Discurso pronunciado por la Dra. Nancy Fréitez de Sardi durante el Homenaje que le rinde la Academia de Mérida

 


Queridos y respetados amigos:

Con profunda emoción y orgullo, estamos recibiendo este reconocimiento que es producto del cariño y bondad del Vicerrectorado Académico y de su Vice-Rectora Patricia Rosenwaich  Levi. El honor de esta distinción comienza por su nombre “Carlos Chuecos Pogioli” mi querido y recordado profesor en Clínica Médica y mejor como referencia obligada a la hora de conocer el ambiente natural de nuestra Mérida, su pasión por el Andinismo que lo llevó a escalar  nuestras montañas y coronar la Sierra Nevada, aventura en donde lo acompañó su esposa Cira que  orgullosos posaron sobre la cumbre mas alta. El fue mi referencia obligada cuando con su característico estilo y buen humor, me contó muchas aventuras y anécdotas de su vida y con gran dolor pude acompañarlo una mañana de enero a su última morada. Pido a Dios nos permita recompensar de alguna manera todo el cariño que estamos sintiendo y poder seguir cumpliendo en lo que nos requieran. 

Referirme a un tema específico siempre es un  reto, pero hablar de una vida es difícil, sobre todo si es la propia. 

Nací en Caracas por apurada porque mi mamá quiso que la viera el Dr. Domínguez Sisco  y terminó en sus manos con una cesárea. Apenas se recuperó y el Dr. consideró que podía viajar, regresó a Barquisimeto conmigo bebé.  Los primeros cinco años de mi vida los viví  en la casita verde, una pequeña casita anexa al comercio de Papaito en la esquina de Altagracia y al lado de la casa de mi abuelita paterna Gabriela Hernández de Fréitez. Cuando tenía dos años, nació mi hermanita Angelina y a los cinco años nos mudamos para  un edificio que construyó Papá donde transcurrió todo el resto de mi niñez que rememoro dulcemente.

Papaíto alimentó mi fantasía mirando nubes, cuando juntos creamos historias de animales, princesas encantadas y carrozas tiradas por caballos y majestuosos elefantes abriendo caminos.  Leímos juntos poemas llenos de ternura y con Samaniego me sentí La Lechera con su cántaro sobre mi cabeza;  caminamos por un lugar de La Mancha donde Dulcinea de rostro amondongado y ademán brioso, nos sonrió picarona sin que Sancho la viera y la dulce Elisenda de Moncada nos paseó por Aragón y nos mostró su piedad como monarca y penitente y lloré con su tristeza y soledad.  También paseamos por las sabanas con tunas donde le cantaba a mi arbolito sabanero y aprendí que las culebritas comen el fruto de los buches y subimos juntos el Cerro Gordo y Portachuelo. Terepaima y Guamacire  fueron sitios de visita en Semana Santa y supe que el Viernes Santo desaparecen los hechizos y por eso los  campesinos escarbaban en las orillas del río buscando tesoros escondidos.

Mamaíta siempre me trajo a la realidad y las monjas de mi colegio me orientaron a no dejar la espiritualidad pero con los pies en la tierra cuando, con siete años me pusieron interna porque Mamá y mi hermana  se fueron a temperar a la playa de Chichiriviche por recomendación médica. Era la mas chiquita del internado y dormía al lado de la monja separadas por cortinas que no dejaban ver el gorrito con que ella dormía y  no entendía muy bien porque  tenía  que poner mi alma en mi última agonía en las manos de Jesús, José y María.¨

En el colegio supe que mi lengua servía para  que me castigaran  por estar hablando en la fila, en clases, en la capilla y  para gastar papel escribiendo 100 o 200 líneas de ¨no debo hablar en ….¨ pero también me liberaba de clases cuando tenía que aprenderme una poesía a la Virgen en las Flores de Mayo y cuando me mandaron a casa para que me estudiara un poema muy largo que se llama: ¨Quien siembra vientos, recoge tempestades¨ que siempre he creído que la escribió Fray Luis de León y que recité en el hermoso Teatro Juarez en la celebración del Día del Seminario.

Desde muy chiquita siempre decía que quería ser médico y le pedí al Niño Jesús que me trajera un maletín que tenía hasta estetoscopio y por eso, cuando terminé Bachillerato, me preinscribí en Medicina en la Universidad de Carabobo y en la Central de Venezuela, pero un año antes, había comenzado en Barquisimeto el Centro Experimental de Estudios Superiores con Medicina, Agronomía y Veterinaria y, a pesar de que tenía que hacer un año básico con Matemáticas, Castellano,  Inglés, Física, Química, Sociología, Psicología, me sirvió para aprender a poner acentos,  dejé de odiar las Matemáticas  y pude seguir en mi casa con Papá y Mamá.

Seguimos yendo a Chichiriviche cada vez que podíamos  en donde hasta fui madrina de plato y vela de algunos niñitos del pueblo. En  una de esas Semanas Santas ocurrió algo que quiero contarles. Tenía yo 12 o 13 años y un Jueves Santo  la Playa estaba llena de gente. Me llamó la atención una familia que había improvisado una carpa abriendo la maletera del carro y atando dos puntas de una colcha a las puntas de la tapa y las otras dos las clavaron en la arena de la playa. Me pareció tan ingenioso que me acerqué a la Señora y le comenté lo inteligente que me había parecido. Ella me contó que venían desde Trujillo y no habían conseguido alojamiento y lo más terrible: el marido era médico y abriendo los huecos en la arena, había perdido su anillo de grado. Intenté ayudar a buscar en la arena sin éxito y me aterró pensar como haría ahora para ver sus pacientes, porque en mi niñez creía que sin el anillo no podía examinar a nadie. Le prometí que les conseguiría alojamiento para ellos y los dos hijos que estaban jugando pelota. Regresé con buenas noticias de alojamiento, pero la familia se había marchado.

Un día le pregunté a Galeno si en Italia, donde se graduó de médico su Papá, no se usaba el anillo de grado y el me contó que lo había perdido en la playa hace muchos años. Entonces recordé la historia de Chichiriviche y el me escuchó sin decir nada. Cuando terminé de contar  el me dijo sorprendido que esos eran ellos. Dios nos puso en el camino, pero nos conocimos muchos años después.

Les cuento: Me había graduado de médico en mi amada Universidad de Los Andes en la Promoción de la Plaza Bolívar en el conflictivo año 1969. Era ya interno en Pediatría en el Hospital Antonio María Pineda de Barquisimeto. Una noche llegó una mamá con su niñita de dos años muy grave, en Insuficiencia Cardíaca y me dijo llorando: “Doctorcita, sálveme  mi niñita que la operaron del corazón  por una malformación congénita.” Hice todo lo que pude, llamé y vinieron los especialistas pero la niña murió.  Yo quedé muy triste y como a los dos días me entero que el Congreso de Cardiología sería en nuestro Hospital la semana siguiente. Corrí a inscribirme porque quería saber más de eso. La noche anterior también estaba de guardia, y toda trasnochada llegué a las conferencias y en la oscuridad vi un puesto desocupado con unos libros encima. El doctor que estaba al lado tomó los libros y me invitó a sentarme. A los pocos minutos llegó el dueño de los libros, los puso en el suelo y se sentó sobre ellos a mi lado. Me dio mucha pena y le pedí disculpas y el me dijo: “Esta muy bien sentada.” Al día siguiente me mandó una caricatura mía y cuando me preguntó como me parecía le dije: “yo no sabía que era tan feíta.” Me montó un ataque y me dijo que me llevaba a mi casa y le dije: “Gracias pero mi Papá viene a buscarme”. Después me confesó que se había quedado en su carro para ver si era verdad que un señor mayor venía a buscarme. Al terminar del Congreso había conocido a Papá y Mamá y los 15 días vino a visitarme y mantuvo un nivel de ataque, que en enero nos hicimos novios de agarraditas de mano y nos casamos en agosto de ese mismo año y cuarenta y siete años después todavía somos novios, padres de cuatro hijos y abuelitos de cuatro nietos que llenan nuestra alma de dulzura y Dios nos sigue protegiendo porque ahora solo nos hablamos con los ojos,  con las manos y con sonrisas.

En estos cuarenta y siete años nos hemos seguido formando, hemos sumado esfuerzos para cumplir con nuestro trabajo con pasión y sentimos que la vida ha sido generosa con nosotros y hasta los problemas de salud que ahora nos limitan los vemos con fé y alegría porque creemos en los milagros y  que Dios nos tiene bajo su bendición.

Gracias queridos compañeros y amigos, Dios les compense en amor todo el que estamos sintiendo de Ustedes.

Dra. Nancy Fréitez de Sardi

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