Por: Dr. Álvaro Sandia Briceño, Miembro de Honor de la Academia de Mérida.

Discurso pronunciado en la Biblioteca Bolivariana de Mérida con motivo del XXXVI Aniversario de su inauguración.


Si tienes biblioteca y jardín, lo tienes todo.

Cicerón

Quiero iniciar estas palabras, en esta soleada mañana merideña y en este singular espacio, agradeciendo al Lic. Alejandro Romero, Presidente del Instituto Municipal de Cultura, por su gentileza al invitarme a pronunciar estas palabras en la oportunidad en que la Biblioteca Bolivariana de Mérida, conmemora treinta y seis años de haber sido inaugurada. Es también propicia la ocasión para cumplimentar a nuestra ciudad porque hoy, 25 de julio, es el día de Santiago Apóstol y a nuestra bella urbe la bautizaron nuestros conquistadores con el sonoro nombre de Santiago de los Caballeros de Mérida.

Perece que fue ayer y mis recuerdos se remontan a los primeros días del mes de enero del año 1974, cuando en el excelente Restaurant Chino de los Chorros de Milla, disfrutando de unas lumpias y alguna sopa de aleta de tiburón, con unos escoceses sobre la mesa y atendidos por su dueño, el cordial Jaime, animé a tres jóvenes y exitosos profesionales, los ingenieros Oscar Alfonso Lujano y José Alí Dávila García y al arquitecto Claudio Corredor Muller, para que constituyeran una compañía constructora que de común acuerdo fue bautizada con el nombre de PECSA (Proyectos Estudios y Construcciones, S.A.) y cuya sede estuvo apenas un centenar de metros más arriba de esta Biblioteca Bolivariana, en el edificio Centro Profesional General Masini. Fui el Consultor Jurídico de la novel empresa y como tal redacté el Acta Constitutiva-Estatutos de la misma. Los ingenieros Lujano y Dávila y el arquitecto Corredor, venían de ser cercanos, eficaces y honestos colaboradores de los gobernadores Germán Briceño Ferrigni y Bernardo Celis Parra en el primer quinquenio presidencial del Dr. Rafael Caldera (1968-1973). El Ingeniero Lujano había sido Director de Obras Públicas del Estado con Briceño Ferrigni y Secretario General de Gobierno de Celis Parra; Dávila García, Adjunto y luego Director de Obras Públicas del Estado y el arquitecto Corredor Muller, Director de Turismo con ambos gobernadores. Fueron serios, responsables y correctos en sus procederes. Dejaban sus cargos con la conciencia tranquila y la satisfacción del deber cumplido y con el cambio de gobierno producto de las elecciones celebradas en el diciembre anterior, en esa nueva etapa que se abría en sus vidas, debían dedicarse al ejercicio de sus respectivas profesiones y nada mejor que asociarse en una constructora para demostrarle a los merideños que en su paso por las esferas gubernamentales habían dejado una brillante estela y también pródiga simiente para cosechar abundantes éxitos en la actividad privada que se proponían iniciar.

Y vienen estos recuerdos de la Constructora PECSA y del arquitecto Claudio Corredor Muller muy a propósito, porque el pasado martes 16 vine a este edificio a entrevistarme con el Licenciado Romero para intercambiar algunas ideas en torno a la conmemoración de hoy y me mostró orgullosamente la carpeta contentiva de los planos que fueron el origen de esta hermosa edificación, todos tienen el logo de PECSA, diseño también del arquitecto Corredor Muller, y las firmas de los arquitectos Claudio Corredor Muller y Leonardo Niño como autores del proyecto, además de los sellos y firmas de los funcionarios de los organismos estadales, municipales y nacionales que los aprobaron.

Casi una decena de  años después, en nuestra Mérida, surgió la idea de rendir homenaje al pensamiento y reflexiones libertarias de Simón Bolívar, mediante la construcción de un edificio que acogiera en una biblioteca los libros, documentos y papeles sobre su obra y el 14 de julio de 1983, en el año bicentenario del nacimiento del Libertador, se inauguró esta imponente edificación, con un excelente discurso del político, intelectual y académico Germán Briceño Ferrigni, acto en el cual estuvo presente el Dr. Luis Herrera Campins, Presidente Constitucional de la República, el Gobernador del Estado Mérida, Dr. Germán Monzón Salas y el Presidente del Concejo Municipal del Distrito Libertador del Dr. Jesús Rondón Nucete. Otros tiempos, otros hombres.

Dijo el Dr. Briceño Ferrigni al comienzo de su discurso: “Si se observa la airosa estructura de esta fábrica, se advertirá sin esfuerzo, que ella tiene la forma de una lámpara votiva. Así la concibió el ingenio de Claudio Corredor Muller, el joven arquitecto que en este lugar ha dejado un preclaro testimonio de la armoniosa inspiración de su arte” (1). Sirva esta cita para rendir homenaje al proyectista de esta edificación el arquitecto Claudio Corredor Muller, cuyo busto, obra del escultor Manuel de la Fuente, pareciera ser centinela silente de la que fue su creación, y al orador de orden en esa fecha el Dr. Germán Briceño Ferrigni, quien en el discurso inaugural que denominó “Piedras de dura esperanza”, nos dio una lección de historia en un analítico recorrido por los cinco países que independizó Bolívar del yugo español, empezando por la hermosa puerta de este edificio, réplica de la Casa de la Inquisición en Cartagena de Indias porque en esa ciudad divulgó el héroe su Manifiesto de Cartagena, inició su campaña libertadora y concluyó su tránsito vital en Santa Marta, con el tremendo silencio de su muerte. Colombia es comienzo y fin del periplo de Bolívar en el discurso de Briceño Ferrigni, porque buena parte de su vida transcurrió en ese país, allí estuvo el Paso de los Andes y las triunfales batallas de Boyacá y Bomboná, la sede de su gobierno como Libertador Presidente, y en la Quinta de Bolívar, en los confines de Bogotá, disfrutó del amor de la sin par Manuelita, la de los bellos ojos quiteños que siguieron al héroe, enamorados, hasta que ella exhalara su último suspiro en el lejano puerto peruano de Paita.

 Esperamos que esta lámpara votiva esté siempre encendida y que nunca falte el aceite de la devoción de los merideños por el Libertador, ese joven brigadier que recibió en esta ciudad el honroso título con el cual pasó a la historia, para que ardiendo siempre sirva de faro y guía en estos difíciles tiempos en que se debate nuestra angustiada Venezuela.

Y es bueno que recordemos que fue en Mérida donde se le dio a Bolívar, por primera vez en la historia, el título de Libertador  y según Don Tulio Febres Cordero “El autor de la idea de honrar a Bolívar con el título de Libertador fue del célebre patricio Don Cristóbal Mendoza, quien se hallaba a la cabeza del pueblo de Mérida como gobernador político el 23 de mayo, a la entrada triunfal de Bolívar en dicha ciudad. Y quien, así mismo, era gobernador político, y como tal presidente y alma del Ayuntamiento (de Caracas) para el 14 de octubre, cuando este ilustre Cuerpo confirió oficialmente a Bolívar el alto y glorioso título de Libertador de Venezuela” (2).

LAS PRIMERAS BIBLIOTECAS

Desde que el hombre empezó a garabatear la historia sobre las cortezas de unos abedules, pensó que era necesario acumular y guardar esos primeros signos que luego se convertirían en escritura, en algún sitio que los protegiera de las inclemencias del tiempo y también de la depredación de sus propios hermanos de correrías.

El libro fue originalmente escrito en tablillas de arcilla, en papiros, en seda o pergaminos. Cuando los hombres de la antigüedad organizaron las ideas en forma de grafitos, escritos o dibujos hechos a mano sobre los monumentos, estos quedaron para la perennidad como hoy aun se observa en las pirámides egipcias. Otros fueron llevados en forma manual a lo mejor sobre el cuero de algún animal y conservados en las cuevas, sus primitivas viviendas.  Luego les pareció prudente guardarlos y conservarlos y a lo mejor, en esta forma rudimentaria, tengamos el origen de las colecciones que integraron luego las llamadas bibliotecas.

La biblioteca es la colección pública o privada de libros o manuscritos, organizada con el fin de cuidar de su conservación y de facilitar la consulta y el estudio. El término indica además el lugar donde los libros son conservados.

Las bibliotecas más antiguas de las que se tiene noticia pertenecieron a las civilizaciones orientales. Hititas, asirio-babilonios, hebreos y egipcios recogieron en ellas documentos, textos religiosos, jurídicos y, a veces, literarios. De las bibliotecas hititas y asirio-babilónicas han llegado hasta nuestros días colecciones de tablillas de arcilla grabadas en caracteres cuneiformes, de una antigüedad que se ha calculado en más de 4.000 años. Sin embargo, de las colecciones del antiguo Egipto han sido muy pocas, porque el frágil papiro, sobre el cual se habrían escrito los textos, no se han conservado.

En los monasterios, especialmente de los benedictinos, los copistas hicieron muchos textos del mundo clásico. La cultura oriental estaba guiada por los sacerdotes, mientras que en Grecia, fueron las escuelas de los filósofos las que reunieron la mayoría de los textos.

Aristóteles fue el primero en sentir la necesidad de reunir orgánicamente la producción de libros de su tiempo. Su inmensa biblioteca fue dividida después y destinada a las dos grandes bibliotecas de entonces, la de Alejandría y la de Pérgamo, que constituían en aquel tiempo los dos grandes centros de la cultura griega.

Roma conquistó tierras, hombres, costumbres y cultura. Las bibliotecas de los países bajo su bota fueron expoliadas y formaron parte de sus más preciados botines. Julio César fue el primero que concibió la idea de una biblioteca pública en la propia Roma y confirió el encargo a Terencio Verrón y luego, a su muerte, fue planteado nuevamente el proyecto y realizado por Antonio Polión. Esa biblioteca estuvo ubicada en el atrio del templo de la Libertad en el Aventino. La difusión de la cultura entre el pueblo romano fue propiciada por los emperadores y en la época imperial hubo 28 bibliotecas, siendo la mayor la Ulpiana que estaba en el Foro Trajano.

La biblioteca de Constantinopla fue en su tiempo la de mayor importancia en Oriente. A la caída del Imperio de Occidente la cultura se refugió en los monasterios porque los monjes se ocupaban de recoger los textos para el culto y el estudio.

En las bibliotecas medievales es justo destacar la labor realizada por San Benito, Casiodoro y el irlandés San Columbano, quien fundó en Bobbio una de las más célebres abadías con una inmensa biblioteca cuyo catálogo se conserva en la Biblioteca Ambrosiana de Milán.

Cuando se desarrollaron las primeras universidades las bibliotecas se incrementaron y el humanismo señaló el ocaso de las bibliotecas de tipo monástico. En el Renacimiento surge una de las más famosas bibliotecas, la Biblioteca Vaticana, impulsada fundamentalmente por el Papa Nicolás V a quien se considera su fundador por el gran número de manuscritos que adquirió e hizo copiar. El Papa Sixto V la trasladó a su actual sede. Con la imprenta el libro cobra una mayor difusión y en Milán, el cardenal Federico Borromeo abría al público la Biblioteca Ambrosiana y por la misma época, en Inglaterra, la Bodleiana en Oxford, la universitaria en Cambridge y la Mazarina en París y en el siglo XVII la Nacional de Berlín, ampliada por Federico el Grande, y que cuenta con ejemplares musicales firmados por Bach, Beethoven y Mozart. A mediados del siglo XVIII se inicia en Londres la biblioteca del British Museum y la Biblioteca Nacional de París.

La Biblioteca Nacional de Madrid fue fundada por Felipe V en 1712 con fondos reales, los libros de los conventos suprimidos y la del propio rey traída de Francia. Su valiosa colección cuenta con 30 millones de publicaciones, libros, revistas, mapas, grabados, dibujos y folletos, además de 30.000 manuscritos y más de 2.000 incunables y la  magnífica sección dedicada a Cervantes. La biblioteca del Monasterio de El Escorial custodia manuscritos árabes, griegos, latinos y hebreos entre otros y fue fundada en el siglo XVI.

En América del Sur hemos de destacar las bibliotecas de Río de Janeiro en Brasil y la Biblioteca Nacional de Buenos Aires fundada en 1812. En todas las capitales americanas fueron creadas bibliotecas que no solo conservan  millones de libros sino que algunas tienen valiosas secciones históricas y etnográficas. En 1789, año del primer Congreso de los Estados Unidos, se fundó la Library of Congress, dos veces incendiada y dos veces reconstruida que junto con la Biblioteca Lenin de Moscú, son las más ricas y famosas en cuanto a dispositivos e instalaciones modernas.

LA AMERICA DE LOS CONQUISTADORES

Los conquistadores de América trajeron en sus equipajes los primeros libros quizás de aventuras de caballerías, tan en boga en la España de finales del siglo XV. Disposiciones reales dificultaron la traída de libros al Nuevo Mundo pues reales cédulas que datan de 1531 prohibieron los libros que no fueran sobre religión, vidas de santos o de medicina o de derecho, o de botánica, o de historia. Se temía que los indios, recién cristianados, al tener acceso a libros de romances y de materias profanas, pusieran a volar la imaginación. La Inquisición dio buena cuenta de quienes se atrevieran a desafiar estas disposiciones, Se ordenó a las autoridades civiles y religiosas extremar su celo en tal sentido. La monarquía y la iglesia católica guiaron en esos tiempos la lectura de los americanos y por eso no fueron muchas las bibliotecas en ese tiempo.

Los barcos de la Compañía Guipuzcoana fueron llamados acertadamente “los navíos de la Ilustración” porque trasladaron de la España peninsular además de las mercaderías y vituallas para los indianos, los libros, muchos de ellos prohibidos, que dieron a conocer las nuevas corrientes filosóficas y las pocas novedades de la época.

Las bibliotecas eran coto cerrado de sus propietarios, sólo los ricos y los clérigos tenían acceso a su disfrute y lectura y no era mucha su variedad y extensión.

LAS BIBLIOTECAS EN CARACAS

A Juan Germán Roscio se debe, allá por los años 1810 y 1811,  la idea de crear una biblioteca pública en Caracas y como tal ofreció 1.000 volúmenes de obras selectas de ciencia y literatura. Trató de captar adeptos que contribuyeran a pagar los gastos de local y del personal y para adquirir tinta y papel. La Guerra de Independencia frustró ese primer intento. En 1814 el Libertador dio orden al Secretario de Hacienda, Antonio Muñoz Tébar, para que se ocupara de formar una biblioteca pública y para ello se contaba con los muchos libros prohibidos por sus ideas revolucionarias que se encontraban en el Comisariato de la Inquisición. Bolívar fue siempre un impulsor en todo lo relacionado con la cultura y la educación. En Decreto del 18 de marzo de 1826 sobre la Instrucción Pública se dictan normas sobre las bibliotecas  y ordena que debe haber una… “en cada Universidad”… “en las escuelas de medicina”…  y que se debe “…cuidar de la conservación y aumento de las bibliotecas públicas”.

Tal fue el afán del Libertador en materia de educación, que Augusto Mijares dice que “…(en 1826) deseaba darle nuevo impulso a la educación pública, y para ayudarlo en esa tarea tenía a su lado al doctor José Rafael Revenga, aquel estupendo financista y diplomático que se había presentado en Colombia, a su regreso de Londres, con un cargamento de útiles escolares comprado a sus expensas, para fundar una escuela normal gratuita. Y a través de Revenga se relacionó entonces con otro venezolano de la misma calidad moral e intelectual y absorbido también por idénticos propósitos, el doctor José María Vargas…(quien) siguió estudios de medicina en Edimburgo con el propósito de utilizarlos en beneficio de sus compatriotas y para la reforma de los estudios médicos en la Universidad de Caracas. Tan atrasada estaba la medicina en Venezuela, y tan desprestigiados los que la ejercían, que no tenían acceso los médicos al Rectorado de la Universidad, pues además de disponer los estatutos de esta que para esa alta dignidad debía elegirse alternativamente a un eclesiástico y a un seglar, los que sólo tuvieran el título de doctor en medicina no eran elegibles” (3). Es de acotar que poco tiempo después, el Dr. José María Vargas fue el primer Rector médico de la Universidad de Caracas.

Muchas fueron las reuniones en esos días de Bolívar con Vargas y Revenga, deliberaron sobre los proyectos para la patria en materia de educación y salud, eran tres genios con un propósito común: Venezuela!

LA BIBLIOTECA NACIONAL

En 1830 no había bibliotecas públicas en el país. Antonio Leocadio Guzmán, Secretario del Interior en 1831, en la Memoria al Congreso Nacional, consideró necesario reunir en un solo sitio los libros dispersos en conventos y oficinas gubernamentales.

 Ramón Hernández, en su biografía sobre José Antonio Páez, dice que: “Páez insistía en  que sólo existirá república cuando la mayoría de los ciudadanos pudiera instruirse…entendía la importancia de los libros y para que todos tuvieran la oportunidad de leer, decretó el 13 de julio de 1833, la creación de la Biblioteca Nacional. Se destinaron 12.000 pesos para la compra de libros, y, pese a las limitaciones presupuestarias, se les subió el sueldo a los maestros” (4). Por Decreto Orgánico se dispuso que las publicaciones oficiales, las gacetas de gobierno, los archivos antiguos, las librerías de los conventos extinguidos y los libros de las comunidades religiosas y de la Universidad, debieran ser reunidos en la designada Biblioteca Nacional. No llegó a ejecutarse este decreto por falta de presupuesto y seguramente porque no hubo persona idónea que la hiciera realidad.

Tuvieron que transcurrir dieciocho años hasta que, en 1851, el Congreso asigna una partida presupuestaria para el pago del personal que prestaba sus servicios a la biblioteca  y por Decreto del 17 de diciembre de 1852 se incluye, además una partida para la adquisición de libros. En 1854 aún no se había podido cumplir este decreto. En 1857 la Biblioteca Nacional pasó a depender de la Secretaría Especial de los Negocios de Relaciones Exteriores, Inmigración e Instrucción Pública y en 1863 pasó a depender la Biblioteca del Ministerio de Fomento y solo fue a raíz de la toma de posesión del General Antonio Guzmán Blanco, cuando de verdad empezó a funcionar la Biblioteca Nacional. Habían pasado 46 años desde la Memoria al Congreso Nacional de Antonio Leocadio Guzmán como Secretario del Interior en 1831, hasta que su hijo, el Ilustre Americano, Antonio Guzmán Blanco, hiciera realidad la Biblioteca Nacional propuesta por aquel. En 1877, al finalizar el período llamado El Septenio, pudo decir Guzmán Blanco que se había creado una verdadera Biblioteca Nacional como fue la situada en la Universidad Central, en pleno corazón de Caracas.

Cuando Antonio Guzmán Blanco, General en Jefe del Ejército Constitucional de la Federación, dictó el Decreto sobre instrucción popular y obligatoria el 27 de junio de 1870,  en sus Considerandos dispone que todos tienen derecho a participar de los trascendentales beneficios de la instrucción, que debe ser universal y que el Poder Público debe establecer gratuitamente la educación primaria, indica, además, los deberes y derechos de los venezolanos y las normas de la instrucción, sin embargo, he de hacer la observación de que en ninguno de sus 66 artículos se refiere a que estos establecimientos educacionales deben contar con bibliotecas (5).

 Los vaivenes políticos de la época y el desorden de los diferentes gobiernos hicieron que la Biblioteca Nacional por fin pasara a depender del Ministerio de Instrucción Pública cuando se creó ese despacho en 1881. Los libros y documentos que formaban la Biblioteca Nacional estaban diseminados en  diferentes locales, algunos vetustos y casi en ruinas y muchos de ellos atentaban contra la integridad y conservación sobre todo de los antiguos documentos guardados desde la colonia, y no debe extrañarnos esta desidia y descuido de los gobiernos anteriores a Guzmán Blanco, porque los libros de  Historia de Caracas nos dicen que en la segunda mitad del siglo XIX, entre otras obras,  se construyeron en la capital la Cárcel de Caracas, la Plaza Bolívar y otras plazas, el Teatro en la Plaza de San Pablo y el Teatro de Caracas, el Mercado de San Jacinto, el Cementerio de los Hijos de Dios, el Acueducto de Caracas con su toma de agua del Catuche, el Puente de Romualda y el Puente de la Trinidad  y el Palacio de Gobierno,  pero no hay referencia alguna a que se haya decretado y aún menos construido ninguna edificación destinada para sede de la Biblioteca Nacional (6).

La Biblioteca Nacional aparentemente no tenía dolientes y tampoco sede fija. Ante la falta de presupuesto un andino, el presidente Cipriano Castro, la cerró en 1903 y al año siguiente ordenó su reapertura.

Pero otro andino, nacido en La Mulera del Estado Táchira, el General Juan Vicente Gómez, apenas encargado del gobierno,  ordenó la construcción de una edificación cónsona con las necesidades de la Biblioteca Nacional y encomendó los planos al arquitecto Luis Eduardo Chataing. Por fin se construyó la sede de la Biblioteca Nacional, que fue inaugurada en 1911, entre las esquinas de La Bolsa y San Francisco.

En los años que siguieron distinguidos venezolanos fueron designados directores de la Biblioteca Nacional. Desde 1937 hasta 1953 fue director Enrique Planchart quien  inició su modernización. La labor desplegada por Virginia Betancourt, quien rigió los destinos de la Biblioteca Nacional desde 1974 hasta 1999, es digna de encomio y merece todo nuestro  respeto y admiración, “durante cuya gestión, iniciada en 1974, se realizó la transformación de la Biblioteca Nacional en Instituto Autónomo” (7).

 La Biblioteca Nacional pasó a depender en los últimos años del Instituto Nacional de Cultura y Bellas Artes (INCIBA) desde 1964 a 1976, del Consejo Nacional de la Cultura (CONAC) en el bienio 1975 a 1977 hasta que en ese año fue creado el Instituto Autónomo Biblioteca Nacional y de Servicios de Bibliotecas.

Después de mucho trajinar llegó la Biblioteca Nacional a lo que esperamos sea por muchos años su sede definitiva y tendrán por fin reposo sus libros y documentos. Un hermoso edificio, amplio y espacioso, cerca del Panteón Nacional, en el denominado Foro Libertador, con proyecto de los arquitectos Tomás y Eduardo Sanabria, es su actual emplazamiento.  Inaugurada  en 1998, es una de las Bibliotecas Nacionales más modernas y funcionales de nuestro continente.

Los avatares de la Biblioteca Nacional, lo narrado en las líneas anteriores,  reflejan plenamente al país de antes y al de ahora.

LAS BIBLIOTECAS DE MERIDA

Afirma el académico Humberto Ruíz Calderón que Mérida es una Ciudad de Libros.

Los primeros libros llegaron a Mérida en las alforjas de los dominicos en 1567 cuando crearon el Convento de San Vicente Ferrer; luego al fundar los jesuitas en 1628 el Colegio San Francisco Javier, se formó una notable biblioteca que se consolidó hasta que en 1767 desapareció este colegio como consecuencia de la expulsión de esta orden religiosa de todos los territorios del imperio español por Carlos III y la tercera biblioteca importante tiene su origen en la fundación por parte del primer Obispo de Mérida Fray Juan Ramos de Lora, en 1785, de la primera Casa de Estudios convertida primero en Seminario Tridentino  y luego en Universidad.

Los dominicos trajeron misales, historias de santos, libros de oración y biblias. Según Ruiz Calderón “la biblioteca que existió en el Colegio San Francisco Javier de los Jesuitas de Mérida, fue la más importante que existió en la ciudad hasta la fundación del Seminario y luego la Universidad” (8).

En nuestra ciudad fue famosa la biblioteca que se atribuye al segundo obispo de Mérida, Fray Manuel Cándido de Torrijos en 1794, formada por 3.000 volúmenes en latín, español, inglés y francés. Algunos han llegado a exagerar sobre la cantidad de libros hasta los 30.000 volúmenes. Según el Cardenal Baltazar E. Porras Cardozo “No sabemos si la imaginación o la exageración han abultado los cuantiosos bienes que trasladaba el obispo. Pero cuatrocientas cargas y una biblioteca de treinta mil volúmenes supera cualquier cálculo razonable” (9). Sin embargo en “Datos para la historia de la Diócesis de Mérida”, Gabriel Picón Febres señala que “Todavía se conservan más de dos mil quinientos volúmenes de las Bibliotecas de la Universidad y de la Curia Eclesiástica de Mérida, resto de los treinta mil que, según es fama, trajo (el Obispo Torrijos)  para el Seminario” citando como fuente de esta información “al Doctor Francisco Javier Irastorza, Vicario Capitular y exaltadísimo realista, es quien da este testimonio, por lo mismo irrecusable” (Porras Cardozo ob.cit).

Treinta mil volúmenes o tres mil, cualquiera sea el número cierto,  fueron de todos modos un valioso aporte para la biblioteca del Seminario, algunos de los cuales todavía se conservan en la Biblioteca del Archivo Arquidiocesano de Mérida y en la Biblioteca Central de la Universidad de Los Andes.

 “La literatura electrónica no suplantará “el mágico encanto de los libros” como define Tomás Polanco Alcántara a los libros escritos” (10) y por eso Mérida sigue siendo una Ciudad de Libros, aunque hoy sean escasos y costosos, que nos hacen pasar con pesar frente a las librerías musitando el verso de Andrés Eloy Blanco en los labios y en los bolsillos: “Como el niño pobre ante el juguete caro”.

Mérida sigue siendo también ciudad de buenas bibliotecas y entre las más importantes debemos mencionar la Biblioteca Tulio Febres Cordero, que también fue andariega hasta que se estableció en el edificio que llamamos El Fortín frente a la Plaza Bolívar, porque su sede anterior en la Casona de la Hacienda La Isla amenazaba con cada lluvia su valiosa colección de libros y documentos históricos. La Biblioteca Central de la Universidad de los Andes estuvo en el ala izquierda del Edificio Central desde que este fue inaugurado en 1956, hasta su sede actual en el Edificio Administrativo en la Avenida Don Tulio Febres Cordero, hoy bajo la competente dirección de la Dra. Ligia Delgado Monascal  y cada una de las Facultades de nuestra Universidad  tiene  bibliotecas especializadas en las materias que allí se imparten. La Biblioteca del Archivo Arquidiocesano de Mérida, bajo la acertada tutela de la Dra. Ana Hilda Duque, es ejemplo de funcionalidad y en los últimos tiempos ha modernizado sus instalaciones y hoy cuenta con un archivo digitalizado. La Biblioteca del Seminario San Buenaventura de Mérida, la Biblioteca del Archivo Histórico de la Universidad de Los Andes “Dr. Eloy  Chalbaud Cardona” y la Biblioteca “José Vicente Nucete” de la Academia de Mérida son buenos ejemplos de organización y de óptima preservación de libros y de colecciones y documentos.   

Estos son algunos apuntes sobre las bibliotecas de aquí y de más allá.   La Biblioteca Bolivariana de Mérida ocupa un lugar preferencial en el afecto de los merideños. Este edificio está ubicado en el casco central de nuestra ciudad y es paso obligado de los viandantes quienes lo miran con respeto. En los años que han transcurrido desde su inauguración no todos los directores la han tratado con la consideración debida y cuidado de sus bienes, archivos, obras de arte,  piezas de su valioso museo e instalaciones físicas. Estoy seguro de que con el celo que le prodiga su actual Director el Licenciado Alejandro Romero, volverá a ocupar esa cúspide de la cual nunca ha debido descender porque nació para volar en lo más alto de nuestra sierra nevada como las águilas de Don Tulio.

Salve Libertador:

El gran poeta chileno Pablo Neruda dijo que deberías levantarte de la tumba cada 100 años para que tus ideas sean recordadas, yo me atrevo a decir que deberías levantarte cada mañana, al despuntar el sol, para que sirvas de guía a Venezuela y a sus dirigentes en estos aciagos días. Vuestra fuerza irreductible tiene que irrumpir en nuestros espíritus y corazones, para que sin clemencia conviertas nuestros campos y montañas en otro Carabobo, Boyacá o Pichincha, Junín o Ayacucho. Cuanta falta hace tu espada libertadora, la que te obsequió el Congreso de Lima tachonada de brillantes y piedras preciosas y cuya réplica es hoy profanada por tiranos y dictadores, corruptos y saqueadores de arcas públicas, para que con esa arma cortes las amarras que nos unen y someten a los designios y directrices que nos  llegan de esa isla caribeña, antes de barbudos y hoy de rasurados rostros, y de otros países que solo miran nuestras riquezas minerales y no velan por el bienestar del sufrido pueblo venezolano.

La ciudad de las sierras nevadas no puede callar ante el permanente insulto a nuestra nacionalidad, tenemos que volver al 13 de Mayo de 1813 cuando en día luminoso os dimos el título de Libertador y semanas después, en vuestro brioso corcel, seguisteis rumbo a Caracas en pos de la libertad y de la gloria.

Hoy, en este sereno recinto y ante esta selecta concurrencia, no puedo menos que repetir las palabras que el niño-mártir de Los Horcones, Juan de Dios Picón González, Gobernador de la Provincia de Mérida, pronunció el 17 de diciembre de 1842, cuando se develó el primer monumento en el mundo a vuestra gloria y destinado a perpetuar vuestra impoluta memoria en tierra americana, en el hermoso mirador de La Columna, teniendo al frente las nieves eternas de nuestra cordillera  y abajo las aguas del murmureante Mucujún, cuando dijo con sentida emoción: “¡Momento solemne, señores, en que reconcentrados los ánimos de un solo punto de consideración grande, sublime y majestuoso, cual es la memoria de las grandes acciones de Bolívar, toda expresión es pequeña para expresarlas con la dignidad, con la fuerza y con la elocuencia que asunto tan alto se merece. Mi voz, al menos débil y sin energía, se alza, no para cumplir con un vano ceremonial, sino para dar salida a las emociones de admiración, de respeto y gratitud que inspira la memoria del varón grande que nos dio Patria y Libertad! (11).

Señores…

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