Por: Dr. Luis Alberto Ramírez Méndez

Es indudable que los efectos inmediatos de una crisis, de cualquier tipo tienen hondas repercusiones en aquellos que la padecen, algunos de ellos son inmediatos y otros permanecen en la psiquis de los individuos y se conocen como los síndromes postraumáticos, cuyo impacto y manifestaciones son notablemente diferenciados. Por ello, abordar el impacto de una guerra, siempre tendrá la connotación de la desgracia por las pérdidas que ocasiona tanto materiales como humanas, de las cuales sus protagonistas tal vez nunca las superaran. En ese sentido, abordar el impacto de la guerra de la independencia de Venezuela, en especial en el caso de Mérida, durante sus primeros tres años, que corresponden al inicio de la misma y al desarrollo de los sucesivos hechos que han marcado a los emeritenses por las sucesivas generaciones hasta la presente, en especial porque en su suelo se escenificó una de las campañas, que más ha sido celebrada y homenajeada en la historia oficial, como épica, al extremo que ha sido hasta comparada con las hazañas militares de César, el emperador romano.

Aunque debo confesar que esta presentación es una idea que me ha rondado desde hace algunas décadas, en las cuales siempre me he preguntado ¿cuál sería la reacción de los merideños en aquellos cruentos años?; ¿cómo se vieron a sí mismos y cómo se modificaron sus proyectos de vida, su cotidianidad, sus perspectivas personales y colectivas durante ese conflicto? Esas interrogantes me las he hecho después de revisar incontables documentos entre ellos testamentos, inventarios, cartas, relaciones y otros que describen de forma fragmentaria algunos y otros más precisos la mentalidad de los emeritenses, las notables variaciones que experimentaron a lo largo de la confrontación, que son el objeto de esta disertación inicial y que he escrito a petición de Uds. señores de la academia, que no constituye un trabajo acabado sobre la temática. Debo decir en principio que he revisado algunos trabajos que se han realizado sobre esos efectos, en especial en el campo del sicoanálisis, sobre los traumas que ha experimentado los soldados norteamericanos en las guerras de Vietnam e Iraq que me han permitido avanzar en el objetivo de mi investigación, aunque no son históricos, lo cual debo precisar.

La ciudad de Mérida, en 1810, tendría aproximadamente unos 6.472 habitantes, distribuidos en cuatro parroquias Sagrario, Milla, el Llano y la Punta, la ciudad colonial se había edificado con un trazado de damero cuyas calles principales de los Baños (hoy 1 Rodríguez Picón), finalizaba en el convento de San Francisco, ubicado en la calle 20 federación, la calle de la Barranca (hoy Obispo Lora), que se extendía desde la entrada de la iglesia de Milla, hasta 4 cuadras más abajo de la Cruz Verde, el camino que conducía hacia la otra banda del río de Albarregas, la calle de San Agustín (hoy Independencia) que se extendía desde Milla hasta su extremo inferior, en la calle 31 más o menos y la calle real (hoy Bolívar), aunque estas calles longitudinales se dilataban sobre el perímetro de todas las parroquias, que en aquel momento eran urbanas, pero también rurales porque comprendían el valle de los Alisares o Carrasco, la otra banda e inclusive se extendían hasta La Punta y por el oriente hasta los linderos con Barinas, como ocurre actualmente con el Municipio Libertador.

En la parroquia el Sagrario habitaban los más esclarecidos y nobles miembros de la sociedad emeritense, correspondía a las manzanas inmediatas a la plaza mayor, (hoy Bolívar), allí residían 471 blancos, 466 mestizos, 58 indios, 389 mulatos, 7 negros libres y 225 esclavos para un total de 1.616 pobladores. En esa locación se hallaban edificadas las mas ostentosas casas de la ciudad, de dos pisos con balcones y grandes ventanas boladas, techadas de teja y paredes de tapia, allí también se ubicaba la casa de cabildo, la iglesia parroquial sobre la calle de San Agustín, y se hacían los esfuerzos por construir la catedral, que inicialmente se pensó levantar en el solar que hace esquina entre las calles de San Agustín y traviesa de Igualdad (actuales Av. 3 con calle 22), asimismo ahí se ubicaban los conventos de Santa Clara y San Francisco, el de Santo Domingo, o de los jesuitas expatriados, hoy capilla del Carmen y el Hospital de caridad de San Antonio, es decir era el asiento de la clase pudiente, comprendidos en el barrio del empedrado, porque sus calles eran empedradas las que alargaban hasta San Agustín, donde se deslindaban de las de Milla que no lo eran. Al mismo tiempo existía en la misma parroquia el Barrio de El Espejo, ubicado hacia la barranca del Chama, que era habitado por gentes humildes, artesanos y labradores en su mayoría, cuyas edificaciones eran la mayoría de tapia, techadas de paja, solo algunas de tapia y teja, por eso se explica la presencia de numerosos mestizos e indios. Asimismo se incluían en su perímetro las haciendas de Santo Domingo, la Quinta del Canónigo Uzcátegui, inmediata al actual Ambulatorio Venezuela y el Cerrajón de Las Flores.

La Parroquia de Milla, se dilataba hasta el Valle de los Alisares y solo era urbana desde la actual iglesia parroquial hasta el convento de San Agustín (actual iglesia de La Tercera), incluía el barrio del Mucujún que sería la parroquia de Belén y en su espacio se habían construido los dos caminos de herradura que comunicaban la ciudad con el páramo; los del Mucujún, al presente la cuesta de Belén, y la de Milla hoy conocida como la de la Columna, la mayor parte de la parroquia era rural y su calle principal se extendía hacia las haciendas suburbanas que existían entonces en la zona norte de la ciudad como Miraflores, Santa María, Los Osuna, La Hechicera, La Liria, La Isla y Santa Ana. Milla era habitada por 175 blancos, 1.099 mestizos, 20 indios, 658 mulatos, 5 negros libres y 37 esclavos. La preponderancia de la población mestiza y mulata es evidente, pero hay que destacar que la mayoría de ellos trabajaban en la haciendas como labradores, mientras en el área urbana, los vecinos se dedicaba a oficios artesanales, existían numerosas costureras y tejedoras, de lana y alfombreras, con núcleos familiares, encabezados por matronas, cuyas progenies estaban integradas por hijos ilegítimos, lo cual es muy significativo.

 El llano era otra parroquia con una gran extensión, en aquel momento predominantemente rural y su espacio urbano se extendía solo hasta tres o cuatro cuadras más abajo de la actual iglesia parroquial, únicamente por tres calles longitudinales y allí ya había edificaciones de tapia y teja, muy amplias con corrales y huertas que se dilataban hasta la ribera del río Albarregas. El Llano estaba poblado por 181 blancos, 1376 mestizos, la población mestiza más numerosa de la ciudad, 93 indios, 287 mulatos, 74 negros libres y 141 esclavos para un total de 2.152 habitantes, era la parroquia más populosa de la urbe, debido a las innegables posibilidades de expansión en un suelo plano, de ahí su nombre y que comprendía todos los predios del llano chico, como el llano grande. Es explicable la población mulata y de afrodescendientes si entendemos que en la misma estaban incluidas las haciendas de Las Tapias, Belén, el Rosario, Campo de Oro, Santa Juana Santa Mónica, Santa Catalina, La Pedregosa, Santa Bárbara y las numerosas huertas de los vecinos ubicadas a lo largo de la otra banda del río de Albarregas, hasta lindar con La Punta.

Esa población tuvo las primeras noticias de la guerra cuando el Obispo Mass y Rubí emitió sus pláticas sobre la ocupación de España por Napoleón Bonaparte en 1808 y la formación de la Junta Defensora de los Derechos de Fernando VII al trono español. Sin embargo, aquellas noticias eran tan lejanas y distantes que fueron percibidas, de la misma forma como anteriormente había ocurrido en otras ocasiones, cuando los americanos habían sabido que las naciones europeas estuvieran en guerra, sin que por ello fueran afectados, salvo en la recolección de gabelas que con el nombre de “donativos” se habían pechado a los españoles de esta orilla del Atlántico. En los años siguientes, la cotidianidad de los emeritenses continuó de la misma forma, y se elevaron oraciones por la salud y restitución pronta del monarca, el mismo obispo y otros sacerdotes encabezaron rogativas para que esto se pidiera al altísimo.

Los sucesos del 19 de abril de 1810 en Caracas, fueron conocidos en Mérida por una carta que trajo José Félix Rivas y se la entregó al cabildo emeritense, en donde les solicitaba su adhesión, sin embargo el contenido de la misma y sus implicaciones fueron desconocidas para la mayoría, solo los cabildos catedral y civil procedieron a realizar las respectivas discusiones al respecto. En ese sentido, prevalecieron las consideraciones de los monárquicos en una primeras conversaciones, la prudencia y el temor de los pudientes se impusieron al durante esos momentos iníciales. Sin embargo, la premura de la situación y la gravedad de la crisis en la península les obligó a estudiar la misma y ello les determinó al establecimiento de la Junta Defensora de los Derechos de Fernando VI en Mérida, el 16 de septiembre de 1810, cualquiera que revise su texto podrá ver su tono moderado y precavido, lo cual hace muy significativa la influencia del clero emeritense de tendencia realista.

 Dos motivaciones determinaron a los emeritenses a adherirse a esa declaración la primera recuperar su condición de capital provincial de la que había sido despojada en 1682, con su debido rango y preeminencia y la segunda declarar universidad propiamente al Real Colegio Seminario de los Caballeros de Mérida. Para la población en general, esta declaración no representó un cambio sustancial, los mismos capitulares siguieron actuando, las leyes se mantuvieron tal y como se habían acostumbrado hasta entonces, inclusive las mismas instituciones, lo que curiosamente ocurrió fue que hubo nombramientos de “nuevos jefes” al frente de las mismas, lo cual evidencia que las ansias de ejercer el poder fueron unas de la motivaciones determinantes que impulsaron esa actuación.

El hito del 5 de julio fue otra discusión de gran fuerza en el ámbito de los emeritenses, en ella participaron diversos sectores y grupos de la población. En realidad, aunque la independencia era anhelada y querida por algunos sectores privilegiados, pero en la población, en general, se carecía del conocimiento de lo que ese hecho representaba para sí mismos y de sus consecuencias. En efecto, las posibilidades de un enfrentamiento violento parecían muy lejanas y se juzgaba que poco les habría de afectar. Esa apreciación cambió cuando Mérida, fue amenazada por las fuerzas militares, cuya avanzada fue ordenada por el gobernador de Maracaibo, lo que obligó a establecer defensas militares y puestos de salvaguardia estratégicos, como ocurrió en los diversos puentes que comunicaban a Mérida con el valle del Mocotíes y el Sur del Lago de Maracaibo, en Estanques y Lagunillas, en donde estuvo Marcos Barela, como militar quien dinamitó los puentes. El desconocimiento de la ideas independentistas entre la población, en general, se evidencia en la actitud de su esposa María Salas quien apoyó a su marido, como una mujer de la época y recibió una carta, que le dijeron debía remitir a la Lagunillas, al cuartel de su esposo y así lo hizo, la carta era una proclama realista y ella fue apresada, cuando le preguntaron porque lo había hecho dijo que no sabía leer, como la mayoría de la población de entonces.

Sin embargo, las faz cruel de la guerra no sería vista por los emeritenses, sino a principios de 1812, aquel 25 de marzo, dos terribles sismos estremecieron a Venezuela, el primero en la placa tectónica del Caribe, cuyo epicentro fue inmediato al litoral afectando al centro occidente de la república, este temblor destruyó Caracas, Valencia, Barquisimeto, y también fue precursor de un segundo sismo en la placa tectónica andina, cuyo epicentro se ubicó en la población de Tabay, por eso sus efectos fueron tan fuertes en la ciudad de Mérida. La sacudida afectó de una manera atroz a la meseta, pero sus movimientos fueron especialmente dañinos en los dos bordes de las barrancas del Albarregas y Chama. En el caso de la barranca del Albarregas, que comprendía la parroquia Sagrario, en donde estaban las mejores edificaciones de la ciudad se desplomaron en su totalidad como se evidencia en el Convento de San Francisco, en cuyo colapso sepultó al obispo Hernández y Milanés, el convento de Clarisas que tuvo severos daños y numerosas edificaciones en las calles de los Baños y San Agustín en el barrio del empedrado se desplomaron. En el otro extremo de la meseta, en la barranca del Chama, que comprendía el barrio del Espejo, también se desplomaron sus edificaciones, por esa razón Sievers, expresó en 1885, que aun se podía ver en la parte este de la ciudad, numerosas ruinas, restos de viejas murallas y patios cubiertos de exuberante vegetación que habían quedado después del sismo del año 12. Del mismo modo, Richard Bache quien visitó a Mérida en 1823, describía que cerca de la ciudad había una profunda grieta que se había abierto durante el terremoto, se cree que esto fue en el actual Paseo de las Ferias, producto de un deslizamiento de tierra en la muralla de la barranca.

Las víctimas mortales del sismo se contaron por centenares, el Canónigo Uzcátegui refiere que el sábado santo había dado sepultura a más de 130 cadáveres en una fosa común, otros no corrieron esa suerte, sus restos mortales permanecieron debajo de las ruinas, como afirma Bache al señalar que “muchos de esos antiguos moradores yacen debajo de las ruinas y poco después de nuestra llegada fueron encontrados los restos mortales de un obispo”.

Los efectos del terremoto en los emeritenses fueron muy dolorosos, la visión de la ciudad reducida a ruinas, el sufrimiento y la profunda impresión que causaron los cadáveres insepultos, además del desconsuelo ocasionado por pérdida de los seres queridos fueron muy lamentables. Por ello, el luto de la población fue un sentimiento colectivo, en especial para las mujeres que habían perdido sus hijos en el sismo, los libros parroquiales refieren numerosas defunciones de párvulos en los días siguientes al temblor y la otra temible realidad que poco se ha estudiado y de la que solo se disponen de solo referencias fueron la epidemias ocasionada por la contaminación producto de la descomposición de los cadáveres, a cuyas defunciones se refieren con la expresión “murió de peste”, el término “peste” indica la presencia de una enfermedad contagiosa, desconocemos cual sería, se sabe que 1817, hubo una epidemia de viruela de la que murieron numerosas personas entre ellas doña Isabel Briceño de Fornés.

La destrucción de las viviendas fue de tal magnitud que prácticamente toda la ciudad estaba en ruinas. Los esfuerzos para la reconstrucción de la urbe se enfrentaron a increíbles dificultades como los escasos de materiales constructivos porque los tejares y sillares estaban sin mano de obra, debido a las bajas de numerosos artesanos que vivían en humildes casas. Asimismo, en ese momento, los emeritenses pudieron escuchar, en alta voz, en los sermones del alto clero, una condena pronunciada en contra de sí mismos, porque se les afrentaba por su adhesión a la causa republicana, al extremo que los canónigos quería impedir reedificar la ciudad, como se colegía de los informes que rindieron, quienes describían a Mérida como una ciudad destruida, sin fuerzas para continuar, habitada solo por tres mendigos, abogaban por su mudanza al pueblo de San Juan y al despojo de su catedral, obispado, universidad y del sacratísimo convento de clarisas, el banco de la colonia, que disponía de 260.000 pesos colocados a censo producto del ahorro de siglo y medio de su existencia, aportados por los merideños.

Las madres monjas clarisas por segunda vez, durante más de 150 años de existencia del monasterio, habían salido de su clausura, debido a los daños causados por el sismo en el convento, para alojarse en la quinta del canónigo Uzcátegui y luego fueron enviadas al pueblo de San Juan, cuyo tránsito representó para los emeritenses el peor augurio que hubiesen podido tener, porque las vírgenes del señor con sus incesantes oraciones elevadas al altísimo, por aquellos que no lo hacían, impedían el advenimiento de cualquier adversidad que afectara a la ciudad de las cumbres nevadas y de sus pobladores, fue el instante en que los merideños sintieron que la protección celestial se había marchado para siempre.

Asimismo, el sentimiento de culpa debió agobiar fuertemente en la mentalidad de los emeritenses, debido a las censuras pronunciadas por los clérigos en los pulpitos y que sin duda alguna debió ser muy meditada entre la población sujeta al “temor a los justos juicios de Dios” y por ende a la manipulación religiosa, que ofrecía como recompensa el paraíso a quienes estaban libres de pecado, según el dictamen de sus sacerdotes. En ese sentido, los clérigos afirmaron que el temblor era el castigo divino que había llegado por la falta de haberse rebelado contra su rey, quien lo era por derecho divino, es decir designado expresamente por Dios para reinar, por lo cual su desobediencia era la desobediencia a Dios y por ello se hallaban en pecado mortal y por tanto eran merecedores de esa condena.

A pesar de los efectos postraumáticos ocasionados por el sismo, y de las condenas que se cernían sobre la población emeritense, se inició al proceso de reconstrucción, hubo mujeres que con sus propias manos levantaron las tapias y acarrearon piedras y barro para elevar las paredes de sus viviendas, muchas de ellas estaban solas porque sus familiares inmediatos habían fallecido en el temblor, aunque el dolor del luto y el desamparo ocasionado por la destrucción ni siquiera había comenzado a disiparse, los habitantes de la ciudad destruida vieron con tristeza y desolación como muchos de sus familiares y amigos tuvieron que huir de inmediato, al saber con perplejidad y con horror el avance de los contingentes militares, encabezados por Sebastián de la Calzada quienes en los días sucesivos ocuparon la ciudad.

La llegada de los monárquicos fue acompañada de la persecución y la búsqueda de los patriotas declarados, la confiscación de sus bienes, la ocupación de las haciendas, la expropiación de los frutos de sus cosechas, muchos encarcelados, muchos torturados, muchos encadenados, sometidos a tormentos públicos escenificados en la plaza mayor para que fueran observados por todos como escarmiento para los que se atrevieran a más. Las actuaciones de los monárquicos tanto militares como religiosos fueron pertinaces y los sistemas de espionaje y delación fueron aplicados sin tregua alguna, se suponía que habría alguna conjura entre los emeritenses y que pronto estallaría, de esa forma transcurrieron los meses finales del año 12. La desesperanza cundió en algunos sectores de la población, especialmente los más afectados por la acoso, aunque en esto hay que precisar que los perseguidos pertenecieron a todos los estratos sociales.

En ese momento, no solo fue el pánico que había ocasionado el sismo y que se temía volviera a ocurrir, era la guerra con su terrible faz de muerte, dolor, rapiña y persecución. Tanto las secuelas del sismo como la ocupación militar alteraron el diario convivir de los citadinos, no hubo ninguna actividad que no experimentara algún tipo de modificación en su aspecto material e intelectual, los sistemas de abastecimiento, mercado, consumo, transporte. En general la cotidianidad urbana durante aquellos trágicos meses finales del año 12 estuvo marcada por escases de alimentos y por la carencia de información, el trabajo se soportaba en los brazos de la población superviviente, la mayoría mestizos y mulatos que desempeñaban los oficios artesanales y las labores agrícolas. La desmoralización general de los emeritenses debió haber sido inconmensurable, ocasionada por el temor a la delación y la prisión que debió originar en numerosas personas la paranoia. Por esa razón, la convivencia y la confianza entre los vecinos se modificaron, la suspicacia predominó y el temor al castigo humano y divino prevaleció en la mentalidad de los emeritenses en aquellos trágicos días que se iniciaron el 25 de marzo y continuaron el 25 de mayo del año 12 con la capitulación de San Mateo que marcó la caída de la primera república.

En el nuevo año de 1813, se tuvieron noticias de una avanzada patriota sobre Ocaña y el río Zulia, eran soldados de la Nueva Granada, ello no fue relevante hasta febrero de ese año, cuando se supo que estaban acantonados en La Grita y que pensaban avanzar hacia Bailadores. La espera por lo que habría de venir se hizo con desconfianza ya mucho se había perdido el año anterior para exponerse a más penalidades. Los meses siguientes se conocería del avance de los patriotas al mando de un desconocido brigadier de apellido Bolívar que ya estaba en Lagunillas y se dirigía al Ejido, en mayo esa tropa, integrada por unos cientos de soldados llego a Mérida, pocos la recibieron, había mucha desconfianza y se habían perdido muchas vidas y bienes, al brigadier lo alojaron en una casa, en la parroquia de El llano, una cuadra más abajo de la capilla parroquial, lo cual muestra la prudencia del sector pudiente, que residía en el Sagrario y quienes no le prestaron sus casas para su alojamiento.

La desconfianza y el recelo se mantuvieron por más de una semana, Bolívar llegó a Mérida el 23 de mayo y solo fue recibido en cabildo a principios de junio, lo cual revela cuan prevenidos estaban los emeritenses, en especial sus sectores privilegiados y políticamente dominantes, en el caso del sector religioso, férreamente realista abandonó la ciudad, solo permanecieron los canónigos Buenaventura Arias y Mariano de Talavera y Garcés. Durante esa semana inmediata a la llegada de Bolívar a Mérida, las discusiones sobre la adhesión de sus capitulares a esa causa estuvieron marcadas por los terribles hechos ocurridos el año anterior, tanto la población como su ayuntamiento se mantuvieron con cierta discreción acerca de las promesas del brigadier Bolívar, a pesar de ello, los que estaban convencidos de la causa patriota se pronunciaron a favor de la apoyarlo y seguirlo, como ocurrió con las familias Picón, Briceño y Rivas, cuyas estirpes son un ejemplo de ello.

En ese sentido, es preciso apreciar el nivel de compromiso que en la población emeritense suscitó la presencia de Bolívar, el ejército libertador y las ideas republicanas. La realidad demuestra que los cambios sustanciales en la actuación de las instituciones fueron muy pocos, aparte de incluir algunos representantes por el pueblo, entre los que se destaca Cornelio de La Cueva, en su gran mayoría las elites conservaron su preponderancia, salvo en los casos de los emigrados y fallecidos. El pueblo en general sintió que los extraños acontecimientos que estaban presenciando le afectaban más que los beneficiaban, que estaban inmersos en una guerra que en mucho les perjudicaba, con resultados muy inciertos. Lo que también observaron fueron una desintegración de las majestades y los simbolismos de poder, debido a la incongruencia de sus acciones, la más palmaria de esas situaciones se suscitó en el convento de Clarisas, cuyas monjas sin lugar a dudas manifestaron a través de su abadesa sus indeclinable deseo de permanecer en Mérida, lo cual debió ser respetado por las dignidades eclesiásticas, sin embargo las censuras inmediatas, el voto de silencio y obediencia les fue aplicado en contravención a sus principios que no ocultaban sus preferencias políticas y que ocasionó su cisma por mas 12 años.

Otro de los aspectos que realmente ofrecen duda, es la motivación del reclutamiento de los 500 voluntarios que siguieron a Bolívar a la guerra, hay autores que sostienen que les ofrecieron una paga “sustanciosa” por decirlo así, como es el caso de algunos mucuchiceros, quienes se alistaron en su pueblo, pero después de haber llegado a Trujillo, donde la paga no llegó, desertaron y se devolvieron a su pueblo natal. Otros, tal vez habían perdido todos sus bienes y esperaban alguna recompensa en corto tiempo, en cierta forma sus proyectos de vida solo contemplaban una presencia transitoria en el ejército y luego regresar con alguna riqueza. Lo expuesto sería una constante en ambos ejércitos en especial durante el año 1814, cuando Boves prometió a los llaneros entregarles tierras sí lo seguían, lo cual demuestra que convencimiento de estos militares de las ideas patriotas tal vez nunca existió. Lo cierto es que estos “voluntarios” eran oriundos de diferentes poblados de la geografía merideña, entre ellos Bailadores, Lagunillas, Ejido, Mucuchíes y de la misma ciudad de Mérida. La partida de tan significativa cantidad de población masculina, en una ciudad que había sufrido las pérdidas de vidas tan importantes a causa del sismo, privó al aparato productivo de una indispensable mano de obra, que en su mayoría fue asumida por las mujeres, quienes asumieron el rol de trabajadoras agrarias, al mismo tiempo que administradoras de los bienes, recursos y también perseguidas porque sus hermanos, esposos y padres habían marchado en defensa de la libertad, fueron ellas quienes realmente soportaron las dificultades. Es difícil precisar el grado de angustia, desasosiego y temor que debieron experimentar al verse a sí mismas, solas enfrentar tan enormes conflictos en la espera del retorno de sus varones, de quienes solo 15 regresaron con vida de la guerra.

Otra situación bastante controversial fue la donación de 30.000 pesos en oro, lo cual al parecer fue producto de una imposición del cabildo de Mérida, similar a los donativos que se ordenaban por el Consejo de Indias a los dominios americanos para colaborar con las guerras europeas. Sí esto es cierto, cual fue el nivel de agrado y aceptación que tuvieron los emeritenses para entregar ese “donativo”, sí estaban prácticamente arruinados y sí realmente consideraron que con ello podrían obtener beneficios ulteriores y ¿de qué tipo? Lo más probable que ocurrió fue que este “donativo” fue una forma de obtener protección por parte de los hacendados mediante el cual se protegían a sí mismos y a sus haciendas del robo y el pillaje, como había sucedido en la propiedad de Mesa de Adrian, inmediata a Bailadores, la que el ejército libertador dejó reducida solo a “dos piedras de molino” y como también ocurrió con las haciendas de La Plata y la Beatriz en la jurisdicción de Trujillo, las que fueron arrasadas cuando ambos ejércitos se acantonaron en sus predios.

Los compromisos políticos celebrados entre el sector militar y civil en la ciudad dieron paso a la entrega de concesiones, sin embargo la recepción que se le rindió al brigadier Bolívar en Mérida a principios de junio de año 1813, fue producto del convencimiento de cierto sector de la población que estaba firmemente comprometido con la causa independentista y que le tributó su homenaje, en el cual se le dio el título de Libertador, aunque en comunicaciones anteriores, suscritas por el entonces brigadier Bolívar le expresaba a sus interlocutores que deberían verlo como su “libertador”. En esto cabe especular, sí algunos de sus cercanos conocían la preferencia del brigadier Bolívar por este título y por eso optó por designarlo como tal, o simplemente fue a sugerencia del mismo brigadier Bolívar por lo cual se realizó esa proclama. Indudablemente que el hecho marcó la mentalidad de los presentes, esa distinción sería ratificada por la municipalidad de Caracas en agosto del año 13 y hasta en la actualidad el título está íntimamente unido a la figura de Bolívar y define la mentalidad de los emeritenses hasta el presente como uno de sus tesoros más preciados, considerándolo como la prueba máxima de su patriotismo, por ser los primeros que lo elevaron al “altar de la patria” y con ello iniciaron el culto a Bolívar.

Lamentablemente, se disponen de pocas referencias de la actitud y la visión real con que fue percibido Bolívar entre la población, las mismas han sido tergiversadas por la historia oficial, en un afán de resaltar la figura del brigadier y su aceptación por los emeritenses. Esas impresiones ocurrieron durante su avance desde la Grita y la permanencia de Bolívar en ciudad,  cuando se procedió a la adecuación de una serie de asuntos pendientes que serían decisivos en el transcurso de la guerra. Numerosas comunicaciones se emitieron durante ese periodo que definieron el rumbo de la campaña que se denominaría “admirable” por la rapidez con que se realizó y los logros que obtuvo. En esas orientaciones, seguro tuvieron una influencia significativa los notables merideños quienes tuvieron participación en las mismas y al mismo tiempo en esa convivencia se pudieron apreciar ciertos rasgos de la personalidad del brigadier que definieron su percepción en la mentalidad general de los emeritenses que se prolongan hasta la presente. La primera de ellas refiere su recibimiento en Bailadores, en la casa de los Belandria con una fiesta, en la cual Bolívar bailó toda la noche con las hermosas damas del poblado, percepción que podría ser apoyada por las versiones que suelen afirmar que Bolívar, era aficionado a los bailes de salón, como se estilaban en Europa, en donde había vivido durante varios años, después del fallecimiento de su esposa y como también ocurrió en Bogotá, Quito y Lima. Una segunda visión de la personalidad de Bolívar la ofrece doña María del Rosario Briceño, arrendataria de la hacienda de Las Tapias, quien le ofreció a Bolívar su casa de hacienda para que se alojara en ella, al parecer el brigadier estuvo allí con ella y ambos disfrutaron durante ciertos días con sus noches. Tanto en lo ocurrido en Bailadores como en Las Tapias se le visualizó como un ser mundano que disfrutaba de los placeres de la vida. La segunda imagen de Bolívar con que se idealizó su figura se desprende de la impresión que le causó el perro nevado, un hermoso mastín de raza mucuhíes que suscitó los elogios del brigadier, por cuya razón le fue obsequiado por su propietario don León Alfonso Pino, hecho ocurrido en Moconoque, que muestra a Bolívar como un hombre que ama a los animales, que los protege y que los admira. Una tercera visión de la personalidad del brigadier que impactó a los emeritenses fue su facilidad para expresarse en público y su destreza en el manejo del idioma, que le permitía lograr el convencimiento de sus interlocutores, la apreciación más certera de ello la ofrece don Antonio Ignacio Rodríguez Picón, quien manifestó que “parece un hombre extraordinario y hace pensar mucho con respecto al porvenir. Su elocuencia corre como un río”.

La población percibió en aquellos días el inicio de un proceso de tranquilidad con el cese de la persecución monárquica y el retorno de la monjas clarisas al edificio de su monasterio, la gente pensó que las bendiciones celestiales habían regresado a la ciudad cuando las vírgenes del señor volvieron a su antiguo convento, el renacer de la confianza en lo que les depararía los tiempos venideros con la paz que se anhelaba para proceder a la reconstrucción de la ciudad. La salida del alto clero realista había brindado cierta tranquilidad en la medida que sus censuras y condenas no eran expresadas en el pulpito. Sin embargo, persistió la incertidumbre sobre el futuro que estaba en los umbrales, sobre el destino de la república, sobre la continuidad de la guerra y sus devastadores efectos. Las dificultades estaban lejos de ser solventadas y en la opinión generalizada se sostuvo que se debería continuar con la mayor precaución, la desconfianza prevaleció, ante todo, como una forma de defenderse de los eventuales acusadores, la certera posibilidad del presidio y de la ejecución que sería ofrecida por el brigadier Bolívar en Trujillo con su célebre decreto de guerra a muerte.

Para finalizar, se quiere resaltar como esos hechos narrados, definieron en aquellos años la mentalidad de la población, pero su trascendencia se extiende hasta nuestros días. Esa crisis ha marcado la actuación precavida y desconfiada de los merideños ante cualquier situación de dificultad y al mismo tiempo también determinó los valores republicanos de los merideños, que han sido enaltecidos en los fastos regionales, nacionales e internacionales, indiferentemente de la motivación que tuvieron los emeritenses para realizarlos. El reconocimiento de esas acciones ha sido plasmado para la posteridad de todas las formas posibles y constituyen una de las joyas más preciadas que los nativos de la ciudad de las cumbres nevadas pueden ostentar.

Dr. Luis Alberto Ramírez Méndez

luisramirez811@gmail.com


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