Por: Prof. Freddy A. Torres González, con Introducción de Leonardo Páez M.
Fuente: Anónima

La mención de EL MERCADO PRINCIPAL, nueva pieza de Freddy Torres, es factible sugiera la idea de alguna fácil trabazón adosada a la muy conocida y punto menos que famosa “Cuatro piedras”, del citado autor. Cabría la sospecha, asimismo, de que la reciente proposición teatral fuera una segunda parte de aquella, en condición de aditamento lateral o, por el estilo, vitrina de rememoraciones localistas salpicadas de humor directo y efectistas desenfados.

EL MERCADO PRINCIPAL pugna por identificarse como una distinta averiguación estética, sin que -hay que decirlo- tal aserto constituya detrimento en lo que atañe a “Cuatro piedras”, cuya autonomía es inobjetable. Debe señalarse que la presente obra traduce los resultados de un plausible intento de hacer teatro, dentro de lo experimental, francamente revolucionario. El esfuerzo tiende a configurarse con una suerte de contexto circular de impulso propio: soplo de la vida a través de caricaturas. Viaje de salida y regreso simultáneos, espectro argumental que pone a prueba la sensibilidad de los espectadores obligados a afinarla, y recomendado lavarla, si se quiere, de convencionalismos retóricos y formalistas. Ahora bien, los eventuales personajes populares –más típicos- de la Mérida que valsaba por el 60 y sus contornos, y que aparecen en la creación de Torres, han sido atrapados con exclusiva finalidad de fijar el lugar de las acciones, aunque, independientemente de su ubicación temporal: muñecos de la farsa que no extrañan elementos esenciales del tema; se extienden como sombras de un sueño sin orillas, igual que los inestables recuerdos de elástica envoltura.

Fuente: El Mundo, 1984

”Pildorín”, juglar del “miche” integral, ahijado de la noche y de la calle, versión criolla y estrafalaria del guitarrero mexicano, husmeando siempre por las fronteras del mercado; el mismo hombrecito que tal día, arrimándose al portón de Radio Universidad, improvisó y cantó la copla corrosiva, furiosamente alegre, y anunció el “advenimiento” de la estación competidora “que acabará con la actual/ para contento de todos…”. Luego, por ahí, “Mediamisa”, blanco lirio senil de la locura, doloroso trasunto de Anastasia, la zarina. Y, por fin, “Pecho e Paloma”, mercachifle a la volanda con su bulto de fluxes de dudosa vigencia, comprados en dos fuertes “para dárselos a tres a mis estudiantes pobres”. “Pecho el paloma” que al grito hiriente y reiterado de su apodo en la voz de los muchachos, corría hacia abajo, en desenfreno, por la Lora, consumiéndose de rabia e impotencia.

Fuente: Anónima

Obviamente, en el hecho artístico del que se habla, asoman otros caracteres de presencia cotidiana en el antiguo y casi familiar del mercado de la ciudad. Sirven también de ilustración adicional en el vaivén de la estructura escénica, presuntivamente novedosa e integrada por especiales aproximaciones al expresionismo o, acaso, al pos-absurdo, pero que, por su patetismo estremecedor y alucinante, conduce la memoria a las pinturas intuitivamente surrealistas del holandés Hieronymus Bosh, El Bosco. Con el empleo del visor que se prefiera, EL MERCADO PRINCIPAL tiene la virtud de brindar atrevido experimento sobre la base de ejercicios lúdricos entre la exposición de materia verbal independiente de la conciencia y el camino progresivo de una banda plástica, hasta conseguir el fenómeno teatral buscado que, a propósito, es factible alimente más a los sentidos que a la comprensión misma.

Leonardo Páez. M. Texto de Catálogo.1983.  

Testimonio del Mercado Principal

Freddy Antonio Torres González
Fuente: Anónima
Asumo esta tarde-noche
mis querencias del mercado de doña Ramona Torres,
hacedora de ovejitas, bueyes acostados y palomas
de los pesebres andinos todo el año, entre pinceles y algodones
mi aprendizaje de un niño que trata de encontrar una luz,
emana de las cosas para estar siempre avispado, abierto,
al peregrinaje de colores de la naturaleza y de los amores.
Siempre alerta era el asunto de estar despierto, atento,
al transcurrir de los vientos que traen sueños
y ricas sensaciones para adivinar la belleza
que anida en los rincones de los pasajes.
Me hice diestro en escuchar el vuelo de un colibrí,
todas las tardes se paseaba por los techos del mercado hasta,
anidar secretamente en una rendija de la cocina
de “Misia Petrica”, nana de Mano Millo, el Regidor del Mercado.
Muchas veces caminé por sus alrededores escuchando
tanteando la forma de las panelas, de las frutas y las legumbres,
sonámbulo entreví el diálogo de naranjas y limones y gallos.
Digo que aprendí a oír a la gente con los ojos cerrados
porque la única verdad que sucede,
 no es mentira, uno acostumbra conquistar
la belleza de una tarde con el oído.
Digo que aprendí a vivir en el mercado toda la vida
por la escucha de sus ratones, abejas, avispas y guarapo fuerte,
vibran las cosas como el zumbido de los murciélagos 
con una música de sombras, olores, canto de silencio
todo eso aprendí en ese sitio que llaman el mercado
donde recitan las naranjas con las pumarrosas
las piñas con los musgos del páramo bendito
los mamones con las lechugas y los garbanzos.
Me enseñaron a acariciar con el oído
el acontecer silencioso del Mercado Principal.
Necesito hacer poesía
moviendo los recuerdos,
así nace el día, de la nada,
el verso sale solo si me enfoco
a escuchar como acontece la vida.
El Mercado de mi olvido,
desde que te quemaron sin misericordia
ando sin ver, no te apaño, triste, intranquilo
en un mundo hostil, sin espacio
para secar una lágrima.
Prohibido
que te recuerde
me está vedado mis pesares
tengo que tragármelos
al pisar la calle Lazo
cuando llego al recinto de Jacinto Plaza,
el hombre santo y cordial
que en 1919 enamoraba a niñas y señoras
con su sonrisa y manos largas.
Él, vendía urnas y cofres para enterrar angelitos
también ropa de vestir, cobijas y,
servilletas japonesas para envolver palomas.
Miro al pasaje Tatuy,
pescadores descuartizando reses con hachas
y hombres con costillas de vacas sangrantes
un italiano que los domingos toca el trombón
en la retreta nocturna del maestro Rivas.
Salgo y veo los alrededores destrozados
el negocio de chamero quemado,
Don Cesar, el hombre del pajarito de la suerte ya no están.
Cucurucho y la media misa desaparecieron por encanto,
Pildorín duerme abrazado a una guitarra
porque anoche cantó donde la Ronca Teresa:
“Allá en el Rancho Grande”…
A mi casa de la cinco
no puedo ir: me da pena
abandonado en plena desgracia.
Llegué a ti, como un niño de la Picón
con un vianda para mi papá;
ahí descubrí a las muchachonas de la calle de “Los Baños”.
Algunos dicen que son de “Cuatro Piedras”.
Un día llegué ahí, calle oscura y ruidosa
y como un bachi pude dormir abrazado
escuchando “Ansiedad” de la voz de Alfredo Sadel.
Oh, Negra Alicia prohibida
que ella analice
si podemos vernos donde don Marcelino
el de las barquillas del mercado.
Que todos analicen de una vez por todas
si las autoridades fueron los que quemaron
el Mercado Principal, un domingo aciago por la tarde.
Que ellos analicen
si hicieron bien tumbando una casa grande
de mis amores tiernos.
Ya no puedo pedir canciones
en la “Revista de la noche”,
tampoco comprar papelitos que adivinen mi suerte.
Que ellas analicen
todo lo que pregono por esas calles
desde entonces la luz de mi mercado
no ha sido más mi apoyo
ahora es una mole gigante de concreto armado,
con escalones, sótanos, agua oscura, huecos
charcas y rampas para subir ligero
a no se sabe a qué, porque está rayado.
Muchas veces riéndome a solas veo conciertos,
danzas, exposiciones, actores con llanto falso
y una banda tocando a Schubert.
Sólo, íngrimo, no veo a mucha gente.
Muchas veces tacho líneas enteras
para recordar a las mujercitas
como curaban debajo de este sitio
la gota, la azúcar mala y el mal de ojo.
Riéndome a solas
escondo un verso ya presintiendo
que me hace daño recordarte
mercado de mis años alegres
pero ese recuerdo me defiende
contra la maledicencia de los demás
lo arrasaron sin preguntar nada.
Oí que un día, el viejo mercado
iba a resucitar, dijo una señora de negro
solo hay que regar agua bendita y díctamo real
para que de una vez vuelva a ser como antes:
viejitos amables, amistosos, lleno de compadres y comadronas
que van a ayudar a parir niños para que vuelvan a pasear
por el pasaje Tatuy a vender escapularios y estampitas de la caridad.
Un músico
alto, amistoso,
ha sido execrado, condenado,
porque compuso canciones al mercado.
Por las malas lenguas dicen,
que es espía. Su nombre maldecido.
Porque los lunes vende versos a puya
sobre lo que ocurrió de verdad en el principal,
y que duerme solito en un colchón del “Sueño Feliz”.
Hablar de él,
es algo sospechoso y silencioso.
¿Y si fuera inocente?
Los amigos de la esquina del “cafetín de López”
lo encuentran culpable
los kioscos y los almacenes,
 la Academia y las tertulias poéticas
lo ven como un enemigo
simplemente saben que es el poeta Cesar Dávila Andrade
que acostumbra a salir como un espanto
a saldar cuentas con los enemigos del mercado.
Una vez también lo vieron con Hernando Track
cruzaron por la esquina “Del Gallo” y repartieron volantes
que decían, ¡ya sabemos quiénes pusieron las bombas
que quemaron el Mercado Principal!
¿Y si fueran inocentes?
El pueblo tiene embusteros,
en los puestos más altos,
se sienten enemigos.
Construyen edificios, desocupan
calles bellas de antaño,
sin embargo, esos mamotretos
ocultan la Concha y el Toro
de mi montaña predilecta
derrumban y obstruyen las calles,
destrozan el pasado
el poeta debe ser fusilado.
¿Y si fuera inocente?
Ellos no han leído
lastimosamente, “El Boletín y las Elegía de las Mitas”
y “Tiempo de Callar”
los ladrones siempre son inocentes,
¿tal vez es mejor hacer silencio?
Un Réquiem para Dávila Andrade
el hombre del “Gallo de Oro” que,
de un pistoletazo
acabó con su vida en la suite del “Sueño Feliz”.
¿Y si fuera inocente?...
Fuente: Anónima
Fuente: Anónima

Nota: Todas las imágenes de este artículo fueron proporcionadas por su autor.

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