Por: Dr. Ricardo Gil Otaiza

Resumen de la conferencia dictada en la Academia de Mérida el día 12 de junio de 2019

La Universidad de Los Andes cuenta en su haber con un significativo número de personalidades que le han dado brillo y prestancia a su abrupto devenir. Si consideramos tan sólo una alícuota de su historia, por ejemplo, la segunda década del siglo XX, hallamos tal cantidad de luminarias, que no podemos sino asombrarnos frente a una institución nacida en la pequeña y bucólica ciudad de Mérida, pero que lentamente se fue posicionando de un prestigio y de una pertinencia innegable en el contexto nacional. Y también más allá de nuestras fronteras.

El 14 de julio de 1917 toma posesión del rectorado de la Universidad de Los Andes el joven científico e intelectual Dr. Diego Carbonell (contaba con 32 años). Llega a una ciudad relativamente aislada del resto del país, en la que aún imperaban costumbres y tradiciones que hacían de la urbe lugar de encuentros y desencuentros. Traía el Dr. Carbonell una sólida formación profesional como médico egresado de la Universidad Central de Venezuela (1910) y con estudios de especialización y prácticas en los hospitales St. Antoine y el Hotel-Dieu de París (desde 1911 hasta finalizada la Primera Guerra Mundial). Como datos curiosos resaltan ser discípulo del Dr. José Gregorio Hernández y haber publicado, siendo todavía estudiante de medicina, algunos artículos a medio camino entre las ciencias y las humanidades, entre los que podemos citar: Las vías nerviosas del amor  y La vida animal y la vida vegetal. Uno de sus biógrafos señala que corresponde a esta época estudiantil su libro Química ancestral  y humana, mientras que opiniones divergentes señalan que su primer libro es Crónicas y siluetas, publicado en su época parisina de 1912.  

Como puede deducirse de los títulos citados, su carácter era complejo, ambivalente, signado por la dicotomía ciencia-espíritu, lo que lo empuja a situaciones que de alguna manera marcarán su vida, como lo fue —por citar un caso— la publicación de su libro Psicopatología de Bolívar (1916), que traerá consigo dolor y amargura, en virtud del consabido escándalo ocasionado en los predios académicos, científicos, culturales y políticos de la Venezuela de entonces, por la “profanación” hecha al sacrosanto nombre de Bolívar. Con todo este impasse a cuestas y con una reputación de hombre docto e incisivo, ganada desde su desempeño como médico e intelectual, llega el Dr. Carbonell a la ciudad de Mérida, y a su incipiente Universidad.  

El choque con la provincia no se hace esperar, de allí que algunos cronistas relaten desavenencias entre el joven rector y la vieja godarria merideña. Mejor aún: entre las nuevas ideas del talentoso científico formado en Caracas y en París, y las viejas corrientes del pensamiento, que contrastaban con la irrupción de una modernidad que de alguna manera comenzaba a producir una sutil remezón en los añejos cimientos de la universidad venezolana. En contraposición a esto, las fuentes consultadas no describen severos enfrentamientos entre el novel rector y la clase profesoral y la sociedad merideña. Eso sí, caben esperarse las naturales reticencias que produce la entrada en el escenario local de una figura polémica y controvertida como la del Dr. Carbonell. Suponemos, por la lógica de los hechos, que llega el nuevo rector a Mérida con la “mácula” (digámoslo de alguna manera) de su Psicopatología de Bolívar en la frente, y esto signa su debut y su ulterior desempeño.

Paradójicamente, halla el Dr. Carbonell en Mérida el ambiente propicio para su despliegue intelectual y científico. La ciudad y su institución universitaria le proporcionan el espacio adecuado para que pueda llevar adelante —y con éxito— su tarea como rector, así como la consecución de una amplia producción intelectual (entre lo que destaca: A propósito de la moral práctica, 1918; Bolívar y Olmedo, 1918; Rubén Darío y otros escritores, 1918; Ernesto Renán, 1919; La epilepsia del Libertador, 1920; El paludismo contra la lepra, 1920; y General don José de San Martín, 1920). En lo personal conoce en Mérida a la que se convertiría en su esposa, María Cristina Parra Salas (prima sexta de Tulio Febres Cordero), y en Mérida establece una sólida familia que lo seguirá en sus futuros y múltiples caminos académicos y diplomáticos.

La bibliografía no nos aclara si a su llegada a Mérida ya conocía el Dr. Carbonell a los más conspicuos personajes de la ciudad, pero lo que sí podemos afirmar —como queda dicho— es que fue 1917 un punto de inflexión para Mérida y la ULA, porque convergen una pléyade de ilustres hombres, que hoy son emblemáticos de la ciudad y del país en los distintos campos del saber y de las artes. Baste mencionar a Tulio Febres Cordero, quien para entonces contaba con 57 años y tenía un amplio prestigio académico e intelectual. Para el año de la llegada del Dr. Carbonell a Mérida, ya había publicado Don Tulio lo más representativo de su obra (entre otros textos: Estudios sobre etnografía americana, 1892; Las cinco águilas blancas, Mitología americana sobre el origen de la Sierra Nevada de Mérida, 1895; Don Quijote en América o sea la cuarta salida del ingenioso Hidalgo de La mancha, 1905; La hija del cacique o la conquista de Valencia, 1911, así como buena parte de sus cuentos, aparecidos bajo distintas denominaciones desde 1902 hasta la colección titulada En broma y en serio, publicada en 1917). Podríamos mencionar al prolífico narrador, poeta, crítico literario, polemista y diplomático, Gonzalo Picón Febres, quien ya estaba cercano a su muerte (acaecida en Curazao en 1918).

No podemos dejar de lado a Mariano Picón-Salas, el cual entra por la puerta grande de la intelectualidad a sus 16 años con la ponencia Las nuevas corrientes del arte,leída el 28 de octubre de 1917 desde la tribuna de las denominadas Conferencias Universitarias, aupadas con fuerza y brillo por el rector Carbonell, y que se realizarán periódicamente en el Paraninfo de la ULA (y también fuera del ámbito universitario) para el análisis y la discusión de temas científicos y culturales.

Huella profunda deja el Dr. Diego Carbonell en la ciudad Mérida y en la Universidad de Los Andes, aunque algunos estudiosos se empeñen en desdibujar su figura y su nombre. Mejoró la situación de los laboratorios, dotó las bibliotecas, abrió espacios para la discusión científica, incentivó la cultura, estableció vínculos entre la universidad y la ciudad, creó la Escuela de Farmacia (cuya facultad fuera cerrada trece años antes por el gobierno de Cipriano Castro), creó la escuela de ciencias físicas, matemáticas y naturales, luchó contra las enfermedades infectocontagiosas y el analfabetismo, y dejó a su sucesor, el Dr. Gonzalo Bernal Osorio, una universidad más plural y más crítica: abierta sin complejos ni reticencias a los grandes cambios epocales.

A comienzos de 1921 se marcha el Dr. Diego Carbonell de la Universidad y de la ciudad, y es hoy (casi un siglo después) cuando empezamos a sopesar en su justa dimensión su impronta científica y civilizatoria en estos predios andinos.

Dr. Ricardo Gil Otaiza

Profesor Titular (J) de la Universidad de Los Andes. Presidente de la Academia de Mérida

rigilo99@hotmail.com @GilOtaiza       

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