Por: Dra. Nancy Freitez de Sardi

En estos días en que se recuerdan el fin de la II Guerra Mundial y la liberación de los prisioneros en los campos de concentración, rememoro la lectura de la obra “El hombre en busca de sentido” [1], del escritor vienés Víctor Emil Frankl, quien nos induce al estudio de nuestro mundo interior y de los mecanismos psicológicos que permiten enfrentar las crisis e incluso, superarlas.

     La obra autobiográfica de Víctor Emil Frankl, nos ubica con una narración sencilla y metódica, en la horrenda experiencia de un campo de concentración nazi, lo que me obligó en primer lugar, a investigar sobre el autor. Así supe de su nacimiento en Viena, en marzo del año 1905, hijo de un hogar hebreo formado por Gabriel, un padre ejemplo de superación quien llegó a ser Ministro de Asuntos Sociales; Elsa, una madre ama de casa y dos hermanos: Walter y Stella. Sus estudios de Medicina en la Universidad de Viena, su simpatía por el pensamiento socialista, quizás influenciado por el padre y su interés por la Psicología, lo llevó a especializarse en Neurología y Psiquiatría, áreas en las que trabajó desde 1933 hasta 1942, cuando fue detenido junto a sus padres, sus hermanos y su esposa Tilly Grosser, con quien se había casado un año antes. Él fue trasladado a los campos de concentración de Theresienstadt, Auschwitz, luego a Kaufering y Türkheim y, al finalizar la guerra, los únicos sobrevivientes de su familia fueron su hermana y él, quien fue liberado en abril de 1945, cuando regresó a Viena y escribió “El hombre en busca de sentido”.

     No cabe duda de que, en la etapa inicial de la prisión de Víctor Frankl, que él establece como la primera fase “del internamiento en el campo”,  debe haber sufrido los síntomas del “shock” ante la crisis situacional que estaba viviendo por la privación de su libertad, la angustia del sufrimiento de sus padres y hermanos, la separación de su amada esposa, el desconocimiento de su ubicación y la certeza de las terribles condiciones a las que seguramente estaban siendo sometidos: nerviosismo, sentimiento de desamparo, confusión, cansancio, tristeza, síntomas físicos…, todas manifestaciones del sufrimiento que, sin embargo no impidieron que mostrara rasgos de optimismo al ver algunos prisioneros que parecían bien alimentados, hasta con buen humor y el pensamiento de que “al final, todo iba a salir muy bien”.

     Es patética la descripción de su llegada al campo de concentración cuando, junto a los demás prisioneros, los conminaron a desnudarse, les rasuraron la cabeza y todo el cuerpo y como se reconoció “solo con mi existencia literalmente desnuda” y cuando emergió un humor negro como expresión de curiosidad ante todo lo que les rodeaba, humor que cultivaron como “medida de protección”.  Esa curiosidad generó sorpresas cuando la analizó desde su óptica médica, y así derrumbó muchos de sus conocimientos previos: la verdadera necesidad de horas de sueño, el uso de algunas normas de higiene personal y hasta la respuesta de las heridas ante la ausencia de medidas de asepsia.

     Es aleccionadora la fortaleza “fruto de sus convicciones personales”, que le hicieron prometerse a sí mismo rechazar el suicidio, porque “no me lanzaría contra la alambrada”; el empeño en lucir saludable para no caer en las listas de los individuos eliminables al convertirse en cargas por no ser elementos aptos para los duros trabajos a los que eran sometidos;  pero conmueve la expresión que marca el punto culminante de ésta primera fase de su reacción psicológica: “borré de mi conciencia toda vida anterior”,  pero apareció un nuevo sentido: “sobrevivir”.

     En la segunda fase: “la vida en el campo de concentración”, se hace presente la tortura ante la añoranza de su casa y su familia “apatía que lo llevaba a una muerte emocional”, que junto al trabajo físico intenso e inhumano, el hambre por la precaria alimentación, el hacinamiento en barracas insalubres, el trato desconsiderado y desalmado de los soldados y hasta de muchos de los propios prisioneros -quienes lograban prebendas de sus presidiarios al ensañarse con sus compañeros- les generaba un “embotamiento e impasividad” ante el sufrimiento de los demás, ante el delirio de los enfermos y el  fallecimiento de compañeros. Sin embargo, ésta insensibilidad y apatía se convertía en una caparazón protectora ante tanta ignominia, que podía hacerlos reaccionar con indignación ante el insulto a que eran sometidos frecuentemente y les generaba algún alivio al sentirse aún vivos al final de cada día, pero que hacía de cada despertar, el peor momento de sus vidas.

     En esta fase también se destacan los sueños como mecanismo de satisfacción de las grandes apetencias: comida y algunos pequeños placeres como un cigarrillo o una ducha tibia y el convencimiento de que, hasta una pesadilla “no podría ser tan mala, como la dura realidad que vivían”; el hambre centraba en la comida parte de la vida mental y la hacía tema principal de conversación que adormecía casi absolutamente cualquier otro apetito, como el sexual, incluso hasta de los sueños. También se hizo manifiesta la ausencia de sentimentalismo y la insensibilidad humana ante los sentimientos de los otros; solo había interés por el desarrollo de los acontecimientos políticos que podrían significar un desenlace favorable a su situación y futuro, y por las convicciones religiosas que se mostraban con intensidad y gran fuerza en los creyentes, lo que se manifestaba en el crecimiento de una profunda vida interior y en una espiritualidad que les confería una resistencia que superaba hasta sus limitaciones físicas.

     Enternece profundamente la dulce remembranza de su esposa, a cuya imagen se aferraba y que lo llevó a escribir: “el amor es la meta última y más alta a que puede aspirar el hombre” y “la salvación del hombre está en el amor y a través del amor”. Este amor lo hacía mantener conversaciones imaginarias con su amada y su mente se aferraba a su imagen durante las duras jornadas de trabajo forzado, hasta casi sentir la proximidad de su presencia y en el refugio de su vida interior, le permitía disfrutar en el recuerdo de detalles aparentemente insignificantes que se crecían y glorificaban con la nostalgia que le podía llevar hasta el llanto. La sensibilidad cada vez más intensa que desarrollaban algunos prisioneros en esta fase de su reclusión, los hacía valorar la belleza del arte que encierra un poema o la música lastimera de un violín y recrearse en la naturaleza y la luz de un atardecer.

     Reaparece el humor como gran mitigador del sufrimiento y el disfrute ingenuo del menor de los daños, la valoración de los pequeños beneficios y la envidia a quienes habían tenido mejor suerte, el alivio ante cualquier circunstancia que aliviara su situación y “los escasos placeres de la vida del campo que producían una especie de felicidad negativa”, alegrarse por lo que afortunadamente no pasó: no estar ya en un campo con hornos crematorios, el poder ofrecerse como voluntario para atender los enfermos de tifus antes que seguir formando parte del grupo de trabajos forzados, buscando algo que le diera sentido a la vida, que si moría atendiendo los enfermos, le daría sentido a la muerte. Esta nueva función le permitió disfrutar ocasionalmente de algunos minutos de soledad, poder contemplar el reverdecer de los campos y viajar imaginariamente hasta su hogar, pero también se enfermó de tifus y sintió que su fin podría estar próximo, pero le “permitió ganar una paz interior como nunca antes había experimentado”.

Muy dramática es la descripción de la presencia en la mayoría de los prisioneros, del complejo de pensar que alguna vez creyeron ser “alguien” y sentir ahora que los trataban “como si no fuéramos nadie, como si no existiéramos”; el recuerdo de ejemplos heroicos de hombres que consolaban a sus compañeros y que, a pesar de las dificultades, tenían que elegir una actitud personal para tomar pequeñas o grandes decisiones que no amenazaran su última libertad: la libertad espiritual interna, su yo mas íntimo, el no permitir que se lesionara su dignidad humana y el aceptar el sufrimiento como algo que añade a la vida un sentido más profundo. También destaca la necesidad de trazarse en la vida un objetivo, una meta propia, una esperanza que mantenga un estado de ánimo positivo, lo que influirá favorablemente en la capacidad física que potencie un estado de inmunidad ante las enfermedades e impedirá el suicidio como escape a los sufrimientos extremos y ante la pérdida de esa esperanza.

     Plantea la búsqueda del sentido de la vida y el error al preguntarnos que esperamos de ella, cuando deberíamos preguntarnos que espera la vida de nosotros y como “vivir significa asumir una responsabilidad de encontrar la respuesta correcta a los problemas que ella plantea y cumplir las tareas que la vida asigna continuamente a cada individuo”. Como el sufrimiento se convierte en tarea y después de él, siempre algo o alguien nos espera y está observando nuestra conducta: un amigo, la pareja, algún ser querido vivo o muerto, o un Dios, que desea que no flaqueemos ante el sufrimiento y lo sepamos enfrentar con dignidad. 

     La tercera fase descrita por Frankl se refiere al proceso “después de la liberación”, cuando al estado de ansiedad permanente anterior, le siguió uno de relajación total, el querer ver el entorno “con los ojos de los hombres libres” y la sensación de que “todo parecía irreal, improbable, como un sueño”. Esa sensación que buscaba diferenciar entre lo soñado y la realidad, fue denominada “despersonalización” y como finalmente, al asimilar la realidad de su libertad, sintió que la vida comenzaba de nuevo y “solo tenía en la mente una frase: Desde mi estrecha prisión llamé a mi Señor y él me contestó desde el espacio en libertad”. Sin embargo, algunos al verse libres, se sentían con el derecho a ensañarse contra otros y asumir el rol de opresores, devolviendo el daño sufrido con daño a los demás. Junto con la crueldad, también describe la amargura y la desilusión como reacciones post-liberación; amargura ante la poca receptividad e interés por él y la desilusión al ver que ya no existía lo que había sido su soporte para vivir en el cautiverio, o que todo ya no era como lo había soñado y finalmente, al retomar una vida “normal:”, cuando todo lo pasado solo se recuerda como una terrible pesadilla.       

   Víctor Frankl, al ser liberado regresó a Viena y escribió “El hombre en busca de sentido” y comenzó a desarrollar su técnica psicológica que llamó Logoterapia, considerada la Tercera Escuela Vienesa de Psicología, después del Psicoanálisis de Freud y de la Psicología individual de Adler. Dirigió la Policlínica Neurológica de Viena hasta 1971 y fue profesor en la Universidad de Viena hasta los 85 años de edad, logró su licencia de piloto de aviación a los 67 años y se sintió siempre orgulloso de su pasión por escalar montañas.

     Publicó más de 30 libros, traducidos a numerosos idiomas, impartió cursos y conferencias por todo el mundo, y recibió 29 doctorados Honoris Causa por distintas universidades. En los años 70, el Dr. Víctor Frankl visitó Venezuela y recibió el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Católica Andrés Bello, con motivo de una invitación hecha por la Sociedad Venezolana de Logoterapia fundada en Caracas por el Dr. Jorge Cato David, médico farmacólogo que fue profesor de nuestra Universidad de Los Andes por los años 60.  Personas que tuvieron la oportunidad de conocerle, refieren la tremenda paz y espiritualidad que el irradiaba. Falleció en Viena el 2 de septiembre de 1997.

Dra. Nancy Freitez de Sardi

Individuo de Número de la Academia de Mérida, Sillón No. 22. Profesora Titular de la Facultad de Medicina de la Universidad de Los Andes en la Cátedra de Salud Pública.

Notas:
[1] Frankl, Victor E.(1946) El Hombre en busca de Sentido.Edit. Herder. Duodécima Edic. Barcelona


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