Breve nota biográfica sobre John Maynard Keynes y su obra

Por: Dr. Rafael E. Solórzano

Individuo de Número de la Academia de Mérida, Sillón 11.

 


Resumen:

Este trabajo presenta una breve semblanza de quien ha sido considerado por muchos expertos como el personaje que más ha influído, desde la segunda mitad del siglo veinte, en el progreso del pensamiento económico y en la aplicación de los principios de la teoría económica a los problemas de la política pública, el economista británico John Maynard Keynes. Puede allí verse cómo su polifacética vida y su obra estuvieron estrechamente vinculadas a los convulsionados acontecimientos vividos por la economía mundial, y muy especialmente por la economía inglesa, durante el período comprendido entre las dos guerras mundiales. Formado intelectualmente para ser heredero del pensamiento clásico representado no solo por las grandes figuras de los siglos dieciocho y diecinueve –Cantillon, Smith, Ricardo, Malthus, Mill y Say- sino también por sus propios maestros Marshall y Pigou; Keynes hubo de insurgir contra el  paradigma teórico dominante, movido por la necesidad de buscar explicaciones, que la doctrina clásica estaba imposibilitada de suministrar, a la prolongada depresión experimentada por la economía mundial a partir de 1929 y a las dramáticas consecuencias sociales que la misma impuso sobre la población mundial como consecuencia del desplome de la producción y del empleo en las principales naciones industrializadas. Su magna obra, La Teoría General  fue, así, la culminación de un proceso de formación del cuerpo de doctrina, que comenzó a incubarse desde 1919 en The Economic Consequences of the Peace, el cual alcanzó su plena maduración en 1930 con la publicación de su A Treatise on Money. El trabajo contiene también una breve reseña de las principales contribuciones teóricas desarrolladas por Keynes en la Teoría General.

 Palabras claves: Teoría General, macroeconomía, economía clásica, Gran Depresión.

Abstract:

This paper presents a brief description of who is regarded by many experts as the character who has most influenced, since the second half of the twentieth century, in the progress of economic thought and the application of the principles of economic theory to problems of public policy, the British economist John Maynard Keynes. His multifaceted life and work were closely linked to the convulsive events experienced by the world economy, and especially by the British economy during the period between the two world wars. Formed intellectually to be heir of classical thought represented not only by the great figures of the eighteenth and nineteenth centuries -Cantillon, Smith, Ricardo, Malthus, Mill and Say- but also by their own teachers Marshall and Pigou; Keynes was to rise up against the dominant theoretical paradigm, driven by the need to seek explanations that classical doctrine was unable to provide, to prolonged depression experienced by the global economy since 1929 and the dramatic social consequences that it imposed on the world population as a result of the collapse of production and employment in the major industrialized nations. His magnum opus, The General Theory was thus the culmination of a process of forming the body of doctrine, which began to hatch since 1919 in The Economic Consequences of the Peace, and reached its full maturity in 1930 with the publication of his A Treatise on Money. The work also contains a brief overview of the main theoretical contributions developed by Keynes in the General Theory.

 Key words: General Theory, Macroeconomics, Classical economy, Great Depression.

 John Maynard Keynes:  Su vida

 John Maynard Keynes, economista inglés, considerado uno de los más importantes e influyentes pensadores en Economía del siglo XX y padre fundador de la moderna disciplina de la Macroeconomía, nació el 5 de junio de 1883, en la ciudad de Cambridge, Inglaterra, en el seno de una típica familia inglesa de clase media, coincidencialmente, justo el mismo año durante el cual tres meses antes falleciera, también en Inglaterra (en Londres), Carlos Marx, uno de los más importantes e influyentes pensadores en Economía del siglo XIX.

Su padre, John Neville Keynes, fue un joven profesor de Filosofía Moral y de Economía Política de la Universidad de Cambridge, discípulo de Alfred Marshall, y quien posteriormente ganó una importante notoriedad en la profesión, por la publicación de su tesis doctoral en Ciencias, The Scope and Method of Political Economy, (El alcance y el método en la economía política), en la cual además de haber terciado con una posición ecléctica en la entonces candente controversia sobre metodología de la ciencia económica que mantenían los economistas de la Escuela Austriaca, partidarios de los métodos deductivos, dirigidos por Carl Menger, y los   de   la  Escuela  Histórica  Alemana,  propulsores  del  enfoque  de  la  inducción, capitaneados por Gustav Schmoller; formuló la importante contribución de aproximar los problemas del método en Economía, estableciendo una distinción entre la economía positiva, la economía normativa y la economía aplicada -una distinción metodológica tan exitosa que continúa siendo profusamente utilizada por los economistas más de cien años después de haber sido formulada-. John Neville murió el 15 de noviembre de 1949, con lo cual logró sobrevivir tres años y ocho meses a su hijo John Maynard, quien había fallecido a consecuencia de uno de varios sucesivos infartos cardíacos, a los 63 años de edad, en Tilton, Sussex, Inglaterra, el 21 de abril de 1946.

Su madre, Florence Ada Brown (quien también le sobrevivió), joven integrante de una respetable familia de clase media, tuvo su primer hijo, John Maynard, apenas un año después de contraer matrimonio, a lo cual le siguieron sus otros dos hijos, Geoffrey (1887) y Margaret (1890).  Muchos años más tarde y luego de haber sido una de las primeras mujeres en graduarse en la Universidad de Cambridge, en 1932, Florence Keynes, convertida en una importante autora y activista de la reforma social en Inglaterra, fue también la primera mujer en alcanzar el cargo de Alcaldesa de la ciudad de Cambridge, el cual ejerció con gran brillo y decoro.

Gracias a una beca obtenida para tales propósitos, John Maynard Keynes se educó desde sus 14 años en el prestigioso y elitesco colegio de Eton, institución docente privada estrechamente vinculada a la Universidad de Cambridge, fundada en el Siglo XV conjuntamente con el King´s College, por el Rey Enrique VI.  De Eton, pasó al King´s College en Cambridge con otra beca, en donde en 1905 obtuvo un grado en Matemáticas; y de allí a la Universidad de Cambridge, en donde bajo la conducción y tutoría de Alfred Marshall y de Arthur Cecil Pigou, realizó sus estudios formales en Economía. Luego de un muy breve tránsito en la burocracia civil, en la India Office, como Oficinista (desde octubre de 1906), en 1908 regresó a Cambridge,  aceptando una posición de profesor de Economía financiada personalmente por Alfred Marshall y presentó en 1909 su tesis doctoral, A Treatise on Probability, ante el King´s College, la cual publicó como libro en 1921. De la experiencia burocrática acumulada en aquella breve pasantía en el servicio civil en la India Office surgió en 1913 su primer libro publicado, Indian Currency and Finance, obra que los estudiosos de Keynes consideran poco elaborada, altamente descriptiva y dirigida exclusivamente a presentar el sistema monetario de la India, como un ejemplo de la forma como en un país podría funcionar el patrón oro cambio, en lugar del patrón oro puro, en vigencia en una buena parte del mundo de entonces. El libro, sin embargo, le permitió obtener su designación como miembro de la Royal Commission on Indian Finance and Currency, lo cual fue su primera incursión importante en el sector público británico y constituyó una posición desde la cual Keynes comenzó a proyectar una imagen de economista talentoso para el abordaje de asuntos prácticos de gobierno.

Durante estos años iniciales de permanencia en Cambridge, Keynes estableció un conjunto de relaciones que logró consolidar y mantener durante una muy buena parte de su restante vida. Comenzando con su misma vinculación con el King´s College como docente, a la cual nunca renunció, a pesar de sus esporádicas ausencias hacia el servicio civil. De esos años, igualmente, data su vinculación con el Grupo de Bloomsbury, una especie de círculo cultural integrado por un reducido grupo de intelectuales de muy alto rango humanístico, de conducta e ideología muy contestataria y liberal y amantes de las bellas artes –entre ellos, la famosa escritora Virginia Woolf y su no menos conocido esposo Leonard Woolf, el pintor Duncan Grant, el escritor Lytton Strachey y, ocasionalmente, el filósofo Sir Bertrand Russell- quienes periódicamente se reunían en la casa de Virginia Woolf, en el barrio londinense de Bloomsbury, para discutir y analizar en profundidad diversos temas de filosofía, música, teatro, literatura, ballet y otras áreas de la cultura universal. No más de una veintena de intelectuales, pero,  aún así, como lo ha señalado Heilbroner (1980, p. 253), “….sus opiniones fijaban los estándares artísticos de Inglaterra”. Este círculo estuvo muy activo en los años en los cuales Keynes comenzaba a enseñar en Cambridge y aunque la irrupción de la guerra afectó en forma negativa su funcionamiento, Keynes continuó manteniendo estrechas relaciones con algunos de sus integrantes, especialmente con Duncan Grant, personaje con quien sostuvo una prolongada relación homosexual desde sus inicios en Cambridge y a quien brindó soporte financiero en sus años finales de vida. Y finalmente, su larga asociación con el Economic Journal, la más importante revista británica de economía, de la cual fue nombrado Editor en 1911, a los 28 años de edad, cargo que mantuvo durante treinta y tres años, también data de sus años iniciales en Cambridge.

Inmediatamente después del estallido de la primera guerra mundial, en enero de 1915, Keynes obtuvo un permiso en Cambridge para incorporarse como funcionario gubernamental en el Departamento del Tesoro del imperio británico, en donde fue encargado de la adquisición y colocación de divisas escasas y del diseño y discusión de los  términos contractuales de los empréstitos acordados entre Inglaterra y sus aliados para el financiamiento de la guerra.  El excelente desempeño en el ejercicio de esa posición, en la cual demostró gran capacidad para solucionar problemas, le permitió ser promovido hacia finales de la guerra, como Representante financiero del Tesoro Británico en la delegación del Reino Unido a la Conferencia de Paz auspiciada por el Presidente Wilson, de EE.UU., la cual debía celebrarse en 1919, en Versalles, Francia, en cuyo seno debían ser discutidos los grandes temas de la reconstrucción de la postguerra y de las reparaciones de guerra que los países victoriosos impondrían a los perdedores.  A pesar de que su  opinión era considerada como un punto de vista altamente respetable e influyente, la posición de Keynes como miembro de esta delegación no logró imponerse debido a que carecía de suficiente poder para hacer valer sus opiniones como posición oficial británica. El poder efectivo de decisión más bien estaba en manos de los representantes de los principales países participantes en la Conferencia, los llamados “Cuatro Grandes”: El Presidente Woodrow Wilson por los Estados Unidos,  el Primer Ministro Sir Lloyd George por el Reino Unido, el Canciller Georges Clemenceau por Francia, y el Presidente del Consejo de Ministros de Italia Vittorio Orlando, quienes, contrariamente a lo sostenido por Keynes, favorecían la imposición de duras y ejemplarizantes sanciones y reparaciones compensatorias a la derrotada Alemania.

En opinión de Keynes, la imposición de cargas compensatorias muy elevadas a Alemania, además de ser inaceptable desde un punto de vista moral por los inmensos y prácticamente insoportables sacrificios de nivel de vida que exigiría al pueblo alemán, también colocaría a este país en un alto riesgo de insolvencia al exigirle reparaciones en exceso a su verdadera capacidad de pago, y además lo inhabilitaría como potencial mercado en el cual colocar las exportaciones de los países victoriosos, lo cual tendería a afectar negativamente los flujos de comercio mundial de la postguerra.  De allí que, cuando la Conferencia de Versalles, en junio de 1919, concluyó acordando un Tratado de Paz en el cual, además de la desmembración territorial de Alemania, se estipulaba que ésta debía pagar a los países victoriosos reparaciones por daños de guerra en un monto de alrededor de 33.000 millones de dólares, suma considerada entonces prácticamente impagable por una nación con la estructura productiva destruida por el esfuerzo bélico, y además se obligaba a Alemania a entregar una considerable parte de su flota mercante y pesquera y elevados porcentajes de su producción de metales y de carbón y se le prohibía disponer de un ejército regular de más de 100.000 efectivos; Keynes indignado decidió renunciar a su condición de miembro de la delegación británica y a su cargo en el Tesoro, procediendo a redactar de inmediato una encendida denuncia de la situación, que publicó como libro con el premonitorio título de The Economic Consequences of the Peace (Las consecuencias económicas de la paz, 1919), el cual fue inmediatamente traducido a diversos idiomas y le permitió ganar notoriedad internacional. A partir de allí, Keynes se convirtió en el economista de mayor renombre en el mundo anglosajón, y sus opiniones fueron consideradas como el más autorizado punto de vista profesional sobre los problemas económicos del Reino Unido y del resto del mundo occidental. Sin embargo, por otra parte, su posición contraria a las duras sanciones impuestas a Alemania, le ganó la fama de economista extremadamente liberal y heterodoxo, contrario al status quo, lo cual hizo que su nombre fuese excluido de las nóminas del gobierno por un largo período. No fue sino hasta que estalló la segunda guerra mundial, cuando su  nombre fue nuevamente considerado para ocupar alguna importante posición gubernamental.

En opinión de muchos historiadores, las humillantes y draconianas sanciones impuestas a Alemania en Versalles, y la fuerte inestabilidad de la economía alemana a la que inmediatamente las mismas condujeron (una inédita elevada hiperinflación, entre otras) constituyeron el más importante factor desencadenante de los acontecimientos que impulsaron el  surgimiento y el crecimiento del nazismo en Alemania, así como el estallido de la segunda Guerra Mundial dos décadas más tarde. Ello pone de manifiesto la capacidad visionaria que Keynes demostró en la posición sostenida como miembro de la delegación británica en las conversaciones de paz de Versalles, al prever en forma tan clara los perversos efectos económicos, sociales y políticos a los cuales conduciría la imposición a la potencia perdedora de la guerra de unas sanciones realmente impagables:

“…La política de reducir a Alemania al vasallaje durante una generación, de degradar las vidas de millones de seres humanos, y de privar a toda una nación de su felicidad, debería ser considerada aborrecible y detestable –aborrecible y detestable, aún si aquello fuese posible, aún si de verdad nos enriqueciese, e incluso, aún si no fuese a sembrar la decadencia de toda la vida civilizada de Europa…”  (Keynes, 1919).

La verdad histórica es que Keynes tuvo razón:  Alemania solo pudo pagar una pequeña fracción de todas las reparaciones que le fueron impuestas, sufrió la destrucción de su sistema democrático de gobierno, la instauración de un gobierno totalitario, militarista y expansionista que armó clandestinamente en pocos años un inmenso y altamente tecnificado ejército y que por la vía de las invasiones militares le permitió recuperar los territorios que el Tratado de Versalles le había arrebatado y a la vez apropiarse de muchos otros, desencadenando un conflicto bélico que durante cinco años involucró no solo a toda Europa, sino a la casi totalidad de los países del mundo, cuyos trágicos y horrorosos saldos son suficientemente conocidos como un doloroso capítulo de la historia contemporánea. Valdría la pena preguntarse cómo hubiese sido la historia mundial, si en la Conferencia de Paz de Versalles, los puntos de vista de Keynes abogando por un trato digno y comprensivo hacia Alemania, como país perdedor de la guerra, hubiesen sido respetados.

Durante los años siguientes Keynes regresó a Cambridge y se involucró en forma muy activa en el trabajo académico e intelectual y en la actividad periodística y de consultoría financiera. Fue durante estos años cuando Keynes desarrolló, en sucesivos debates públicos sostenidos en diversos periódicos y revistas, sus principales puntos de vista sobre el papel de la política pública, los cuales fueron posteriormente recogidos y compilados en su libro Essays in Persuasion (1931). Los más famosos de esos debates versaron sobre el sistema monetario internacional, sobre la permanencia o el retiro de Inglaterra del patrón oro y sobre el uso de las obras públicas como elemento reactivador de la economía y como instrumento de política pública para combatir el desempleo. Muchos de los temas desarrollados posteriormente por Keynes en la Teoría General, se  beneficiaron y nutrieron de estos debates.

En 1921 publicó A Treatise on Probability, su tesis doctoral en King´s College, un libro que aunque no era exactamente sobre economía teórica ni aplicada, representó un  importante aporte en el avance de esta disciplina estadística recibiendo comentarios muy elogiosos de sus pares de Cambridge gracias, entre otras contribuciones, a la pionera introducción del enfoque de los intervalos probabilísticos y de las reglas de decisión para la contrastación de hipótesis de significación estadística.

En 1923 publicó A Tract on Monetary Reform, libro en el cual defendió la necesidad de que los países persiguieran la estabilidad de precios internos, aún a costa de sacrificar estabilidad externa, por ejemplo, depreciando su moneda nacional, posición que lo llevó a oponerse al mantenimiento del patrón oro por parte de Inglaterra, y lo cual sostuvo beligerantemente durante los diez años siguientes hasta que al final, en 1931, como uno de los efectos generados a raíz de la gran depresión iniciada en octubre de 1929, Inglaterra abandonó el sistema. Keynes mantenía esta posición debido a su creencia de que permanecer en aquel sistema monetario internacional era algo que podía llevar al país a practicar políticas deflacionistas en momentos como los que vivía Inglaterra, en los cuales la existencia de una alta tasa de desempleo pudiese más bien exigir la adopción de políticas expansivas. También fue precisamente en este libro donde Keynes formuló su conocida y difundida proposición sobre el largo plazo en la economía.[1]

Keynes fue un apasionado coleccionista de obras de arte, además de  cultivador y patrocinador de las bellas artes. Heredó de su padre, John Neville, el cultivo y el amor por el teatro y el ballet, y en sus periódicos encuentros con el selecto círculo de artistas del Bloomsbury Group, tales tendencias afectivas hacia el arte tuvieron oportunidad de expresarse a plenitud y de consolidarse. A través de las relaciones artísticas allí desarrolladas conoció en 1921 a la bailarina Lydia Lopokova, primera figura del ballet ruso de la compañía de Sergei Diaghilev, de quien quedó profundamente enamorado,  pese a que hasta ese momento sus relaciones y encuentros sexuales habían sido exclusivamente con hombres, según él mismo registró en diversos diarios personales que regularmente llevaba. John Maynard y Lydia se casaron en 1925 y aunque élla le acompañó durante 21 años, hasta el momento de su muerte, nunca tuvieron descendencia. Con Lydia, Keynes fundó un teatro en Cambridge, que tuvo un desempeño muy exitoso desde el punto de vista empresarial y desde el cual suministró un importante soporte a la ópera y a la danza clásica como mecenas financiero. Luego de la muerte de John Maynard, Lydia logró sobrevivirle durante un largo período de 35 años.  Murió en 1981.

En 1930, Keynes publicó en dos volúmenes, lo que algunos consideran que fue una de sus más importantes obras en Economía, el Treatrise on Money (Tratado sobre el dinero), un libro inmediatamente refutado en forma tan vehemente por Friedrich von Hayek, que el propio Keynes rehusó responder en forma directa las críticas, encomendándole al entonces joven profesor italiano de economía en Cambridge, Piero Sraffa, la tarea de revisar y responder las argumentaciones de Hayek.  En este libro, Keynes desarrolló con cierto nivel de detalle, la teoría de la preferencia por la liquidez que 6 años más tarde incorporaría como una pieza clave del análisis del mercado de dinero, en su Teoría General, y apeló a la utilización de los desequilibrios entre el ahorro y la inversión, como elementos explicativos determinantes de las fluctuaciones cíclicas del empleo y la producción. Aún así, en su tiempo, se le criticó que el Treatise no suministró una explicación teórica para los procesos de determinación de la producción y el empleo, cuestión que posteriormente Keynes desarrollaría como el propósito fundamental de la Teoría General.

Comenzando el año de 1936, Keynes publicó su The General Theory of Employment, Interest, and Money, su obra magna, en la cual planteó una ruptura y un enfrentamiento total con los principios clásicos que eran el paradigma dominante en la economía política británica desde siglo y medio antes.

En 1937 Keynes sufrió el primero de una serie de sucesivos ataques al corazón que finalmente lo llevaron a la muerte en 1946. El período de reposo a que esto lo obligó, lo hizo mantener una muy modesta participación en los diversos debates sobre la Teoría General que se suscitaron inmediatamente después de su publicación. Fue dos años más tarde cuando comenzó su recuperación física, y a partir de allí, ya iniciada la Segunda Guerra Mundial, en la cual Inglaterra  era uno de los principales protagonistas, Keynes comenzó a involucrarse crecientemente en la realización de actividades profesionales de respaldo al esfuerzo bélico, todas ellas de naturaleza más práctica y gubernamental que académica. En 1940 escribió y publicó un opúsculo de título How to Pay for the War (Cómo financiar la guerra), en el cual defendió la tesis de que en lugar de financiar el esfuerzo bélico del Reino Unido a través de déficits fiscales, debería apelarse al aumento de los impuestos y al ahorro forzoso de los trabajadores para evitar los impactos inflacionarios y para garantizar que una vez terminada la guerra, la liberación de los fondos ahorrados por los trabajadores pudiese actuar como un factor reactivador de la demanda agregada y de la economía inglesa. En abril de 1942, ya totalmente reconciliado el gobierno británico con alguien considerado varios años antes como un economista anti establishment y por tanto, excluido de las listas de posibles candidatos a posiciones gubernamentales, Keynes fue designado miembro del Directorio del Banco de Inglaterra, y varios meses más tarde fue galardonado por Su Majestad con el título nobiliario de Primer Barón de Tilton, del Condado de Sussex e incorporado con un sillón a la Cámara de los Lords.

En 1944 encabezó la delegación británica a la Conferencia Monetaria y Financiera de las Naciones Unidas, convocada por los países aliados que se celebró en el mes de julio en el complejo hotelero de invierno de Bretton Woods, New Hampshire, EE.UU., y en la cual se discutieron y establecieron las reglas que regirían el nuevo orden financiero y monetario internacional de la postguerra, se crearon las instituciones a cuyo cargo quedaría la administración de dicho orden (el Banco Internacional para la Reconstrucción y el Desarrollo actualmente llamado Banco Mundial, y el Fondo Monetario Internacional) y se oficializó la utilización del dólar americano como la nueva moneda internacional y se estableció un patrón oro-divisa basado en el dólar y en un sistema de paridades fijas. En dicha Conferencia fueron considerados dos planes, uno diseñado por el Asistente del Secretario del Tesoro norteamericano Harry Dexter White y otro diseñado por Lord Keynes y auspiciado oficialmente por el Reino Unido.

Aunque el Plan Keynes lucía mucho más apropiado para las condiciones que imperarían en la economía mundial una vez finalizada la guerra, al final fue aprobado el Plan White, entre otras razones, porque ya para entonces los Estados Unidos habían emergido como la economía más poderosa del mundo, la primera potencia industrial y además, a diferencia de las principales economías europeas, una economía con un grado muy reducido de destrucción por el esfuerzo bélico, todo lo cual le permitió una gran capacidad de presión y de maniobra para hacer aprobar su propuesta. El Plan Keynes proponía la creación de una especie de banco internacional de compensación (International Clearing Union), emisor de una moneda única, el Bancor, la cual estaría relacionada con divisas duras y sería intercambiable por moneda local de cada país miembro a través de una tasa de cambio fija. La reconstrucción del comercio mundial se basaría en la obligación de cada país de mantener equilibrada su balanza comercial so pena de pagos de intereses sobre los montos de los déficits. Nada de esto pudo ser aprobado. Ni siquiera la propuesta de última hora de Keynes, cuando ya era un hecho cumplido que se creaban las dos instituciones claves del sistema –el Banco Mundial y el FMI- y se les asignaba sede en Washington, D.C., de que al menos una de ellas tuviese sede en Europa.

Luego de concluida la Conferencia, Keynes regresó a Inglaterra y dos años más tarde, el 21 de abril de 1946, falleció de un ataque al corazón, en Tilton, Sussex, sin haber alcanzado a ver en funcionamiento el nuevo sistema monetario y financiero internacional que él ayudó a construir, ni las instituciones creadas en Bretton Woods que comenzaron a operar precisamente en 1946.

Keynes: Su obra cumbre

En  febrero de 1936, Keynes publicó su libro más conocido, The General Theory of Employment, Interest, and Money, o como más en breve se le conoce universalmente, The General Theory  (la Teoría General). El libro salió a la venta seis años y medio después de iniciada la Gran Depresión, encontrándose Inglaterra y una buena parte del mundo industrializado de entonces aún bajo sus perturbadores efectos económicos y sociales (caída de la producción real, desempleo masivo, agitación social). Siendo el desempleo masivo una permanente preocupación de Keynes, no es de extrañar que la impronta de semejante influjo, fuese un rasgo presente a lo largo de toda la obra. Tal como se lo confesó a un amigo escritor, en una carta fechada en 1935, con la publicación de este libro Keynes pretendió “…revolucionar la forma cómo la gente enfoca los problemas económicos”.[2] , y superar así la frustración que le causó el no haber podido influir suficientemente en el estado de la opinión pública durante los años de la Gran Depresión.

A pesar de la calificación de “revolución keynesiana” [3], con la cual se designaron las principales aportaciones hechas por Keynes en su Teoría General, lo cierto es que el sistema de ideas desarrollado en esta obra, más que una revolución, fue el resultado de una evolución muy ordenada y coherente de su pensamiento, ocurrida en los 16 años transcurridos desde la aparición de The Economic Consequences of  the Peace y la cual se expresó en toda su obra escrita en ese período.

Como bien lo ha señalado Rima (1967, pp. 332-333),

“…la Teoría General está más en la naturaleza de una maduración evolutiva de conceptos que comenzaron a emerger en los años posteriores a la primera guerra mundial …. hay pocos ejemplos en la historia del pensamiento económico, de la relación entre la germinación de un análisis económico y su cristalización en proposiciones teóricas, como la que encontramos entre The Economic Consequences of the Peace y The General Theory of Employment, Interest, and Money”.

En esta obra, algo enrevesada y de difícil lectura, el argumento principal de Keynes fue simplemente que el prolongado desempleo masivo predominante en el mundo desarrollado durante la depresión, era evidencia de una crisis de la economía capitalista mundial, para la cual los principios de la economía clásica no fueron capaces de suministrar explicaciones ni remedios, crisis que no era más que el resultado de la caída y de la insuficiencia de la demanda efectiva (lo que hoy día conocemos como demanda agregada). Y, en abierto desafío al paradigma clásico, según el cual la flexibilidad de los precios y de los salarios en los mercados de productos y de factores constituía el mecanismo autocorrector de los desequilibrios de producción y empleo; Keynes sostuvo que, dado que en el mundo real los salarios y los precios exhiben rigideces en el corto plazo, al menos hacia la baja, no había manera de garantizar que los mecanismos del mercado, por sí solos, permitieran restablecer los equilibrios de plena ocupación en la economía. Por tal razón, se requería de una activa intervención gubernamental mediante inversión pública y políticas fiscales y monetarias, para reactivar la economía y restaurar el equilibrio de oferta y demanda agregadas. Una idea muy novedosa aportada por Keynes  con relación a este equilibrio agregado, fue que el mismo no necesariamente implicaba la existencia de pleno empleo; podía alcanzarse, incluso bajo condiciones de desempleo, ya que para Keynes el equilibrio macroeconómico no equivalía a producción de pleno empleo, sino a  la igualación de la producción efectivamente obtenida por la economía, con la  producción potencial, es decir la producción que la economía podría obtener si prevaleciesen condiciones de ocupación plena. Keynes consideraba que  es la demanda efectiva y no la oferta agregada, la variable que gobierna el nivel de la actividad económica, contrariamente a lo que los clásicos sostenían basados en la famosa “Ley de Say de los mercados”, que establecía que cualquiera fuese el nivel de la producción obtenida, esta siempre sería demandada en los diversos mercados y, por tanto, los gastos agregados siempre igualarían al ingreso agregado y la oferta, cualquiera fuese su nivel, siempre sería capaz de crear su propia demanda (toda oferta crea su propia demanda).

Según los economistas clásicos[4] los ciclos económicos son procesos naturales de desenvolvimiento irregular y ocasional de la economía que se traducen en desequilibrios de las magnitudes económicas, siendo el principal de tales desajustes, las divergencias entre la producción real efectiva y la producción potencial (o nivel de producción de pleno empleo). Los ciclos son, por tanto, más que fluctuaciones de la producción potencial, fluctuaciones o desviaciones de la producción efectiva alrededor de la producción potencial. Pero, como en los mercados existe flexibilidad de precios y de salarios, tales perturbaciones solo pueden ocurrir de manera muy temporal, con una breve duración. La razón consiste en que frente a un desequilibrio económico, por ejemplo, un exceso de oferta de trabajo que tienda a generar desempleo y a su vez disminución de la producción real, los salarios flexibles tenderán a moverse a la baja ya que los trabajadores desempleados estarán dispuestos a aceptar salarios inferiores a los prevalecientes en el mercado y, así aumentará el empleo hasta eventualmente alcanzarse una situación de ocupación plena y también aumentará la producción real efectiva hasta eventualmente igualarse al nivel de la producción potencial, y de esa forma el desequilibrio se corregirá en forma automática, prácticamente sin necesidad de que fuerzas extrañas al mercado, por ejemplo el gobierno, deban intervenir.  De tal manera que en un escenario clásico no debería existir desempleo involuntario, ya que los ajustes de salarios, producidos de forma automática y de manera casi instantánea, les permiten a los desempleados obtener otra plaza laboral en el mercado. Cualquier forma de desempleo que la fuerza de trabajo exhiba en el mercado deberá ser un desempleo voluntario. Un razonamiento similar podría aplicarse a los desequilibrios del mercado de bienes y del mercado de dinero, en los cuales los excesos de oferta o de demanda tenderán a ser corregidos automáticamente mediante variaciones de los precios de los bienes y de la tasa de interés, respectivamente. Todo ello  implica que en una economía funcionando bajo los principios clásicos de precios flexibles al alza y a la baja, en la cual la plena ocupación de todos los recursos productivos esté siempre garantizada de manera automática, no deberían existir ciclos económicos, y mucho menos, ciclos de larga duración, como el ocurrido durante la Gran Depresión. Este era el paradigma dominante en la profesión, para el momento en el cual Keynes escribió su Teoría General.

El modelo de economía postulado por Keynes en la Teoría General considera que el ingreso nacional, tal como se desarrolla en el capítulo 6,  está determinado por la demanda efectiva y que, a su vez, esta última está compuesta de gastos de consumo y de gastos de inversión.

La demanda de bienes de consumo, por su parte, está determinada por la propensión marginal a consumir, es decir la proporción del ingreso personal disponible, que los perceptores de ingresos destinan a adquirir bienes de consumo y la cual, a su vez, depende de un conjunto de factores objetivos (capítulo 8), entre los cuales Keynes enfatiza el papel de los cambios en las unidades de medida del ingreso, los cambios en el ingreso neto, las expectativas futuras de ingresos, las variaciones de la tasa de interés como expresión de la tasa de descuento entre bienes presentes y futuros, y los cambios en la política fiscal. Igualmente depende la propensión marginal a consumir, de un conjunto de factores subjetivos desarrollados en el capítulo 9, que bien pueden inducir a los individuos a abstenerse de consumir una parte de su ingreso, o bien motivarlos a realizar consumo por encima de los ingresos (desahorro). Para Keynes la relación entre los gastos de consumo y el ingreso nacional es una relación directa y estable en el corto plazo, según la cual a medida que aumentan los ingresos de los individuos, también aumentan sus gastos de consumo; sin embargo, gracias a un factor de tipo psicológico, estos últimos aumentan menos que proporcionalmente, es decir a una velocidad inferior a la cual proceden los aumentos del ingreso. La expresión simbólica y formal de estas proposiciones es la llamada función de consumo, que constituye una aportación fundamental de Keynes y una de las relaciones más importantes y sometidas a mayor número de estudios empíricos, de toda la macroeconomía[5]. Algunos de los temas examinados en dichos estudios tienen que ver con los determinantes de dicha función, con la forma que la misma asume tanto en el corto como en el largo plazo, y con el problema de su estabilidad a través del tiempo.

Si se acepta que los ahorros constituyen la parte no consumida del ingreso, entonces, la contraparte o hermana gemela de la función de consumo es la función de ahorros, la cual depende de la propensión marginal al ahorro que es la proporción del ingreso personal disponible que los individuos perceptores de ingreso no están dispuestos a consumir en el momento presente. Es por así decirlo, consumo diferido en el tiempo, o consumo futuro. A esta función Keynes le asigna un papel estelar en el capítulo relacionado con el análisis de la inversión, y en su interpretación de cómo se generan y evolucionan los ciclos de negocios.

La demanda de bienes de inversión, o inversión a secas, por su parte, desarrollada en el Libro IV (capítulos 11 y 12) de la Teoría General, es ejercida por las empresas y depende de un conjunto de factores entre los cuales destacan el flujo de ingresos que se espera generar con dicha inversión durante su vida útil, ingresos que se suponen directamente relacionados con la fase en la que se encuentre el ciclo económico; la comparación de la eficiencia marginal del capital con la tasa de interés vigente en el mercado, la política fiscal y, las expectativas sobre el futuro de los negocios. La eficiencia marginal del capital es definida como “…aquella tasa de descuento que iguala el valor presente del flujo de retornos esperados del activo de capital durante su vida útil, con el precio de oferta de dicho activo”. (Keynes, 1936; p. 135). La inversión es el componente más volátil de la demanda efectiva ya que depende en gran medida de factores determinantes futuros y por tanto, afectados por una cierta dosis de incertidumbre. Sus fluctuaciones determinan en gran medida las fluctuaciones de la producción y del empleo. Esas fluctuaciones en la inversión están relacionadas con las expectativas de optimismo o de pesimismo que exhiban los inversionistas, es decir, con las expectativas acerca del curso futuro de los negocios y con la incertidumbre con la cual se asocian los hechos futuros. Usando un término muy gráfico, Keynes se refirió en el capítulo 12 a este factor como los instintos animales de los inversionistas (animal spirits).  Keynes planteó la existencia de una relación funcional inversa entre la demanda de inversión y la tasa de interés. La función de demanda de inversión postulada por Keynes, al igual que la función de consumo, ha sido sometida a una multitud de contrastaciones empíricas dirigidas fundamentalmente a verificar el grado de sensibilidad de las decisiones empresariales de inversión frente a las variaciones de la tasa de interés y, también a cotejar la vigencia del principio de aceleración señalado por Keynes, según el cual, los gastos de inversión dependen no solo de los niveles de ingreso y producción, sino también de las variaciones de esos niveles de producción.[6]  Esta variable, la inversión, juega un papel muy importante según Keynes, tanto en la obtención del equilibrio de la demanda efectiva como en el desenvolvimiento de la actividad económica real a lo largo del ciclo económico. En equilibrio, la inversión debe igualarse, ex post,  con el ahorro.

Algunas otras aportaciones importantes desarrolladas por Keynes en la Teoría General, son la noción del multiplicador del gasto, el papel de las expectativas tanto en el consumo como en la inversión y el rol de la preferencia por la liquidez en el mercado de dinero.

El multiplicador es un concepto desarrollado en el capítulo 10, por medio del cual Keynes planteó la manera cómo las perturbaciones exógenas ocurridas en algún componente de gasto en la demanda agregada, capaces de romper un estado de equilibrio, pueden generar una restauración de dicho equilibrio a un nivel incrementado del ingreso. El efecto multiplicador sobre el ingreso nacional está relacionado en forma directa con la propensión marginal al consumo y en forma inversa con la propensión marginal al ahorro. Mientras mayor sea la propensión marginal a consumir, mayor será el efecto multiplicador de una variación en el gasto autónomo de consumo. El efecto se interpreta como una medida de en cuánto debe variar la producción de equilibrio como consecuencia de una variación de algún componente exógeno del gasto, para que el equilibrio continúe manteniéndose.  El concepto fue analizado por Keynes sólo en conexión con los gastos de consumo, no obstante, la economía keynesiana desarrollada inmediatamente después de la publicación de la Teoría General extendió su aplicación, prácticamente al análisis de los efectos sobre el equilibrio, de la variación de cualquier otro componente exógeno de la demanda agregada (por ejemplo, el gasto de los inversionistas privados y el gasto del gobierno).[7] De hecho, el concepto del multiplicador introducido por Keynes en su análisis macroeconómico, ha demostrado ser una noción de múltiples aplicaciones a diversidad de situaciones en las cuales a través de un ejercicio de estática comparativa, se analizan y comparan estados iniciales y finales de equilibrio una vez producido un cambio en alguna variable exógena de la cual depende ese equilibrio. Ha resultado ser tan útil y de aplicación tan general para la teoría económica, como el concepto de elasticidad, de amplia utilización en diversos temas de la Micro y de la Macroeconomía.

En cuanto a la noción de preferencia por la liquidez este es un concepto introducido por Keynes en directa vinculación con su teoría de la demanda de dinero, en el capítulo 13 en el cual estudió la tasa de interés. La preferencia por la liquidez de cualquier perceptor de ingresos, simplemente una manera de designar a la función de demanda dinero de un individuo, es definida por Keynes como “…un listado de los montos de recursos, valuados en términos de dinero o de unidades-salariales que él desearía mantener en la forma de dinero líquido, bajo diversos conjuntos de circunstancias” (Keynes, 1936; p.166).  A diferencia de los Clásicos, quienes consideraban que la demanda de dinero dependía exclusivamente, en forma directa, del ingreso monetario de las personas, a través de la relación establecida en la Ecuación Cuantitativa de Cambridge desarrollada por Alfred Marshall y en base a una motivación exclusivamente transaccional; Keynes postuló la proposición de que la demanda de dinero, o preferencia por la liquidez depende de tres tipos diversos de motivaciones, “…(i) el motivo transacción, es decir, la necesidad de dinero en efectivo para las transacciones corrientes de los intercambios personales y de las empresas; (ii) el motivo precaución, es decir, el deseo de seguridad mediante flujos futuros de dinero en efectivo equivalente a una cierta proporción de los recursos totales; y (iii) el motivo especulativo, es decir, el propósito de asegurar ganancias por conocer mejor que el mercado lo que nos traerá el futuro” (Keynes, 1936; p.170).

Esta función de demanda de dinero constituyó una de las más importantes rupturas planteadas en la Teoría General con el pensamiento clásico, ya que Keynes le añadió a la demanda de dinero clásica (es decir, la demanda de dinero por los dos primeros motivos), el componente de demanda por motivo especulativo y puso a depender a dicho componente en forma inversa de la tasa de interés. Según este nuevo enfoque, la tasa de interés representa para un tenedor de ingresos, una especie de costo de oportunidad de mantener dinero en efectivo. Para Keynes, el dinero en efectivo es estéril, desde el punto de vista de rentabilidad. Sus tenencias implican un sacrificio de la rentabilidad potencial representada por la tasa de interés que generarían dichas tenencias en caso de que hubiesen sido colocadas en las instituciones financieras. De allí que la relación entre la demanda especulativa de dinero y la tasa de interés, sea una  relación inversa que define una curva de pendiente negativa, la cual tiene un límite inferior, según Keynes, para el cual, la demanda especulativa de dinero se haría infinitamente elástica a la tasa de interés. El nivel de esta última correspondiente a la situación descrita fue llamado por Keynes la “trampa de la liquidez”, es decir, un nivel tan reducido de la tasa de interés, que a dicho nivel la gente preferiría mantener la totalidad de sus tenencias de activos en forma líquida, como dinero en efectivo.

A manera de conclusión me permito transcribir un extracto de mi trabajo sobre el debate entre los keynesianos y los monetaristas escrito con ocasión de los primeros 50 años de la  publicación de la Teoría General (Solórzano, 1990):

De manera que el mundo de 1936, el mundo en el que Keynes concibió el sistema de ideas que incluyó en su Teoría General, y en donde podemos ubicar cronológicamente el comienzo de nuestra historia, era como lo llamó Robert Heilbroner en su obra Los Filósofos Mundanos, ‘el enfermo mundo de John Maynard Keynes’. Un mundo efectivamente enfermo. Enfermo en los hechos, que hablaban por sí solos de la incapacidad del sistema para funcionar  en la forma equilibrada y armoniosa en que lo postulaban las enseñanzas clásicas, y que condenaba a casi una de cada cuatro personas a la dolorosa situación de desempleo crónico y empobrecimiento gradual. Pero, también, enfermo en las concepciones, porque la doctrina establecida era incapaz de suministrar explicaciones apropiadas para lo que estaba sucediendo, y peor aún, de suministrar los correctivos necesarios para superar la situación.

Una depresión tan pronunciada como la que vivía entonces la economía mundial no parecía ser el tipo de desviaciones transitorias para las cuales se había construido el sistema de ideas de los clásicos. Tampoco una explicación de los hechos, como la que ofrecían el pensamiento clásico y el neoclásico para la comprensión de las fluctuaciones cíclicas de la economía y de la tendencia automática de esta al restablecimiento de los equilibrios, parecía servir para interpretar hechos que no tenían ni precedentes ni doctrinas explicativas.

Dentro de semejante ambiente y contra tal estado de cosas fue que Keynes insurgió con su Teoría General intentando ofrecer explicaciones y remedios a la situación que los clásicos eran incapaces de explicar y de corregir. Esta obra, cuyo título completo fue La Teoría General del Empleo, el Interés y el Dinero, y que debió llamarse más bien La Teoría General del Desempleo, no solamente ofrecía una explicación coherente de lo que estaba sucediendo, sino que igualmente indicaba lo que debió haberse hecho para evitar la severidad de la crisis, y lo que es más importante aún, lo que habría necesidad de hacer para evitar futuras depresiones de una magnitud semejante. Una interpretación diferente de la que hubiesen suministrado los clásicos, y con implicaciones de política pública también divorciadas de las que hubiese sugerido la doctrina clásica.

De acuerdo con esta explicación, la cual rápidamente ganó apoyo en los principales círculos académicos y profesionales, los problemas que confrontaba la economía de entonces –la profunda depresión de la producción y del empleo- había que vincularlos con los factores que operan por el lado de la demanda, y no con los del lado de la oferta.

Como sabemos, los clásicos habían centrado su atención en los problemas del largo plazo (lo que William Baumol ha llamado “la dinámica magna”) y en los factores de oferta, los cuales determinaban la ubicación y la forma de la frontera de posibilidades productivas de la economía y gobernaban los procesos de determinación de la producción y del ingreso, así como su expansión temporal. Keynes, por el contrario, se concentró en el corto plazo y colocó el énfasis en el análisis de la demanda, oponiéndose al dogma de sus tiempos según el cual la oferta dominaba a la demanda, tal como lo enseñaba la tradición de Say. Para Keynes, más bien, un aumento en la demanda agregada podía constituir un vehículo efectivo para aumentar la producción real y el empleo, a través de la posibilidad de utilizar para la nueva producción demandada los recursos ociosos o desempleados de la economía.

La interpretación keynesiana de la depresión se convertía así, tal y como fue desarrollada en el capítulo 3 de la Teoría General, en una teoría de demanda agregada, a partir de la cual se podía explicar cómo una economía de mercado, en situación de depresión determina cuánta producción real debe obtener y cuánto empleo generar.

¿Cuáles son los factores que explican la existencia de un nivel de producción real inferior al nivel correspondiente al pleno empleo? ¿Cuáles los que explican la existencia de desempleo masivo del factor trabajo? Tales interrogantes fueron las principales cuestiones que Keynes se planteó en la Teoría General. Y las respectivas respuestas a las mismas han dado origen a un moderno enfoque de la macroeconomía que hoy día conocemos como el enfoque de ingreso-gasto, o de flujo circular del ingreso. De acuerdo con esta aproximación, es el nivel de la demanda agregada y de sus diversos componentes –los gastos de consumo y de inversión privadas, los gastos del gobierno y los del sector externo de la economía-  el factor determinante del nivel de producción de las empresas; y éste, a su vez, el elemento generador de los ingresos o poder de compra que las diversas unidades de decisión económica de la economía gastarán para hacer efectivas sus variadas demandas. Se trata, como se ve, de un enfoque nuevo, en comparación con todo lo que sobre funcionamiento agregado de la economía había sido, hasta entonces, establecido por los clásicos. Un enfoque, en donde, en oposición a lo que sostenía la Ley de Say de los mercados, la demanda, en una suerte de proceso de interrelación circular, aparece gobernando a la oferta.

En una aproximación conceptual de tal naturaleza, resultaba obvio que el nivel de la producción real de la economía se pudiese situar por debajo del nivel de producción de pleno empleo. Para ello solo bastaba que, por un lado, la magnitud de la demanda agregada no fuese suficiente para corresponderse con una producción de pleno empleo; y por otra parte, que el elemento de ajuste automático del mercado de trabajo de los clásicos –la flexibilidad del salario monetario- fuese abandonado como supuesto crucial.  Keynes percibió, con una agudeza poco frecuente, que en una época de florecimiento de las luchas sindicales y de consolidación de las grandes centrales obreras, los salarios nominales solo podían considerarse flexibles al alza, pero no a la baja. E incorporando este elemento a su sistema de ideas, pudo dotar a su interpretación de la pieza necesaria para entender la persistencia crónica y perversa del desempleo involuntario masivo. Si los salarios son inflexibles para bajar, entonces el sistema clásico pierde el principal elemento correctivo de los excesos de oferta de trabajo, hecho que unido a la insuficiencia de la demanda agregada hace posible que la economía pueda, aún en equilibrio agregado, experimentar una depresión de empleo y producción similar a la que desde los últimos años veinte y a lo largo de todos los treinta, estaban enfrentando los principales países del mundo avanzado de la época.

Vista así, la Teoría General es una teoría del sub-empleo y de la sub-producción, en contraste con las teorías clásicas, que eran teorías de empleo pleno y de máxima producción compatible con la dotación y crecimiento de los recursos. Es decir, una teoría en la que, en el corto plazo, la economía nacional es capaz de alcanzar niveles de producción y de ingreso de equilibrio, aún en condiciones de sub-ocupación de los recursos productivos.

Las implicaciones políticas de una teoría de tal suerte, se siguen casi  que por añadidura. Si son las insuficiencias de la demanda agregada, los factores responsables de la sub-producción y, en cierta forma del sub-empleo, corresponderá entonces al gobierno, como representación política de la sociedad, corregir estos desequilibrios, para lo cual deberá diseñar acciones dirigidas a estimular una expansión de los diversos componentes del gasto agregado. Esto se puede lograr mediante la aplicación de políticas expansivas que incentiven una mayor propensión de los particulares a consumir o a invertir, o que directamente afecten el nivel de los gastos netos del gobierno. En tales casos, en la economía actuarán un conjunto de efectos expansivos sobre el nivel de la producción y del ingreso –los famosos efectos multiplicadores keynesianos del gasto- que permitirán como resultado final un nivel más alto de empleo de los recursos productivos. Y todo ello, sin necesidad de aumentos en el nivel general de los precios ni de variaciones en los niveles de los salarios nominales, mientras no se alcance el nivel de producción de pleno empleo”.

 

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Notas:

[1]    Para reforzar una crítica que estaba haciendo  sobre el tipo de ajustes automáticos de largo plazo de los precios y los salarios utilizados en el análisis clásico, Keynes afirmó que :  “…Ese largo plazo (el concepto usado por los clásicos) es una guía engañosa de la situación actual. A largo plazo todos estaremos muertos. Es muy fácil, pero también muy inútil, que lo único que nos puedan decir los economistas luego de un período tormentoso, sea que después de la tormenta el mar volverá a estar en calma”.  Keynes (1923, p. 88).

[2]    “…debe usted saber que pienso que el libro sobre teoría económica que estoy escribiendo, revolucionará enormemente –supongo que no de una vez, sino en el curso de los próximos diez años- la manera en que el mundo percibe los problemas económicos…. No puedo esperar que usted o cualquier otra persona crean esto en el presente momento. Pero, para mí, no sólo espero simplemente lo que le digo. En mis adentros, estoy completamente seguro.”  J. M. Keynes, carta dirigida a George Bernard Shaw en 1935. Citada por Heilbroner (1980, p. 266).

[3]    Este término fue acuñado por el profesor Lawrence R. Klein, de la Universidad de Pennsylvania, en 1944, cuando   presentó su tesis doctoral en el Instituto Tecnológico de Massachusetts, para referirse a los aportes de la Teoría General, como “…una revolución en el pensamiento, no en las políticas económicas o gubernamentales”. El término resultó muy exitoso y aceptado y su uso fue rápidamente generalizado para referir las contribuciones keynesianas al análisis de los problemas agregados de la economía. La Tesis fue posteriormente publicada, en 1947 bajo el título, precisamente de The Keynesian Revolution. Klein recibió el Premio Nobel de  Economía en 1980 por sus aportaciones en la creación de modelos económicos y por su aplicación tanto a la política económica como al análisis de los cambios en la economía.

[4]      Por cierto, se suele atribuir a Carlos Marx la designación del término economistas “clásicos”, para referirse a los grandes autores de la economía política de los siglos 18 y 19 (Adam Smith, David Ricardo, Thomas Robert Malthus,  John Stuart Mill, Jean Baptiste Say), tal y como el mismo Keynes lo reconoce en la primera nota de pie de página de su libro. Sin embargo, cuando Keynes en sus escritos se refiere a los Clásicos, incluye no sólo a aquéllos, sino también al propio Marx, e incluso, a sus profesores de Cambridge, Alfred Marshall y Arthur Cecil  Pigou.

[5]    Entre los muchos trabajos y enfoques realizados desde la publicación de la Teoría General  sobre la  función de consumo, destacan las contribuciones de Duesemberry (1948), Friedman (1957), Modigliani (1949) y Modigliani and Brumberg (1953), las cuales dieron origen al desarrollo de las teorías del consumo basadas en el ingreso relativo, en el ingreso permanente y en el ingreso de ciclo vital, respectivamente, todas ellas de estirpe keynesiana y de gran impacto en el pensamiento keynesiano de la segunda postguerra mundial.

[6]  Una excelente revisión de los más importantes estudios sobre los determinantes de la inversión realizados en los años 40 y 50 del siglo pasado puede encontrarse en  W. H. White (1956), mientras que sobre el principio de aceleración de la inversión, consultar el trabajo de  A. D.  Knox (1952), reimpreso en M. G. Mueller (1966).

[7]  El concepto de multiplicador se suele atribuir a Keynes; sin embargo, como él mismo lo señala al inicio del capítulo 10, su paternidad se debe al entonces joven profesor de Cambridge, Roy F. Khan, quien lo desarrolló en un artículo publicado en junio de 1931, en el Economic Journal (“The Relation  of Home Investment to Unemployment”). En 1939, Paul A. Samuelson, para entonces  estudiante de doctorado en Harvard, escribió para su profesor Alvin Hansen un trabajo en el cual relacionó el efecto multiplicador con el principio de aceleración de la inversión, que ese mismo año le fue publicado en el Review of Economics and Statistics (vol. 21, May 1939) convirtiéndose a partir de entonces en un trabajo clásico en el análisis keynesiano de la dinámica de funcionamiento de los ciclos económicos.

* Dr. Rafael E. Solórzano

Economista.  Doctor en Ciencias Económicas. Profesor Titular Emérito de la Universidad de Los Andes y de La  Universidad del Zulia, en Mérida y Maracaibo, Venezuela, respectivamente. Individuo de Número de la Academia de Mérida y Miembro Correspondiente de la Academia de Ciencias Económicas del Estado Zulia.  Profesor Titular de los Programas de Doctorado y de Postdoctorado en Ciencias Económicas, de La Universidad del Zulia. E-mail:  resolorzano@gmail.com  Teléfonos: +58-274-2631912  y +58-412-7642313.

 


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