Por: Dr. Francisco González Cruz

«¿Dónde está la Vida que hemos perdido viviendo?

¿Dónde está la sabiduría que hemos perdido en conocimiento?

¿Dónde está el conocimiento que hemos perdido en información?»

T. S. Eliot

“El Tajo es más bello que el río que corre por mi aldea,

pero el Tajo no es más bello que el río que corre por mi aldea,

porque el Tajo no es el río que corre por mi aldea”.

Alberto Caeiro, heterónimo de Fernando Pessoa


El proyecto humano

Este es el lugar adecuado en la ciudad propicia para, desde la emoción y la razón, darle rienda a las ideas. No es esta Corporación el sitio para los asuntos operativos, tan importantes para la vida ordinaria y que nos ocupan tanto tiempo y afanes, sobre todo en estos tiempos recios, sino para los asuntos sustantivos para la vida, para levantar la mirada y otear el horizonte, con plena consciencia del aquí y del ahora, apuntando a los desafíos de los grandes proyectos del ser humano. Es el lugar para el encuentro entre el corazón y la razón, el sentimiento y el pensamiento, la sincronicidad entre René Descartes y Blas Pascal, entre: “Pienso, luego existo” y “Hay razones del corazón que la razón no entiende”. Es el lugar adecuado para intentar aproximaciones que nos acerquen a diversas interpretaciones o miradas de lo que somos, hemos sido y lo que soñamos ser, como personas, familias y comunidades locales o globales. Ser, haber sido y posibilidades de ser como parte de una identidad compleja y dinámica, abierta a mil influencias y circunstancias. Lugar donde tienen espacio adecuado los análisis científicos, los sueños y la nostalgia, todo como parte del gran proyecto humano.

Por ello doy gracias a Dios por permitirme estar hoy y aquí. Y darle gracias a esta docta Academia que reúne talentos y afectos para conversar sobre lo humano y lo divino, para escuchar y para hacerse oír en los asuntos superiores, para conversar sobre la gran tarea de los seres humanos, que no es otra que el enaltecimiento de la dignidad humana, que es al final el gran proyecto de la humanidad, sea desde el individuo o el lugar, el trabajo, la cátedra o el altar.

“La humanidad es todavía algo que hay que humanizar” lo recuerda cotidianamente con sus palabras en el frontis del Centro que lleva su nombre, Gabriela Mistral, en Santiago de Chile. Igualmente, el religioso y poeta español convertido en brasileño, Pedro Casaldáliga Pla nos dice: “El objetivo y la mediación de todas esas causas nuestras se pueden formular en este postulado: Humanizar la Humanidad, practicando la proximidad.

Ustedes saben que lo humano se conforma fundamentalmente desde el seno materno hasta la primera adolescencia. Todas las teorías sobre el desarrollo del ser humano coinciden en esto, de allí la importancia de la calidad de vida en esos meses de gestación y esos primeros años. Antes de entrar al tema del lugar, traigo a consideración algunas ideas del biólogo y filósofo chileno Humberto Maturana.

I Idea: Todos los seres vivos somos parte de un gran sistema cósmico, integral y conformamos parte de una rica y fecunda red de relaciones.

II Idea: “Los seres vivos somos sistemas autopoiéticos moleculares…nos producimos a nosotros mismos, y la realización de esa producción de sí mismo como sistemas moleculares constituye el vivir»

III Idea: Como seres vivos, los humanos somos primero seres emocionales. Pasamos a ser racionales en el convivir, y, en las largas y frecuentes relaciones que exigen el desarrollo de un ser humano, nace el lenguaje.

IV Idea: “Toda acción del ser humano se da dentro del marco del lenguaje, por ende, si no hay lenguaje, no hay quehacer humano”.

V Idea: Todo lo que hacemos como humanos, lo hacemos en conversaciones, que son procesos de escuchar y conversar en la convivencia.

VI Idea: «El amor es la aceptación del otro como legítimo otro en la convivencia».

VII Idea: La familia, la comunidad, la sociedad, las organizaciones, la democracia, las instituciones son “obras de arte” que se co – construyen en el convivir, en la aceptación mutua.

VIII Idea: “…vivir en la negación de la consensualidad, del amor y de la ética, como el fundamento de nuestros distintos modos de coexistencia, constituye la negación de la humanidad.”.

La más esencial tarea de la Humanidad es la de humanizarse. Humanizar la Humanidad es la misión de todos, de cada uno de nosotros. La ciencia, la técnica, el progreso, solamente son dignos de nuestro pensamiento y de nuestras manos si nos humanizan más.

La hora del lugar

La pandemia produjo el regreso a casa, que se convirtió en el lugar de trabajo, de estudio, de recreación, de centro de salud, de comedor y del convivir. Ya las “ciudades dormitorio” o las “urbanizaciones dormitorio” declinan porque esos espacios y esas viviendas no estaban dispuestas para el pleno convivir.

La pandemia también representó igualmente el regreso al lugar, ese entorno vital cercano a la vivienda. Para las personas que viven en el casco urbano de Mérida y en los barrios aledaños que tienen intensa vida comunitaria, estos cambios han sido más llevaderos, pues por allí cerca tienen una pulpería, una panadería, un parque, una farmacia, un templo o un lugar donde compartir una conversación. Para los que viven en urbanizaciones lejanas, sin mayor vida comunitaria, cercana a los conceptos de “no lugares”, la pandemia agudizó los sufrimientos ya grandes con el socialismo del Siglo XXI.

La gentrificación ya estaba en marcha causando el encarecimiento del suelo urbano. Los negocios de las familias lugareñas, sostenidas por varias generaciones, debieron abandonar sus querencias y se fueron a los suburbios. Esos espacios se vaciaron de vecinos y se llenaron de compradores y vendedores. Queda ahora la nostalgia de esos lugares vivos, llenos de actividad. Se descuidó la vieja sentencia que para asumir los cambios es necesario definir primero, con sabiduría, lo que debe permanecer.

Si sabemos que la gran tarea es humanizar la humanidad, tendremos que privilegiar la convivencia, el estar y el vivir en comunidad.  Si los espacios vitales – la vivienda y el lugar – excluyen el compartir en la convivencia, no sirven para el proyecto humano.

Las viviendas eran la expresión arquitectónica de las personas que la habitaban, de sus costumbres y oficios, de los materiales existentes en sus cercanías, del clima y del paisaje, para luego convertirse en “soluciones habitacionales” en serie, con espacios reducidos al mínimo, sobre todo para los más pobres que son los que tienen familias más numerosas. Sin espacios verdes internos justo en las barriadas donde más escasean los parques públicos.

Sostengo que la pandemia y sus secuelas, junto a las nuevas realidades que emergen de la agresión de Rusia a Ucrania, ponen en valor la tesis del lugar como el espacio humano por excelencia. Y a la lugarización como el proceso de reforzar la identidad y los lazos de la vida comunitaria, en armonía con aquellos procesos globales de indudable valor para el proyecto humano.

El lugar en geografía es el espacio territorial íntimo y cercano donde se desenvuelven la mayor parte de las actividades del ser humano. Generalmente es el sitio donde las fases del nacer y el crecer se plasman con mayor libertad dentro del lienzo llamado vida, es donde la educación y la configuración de la morfología personal se cristalizan con mejor nitidez. En el lugar se encuentran los familiares y las amistades cultivadas con un especial vínculo afectivo.

En fin, el lugar es una comunidad definida en términos territoriales y de relaciones humanas, con la cual la persona siente vínculos de pertenencia. La primera característica: el lugar circunscribe todos los ámbitos vitales del ser humano. El lugar es el territorio, en términos ecológicos, de una persona. Es la zona donde se establece su comunidad y donde está su historia, sus referencias topográficas, sus definiciones culturales, sus afectos, donde se gana la vida y donde pasa la mayoría de su tiempo.

En estos tiempos de pandemia y cuarentena, el lugar se ha convertido en nuestro mundo inmediato y su calidad, digamos su personalidad, su identidad, pasa a ser fundamental para nuestra propia calidad de vida. Mucha gente es baquiana en sus lugares, otros apenas los están descubriendo.

Y valoramos todo eso que hace más humano el territorio íntimo, y nos chocan esos sitios sin personalidad, que no invitan a vivir ni a convivir, donde no se producen las relaciones interpersonales tan importantes para forjarse nuestra identidad individual y para ir conformando la identidad colectiva. No-lugares los llama Marc Augé. Uno de los desafíos que estos tiempos ponen en evidencia es lograr lugares más humanos, más familiares, más con-vivibles, de mayor capital social, sin que por ello no estén conectados al mundo global. En eso consiste el proceso de “lugarización”.

Una oportunidad para humanizarnos

Una de las ventajas de la globalización, de la pandemia y de estos acontecimientos de ahora, es que hizo visibles temas que antes no lo eran, o al menos no lo eran de manera tan explícita. Uno de esos asuntos, fundamentales, es la profundidad y la extensión de la pobreza. Por contraste, también hizo visible la reducida y ostentosa concentración de la riqueza en muy pocos. También la visibilidad de la corrupción vinculada a los poderes públicos y a la economía de la codicia, tal como la especulación financiera, los monopolios globales, el narcotráfico y la trata de seres humanos. Y la debilidad de las cadenas de suministros que dejan sin energía y sin alimentos a grandes sectores de la población mundial. También sin partes a los aparatos electrónicos.

Otro tema es la articulación global de fenómenos locales, las epidemias y pandemias, los huracanes y desastres naturales, que hacen que la gente tome conciencia de los grandes responsables de los cambios en el clima, pero también del poder de acciones localizadas en su área de influencia.

Sin el efecto demostración de los anteriores, prende la alarma la extensión de los “no – lugares” que dan pié a una especie de no – existencia humana, personas reducidas a meros clientes, sean pasajeros de un vehículo, pacientes de un consultorio, alumnos de una escuela o transeúntes de una plaza. Son sitios estándar, sin identidad alguna, repetidos incansablemente en países y ciudades, como los “mall” o centros comerciales que se llevan la corona en esto de ser “clones” unos a otros. Son las catedrales de la codicia, de las cadenas, de las franquicias y de todo lo que significa la “economía no-humana”. Son lugares que, localizados en cualquier parte, que no tienen relación de identidad con ninguna parte.

Ahora, más recientemente, se amplía el mundo de las “no-cosas”, como las denomina el filósofo Byung-Chul Han, nacido en Seúl y formado en Alemania, que incorpora el pensamiento budista a la filosofía occidental, autor de un reciente ensayo “No – cosas: Quiebras del mundo de hoy” en el cual reflexiona sobre “Hoy en día, el mundo se vacía de cosas y se llena de información inquietante como voces sin cuerpo. La digitalización desmaterializa y descorporeíza el mundo. “En lugar de guardar recuerdos, almacenamos inmensas cantidades de datos”. Y rescata la necesidad de un mundo tangible y sólido – aludiendo a la realidad líquida de Bauman. El mundo banal, diría el geógrafo brasileño Milton Santos.

Ante las severas críticas a las carencias éticas de Mark Elliot Zuckerberg, jefe del imperio Facebook y su huida hacia adelante con su proyecto “metaverso”, que es la creación de una realidad paralela y virtual, Han afirma que se trata de que “puedes habitar un cuchitril sin ventanas y ver el paraíso con unas gafas carísimas; puede que no tengas dinero para una vivienda digna, pero sí para una virtual”.

 “La razón y la técnica están llegando a un callejón sin salida”, dice el teólogo Pablo D’Ors en una conversación con el filósofo Juan Arnau, al tocar el tema de la carrera desbocada hacia una tecnología carente de ética y sólo movida por el afán de lucro, por el motor de la codicia.

En su celebrada carta encíclica Caritas in veritate Benedicto XVI, planteó con meridana claridad la necesidad de agregar a las diversas dimensiones del desarrollo sostenido la dimensión espiritual a las diversas dimensiones del desarrollo sostenible, tales como la política, la económica, la social, la tecnológica y la ambiental.

Luis Sandia al analizar esta carta encíclica plantea que el “desarrollo humano no puede ser solo visto desde la perspectiva de la economía y del mercado. Si solo dependiera de esas variables, no sería tan evidente el fracaso del modelo de desarrollo
económico practicado hasta ahora, el cual, sin valores morales y espirituales superiores como el amor, la caridad, la verdad y la justicia, ha generado, por un lado, la acumulación de la riqueza material en una parte de la población, pero por otro, ha negado la posibilidad de desarrollo integral de grandes cantidades de habitantes del planeta quienes viven en medio de la pobreza y el atraso social”.[1]

Todo esto es una oportunidad que empieza a movilizar a mucha gente. A tomar consciencia de que el mundo no puede seguir una ruta contraria a la persona humana y a su nicho ecológico: la tierra.

Para el gran proyecto humano son oportunidades las series de crisis que azotan el presente de la humanidad: la pandemia, la pobreza y las desigualdades, el cambio climático y sus consecuencias humanas y económicas, el terrorismo y el narcotráfico, las guerras, las emigraciones masivas, la globalización de la codicia, la corrupción y el descontento de la mayoría de la humanidad que perciben cómo los problemas se acumulan, mientras los liderazgos mundiales acusan sus serias falencias.

Una de las mejores clarinadas ha sido la carta encíclica “Alabado seas”, un verdadero tratado sobre la situación de la “casa común”, como llama a la creación, sobre las causas de los males que la aquejan y sobre las acciones globales, locales y personales que es necesario emprender: Dice en uno de los párrafos:

106. El problema fundamental es otro más profundo todavía: el modo como la humanidad de hecho ha asumido la tecnología y su desarrollo junto con un paradigma homogéneo y unidimensional.” Y más adelante. “112. Sin embargo, es posible volver a ampliar la mirada, y la libertad humana es capaz de limitar la técnica, orientarla y colocarla al servicio de otro tipo de progreso más sano, más humano, más social, más integral2.

Byung-Chul Han nos recuerda que la supremacía ética de la persona humana, que es universal y válida en todo tiempo y lugar, implica una responsabilidad con el entorno ecológico que se traduce, necesariamente, en un compromiso personal que, si no se concreta en acciones en su casa y en su sitio, sólo se queda en discurso.

Para alimentar la esperanza, recojo las palabras de Alabado seas: “205…No hay sistemas que anulen por completo la apertura al bien, a la verdad y a la belleza, ni la capacidad de reacción que Dios sigue alentando desde lo profundo de los corazones humanos”.

Es la hora de la acción desde todas las personas y todos los lugares. Es la hora que la humanidad reaccione. Es la hora de corporaciones como esta, la Academia de Mérida, que desde las cumbres andinas venezolana iluminan el entorno nacional y local.

Un nuevo paradigma es posible y no es otro que humanizar la humanidad. Y el camino se inicia y se camina conversando, en lugares como este.

MUCHAS GRACIAS

Discurso pronunciado en la Academia de Mérida el día 25 de mayo de 2022 como requisito para la Incorporación a Miembro Correspondiente Nacional del Dr. Francisco González Cruz.



[1] Sandia, L. (2014). El desarrollo humano integral, desafío de la sociedad actual. Boletín del Archivo Arquidiocesano. No. 110, octubre-diciembre 2013. pp. 73-77


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