración como el nacimiento de nuestra ciudad y de nuestra institución universitaria. De los malos y de los buenos se extraen aprendizajes. Este acto es como un refugio; como para tener un espacio, aunque sea cada vez más precario, para el optimismo. Nos alegramos por este reconocimiento en el que los colegas de APULA y la representación de la ciudad se unen y nos proporcionan este airecito fresco de la esperanza.

Dr. Fortunato González Cruz

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