El género novelístico

Por: Ricardo Gil Otaiza


La aparición de Don Quijote de La Mancha a comienzos del siglo XVII trae consigo el nacimiento de la novela moderna, y a partir de ella el género toma derroteros insospechados hasta llegar a nosotros convertido en un inmenso saco de sorpresas, que le depara a los lectores múltiples miradas e idénticas posibilidades estéticas, y al cultor todo un bagaje de experiencias que enriquecen sus ímpetus personales y estéticos. La novela: desahuciada como está desde hace muchos años, es (paradójicamente) el género literario “mayor” de nuestro tiempo, y no porque haya desplazado a la poesía, al cuento y al ensayo (entre otros) de sus notorias posiciones y prestigios (vapuleados y golpeados, transijo, pero aún incólumes), sino porque es el que más se acerca al sentir del hombre y de la mujer en un mundo polivalente e incierto, cuyas ansias de completitud existencial los empuja a unas páginas que para bien o para mal les imprimen un norte, una razón de ser más allá de sus propias posibilidades de vida.

Sin duda, la novela ha cambiado en los últimos siglos, hasta convertirse en parte y todo de un arte que busca hacerse necesario en la medida en que el devenir cambia a ritmo trepidante la noción de la existencia. Cuando leemos los clásicos se produce de inmediato en nosotros un verdadero choque de trenes, que nos empuja a un reacomodo de la visión que tenemos del mundo (cosmovisión), para contextualizarnos (no sin dificultad) en referentes ajenos a nuestras propias formas, maneras, lenguaje y creencias. Es ese mismo choque que sufrimos cuando nos acercamos a otras culturas, y tenemos que armarnos de nuestro más poderoso arsenal (intelectual, familiar, emocional-adaptativo) para seguir adelante sin la espada pendiente del normal abandono. No resulta fácil la lectura de El Quijote, pero cuando nos atrevemos a superar las primeras páginas y los primeros escollos, hallamos en el texto hilos sutiles que nos conectan con aquellas circunstancias y personajes, porque sencillamente fueron creados por un humano para otros seres humanos. En otras palabras: el texto novelesco ha traspasado los linderos tempo-espaciales, para internarse sin pudor en lo más profundo de las emociones de los lectores, y así establecer con ellos una inaudita sincronía que los convierte sin más en presas de la lectura.

La novela posmoderna no se aleja demasiado de aquéllos objetivos; pero constituye en su corpus una fina amalgama que hace del género todo un caleidoscopio de sensaciones. La novela de hoy escapa de la cuadratura (mejor: envergadura) que le impuso la modernidad, para internarse sin complejos en una suerte híbrida que conjuga a otros géneros que la realimentan y la empujan alcanzar nuevas cimas estéticas. La denominada novela total, que fuera el sueño (¿ideal?) de quienes nos antecedieron en el arte novelesco, hoy ya no produce los mismos dolores de cabeza a los creadores, porque el auxilio que prestan el ensayo, el cuento, la crónica, la poesía, la filosofía, el cine, el teatro y el periodismo, entre otros, es fundante de una “nueva” manera de novelar, que rompe los linderos de lo establecido como canon para reinventarse sin perder por ello ni su fisonomía ni su encanto.

No es que el novelar hoy sea más sencillo que antes, o que las exigencias estéticas y formales se hayan diluido hasta hacer del género un bodrio irreconocible, sino que las expectativas de quien escribe y de quienes leen los libros son con seguridad distintas a las de ayer. Esa adaptabilidad de lo novelesco a los vaivenes epocales, ha permitido por fortuna que no se hayan cumplido los nefastos vaticinios que lo daban agotado.

Dr. Ricardo Gil Otaiza

Profesor Titular (J) de la Universidad de Los Andes. Presidente de la Academia de Mérida.@GilOtaiza

rigilo99@hotmail.com


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