El artículo científico

Por: Ricardo Gil Otaiza

Presidente de la Academia de Mérida


La vida académica trae consigo serias exigencias a sus cultores, algunas de las cuales llegan a convertirse muchas veces en verdaderas torturas. El tránsito dentro de las universidades como personal docente y de investigación busca hacernos pertinentes con las instituciones y con el país, y dentro de esa pertinencia está la generación de conocimiento que se traduce en publicaciones. Publicar en el contexto de la ciencia no es cualquier cosa, ya que se erige en la episteme, lo que deberá ser entendido como un impacto real que se patentice necesariamente en avance en un área específica. Los artículos científicos destinados a revistas arbitradas e indexadas cumplirán así una serie de parámetros, que buscan hacer inteligibles a los pares los progresos, avances y hallazgos producto de largos procesos de investigación. Ahora bien, todo esto se dice con rapidez y facilidad, pero en la realidad constituye para el académico elevadas cimas que conllevan estrés, largas jornadas de trabajo, antesalas a editores y a mecenas, estudio, reflexión, y un largo etcétera que afecta su privacidad, su entorno familiar y hasta su propia salud.

Independientemente del área del conocimiento que se aborde, el artículo científico estará caracterizado por un lenguaje diáfano, claro y preciso, que comunique sin artilugios, pero con elegancia, lo que desea mostrar. No obstante, la experiencia dice que cada “parcela” del conocimiento tiene formas que les son intrínsecas, lo que se manifiesta en estilos variopintos que intentan armonizar el lenguaje científico con las “maneras” muy propias de cada arista de esa realidad. Sin ir muy lejos, no es lo mismo leer un artículo científico de las ciencias sociales que uno de las ciencias naturales, porque si bien los dos cumplen (o deberían cumplir) con lo establecido por una metódica rígida (impuesta por la revista que lo publica con base en el método científico), el lenguaje, la estructura y las formas de expresión son necesariamente distintas, lo que les otorga “fisonomía” propia. No es lo mismo leer un artículo científico del área humanística que de las ciencias “duras”, porque en ambos tendrán que estar contenidas maneras propias que hagan de cada una de ellas experiencias autárquicas y reveladoras de sus mundos; es decir, su cosmovisión.

El artículo científico entendido así se erige en vaso comunicante de contextos ambivalentes de densas tramas, que tiene como fin último desvelar una “realidad” precisa en el ahora, pero que pudiera no serlo en el futuro. Quien escribe un artículo científico sabe muy bien que lo expuesto en esas páginas es una alícuota de la realidad, pero no es en sí la realidad. En todo caso, busca desvelarla o responder a ella. Si bien va dirigido a un número reducido de lectores (pares académicos) es expresión de un proceso que no termina allí, sino que busca replicarse en el tiempo y en el espacio hasta hacerse una red de infinitas posibilidades científicas y sociales.

El texto científico queda como referente en el mañana de nuestro afán por arrancarle al presente las respuestas a nuestras inquietudes existenciales. Si bien, como ya lo expresara líneas arriba, puede que su vida sea muy corta, esto no deberá implicar un fracaso, o el habernos perdido sin remedio en los oscuros laberintos de los procesos epistémicos, sino la expresión inacabada de sutiles tramas, que solo alcanzarán la completitud en la medida en que otros se acerquen a ellas con la firme de decisión de continuar los procesos y de generar nuevas sinapsis. Así funciona la ciencia y su método, y nadie tiene la última palabra. Sin más, ad infinítum.

Dr. Ricardo Gil Otaiza

Profesor Titular (J) de la Universidad de Los Andes. Presidente de la Academia de Mérida.

@GilOtaiza

rigilo99@hotmail.com   

 

        


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