Historia, Tradición y Derechos Intelectuales

Resumen del discurso de incorporación como Miembro Correspondiente en el área de Ciencias Sociales

Por: Dra. Astrid Uzcátegui

Introducción

En la sesión celebrada el 15 de junio del 2016 la Asamblea General de la Academia de Mérida aprobó mi incorporación como Miembro Correspondiente Estadal de la Institución en el área de las Artes, las Letras, las Humanidades y las Ciencias Sociales. Hoy asumo las funciones de miembro de esta Academia, a cuyo efecto voy a leer –por respeto a los asistentes- un resumen de mi trabajo de incorporación, el cual consta de 43 páginas con notas bibliográficas.

La bella ciudad de Mérida en donde nací, al lado del tesoro de su paisaje y de su clima, ha acumulado a lo largo del tiempo muchos tesoros que son la obra de sus habitantes, tesoros que se han manifestado en la conducta de sus ciudadanos organizados y componen la historia fecunda de la ciudad, como la de haber mantenido por más de 139 años, de 1628 a 1767, un colegio jesuita ejemplar, el  Colegio San Francisco Javier, que seguía las  mismas pautas pedagógicas de los otros colegios jesuitas del mundo católico; estableció un seminario  que adoptó las constituciones del Concilio de Trento y recibió la influencia progresista y liberal de los monarcas borbones que controlaban su funcionamiento interno; fundó una universidad dos veces, una en la colonia en el seno del seminario y otra en los albores de la república por la Junta Gubernativa de Mérida; ignoró la ley grancolombiana que derogó la fundación de la universidad y obtuvo de José Antonio Páez el reconocimiento implícito de ésta a través del nombramiento de un Rector.

La sociedad merideña participó decisivamente en la construcción de la república y en la elaboración de textos constitucionales al mismo tiempo que asistía a los campos de batalla de la independencia; tiene la honra de haber forjado un cuerpo de eclesiásticos excepcionales, grandes pastores con destacada sensibilidad social, grupo de donde salió el primer cardenal del país, el sabio, humilde y ejemplar José Humberto Quintero, y ahora surge otro cardenal, culto y valiente defensor de su grey frente a la barbarie, Baltazar Porras  Cardozo;  y  siente  el  orgullo  de  haber  consolidado  una  sociedad educada y cortés, de la cual han salido figuras nacionales e internacionales de las letras, de la ciencia, de la diplomacia, de la academia y de la política. Se han escrito y se seguirán escribiendo capítulos de la historia de Mérida, esto es, capítulos de la acción de los hombres de Mérida, cultos por antonomasia.

La bella ciudad de Mérida ha acumulado a lo largo del tiempo también muchos tesoros que son el producto de la convivencia pacífica y de la obra común de sus vecinos: el habla, con sus matices propios y con los residuos del pasado pre hispánico, cada vez menos presentes por el desgaste propio de las lenguas no activas; las siembras y cosechas en la agricultura atendiendo las experiencias  ancestrales;  la  crianza  de  animales  de  acuerdo  a  prácticas antiguas que incluyen el herraje en el anca y las marcas en las orejas; las costumbres sociales del trato y del protocolo, signadas por el respeto y por la cortesía y bastante alteradas en los últimos tiempos; los cuentos, mitos y consejas que han trascendido las generaciones; las artesanías que todavía se fabrican y las que fueron abandonadas; la alfarería andina de tradición aborigen; las manualidades, cuya elaboración se transmite de generación en generación; la confección textil de cobijas multicolores, de tapetes, pellones, hamacas y  lienzos de  algodón; la  sombrerería y  la  cestería; las  tallas de madera, de anime y de algodón; la industria de la jabonería (el jabón te tierra); la  artesanía  del  cuero,  que  fabricaba  sillas  de  montar,  riendas,  bolsones, enjalmes   y   cotizas;   las   variedades   de   la   gastronomía   andina   y   su representación merideña (la pisca andina, la gallina rellena, los pastelitos), los residuos gastronómicos indígenas (el chorote, antecesor del chocolate, el masato o chicha), la arepa de harina, el queso ahumado, los dulces abrillantados y toda la irresistible dulcería (las obleas, el bizcochuelo, el dulce de higo, el alfondoque, el alfajor, el majarete, la melcocha, las conservas, las huecas,  los   confites,  los   melindres,  los   bocadillos,  los   buñuelos,  las polvorosas, las mandocas, los morones, los churros, los templones, el alfeñique, la crema de piña, la caspiroleta y el curruchete); las variedades del pan de trigo: el aliñado dulce, el pan azucarado, el pan de agua, las almojábanas, las acemas con bocadillo, las quesadillas, las mantecadas, las paledonias, el mojicón; el uso social del miche, de los vinos de frutas, del tabaco y del chimó. Aunque las menciones son forzosamente incompletas, todo este conjunto integra la tradición de Mérida y sobre él se ha estudiado, se ha escrito y se seguirá estudiando y escribiendo.

El ser humano siente la necesidad de colocar marcas y señales de su paso por el mundo. Entre los griegos ese impulso era de tales dimensiones que hasta en su mitología hay manifestaciones de ello. Todos hemos leído que en el estrecho del Mediterráneo que hoy es Gibraltar, según la mitología griega Hércules  había  elevado  dos  columnas  gigantescas,  una  a  cada  lado  del estrecho (las columnas de Hércules). Su representación ficticia está en el escudo de España con la frase “Plus ultra” (más allá). Según los antiguos más allá del estrecho no había nada (“Non plus ultra”). Ese más allá es luego mundo hispánico. Por ello Carlos III incorpora ese símbolo en el escudo de España. Las columnas de Hércules nunca se construyeron, pero otras obras sí, como el Coloso de Rodas, construcción de bronce derribada por un terremoto.

Los griegos construyeron ciudades, templos y palacios que fueron destruidos. Los romanos también. Algunas veces se han construido obras monumentales que perduran, como las pirámides de Egipto, las pirámides de Teotihuacán o las construcciones mayas, pero lo más frecuente, para recordar algo, es que se eleven estructuras a escala más humana, como la estatua de la Afrodita de Milo  (más  conocida como  Venus  de  Milo)  encontrada casualmente entre ruinas griegas, hoy en el Museo del Louvre en París, sin que se sepa exactamente quien fue su escultor, porque no está firmada o identificada de manera que se sepa con certeza quien la hizo.

Las marcas o señales externas que el hombre va diseminando por el mundo tienen el propósito del recuerdo. Se recuerda una fecha, un acontecimiento, una persona. Pero también y desde los tiempos más remotos los seres humanos marcan los objetos que fabrican para distinguirlos de otros, para que en el intercambio se sepa quién lo hizo, y de ese conocimiento inicial se deriven otros (la calidad, la duración, el tipo de material utilizado). Esas marcas han sido descubiertas hasta en los objetos encontrados en las excavaciones arqueológicas más antiguas. Se encuentran en recipientes, en vasos, en ladrillos y en monedas. En una época más tardía, cuando ciertas artesanías como las de fabricación de muebles para el hogar se multiplican en la Edad Media, los artesanos, las hermandades o los gremios que los agrupan firman sus obras, como ya lo hacían los pintores y los escultores con las suyas. Pero no es solo el hombre de Occidente el que identifica los objetos: los chinos  le  ponen  marcas  a  la  porcelana desde  tiempos  muy  lejanos.  Esta tendencia de identificar los objetos fabricados es universal y tiene, como es natural, una evolución particular en cada región o en cada país.

A partir de la reseña de dos casos, el primero sobre las marcas de fuego en los libros antiguos, y el segundo sobre las denominaciones geográficas utilizadas para la distinción de los productos locales con historia y tradición, pretendo poner en contexto e  ilustrar  a los señores académicos, sobre cómo a lo largo de la historia, la protección de nuestras tradiciones y cultura necesariamente vienen acompañadas de elementos y figuras jurídicas que hoy en día se encuentran recogidas por los derechos intelectuales. La relación de la historia con la tradición cultural y los derechos intelectuales es una realidad socioeconómica y cultural marcada por el ejercicio de derechos humanos, fundamentales   y   constitucionales,   realidad   que   durante   los   años   del Socialismo del Siglo XXI en el país ha sido solapada por decretos leyes y contrariada por el concepto que esta corriente política maneja, contraria a los derechos humanos como producto de un pacto social o derechos inherentes a la   persona   humana   -tesis   predominante   en   los   países   democráticos- prefiriendo efectuar una contraposición artificial entre derechos colectivos que prevalecen sobre los  derechos individuales, pensamiento que    desde todo punto de vista es violatorio de la Constitución, de los Tratados Internacionales sobre Derechos Humanos de los cuales Venezuela es miembro y de la legislación nacional. Considero que la importancia que, en la actual Sociedad del Conocimiento, detenta el reconocimiento, la protección y el respeto de los derecho intelectuales en general y el derecho de autor en particular, como herramientas de crecimiento y desarrollo económico local, nacional e internacional, justifica la propuesta del tema sobre los derechos intelectuales ante la corporación que hoy me acoge, un auditorio en el que se concentra a académicos e intelectuales de las distintas áreas del conocimiento, que está destinado a promover la actividad creativa y la investigación en el campo de

las humanidades, de las ciencias sociales, de la física, de las matemáticas y naturales, de las nuevas tecnologías y de la  innovación.

HISTORIA
Las marcas de fuego y las denominaciones geográficas para distinguir productos locales con tradición

Como mi especialidad es el derecho de la propiedad intelectual, escogí como objeto de análisis para mi incorporación a la Academia de Mérida las cuestiones de las marcas de fuego y las denominaciones geográficas para distinguir productos locales con tradición. La primera, porque siendo Mérida una ciudad que desde la época colonial ha hecho gala de la posesión de grandes  bibliotecas, valía la pena poner de relieve que en ninguna de ellas existen libros con marcas de fuego. Eso no es raro: fuera de la Nueva España, hoy México, son muy pocos los países donde la práctica de las marcas de fuego se utilizó, como Guatemala, Brasil y Filipinas. Ni siquiera en el Perú, que rivalizaba en riquezas con la Nueva España en la época colonial. Las marcas de fuego se inventaron porque la gente no le tenía miedo a la excomunión papal  si  se  robaba  un  libro  de  una  biblioteca  religiosa. Por supuesto,  la   riqueza  bibliográfica  mexicana  con   marcas  de   fuego  es portentosa: en el Fondo Antiguo y Colecciones Especiales de la Biblioteca Central de la UNAM, existen quinientos noventa y ocho (598) títulos con un mil cincuenta (1050) volúmenes que presentan marcas de fuego, de los cuales, cuarenta y seis (46) son del siglo XVI, ciento treinta y seis (136) del siglo XVII,  trescientos ochenta  y  cinco  (385)  del  siglo  XVIII,  y  cuatrocientos ochenta y uno (481) del siglo XIX. Un mil cincuenta (1050) volúmenes que representan el uno por ciento (1%) del universo de volúmenes existentes en las Colecciones de Reserva, La Contemporánea y las Publicaciones Seriadas del Fondo.

La utilización de marcas de fuego para evitar el robo de los libros es un ejemplo extremo de la utilidad o conveniencia de los signos distintivos. Las marcas de fuego ya no se emplean para identificar los libros, su origen o sus propietarios, pero se siguen empleando, en otra forma: las carrocerías de los vehículos tienen una señal numérica que las identifica; a esos vehículos se le pueden agregar otras marcas de fuego que permiten su seguimiento por medio de sistemas GPS; las computadoras, las tabletas electrónicas y los teléfonos celulares tienen códigos alfanuméricos impresos en relieve que permiten su ubicación; para poder tener acceso a nuestra cuenta bancaria, al cajero automático, a sitios de internet, a nuestro propio teléfono celular   o para ingresar físicamente a ciertos lugares, tenemos que acudir a la marca de fuego de nuestra clave.   Estamos rodeados de marcas de fuego, algunas de ellas de carácter permanente y otras que cambian frecuente o inoportunamente, como la de nuestra cuenta bancaria: el banco no nos da aviso previo, pero cuando estamos urgidos de efectuar una operación, nos informa que antes debemos cambiar nuestra clave vencida y colocarnos el hierro rojo de una nueva marca de fuego.

Una parte de mi estudio para ingresar a la Academia de Mérida es el de las   denominaciones  geográficas   para   distinguir   productos   locales   con tradición. Luego de hacer un recuento de los antecedentes históricos medioevales y de la costumbre de los artesanos europeos y de sus gremios de usar  marcas para indicar el origen de sus artesanías; y después de constatar el uso escaso de las marcas por parte de los artesanos merideños, se acude a aprovechar la enumeración que los escritores y cronistas locales han hecho de los productos que se cultivan o se elaboran en la región, para dar una idea de las posibilidades de organización empresarial y del uso de marcas por parte de los fabricantes de objetos artesanales. La organización empresarial de los artesanos tiene precedentes en otros países hispanoamericanos, como México, Guatemala, Ecuador y Perú. Para poder tener éxito con la colocación de los productos, incluyendo el uso de internet y del transporte internacional, uno de los  elementos  necesarios  es  el  de  la  identificación de  los  productos  con marcas, para sobreponerse a la competencia con productos similares y para agregar un mayor atractivo al objeto ofrecido.

Debemos tener en cuenta que entre los elementos favorables a esta mejoría en la disponibilidad de los productos autóctonos se encentra el apoyo de organismos internacionales de la cultura.  En la Conferencia Mundial sobre políticas culturales de la UNESCO, México 1982, se expresa que en forma amplia, en el Patrimonio Histórico:

…las señales de identidad de un pueblo están como en un código genético, grabadas en su propia cultura y el singular Patrimonio acumulado a lo largo de su historia, define la personalidad de una comunidad, Estado o Nación, marcando con ese acento original y propio, en el concierto universal, la riqueza patrimonial de toda la Humanidad.

A través de un signo geográfico, bien una indicación geográfica o una denominación de origen,  los productores de Mérida pueden potencializar en determinadas situaciones la calidad y características de la tierra, sus condiciones medioambientales, la tradición de los medios y de los sistemas de producción  que   determinan  los   atributos  resaltantes  de   los   productos merideños, significativamente diferentes de los que pueden tener esos productos, o similares, en otros lugares dentro o fuera del país, evitando que terceros ajenos a  la  zona  de  producción presenten como  provenientes de Mérida productos que en realidad han sido elaborados en otras lugares, en perjuicio del saber hacer de nuestra gente, del patrimonio cultural local y consecuente, del desarrollo local del estado Mérida.

En particular, se debe resaltar que entre las funciones que cumplen las denominaciones geográficas en sentido amplio, está la función de protección de la tradición, porque es una fórmula que recompensa a los productores por el mantenimiento de las tradiciones, además del compromiso por el mantenimiento de determinados niveles de calidad. En este sentido, las indicaciones geográficas y las denominaciones de origen constituyen instrumentos adecuados para promover el desarrollo del sector agrícola, lo cual incide en forma directa en el desarrollo y la evolución de las diferentes regiones, en especial las más desfavorecidas (como las zonas de montaña y las regiones más apartadas), en las que el sector agrario representa una parte importante de la economía con costos de producción muy elevados. En fin, tal y como lo señala Pilar Montero García-Noblejas las denominaciones geográficas son uno de los factores de mayor fuerza dado que ofrece una ventaja competitiva para los productores y contribuye de manera importante al patrimonio cultural  y  gastronómico, en  la  medida  en  que  constituyen un instrumento valioso para el adecuado desarrollo e impulso del comercio exterior de los países agrícolas. En los actuales momentos en los países en desarrollo existe gran interés por la obtención de indicaciones geográficas y su protección, por considerarla un valor agregado en la comercialización de los productos y su vinculación con la región de producción, su historia y su cultura.

Quien habla ha tenido la fortuna de participar en proyectos de investigación relacionados con  el  reconocimiento y  la  socialización de  la primera denominación de origen reconocida para uno de los productos con mayor tradición e historia del país, la “Denominación de Origen Cacao de Chuao” y de colaborar para la obtención de marcas de certificación para los productos y servicios del pueblo indígena pemón. En mis libros sobre marcas de  certificación se  narra  la  historia  parcial  de  esta  experiencia. Además, participé en la revalorización del cacao de Mesa de Julia, tal y como se describe  en  la  obra  “Nuestro  cacao.  Valorización  de  la  producción  de pequeños grupos de cultivadores de cacao en Mesa de Julia”, coordinada por mí en el año 2010, resultado de un proyecto de servicio comunitario interdisciplinario de la Universidad de Los Andes en la referida localidad en los años 2009 y 2010.

TRADICIÓN

Las tradiciones de Mérida están, generalmente, vinculadas al buen comportamiento social, a la admiración por la cultura y a la inclinación por el saber y la ciencia, a la preservación de habilidades aprendidas y perfeccionadas. Aquí lo tradicional pone de relieve valores trascendentes que adornan a la sociedad como un todo y enaltecen a cada persona individualmente.

La tradición, como la historia, es parte de la cultura, tal como ésta es definida en la Declaración de la UNESCO sobre Diversidad Cultural del año 2001: ‘cultura’,  “el conjunto de rasgos distintivos espirituales y materiales, intelectuales y afectivos que caracterizan a una sociedad o a un grupo social y que abarca, además de las artes y las letras, los modos de vida, las maneras de vivir juntos, los sistemas de valores, las tradiciones y las creencias”.  En estos términos, la cultura está constituida por los rasgos distintivos espirituales e inmateriales, intelectuales y afectivos que caracterizan y otorgan identidad a una sociedad o un conjunto específico de ella, y que los asimilan o diferencian unos de otros. El concepto de cultura, según el Comité de Derechos Económicos, Sociales y Culturales de las Naciones Unidas, en su Observación general Nº 21 del 2010, abarca:

las formas de vida, el lenguaje, la literatura escrita y oral, la música y las canciones, la comunicación no verbal, los sistemas de religión y de creencias, los ritos y las ceremonias, los deportes y juegos, los métodos de producción o la tecnología, el entorno natural y el producido por el ser humano, la comida, el vestido y la vivienda, así como las artes, costumbres y tradiciones, por los cuales individuos, grupos y comunidades expresan su humanidad y el sentido que dan a su existencia, y configuran una visión del mundo que representa su encuentro con las fuerzas externas que afectan a sus vidas. La cultura refleja y configura los valores del bienestar y la vida económica,   social   y   política   de   los   individuos,   los   grupos   y   las comunidades.

Los derechos culturales, en sentido restringido, son derechos esenciales para la dignidad humana, reconocidos expresamente en los instrumentos internacionales de derechos humanos vinculados a la cultura. Estos derechos forman  parte  de  la  denominada  “segunda  generación”  de  los  derechos humanos –que agrupa a los derechos económicos, sociales y culturales, complementarios de los derechos civiles y políticos.

El  derecho de  acceso a  la  cultura se  encuentra consagrado en  tres instrumentos de derecho internacional:

1. En el artículo 13 de la Declaración Americana de los Derechos y Deberes del Hombre de 1948:

Artículo 13. Derecho a los beneficios de la cultura.

Toda persona tiene el derecho de participar en la vida cultural de la comunidad, gozar de las artes y disfrutar de los beneficios que resulten de los progresos intelectuales y especialmente de los descubrimientos científicos.

Tiene  asimismo  derecho  a  la  protección  de  los  intereses  morales  y materiales que le correspondan por razón de los inventos, obras literarias, científicas y artísticas de que sea autor.

2. En la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948, en su artículo 27:

Artículo 27. 1. Toda persona tiene derecho a tomar parte libremente en la vida cultural de la comunidad, a gozar de las artes y a participar en el progreso científico y en los beneficios que de él resulten.

Toda persona tiene derecho a la protección de los intereses morales y materiales que le correspondan por razón de las producciones científicas, literarias o artísticas de que sea autora.

3. Por último, en el artículo 15 del Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales de 1966:

Artículo 15.1. Los Estados Partes en el presente Pacto reconocen el derecho de toda persona a:

a) Participar en la vida cultural;

b) Gozar de los beneficios del progreso científico y de sus aplicaciones;

c) Beneficiarse de la protección de los intereses morales y materiales que le correspondan por razón de las producciones científicas, literarias o artísticas de que sea autora.

PROPIEDAD INTELECTUAL

Las producciones que resultan del trabajo intelectual abarcan las más diversas áreas de la ciencia, el arte, la industria y el comercio en obras de las más variadas ramas que tienen como resultado la producción de bienes inmateriales. Las obras literarias, artísticas y científicas, invenciones, diseños industriales, modelos de utilidad, marcas de industria y comercio, el nombre comercial, las indicaciones geográficas, los secretos empresariales, etc., son todos bienes protegidos con independencia del área en la que tiene lugar su origen, bajo el género llamado “propiedad intelectual”, cuya importancia y transcendencia tiene  lugar  en  el  marco  de  una  economía de  mercado –o capitalista– en la que imperan la eficiencia, el lucro, la lucha por el bienestar, la problemática de los costos, la asunción de los riesgos, etc

La rama de los derechos de la propiedad industrial como herramienta que favorece y protege la historia, las tradiciones, la cultura local y, por ende, el patrimonio cultural del país es, precisamente, la que resulta aplicable a las formas de protección de los productos que acumulan la tradición y la historia como  sus  características esenciales, por  medio,  principalmente, de  signos distintivos.

Conclusiones

1. La historia y la tradición son formas de la cultura que tienen manifestaciones en todos los  órdenes,  en  la  conducta  individual  y  en  la conducta colectiva de los pueblos. Las regiones de Mérida tienen todo un acervo de conocimientos, habilidades, tradiciones y saberes. Algunos de esos saberes se conservan y se ubican todavía en el nivel artesanal, limitando su impacto económico para los fabricantes, para los consumidores y  para la comunidad en general; otros casi han desaparecido, como la industria del cuero, por la severa disminución del transporte de carga animal y la falta de aprovechamiento de otras oportunidades; la producción textil está en vías de desaparición, por la competencia del comercio internacional textil sin límites morales, como el comercio chino, que vende piezas con bellísimos diseños mayas sin pagar un centavo a los artesanos guatemaltecos y mexicanos; la artesanía de los alimentos está necesitada de un esfuerzo especial.

2. La transformación de la economía venezolana que pasó de economía rural del café y del cacao a economía petrolera tuvo como uno de sus resultados negativos en la época de bonanza el hacer baratos los productos importados y disminuir muchas actividades artesanales, hasta convertirlas en actividades meramente locales con una clientela limitada.

3. La falta de políticas específicas de gran aliento de desarrollo rural, artesanal y de turismo, así como la preferencia empresarial por iniciativas de índole comercial clásicas, dejó  al  margen  la  organización empresarial de algunas actividades artesanales, el aprovechamiento de los recursos crediticios internacionales existentes para estos propósitos, aunque se debe incrementar una más fuerte conexión, que se ha producido últimamente, entre la universidad, los empresarios y los artesano

4. En el comercio internacional se han producido en los últimos años movimientos de justicia internacional::

(i) la lucha contra la explotación de las minorías (el trabajo de los menores en la industria textil, la explotación de las mujeres en las fábricas del tercer  mundo,  etc),  mediante  la  denuncia  de  los  productos  inmoralmente fabricados y un llamado a sabotear su adquisición;

(ii) la procura del comercio justo, un movimiento de países en vía de desarrollo, organizaciones privadas en países desarrollados y consumidores que tratan de que la importación de productos artesanales se haga de manera que los beneficios vayan de verdad hacia esos grupos, a los cuales se debe dejar de pagar los precios miserables fijados por los importadores (grandes corporaciones) y pagar un “precio justo” que remunere de verdad al artesano;

(iii)  el  surgimiento de  la  economía creativa a  través  de  la  cual  se incorporan las  nuevas  tecnologías (con  la  venta  on-line)  a  los  productos artesanales. Los guatemaltecos,   mexicanos, peruanos y ecuatorianos tienen una gran experiencia en este campo.

5. La política de hostilidad hacia los derechos de protección industrial constituye un elemento negativo para la protección de lo que hoy es producción artesanal merideña y mañana puede ser producción industrial vendida por las redes electrónica

6. La protección de los derechos intelectuales en general no es incompatible con los derechos de acceso a la cultura, el derecho a la información, el derecho a la investigación, el derecho a la creación científica, literaria y artística y el derecho a la educación. No hay colisión constitucional entre esos derechos y las que eventualmente se presentan han sido resueltas armoniosamente por la jurisprudencia.

Dra. Astrid Uzcategui

Academia de Mérida, 28 de febrero de 2018

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