BIOÉTICA: RETO DE LA POSTMODERNIDAD

Por: Dr. Ricardo Gil Otaiza, Presidente de la Academia de Mérida

Discurso de Introducción a la Conferencia “Bioética: Reto de la Post-Modernidad” dictado por el Dr. Ricardo Contreras


La noción de lo ético aflora en cada actuación del ser humano y de su relación con los otros. Nada escapa a su lupa escrutadora, que nos interpela, nos azuza a tomar partido por la vida, y nos impele a replantearnos nuestra actuación en el día a día. En lo personal no me canso de recordar que las primeras nociones de ética las recibí en casa, siendo muy niño,  de parte de mi madre, quien no era filósofa, pero sí una docente a carta cabal, quien insistía en una conseja que repetía como una retahíla transformada en cartilla escolar: “hijo, hay que vivir y dejar vivir”. Muchos años después aprendí, ya desde lo intelectual, conceptos que de alguna manera ratificaron aquellas lecciones, hasta alcanzar una posición ante la vida y mi producción académica y literaria, cónsona con todo aquello que muchos califican como “el arte del saber vivir”. El teólogo alemán Hans Küng, célebre por su disidencia y por sus posiciones antijerarquía eclesiástica (que dicho sea de paso lo llevaron a ser vetado a enseñar filosofía y teología en las aulas universitarias), y ex compañero (y crítico) del hoy Papa Emérito Benedicto XVI, a quien admiro desde su ingente obra intelectual, nos invita a todo lo largo de su extensa obra a distinguir entre dos vocablos aparentemente hermanados desde lo lingüístico como lo son la ética y el ethos, pero que como se verá tienen en este personaje sus propias distinciones. El primero (la ética) se refiere a un “algo” sujeto a un modo de actuar según criterios sustentados en valores. En otras palabras: cuando hablamos de ética solemos entender como tal, a una manera de relacionarnos sujetos a unos valores y elementales normas de conducta, que nos permiten “acertar” en nuestro diario actuar y así poder tomar decisiones adecuadas para nosotros y para los otros. Para Küng la ética no es ya tan sólo mera doctrina (Vbg: Aristóteles, Tomás de Aquino o Emmanuel Kant), o del supuesto comportamiento moral de las personas (como siempre la hemos asumido), sino un verdadero “ethos-global-planetario, es decir, la interna actitud fundamental de una persona que se rige de acuerdo con determinadas normas y reglas y cuyo criterio es la conciencia… Una actitud fundamental que en el fondo determina todo su comportamiento. Un ethos-global-planetario internalizado en la conciencia de todos y como expresión clara de la conducta de los humanos. Un ethos como expresión inacabada de un universo único y multiple…, como anhelo de crecimiento compartido que haga de nosotros “piezas” únicas y a la vez diversas. Ergo, el salto cualitativo desde una ética vapuleada, tergiversada, hipócrita y acartonada, que ha permitido la negación del otro, hacia un ethos que nos permita comprometernos a respetar la vida y la dignidad humana, la individualidad y la diferencia, de suerte que toda persona sin excepción reciba un trato humano (y como humanos, el respeto a la naturaleza). Una ética que dé el salto definitivo hacia un ethos que implica un modo de entender y de practicar la vida, y con ella todo ese amplio espectro que implica “lo humano”.

Por supuesto, la vida profesional, académica y científica no debería escapar a esta noción. El ejercicio científico, como toda actividad humana, está sujeto a una mirada escrutadora que lo impele al respeto por los otros, por su vida (la biodiversidad), por su espacio y por sus derechos. Falsear resultados, plagiar obras ajenas, manipular vidas, enmascarar nuestra mediocridad con el traje de la excelencia de los otros, más que una burda estratagema signada por una supuesta viveza elemental, que satisface a algunos, es a las claras el más abyecto de todos los procederes, porque irrumpe en ese espacio íntimo, profundo, interior que hemos dado por llamar “conciencia”. Y ante ella nada escapa. Es el fiel de la balanza, es el juez que todo lo dirime, es el punto de lo ecléctico llevado a su más sublime expresión de la obra (de lo fáctico), pero sobre todo de lo espiritual hasta caer en el terreno de lo ontológico. Como seres ganados a lo eterno nos mecemos en la cuerda floja de la realidad-real y de la abstracción, del “ahora” y del más allá, de la realización material en el espacio de lo real, y de la utopía o del no-lugar. El engaño y la manipulación van contra toda noción de lo ético, hasta posicionarse en el terreno del crimen. Quien falsea resultados científicos (o de cualquier naturaleza), por ejemplo, falsea consigo la propia realidad y atenta contra el Ser. Si la ciencia busca con afán perpetuar el “ahora” y sus indagaciones y resultados son asumidos por la comunidad global como “verdad”, el engaño rompe de manera abrupta con esta asunción, para instalarse en el terreno de la incertidumbre y de la duda. Quien falsea resultados científicos atenta contra la ciencia y su larga tradición epistémica, pero sobretodo lo hace (e incide) en el vórtice del bucle recursivo, que según el pensamiento complejo (que lo he explicado acá infinidad de veces) trae consigo el que los productos sean a su vez productores de sus propios procesos, y así hasta el infinito, generando avance, progreso y esperanza en toda la humanidad. Muestras de todo esto las vemos a diario, cuando nos asomamos al mundo a través de los medios y de las redes sociales: científicos que cambiaron resultados, que robaron muestras, que falsearon datos, que manipularon a otros seres sin los debidos procesos, que dieron falsos positivos o falsos negativos para incrementar su fama o para minimizar el yerro inherente a toda obra humana.

Pero la cuestión no se queda allí, ya que la dinámica planetaria nos empuja, con fuerza, a tomar partido por la vida en sí misma, por el respeto a todo “ser”, por el resguardo de las claves onto-ecológicas que nos aseguren la permanencia de la información genética de los constituyentes de la biosfera, más allá de nuestra inquietudes e intenciones cientificistas. En este sentido, la ética, como rama de la filosofía se reinventa día a día en medio de una vorágine tecnocientífica que supera los límites de la razón, para adentrarnos en territorios ignotos, inusitados e irreales al extremo del desvarío. La bioética se erige así en una noción ontológica, que busca sus referentes en el ser humano y en todo lo que le rodea: en sus acciones y en las consecuencias que su trajinar traen consigo. Manipulación genética, clonación, experimentación con animales, mataderos, vertederos de basura, trasplantes de órganos, depredación e hibridación son apenas atisbos de variables y realidades que nos deberían llevar a reflexiones profundas, que nos impulsen a su vez a plantearnos nuevas interrogantes en torno a la vida y las posibilidades salvíficas desde el corazón humano y, por supuesto, desde el quiebre de la razón ilustrada dado con la postmodernidad.

Precisamente es este quiebre paradigmático el que posibilita que estemos esta tarde en un espacio académico atisbando reflexiones sobre la existencia, y en torno de nuestras acciones. Sin la acción ni la voluntad de lo humano, no hay bioética posible. La bioética nace como reflexión humana en torno de la vida y frente a nuestra responsabilidad como co-creadores del planeta, y de todo lo que en él se desarrolla. El quiebre postmoderno permite el que esta tarde tengamos como conferencista a un científico quien desde su práctica en el laboratorio toma conciencia de su papel frente a la vida, y arguye y defiende posiciones éticas. El Dr. Ricardo Rafael Contreras disertará con el tema Bioética: reto de la postmodernidad. El colega y tocayo es Doctor en Química por la Universidad de Los Andes, profesor de Química Inorgánica y Filosofía de la Ciencia de la Facultad de Ciencias de la ULA. Ha sido jefe de cátedra y coordinador de postgrado. Profesor de programas de maestría y doctorado en Química, Educación, Ciencias Humanas, Desarrollo Agrario y Antropología. Es Miembro Correspondiente Estadal de esta Academia y es asesor de varias dependencias del Vicerrectorado Académico. Tiene numerosas conferencias invitadas, participaciones en congresos nacionales e internacionales y publicaciones en revistas especializadas, así como libros y monografías en química, epistemología, bioética y divulgación de la ciencia. Ha formado personal en pregrado y postgrado y pertenece al PEI-ULA. Tiene las condecoraciones “Dr. Rafael Chuecos Poggiolli” y “Dr. Mariano Picón-Salas”, ambas en su primera clase.

Dejemos pues que sea este disciplinado e incisivo colega, quien nos impregne del espíritu de la verdad de las cosas. Y digamos con el gran Octavio Paz, poeta y ensayista, en su obra maestra Piedra de sol: “-¿la vida, cuándo fue de veras nuestra?, / ¿cuándo somos de veras lo que somos?, bien mirado no somos, nunca somos / a solas sino vértigo y vacío, / muecas en el espejo, horror y vómito, / nunca la vida es nuestra, es de los otros, / la vida no es de nadie, todos somos / la vida…”

GRACIAS

Dr. Ricardo Gil Otaiza

*Profesor Titular (J) de la Universidad de Los Andes. Presidente de la Academia de Mérida.

 

 

 

 

 

 


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