PRESENTACIÓN DEL LIBRO DOCTRINA GENERAL SOBRE LOS PRODUCTORES Y LA EMPRESA AGROPECUARIA EN EL DERECHO VENEZOLANO DEL DR. ELY SAÚL BARBOZA PARRA

Por: Dr. Ricardo Gil Otaiza

Presidente de la Academia de Mérida

En lo personal considero que es el libro el bien que más impacto ha causado en la historia de la humanidad. Muchos me dirán que es la rueda el más relevante, y no les quito razón, solo que el libro echó andar un cambio tan profundo y significativo en la conciencia del hombre y de la mujer en el devenir de los tiempos, que su impronta está aún por determinarse. El libro es poder porque la escritura y el conocimiento lo son también. En la mitología griega se nos cuenta que fue el rey Cadmo de Tebas (hijo de Agenor, Rey de Tiro y de Telefasa, llamada también Argíope), quien enseño a los griegos el arte de la escritura. Pero la cuestión no se quedó allí. La siembra de las letras por parte del rey Cadmo trajo como consecuencia el nacimiento de hombres armados. A partir de entonces se asocia a la escritura con las armas, ya que su poder es equiparable, y muchas veces superior.

Como bien cultural el libro no corre peligro de extinción, solo que los cambios tecnológicos han traído como consecuencia cambios profundos en su forma, para arrastrarlo a los linderos de una virtualidad que a los hijos de la era Gutenberg (entre quienes me incluyo con fuerza e ímpetu), no nos convence del todo. El libro es escritura y la escritura es memoria, lo que connota una importancia que va más allá de la propia industria del libro y de sus cultores, para internarse en los territorios de la conciencia planetaria, que busca legar a las sucesivas generaciones historia y civilidad. El libro eterniza la palabra, porque la trasciende; porque busca ir más allá de la oralidad. Es más, con el libro la oralidad se transforma en antesala, en preámbulo, en mero artilugio que se diluye de boca en boca hasta convertirse en eco, en resonancia y abstracción. “Si el hombre de la oralidad (nos dice Víctor Bravo en su Leer el mundo, 2009) vivía en un mundo cargado de sentido que iluminaba todo punto oscuro con la fuerza teleológica, el hombre de la escritura interroga los límites mismos del sentido” (p. 43).

Quienes preconizan la muerte del libro desde sus trincheras tecnológicas, olvidan con pasmosa ingenuidad que el libro no es sólo conocimiento y experiencia humana desde el mero intelecto, sino también desde lo sensorial. Es decir, toca nuestros sentidos hasta hacer de ellos vasos comunicantes de nuestra interioridad. Ergo, de nuestro mundo de relaciones; de nuestra cosmovisión. El libro se hace parte de nosotros: nos asimila, nos nutre y nos interpela por la vía de la razón y de la emociones. De allí su fuerte pegada entre nosotros desde hace ya varios siglos; de allí su huella indeleble como parte sustantiva de la obra humana que mueve los hilos sutiles de lo inasible y de lo etéreo. Si bien el libro como obra de la modernidad connota a su vez Razón Ilustrada, con el quiebre paradigmático acaecido en las últimas décadas continúa dando razón, ya no a verdades inmutables e incontrovertibles como antes, sino también al espíritu de una época empapada en incertidumbre como la nuestra. La duda de la duda, la denomina el pensamiento complejo.

El libro hoy se revitaliza, se levanta de sus cenizas modernas para signar nuestros tiempos con las claves de un hombre y de una mujer que nada dan por supuesto; ni siquiera la propia existencia. Si el libro eterniza la palabra como lo expresé líneas arriba, también la lleva al terreno de lo fáctico, al convertirse en interlocutor de una dialógica que sólo es posible entre quien expresa sus ideas en las páginas y quien las recibe (para disputarlas o aceptarlas; qué más da). Autor, libro y lector se erigen así en una tríada perfecta, en un conjunto infinito de posibilidades intelectuales y estéticas, que transitan caminos (muchas veces extraviados) en la conquista de sus propios sueños.

El libro en los tiempos posmodernos es y no es lo que denota su esencia: receptáculo de la memoria de la humanidad. Lo es, porque en él quedan sembradas ideas, sueños, creaciones y universos que terminarán en algún momento en las manos del lector (su fin último), de hoy o del mañana. Y no lo es, porque la vertiginosidad del ahora trae consigo el que otros “portentos” (redes sociales, Web, etcétera) ocupen con rapidez y voracidad sus connaturales espacios. Pero, repito, el libro perdurará. Para decirlo con palabras de Umberto Eco y de Jean-Claude Carrière, que le da título a una obra en conjunto: “Nadie acabará con los libros”. Por lo menos eso quiero creer. “El libro no morirá”, nos dice Carrière, y no lo hará (lo argumento yo) porque su impronta late muy hondo, porque su presencia es compañía, porque sus palabras son un susurro en medio de la noche, porque sus páginas poseen la tibieza de un aliento y la textura de una piel, porque su olor es orgiástico, porque su cuerpo es presencia viva entre nosotros, porque su propiedad se transforma en herencia de padres a hijos en el tiempo y el espacio, porque lo hemos manoseado, porque su contacto es intimidad y cercanía, porque da completitud a nuestra vida, porque se hace eterno y nos puede llevar en un mísero instante a conocer el paraíso.

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Sí, distinguidos amigos, eso es para mí y para muchos otros, un libro. Y aquí estamos esta tarde para presentar uno de ellos. En medio de las grandes dificultades editoriales que atraviesa Venezuela hoy, la Academia de Mérida le abre sus puertas a una obra en el campo del derecho, que su autor, el Dr. Ely Saúl Barboza Parra, ha titulado: Doctrina General sobre los productores y la empresa agropecuaria en el derecho venezolano. Nos dice el editor que se trata de “un análisis dogmático, científico, compendioso y realista de la actividad y materia agraria en Venezuela”. De entrada eso de “dogmático y científico” nos suena antinómico desde el terreno de lo filosófico (mas no de lo jurídico), y sobre todo a la luz de la ya nombrada “Razón Ilustrada”, pero ante nuestros ojos, acostumbrados a los claroscuros de la no-certeza y del quiebre de esos grandes marcos de referencia epistémica llamados paradigmas, lucen interesantes y debatibles, bajo la mirada siempre escrutadora de la razón y de la sinrazón, de la verdad y de sus supuestos, de la ciencia y de su metódica. Y eso es precisamente lo que intentará acá su presentador, el Dr. Román Duque Corredor, hijo de esta casa, quien de vuelta de sus largos recorridos por el mundo siempre frecuenta a sus afectos. Y esta Academia es uno de ellos. Desde su voz docta y su aquilatada experiencia nos llevará a recorrer los densos caminos de esta nueva obra, que será –qué duda cabe– punto de referencia ineludible para los estudiosos de esta importante área del conocimiento. Felicitaciones al Dr. Barboza por su libro y nuestra agradecimiento al Dr. Duque Corredor por hacernos cómplices de sus páginas.

¡Bienvenidos!                

Dr. Ricardo Gil Otaiza      

Profesor Titular (J) de la Universidad de Los Andes. Presidente de la Academia de Mérida


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