INCORPORACIÓN DEL DR. ROSENDO CAMARGO MORA – Discurso del Presidente

Por: Dr. Ricardo Gil Otaiza


Desde hace siglos los filósofos e intelectuales se han ocupado con detenimiento en desentrañar la noción de lo bello y sus implicaciones en nuestras vidas. Para gente como Spinoza, por nombrar sólo a uno de ellos, la percepción sensorial es un “pensamiento confuso”, cayéndose, como cabe suponerse, en categorizaciones que tratan de simplificar un “algo” que trae consigo complejidad filosófica y epistémica. En este sentido, David Estrada Herrero en su libro titulado Estética (Editorial Herder, 1988), se adentra con denodado empeño en este campo haciendo interesantes observaciones. Señala el autor que la noción de lo “estético” nace con Baumgarten, quien busca hurgar en el terreno de lo bello como parte de lo sensible. Por lo tanto, la estética (y su representación de lo bello) implica también lo que sentimos y percibimos, y no sólo una categoría del pensamiento (como afirmaron muchos de quienes lo antecedieron). Si bien Baumgarten escapa de lo meramente intelectual, cae en vacilación, en terreno confuso, y por ello no alcanza a generar una doctrina. Tal vez su rígida formación, amén de un entorno signado por la cuadratura de un cientificismo a ultranza, impidieron que rompiera las amarras epocales para dilucidar con certeza lo que anhelaba.

Antes de Baumgarten, nos refiere Estrada, lo “estético” es un hecho oscuro, carente de una auténtica noción epistémica y filosófica, acercándose muchas veces a situaciones realmente contradictorias (y hasta risibles) ante los ojos del filósofo de hoy. Si bien para algunos de sus antecesores el placer ante lo bello sólo puede ser explicado y comprendido desde lo intelectual (el Cogito, ergo sum de Descartes: “pienso, luego existo”), Baumgarten demostró (y en esto sí fue categórico), que el conocimiento sensible no porque sea sensible deja de ser conocimiento. He aquí a nuestro modo de ver uno de los mayores aportes del filósofo, y su más profunda impronta. No obstante, hoy, en pleno siglo XXI, y a pesar de lo alcanzado en el terreno de lo gnoseológico, pareciera que la noción de lo bello y de la estética estuviesen aún subsumidos (por su gran complejidad) en las oscuridades del medioevo, y somos testigos de excepción de libros, películas, programas televisivos, música, teatro, concursos, publicidad, etc., que generan el aplauso a rabiar de las masas, cuando ante los ojos de otros son meras representaciones de los más bajos instintos, y del más deplorable de los “gustos”. ¿Cuestión de sensibilidad y de percepción? ¿Acaso meras argucias del intelecto? El paso del tiempo tal vez dirima tan álgidas interrogantes.

La estética no es exclusiva de un área en particular; ni siquiera de las bellas artes que la preconizan. Cualquier rama del conocimiento es susceptible a estar impregnada de ese halo extraordinario, que le insufla el poder de captar los sentidos hasta el extremo de lo sublime. Por extensión, cualquier cultor de una alícuota del espectro del conocimiento, por más dura que parezca, podría ser presa de la necesaria sensibilidad para hacer de su existencia el isócrono movimiento de quien se dedica por entero a su profesión, pero que en el fondo lleva el sello (y el anhelo) de lo imperecedero.

Desde lo filosófico la ciencia y el arte son cimas que hacen de la existencia un constante desafío y un permanente cruce de fronteras. Las ciencias médicas se mecen entre las ansias de perpetuidad de la vida como atávico anhelo, y el eterno canto a la perfección de esa “máquina” que hemos dado por llamar cuerpo (o templo del espíritu desde su concepción mística). Las ciencias farmacéuticas dirimen sus fronteras entre la noción del fármaco como herramienta terapéutica, y sus devaneos con la belleza que implica la perfección de una forma farmacéutica (Verbigracia: tableta, gragea, cápsula, jarabe, elixir, crema, ungüento, etcétera), rayana con el arte. No en balde desde antiguo el médico prescriptor de fórmulas magistrales y oficinales al final de la receta o récipe (Rp o Rx) ha agregado las sugestivas siglas: H.S.A, que se traducen, ni más ni menos, en “Hágase según arte”. Las ciencias jurídicas no escapan a la noción de la estética, al conjuntar en sus resultados y en sus páginas el llamado espíritu de la ley, que al hacer honor a tal noción etérea busca la equidad y la justicia como grados de perfección social. La química, la física y las matemáticas no quedan huérfanas en estos densos territorios de la estética, al hacerse consustanciales con la comprensión de la vida, que es en sí misma un maravilloso poema. La métrica poética y la alquimia son sin duda expresiones genuinas de los portentos que le son dados alcanzar al ser humano, en la perfecta conjunción dada desde antiguo entre lo abstracto y lo fáctico. Las ciencias naturales, más que un producto de la razón ilustrada, son en sí mismas manifestación de una naturaleza, que en sus más ignotos secretos es belleza y es sabiduría. “Dios es Deus ludens” -nos dice Armando Rojas Guardia en El deseo y el infinito– Dios juega: ha puesto al c(aos)mos a danzar. Somos los co-protagonistas de esa danza. (…). Así pues, la sabiduría no consiste en un mero ordenamiento productivo del obrar, sino en un juego encantador y en un gozo lúdico con lo producido. Este juego gozosamente explícito es el otro nombre de la belleza del mundo.” (p. 85). Ni decir de la arquitectura y de la ingeniería, hermanadas con los siglos, cuya premisa fundamental o eje aglutinador es la de ordenar el caos; es la de darle al hombre y a la mujer espacios que les permitan ser lo que están llamados a ser. No en vano son estas dos de las ramas de las ciencias exactas las que más belleza han entregado a la humanidad en sus diversas civilizaciones. Templos, coliseos, teatros, museos, puentes, torres, mansiones y rascacielos son traducciones magníficas del portento de la tecnociencia, que son en sí mismos obras de arte y expresión del espíritu de lo humano.

Nada de raro tiene, entonces, la amalgama dada desde hace mucho tiempo entre las distintas formas de expresión del talento y la creatividad, hasta llegar a nosotros convertida en eso que hemos dado por llamar transdisciplinariedad. La ciencia, anteriormente acotada en su propio espectro y dinámica, trasciende sus linderos (y a veces los diluye) para alcanzar la completitud como manifestación genuina del espíritu. El todo y las partes, las partes y el todo. Esa fusión dada entre áreas supuestamente contrapuestas y antinómicas, se transforma entonces en realidad en nuestros días, para hacer de los sentidos receptáculos de verdaderos portentos en disímiles manifestaciones de la inteligencia, de la sabiduría y de la belleza creadora. Esta tarde, en estos mismos espacios de la Academia de Mérida, seremos testigos de la conjunción de todo esto que les he hablado. El Doctor Rosendo Camargo Mora, distinguido miembro de esta corporación, que hoy se inviste como Individuo de Número, ha comprendido que la ingeniería por sí sola no da respuesta a las ansias holísticas del ser humano y, en un fino artificio, que deja de manifiesto su inquieto espíritu, conjunta en su trabajo de incorporación diversas nociones epistémicas que intentan desvelar ingentes interrogantes, dudas existenciales y una pasión humanística, que no puede ocultar bajo el ropaje del mero cálculo ingenieril. La belleza de la transdisciplinariedad (de la cual es nuestro nuevo numerario un destacado alumno) radica precisamente en su holismo: en su intento por hacer de las diferentes aristas del conocimiento una verdad revelada. Es decir, “lo que sentimos y percibimos”, como nos lo recuerda Baumgarten al comienzo de estas páginas.

Estoy seguro que el trabajo de incorporación de nuestro recipiendario de hoy, dejará a muchos estupefactos, ya que en su “estructura” (por utilizar un término de su ciencia) ha incorporado elementos que le son complementarios en su deseo totalizante de la experiencia civilizatoria. Ciencia, tecnología, historiografía, crónica, oralidad, literatura, leyenda y hasta teología, confluyen esta tarde en un magnífico trabajo que será, sin duda alguna, referente a partir de ahora. Por la institución responderá la distinguida académica, Dra. Ana Hilda Duque, Individuo de Número Sillón 7, quien ha aceptado gustosa la ingente tarea, al tocar aspectos historiográficos que ha desarrollado a la largo de su carrera como investigadora.

Felicitaciones al nuevo numerario y a su familia, y nuestro agradecimiento a la doctora Duque.

Buenas tardes.

Dr. Ricardo Gil Otaiza  

Profesor Titular (J) de la Universidad de Los Andes. Presidente de la Academia de Mérida.

 

 


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