Por: Dr. Jesús Alfonso Osuna Ceballos

Nuestro país comparte muchas características socio-culturales con otros de la “periferia”, denominación que uso para diferenciarlos de los que conocemos como “países del primer mundo” Cuando visitamos los de la periferia lo primero que nos muestran son las ciudades que se me antoja llamar “ciudades vitrina” y para muchos allí termina la excursión. Opinión que sustento con base en la visita no solo a la capital de algunos de esos países, sino porque en la mayoría de los casos conocí ciudades del interior geográfico en varios de ellos. Lo doloroso de esta diferencia entre países es que en los de la periferia a su vez coexisten dos tipos de regiones y ciudades con dos sociedades que le dan cuerpo a dos países: el país con las ciudades y pueblos donde el drama de la miseria y la pobreza los convierte en “damnificados de siempre” y el país con la ciudad que aun arrastrando el estigma de la miseria, nuestros gobernantes han encontrado y puesto en práctica fórmulas para ocultarla creando en muchos de sus habitantes la ilusión de la riqueza. Es así como en los últimos años en muchas ciudades y hasta en los más recónditos pueblos de nuestro país han aparecido y se han multiplicado como el perejil “boutiques” y bodegones, unas y otros probablemente abiertos calculando la “riqueza” de potenciales compradores; en esos negocios expenden productos exóticos de varias marcas y calidad, algunos de impensada procedencia, con precios marcados en moneda extranjera porque la nuestra perdió todo su valor. Facilitan transacciones en divisas las remesas provenientes de nuestros coterráneos en obligado exilio, las ganadas mediante remuneraciones y las de quienes siempre dispusieron de ellas.

            Lo expresado en el párrafo anterior puede parecer desmedida exageración y no faltará quienes tilden mis percepciones como fabulaciones para alimentar estas líneas y las que siguen, y es que en relación con la existencia de “dos países en paralelo” en aquellos que he denominado como de la periferia y en particular en el nuestro, no me queda otra alternativa que invitar a nuestros paisanos, los de la otra Venezuela, para que una vez superada la tragedia que a todos nos une, visiten las ruinas que han dejado quienes nos gobiernan de aquél otro que sigue siendo el país de todos. Es posible que muchos ignoren o no han recibido información oportuna y veraz sobre lo que ocurre en provincia, en los maravillosos espacios del interior del nuestro, que muchos de la “ciudad vitrina” desconocen o tal vez han olvidado. No sorprende que así pudiera ser pues lo que en el mundo hasta muy reciente nos habían enseñado en materia de solidaridad era aquello de “arréglatela como puedas” hoy, en tiempos de la pandemia ocasionada por el Covid-19 las voces y actitudes son unánimes en relación con aquél sentimiento y la necesidad de rescatarlo como valor esencial para la convivencia. 

            En relación con lo señalado en los párrafos anteriores y lo que ocurre en Venezuela  con la provisión de alimentos y el comportamiento del mercado con los productos del agro, mi percepción de dos países en paralelo ha generado algunas ventajas para quienes vivimos en el otro país, ventajas indeseadas por lo relativo y temporal de las mismas, y es que tanto la producción de vegetales de la región andina así como la de agricultores y productores del Sur del Lago de Maracaibo, desde hace varios meses la estamos disfrutando con la puesta en venta en mercados locales e imaginamos que también en los de pueblos y ciudades vecinas, de frescas y bien tratadas hortalizas, papas como hacía tiempo que no las veíamos, deliciosas frutas y otros excelentes productos del agro de la región; todo ocurre como consecuencia de la falta de combustible para transportar dichos producto a ciudades del otro país, de la otra Venezuela; ventaja que no debiera tener las características que le he asignado y en su lugar, mediante corrección oportuna de distorsiones en el manejo de nuestra economía,  los productos y las bondades que ofrece cada región de nuestro país deberíamos disfrutarlas sin diferencia alguna y sin intermediaciones indeseadas.

            Creo que el exacerbado centralismo político-administrativo del estado-nación ha hecho presa en parte de la ciudadanía; además de sumir a los pueblos de provincia en el olvido, marca sobre ellos el doble estandarte de colonia en que nos han convertido los insulsos y perversos gobernantes de las dos últimas décadas, intentando mediante políticas públicas ocultar la miseria, la pobreza y la soledad en todos los ámbitos de nuestro país. Entre otras nocivas acciones, sin atisbo de vergüenza, apoyadas sus argucias en la cuarentena por la Covid-19, confinan la educación sin poner en práctica alternativas factibles para evitar la pérdida de interés de la población escolar en estadios tempranos e intermedios de su educación, interfiriendo con la formación de ciudadanos conocedores y responsables de sus derechos, y con su necesaria capacitación para ulteriores etapas de su educación. Nuestras universidades no escaparon de las fauces de la bestia, al ahogo presupuestario que impide su normal funcionamiento se suma la inseguridad e indefensión tanto de estudiantes como del personal académico y administrativo; aulas, laboratorios e infraestructura en centros e institutos de investigación, son objeto del pillaje por el hampa común; a esos factores se suma el éxodo de profesores en diferentes niveles del escalafón universitarios, muchos de ellos con formación de cuarto nivel; remuneraciones miserables, falta de incentivos e inseguridad personal constituyen la causa más importante del éxodo de profesores e investigadores de nuestras universidades.

            Ante tantas calamidades, jugando perversamente con nuestras necesidades elementales como suministro oportuno de combustibles para vehículos y de gas para uso en domicilios, para solventar dichas carencias han ideado junto con otros de igual calaña modalidad tramposa, asignándonos “categoría VIP” condición que ganamos no por otro mérito que pagando costo de aquellos servicios en dólares.

A pesar de que somos parte del olvido, considero que es deseable que la nuestra nunca alcance el nivel de ciudad vitrina.

Profesor Jesús Alfonso Osuna Ceballos.

ExVicerrector Académico de la Universidad de Los Andes (1980-1984)  Mérida, Venezuela.

e-mail: jesusosuna.oc@gmail.com

Mérida, 01 de diciembre del año 2020.


La Academia de Mérida no se hace responsable por las opiniones expresadas por los autores de los artículos de opinión publicados en este blog.

Total Page Visits: 406 - Today Page Visits: 1
A %d blogueros les gusta esto: