Conversatario sobre la vida y obra de

ELBANO MÉNDEZ OSUNA: EL PIONERO

Por: Dr. Jesús Alfonso Osuna Ceballos


Hablar con alguien que día a día nos acompaña facilita la conversación. Es así como percibo este momento. Pues hablar de ELBANO MÉNDEZ OSUNA es encontrar su presencia en algunos de los que están aquí presentes. Porque él fue semilla que floreció en el multicolor de su obra, esa que perdura, la misma que encontramos en el libro que como estandarte recoge Un Día en la  Vida de Los Pintores de Tovar, en ese obsequio para el espíritu, porque lo bello artístico según Hegel, por ser producto del espíritu, es superior a lo bello natural. De la mano de ese libro nos encontramos con la vida y con la obra de MARTÍN MORALES, quien hoy nos compaña, GILBERTO PÉREZ, IVÁN QUINTERO, JESUS GUERRERO, NESTOR ALÍ QUIÑONES, GERARDO GARCÍA, RAFAÉL SÁNCHEZ y JOSÉ LUIS GUERRERO quienes con la generosa lección de Méndez Osuna continúan embrujados en búsqueda permanente de los misterios de la luz y la riqueza de las formas.

Busco ayuda para no perderme en laberintos del recuerdo y la encuentro en la  prosa de mi hermana, nuestra hermana Yolanda Osuna, quien en noviembre de 1989, en ocasión del vigésimo aniversario de la fundación del Taller de Artes Plásticas de Tovar, auspiciado por el INCIBA, pronunció bello discurso celebratorio.

Decía entonces Yolanda: “Nació Elbano, un 6 de febrero de 1918, en este pueblo nuestro, guardador de potencialidades artísticas e intelectuales que cada día esperan verse realizadas. A su madre, Visitación Méndez, la veía con los ojos del poeta Cesar Vallejo, cuando decía: “Y mi madre pasea allá en los huertos/ saboreando un sabor ya sin sabor/ Está ahora tan suave/ tan ala, tan salida, tan amor.” Y perseguía Elbano la estirpe de su ternura y delicado espíritu en las mujeres que pueblan sus cuadros, y la vio cuajar en regalo de la naturaleza, en su hija Francia Méndez Monsanto, suma de todos sus afectos.”

“De su padre, Hermes Osuna, le venían los ojos de pájaro, escudriñadores de las más inaprehensibles tonalidades de la luz y el color; y una reciedumbre de la voluntad, que fortaleció su decisión de ser pintor, por encima de todas las adversidades, y que esculpió la inquebrantable línea de su honestidad en el oficio, hasta la muerte”.

“A los trece años ya habían impregnado su consciencia las percepciones que alimentarían su arte, constantemente en movimiento de búsqueda: el paisaje de su tierra, los personajes, con una particularidad que trasciende lo folklórico; el sentimiento, y una concepción de la vida que se apoya en el humor y la ironía para equilibrar el dolor y la inconformidad.”

“Temprano, muy temprano por litografías, Elbano había descubierto parte de la obra de los grandes maestros Leonardo y Rafael, los renacentistas que por primera vez le hablarían desde su interioridad, en la maestría de los trazos, en el misterio del claroscuro, en la tentación de la perspectiva. Lo ilustraron las viñetas de clásicos griegos y las otras, las más modernas con mujeres de transparentes peplos, bajo los zarcillos de la vid, que engarzaban la imaginación del niño a un mundo más allá del inmediato y que él se propondría descubrir”.

“Fue este propósito, una constante en la vida artística de Elbano: la combinación de realidad e imaginación como vía de acercamiento a la belleza y a lo huma no concreto. La búsqueda y deseo de conocimiento que lo hacían inconforme y estudioso, sin sectarismo, ante las múltiples tendencias de la Vanguardia artística, surgida después de la primera guerra mundial, y que llenaron toda su juventud”.

Una vez concluido el bachillerato, Elbano viaja a Caracas, en ese éxodo casi obligado de quienes entonces como él, buscaban nuevos aires para echar velas con sus sueños. Pronto hizo amistad con quienes descollaban en el mundo de la pintura: Cabré, Reverón, Monsanto y Monasterios entre otros. Recibe de tales maestros sus influencias por el paisaje, muy de  moda en aquellos tiempos por la Escuela de Paisajistas de Caracas. Además, entre 1936 y 1939, inicia estudios en la Escuela de Artes Plásticas y Aplicadas de Caracas.

En la capital Elbano trabajó para ayudarse con el diario sustento, es así como lo encontramos ejerciendo de mensajero en una sastrería de lujo que a la postre funcionaba en la misma cuadra donde tenían su sede el diario LA ESFERA y el semanario FANTOCHES.

De nuevo Yolanda viene a mi rescate: “Flaco y narigudo, sobre patines, como Pinocho, el famoso personaje de Leo (Leoncio Martínez), Elbano llegaba a FANTOCHES, una vez terminada sus tareas, y ensayaba el dibujo que ya había vislumbrado en la Escuela Mac Gregor de Tovar”. Inicia cultivo de amistad con Leoncio Martínez (Leo), y en FANTOCHES pinta y dibuja caricaturas de gran contenido satírico y crítico de la sociedad de aquél entonces. Son los días casi finales de la oprobiosa dictadura de Juan Vicente Gómez.

Becado por el Gobierno Venezolano, por los años cuarenta, viaja a Santiago de Chile en compañía de otro pintor, Gabriel Bracho. Había terminado su formación con el Maestro Edmundo  Monsanto, Director de la Escuela de Artes Plásticas y Aplicadas de Caracas, y de los Profesores Pedro Ángel González, Rafael Ramón González y Manuel Cabré (1936-1939). Comenzó estudios en la Escuela de Artes Aplicadas de la Universidad de Chile, donde según relata su amigo Leopoldo Ramírez, recibe “Mención Honorífica” en el Salón Universitario de Santiago. Conoce al famoso muralista David Alfaro Siqueiros, quien lo invitó a pintar, en calidad de asistente, junto con Gabriel Bracho, los Murales de la Agrupación Escolar Méjico en la ciudad de Chillán, Chile.

Retorna al país al cabo de tres años nutrido de una rica experiencia de la generosa tierra chilena. Se desempeña como Profesor de Artes Plásticas durante más de diez años, en diferentes ciudades del país. Viaja con frecuencia a su pueblo natal (Tovar); proyectando retornos fugaces para el re-encuentro con sus montañas y sembradíos. Es aquí donde evoco recuerdos de mi niñez, en esos despertares sentía gran atracción por el mundo del arte y en particular por la pintura. Recuerdo como con paso presuroso le hacía de asistente, cargando diligentemente su caballete. Después permanecía horas en mañanas luminosas, escrutando su figura y su rostro, a la vez que no me perdía detalles de sus trazos sobre el lienzo, cuando extasiado con la magnificencia de la Loma de la Virgen, él rescataba originales tonalidades de los verdes con las cuales adornaba aquellos lienzos para deleite del espíritu y placer de los sentidos. Sin que dejara de haber espacio y tiempo para la conversación y la enseñanza, sobre temas de la vida, además de la pintura.

“Elbano vivió en San Cristóbal entre 1960 y 1962. Allí con la asistencia del también pintor Juan Michelangelli, fundó la Escuela de Artes Plásticas. En esa ciudad encontró la frescura de antiguas amistades y en especial, la del poeta y pintor Manuel Osorio Velasco. Los unía, además de un hondo afecto, la afinidad  de la poesía, rubricada  con el ardor de las copas bien libadas, entre recuerdos y música de mano propia”.

“Siempre contestario, siempre crítico de la realidad política y económica del país, se mantuvo –sin embargo- al margen de la militancia partidista; pero rabiaba por la injusticias; gemía por el genocidio y por la destrucción de la naturaleza; vibraba por la fe en las posibilidades de las gentes. Por eso hizo del magisterio su militancia y su credo; deseoso de hacer germinar la semilla creadora, de adiestrar en el oficio, mediante el conocimiento profundo de las técnicas, y el exigente trato con los materiales “. (Yolanda Osuna).

“Una constante en la vida artística de Elbano fue la combinación de realidad e imaginación como vía de acercamiento a la belleza y a lo humano concreto. La búsqueda y el deseo de conocimiento que lo hacían inconforme y estudioso, sin sectarismo, ante las múltiples tendencias de la Vanguardia artística, surgida después de la primera guerra mundial, y que llenaron toda su juventud. Elbano estuvo atento a los nuevos postulados, sin olvidar a los maestros, ya clásicos, de los que seleccionaba lo mejor para su formación: lo grotesco y el humor de Goya; el manejo de los volúmenes de Cezanne y Picasso; el dominio del color y el movimiento en Renoir y Degás; así como la pureza del dibujo bajo la complejidad onírica del surrealismo en Dalí; hasta el llamado “constructivismo” de André Lothe, en cuyo taller de París, estudio Elbano entre 1953-1954. A todos los admiró con generosidad, pero siempre lúcido en perseguir su propio estilo. Contemplando un cuadro de Gauguin, expresaba: “sería ideal pintar de esta manera. Mas, como los maestros lo han hecho, no podemos imitarlos. Sobre estas bases debemos construir algo nuevo”. Magnífica lección que completaba diciendo que a los grandes maestros había que observarlos y amarlos para partir hacia algo propio y diferente.”

Resulta oportuno recordar lo dicho por Carlos Contramaestre sobre Elbano. “El nombre de  Elbano Méndez Osuna está asociado al de una generación de artistas que asisten al proceso de cambio político y social, posterior a la muerte de Gómez, y por ende, a transformaciones profundas en las concepciones artísticas, cónsonas con esa nueva realidad naciente. Sin embargo, fue característica permanente en su obra, por su formación y sensibilidad, estar más atento a los dictados de su interioridad que a la frialdad académica, o los lineamientos políticos que seguían ortodoxamente sus compañeros generacionales. Rasgo que mantuvo durante el resto de su vida, sin aislarse de las realidades sociales, y que le otorga a su expresión, permanencia en el tiempo. Hoy podemos ver su obra desde una perspectiva amplia, donde los hechos no la disminuyen, por el contrario, más bien nos permiten comprenderla en su esencia. Si su obra procede de manera directa de los maestros de la Escuela de Caracas, su evolución natural deviene hacia un arte más comprometido, donde el hombre por razones históricas se convierte en el centro de su visión, como ente transformador; aunque sin abandonar su alto sentido estético, su conocimiento del color y del volumen aprendido de Cezanne, que luego con la enseñanza directa de André Lothe, lo acercan al cubismo. Esta experiencia lo marca y le dá la herramienta necesaria para ordenar los elementos compositivos con rigurosidad y paradójicamente, con espontaneidad de artista intuitivo. Es el momento en que hace su aparición el grupo polémico de los Disidentes, con proposiciones radicales, en franco desafío a lo establecido, tanto contra las convenciones tradicionales, como contra las propuestas de un arte realista de corte social. Como consecuencia, surgen en Elbano Méndez Osuna, dudas y contradicciones que le llevan al aislamiento, y que en el fondo le permitían reflexionar, y continuar realizando su obra sin obedecer nuevos patrones afianzándola con su instinto de pintor nato, como una realidad coherente y lúcida, al margen de las contingencias de la moda, por esto, ubicada hoy, en el lugar que le corresponde por mérito propio. Lo que constituyó el meollo del drama de vida para Elbano Méndez Osuna, tal vez fue su auto-marginación intempestiva de la creación artística, consecuentemente, ese aislamiento, le dio la perspectiva liberándose de cualquier compromiso, y las herramientas para proseguir con modestia y honestidad de artista, la búsqueda de un camino signado por el equilibrio de las formas y del color, apoyada en su visión coherente de la realidad, que no le abandonaría jamás. Finalmente, su retiro a la provincia, coincide con el momento de su mayor madurez creadora y de búsqueda de lo trascendente a través del reencuentro con el paisaje y sus resonancias interiores. El paisaje andino, después de Monasterios, no tuvo mejor intérprete que Elbano Méndez Osuna. Obsesión que le dio el incentivo necesario para recrearlo, arraigando en la memoria esquemas donde se centraba su esencia creadora”.

Entre sus costumbres habituales estaba el cuidado de los pinceles, no la simple desinpregnación, sino una limpieza profunda y luego, en rito de afecto y entrega, un beso a los pinceles antes de comenzar a pintar.

Ahora bien, Yolanda, nos dice que Elbano, tenía amores secretos que redimían su desgarrante soledad, y a los cuales ritualizaba en la convicción poética de lo estético. En una firme resolución de encontrarse a sí mismo y en místico retiro, vivía aquí en Tovar, en una habitación minada por la humedad. Allí guardaba entre múltiples objetos de honda significación para él, un tallo de un árbol con sugerente forma de torso femenino. Ante éste, Elbano colgó una cesta donde día a día colocaba flores…¿homenaje a la mujer amada?…o a la siempre evasiva diosa de la belleza. En la frente húmeda del tronco quedaban los besos del soñador, amante incondicional, por encima de la exigente condicionalidad de las relaciones sociales”. (Yolanda Osuna).

En su pregrinar, el pintor dejó cuadros en Madrid, donde estudió en la Academia de San Fernando. En París, donde ganó, en el salón de verano para aficionados, el primer premio, con un payaso que reposa en el consulado de Venezuela y que representa el claroscuro de la alegría y de la tristeza en la más hermosa representación humana.

Elbano amaba profundamente el pueblo que lo vió nacer y a sus gentes, para ellos quería lo mejor y a ellos dedicó los últimos años de su vida, ya sedimentados los conocimientos y afianzada su fina sensibilidad en el dominio de las técnicas de su arte. Así, tras la visita anual por vacaciones, le nació la idea de fundar un Taller en Tovar. Con la esperanza de que se constituyera  luego, en una casa de la cultura para este pueblo, tan bien dotado por la naturaleza para producir mentes lúcidas, científicas y artísticas, y sin embargo, siempre tan olvidado. A la organización de tal propósito dedicó meses y luchó con todo lo que tenía a su alcance, para ver realizado el proyecto a finales de 1969. Esto fue posible con la colaboración de la Universidad de Los Andes, en las personas de Carlos Contramaestre y Rafaél Gallegos Ortíz, ambos tovareños como era él.

En los últimos seis años de su vida esta labor pionera de Elbano Méndez Osuna, ha sido reconocida y recompensada con la puesta en práctica del Programa Académico en Arte, de la Extensión Universitaria del “Valle del Mocotíes” hoy Núcleo Universitario de la Universidad de Los Andes, bajo los auspicios y coordinación de la Facultad de Arte de la Universidad de Los Andes. Es así como crece aquella iniciativa surgida hace cerca de cinco décadas.

Mi hermana Yolanda nos decía en aquella celebración de noviembre de 1989 “pienso que debe estar sonriente Dios, ante este hijo rebelde que reconocía el peso de su compromiso estético y social cuando escribía: “ Cuando Dios hizo al hombre,/ no sólo le comunicó su amargura./ Para complemento le dio una cruz/ y debemos arrastrarla”.

Amigos, éste es homenaje a un ser enamorado de nuestro maravilloso entorno: del hechizo del multicolor de sus montañas, de nuestros pueblos y de sus gentes. Es homenaje a un creador que encontró en el arte soporte esencial para su existencia así como voz clara y altiva para expresar su compromiso social. Larga travesía la de Méndez Osuna en búsqueda de su destino, hasta encontrar feliz compañía en la sonrisa de los niños y en el tesón de los adolescentes tovareños que en aquél “estudio al aire libre” en las ruinas del viejo Hospital San José, de Tovar, sucumbieron al hechizo de la magia de las formas y el color, guiados por el maestro que pacientemente con ellos compartió la alegría que sentimos cuando por primera vez nos asomamos al arte. A partir de ese nuevo encuentro Elbano Méndez Osuna se aposentó en Tovar, su pueblo natal en el año 1967, allí entregó su existencia el 18 de diciembre de 1973.

Muchas gracias. Buenas tardes.

Doctor Jesús Alfonso Osuna Ceballos
Miembro Correspondiente Estatal de la Academia de Mérida

 

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