Por: Dr. Carlos Guillermo Cárdenas D.

La excelsa personalidad de Briceño Ferrigni de talento indiscutible, de prestancia imponente frente a la tribuna pública y de incuestionable liderazgo, al cumplirse el vigésimo aniversario de  su partida (19 de marzo 1999),  reivindica  a una  figura descollante de la política merideña del siglo XX. Su sagacidad en la política hizo de él un hombre público prominente. La vasta cultura que cultivó con dedicación cuando se retiró de la vida política activa, lo convirtió en un escritor de pluma fina. De la prosa hizo el don de la palabra con soltura y elegancia.

Si como escritor dejo una impronta positiva en la vida intelectual merideña, como orador tuvo el don de la palabra y la fogosidad de la oratoria. Tuve el privilegio de escucharle en distintas épocas y escenarios. Su verbo contagiante le permitió una oratoria cargada de emoción y erudición.  Podía levantar esa emoción casi mágica tanto en el campesino de la aldea remota de la geografía merideña como en el profesor y en el académico más selecto y conspicuo.

Dotado de virtudes y cualidades, generoso con el hombre y la mujer humilde, severo ante la injusticia y el desorden. El populismo, práctica política que ha recuperado espacios en los tiempos presentes, no tuvo cabida en él.

En el ejercicio de la función pública, fue un gobernante probo. Atendió con esmero y preocupación las necesidades tanto de las comunidades más remotas como de nuestra siempre ciudad emeritense. Dejó obra grande e imperecedera. Su arraigo a esta tierra no le permitió la tentación de hacer vida nacional ostentosa. Los principios socialcristianos que los llevó en lo más profundo de su ser,  fueron una constante en su vida pública.

Germán Briceño, hombre sin dobleces, fue siempre vertical en los principios y en la acción. Así se mantuvo en la vida pública. Con motivo de la presentación de la revista de la Universidad de Los Andes unos meses antes de su viaje a la eternidad, su verbo imponente hizo vibrar las paredes del Salón Frai Juan Ramos de Lora del rectorado.

Cuando la fortaleza espiritual y corporal de aquel  hombre combatía la enfermedad que lo diezmaba, acudí a su lecho para expresar mi admiración y mi reconocimiento al profesor universitario emérito y al escritor insigne. Honor a su memoria.  


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