Por: Dr. Carlos Guillermo Cárdenas D.

Discurso pronunciado el 20 de marzo de 2019 durante el Homenaje a Don Augusto Rodríguez Aranguren

Vuelvo a esta augusta y docta academia   en cumplimiento de la   noble misión encomendada. Vuelvo, ilustres académicos ante ustedes, para con ponderación, resaltar a un meritorio merideño, que a Mérida le escribió, a la ciudad le construyó, a su gente le ofrendó y como norma de vida a la amistad la honró. Un ilustre ciudadano y ejemplar padre, que levantó una familia de 12 hijos, profesionales egresados de la Universidad de Los Andes: Beatriz Consuelo, Otto José, Jorge Augusto, Rossina María, Juan José, Yolanda, José Luís, Narciso, Francisco Javier, Juanita Coromoto, Alejandro y Augusto. Contrajo matrimonio con doña Josefina Jáuregui Olivari en la casa habitación del doctor Camilo Anselmi Paredes en la vecina Azulita, para aquellos tiempos 1938, un pueblo rural de intensa actividad agrícola. Vino al mundo en diciembre de 1911.

Bautizado con el nombre de Augusto, como el título de los emperadores romanos, majestuoso y venerable, con la candidez de la niñez recorrió el camino de tierra desde “La Indiecita”, en la Aldea La Chorrera del Municipio Jají al vecino Ejido, acompañado de la mano paterna de don Narciso Rodríguez Carmona. De niño visitó la ciudad de Mérida en el alba del pasado siglo XX.

La inquieta mente juvenil, con deseos de superar los caminos difíciles de la época, lo llevó a instalar la primera tipografía en la avenida principal de Ejido. El doctor Carlos Edmundo Salas lo acompañó en la Empresa Editorial Salas y Rodríguez, adquirida en su totalidad años más tarde por D. Augusto Rodríguez. La distribución de gas doméstico para la región la asumió cuando los  hogares merideños  cocinaban con leña y carbón. Sus hijos fueron el pedestal para la creación de la Empresa Rodríguez Asesores Arsugas, que con el tiempo permitió a los merideños, tomarse el negrito caliente y la ducha con agua tibia.

La afición por la lidia del toro, en modestos y pequeños circos de pueblo construidos con empalizadas en los solares de D. Juan de Dios Araque y Julio Uzcátegui, comenzó con la adolescencia. La construcción de la propia plaza “El Toreo”, para un millar de aficionados, fue la continuación de los pequeños circos. Toreros  de renombrada actuación como los hermanos Girón y César Faraco constituyó un rotundo éxito. La afición por la fiesta taurina viene desde aquellos días.

D. Augusto funda la dinastía de los Rodríguez Jáuregui, con hijos y nietos toreros y rejoneadores de elegante estampa. La dinastía se extendió hacia la cría de ganado de casta, orgullo de la Venezuela taurina. Y para terciar la faena, llegó el restaurante de más abolengo y solera costumbre, Lusitano.

Narciso Rodríguez Jáuregui, el hijo abogado de D. Augusto, nos deleitará con la afición familiar a la lidia del toro.

Nuestro homenajeado conjugó armoniosamente las responsabilidades de padre afectuoso y exigente, afable y comprensivo, con la afición deportiva al fundar el equipo de fútbol que lleva, como epónimo, su nombre. Los hijos, los nietos y los empleados de las empresas, componen la oncena jugadora en la actualidad.

La lectura le permitió la vasta y amplia cultura. Con 21 años fundó el periódico “La voz de Ejido”; participó en el vocero “Granuja”; corresponsal del diario “Patria” de Mérida, fundado y dirigido por Eduardo y Roberto Picón Lares, que enaltecieron las letras; cronista del diario capitalino “El Heraldo” (1933) y redactor del semanario “Juventud” de Tovar (1935). Fundador del interdiario “El Observador” (1936),  de la revista “Caribay” (1939) y colaborador permanente de los diarios El Vigilante, Frontera y La Nación de San Cristóbal.

La obra escrita: “Altos en el camino” (1970), “Antonio Spinetti Dini”  (1951),  “El líder”, “Estampas de hoy y mañana”, “Sobre el surco” (poemas 1949), “Mérida, centro de atracción turística” (bosquejo histórico), “Hijos ilustres de Ejido” (discurso), “Bodas de oro” (discurso), “Ejido desde su fundación hasta nuestro días” (conferencia), “Anécdotas merideñas de antaño y hogaño” y “Andanzas de un taurino”.     

Ejido, la ciudad natal, fue el destino de su obra literaria. En la conmemoración del centenario de elevación a ciudad, 28 de febrero de 1978, pronunció densas palabras. “Que este homenaje, rendido con generosidad como para sobrecoger y exaltar nuestro orgullo y modesta significación, tenga una más vasta y más hermosa dentro de la fecunda y lisonjera dimensión del tiempo. Que este homenaje recaiga sobre los hombros múltiples del pueblo todo Ejido. Ese pueblo que en el próvido y armonioso concierto del músculo y la tierra, ha sabido rendir tributo a toda la entidad emeritense y a la gran patria venezolana”.

D. Augusto investigó e indagó sobre el nacimiento de Ejido, el Pueblo de la Guayaba. Ejido fue nombre de las ricas haciendas que fundaron los caballeros de Mérida en tiempos de la colonia española. Las fincas y haciendas establecidas en la vecina comunidad de Ejido, mientras que sus casas habitación estaban en la ciudad de Mérida. Familias de esclarecido linaje como lo expresó D. Augusto en la disertación centenaria.

La apología de D. Augusto Rodríguez Aranguren está inseparablemente vinculada a la ciudad de Ejido. Allí nació, creció, aprendió las primeras letras, vivió la candidez de la infancia, se hizo hombre de bien, se cultivó intelectualmente, escribió las primeras notas y apuntes, formó una numerosa familia y a pesar que a temprana edad se trasladó a la ciudad de Mérida, nunca perdió el vínculo fraterno con la ciudad natal.

“Escribir sobre Ejido, el viejo pueblo largo y cordial en que nacimos, sin olvidar el recuerdo de la niñez que en todos los hombres tiene alegres colores y  recuerdos. La Plaza de Abajo, Los Eucaliptus, la Pila sin agua, las rotas aceras donde se celebraron las incipientes corridas de toros y el mercado público; ni la de arriba, casi siempre sola, casi siempre oscura; ni las viejas calles empedradas, tan mal empedradas. Ni a Plácida la del mercado; ni a Heraclia la pordiosera; ni a Cayetano el de la sinfonía; ni a Mateo el de los voladores; ni tampoco los faroles a gas, los cuentos de la llorona, el policía de la peinilla y los poblados bigotes. Los disfraces de locos para el día de los santos inocentes, la romántica cabalgata de los Reyes Magos y la cívica de Semana Santa”.  

 En  “Anécdotas merideñas de antaño y hogaño”, publicado en 1975, el profesor universitario Libio Cardozo, en el prólogo, resalta el talento de D. Augusto para la escritura de anécdotas con un especial detalle, el humorismo, la picardía y la viveza criolla.

 Al referirse D. Augusto al mencionar a Don Rafael Antonio Godoy, el gran educador y maestro que por 56 años consecutivos regó la semilla de la instrucción en la mente de varias generaciones, plasma la anécdota picaresca del educador, cuando en la tertulia con los hombres más conspicuos de la ciudad, desde el presidente del Estado, el secretario general, profesionales y escritores, reta a la apuesta de una morocota de oro, que en los presentes hay una persona sin ropa interior. El Presidente del Estado, atónito, se muerde los mostachos y seguro de no perder, le acepta la apuesta. El auditorio guarda silencio a la espera del resultado. Pero D. Rafael Antonio Godoy, muy serio, exclama: ¡El que está sin interiores soy yo!.  

Añade D. Augusto, que en la última década del siglo XIX, el educador Godoy se desempeñó como Procurador en la ciudad de Rubio, Estado Táchira, ciudad que acogió a merideños como Bartolomé Febres Cordero y Gabriel Parra Picón, hijo de Caracciolo Parra y Olmedo el rector heroico, atraídos por la prosperidad de la región. La colonia merideña en Rubio fue anecdótica, pues entre otros personajes se contaba con el acaudalado hacendado Juan Vicente Gómez, quien   los sábados salía a Rubio. En las tertulias, el educador merideño llevando la voz campante con su talento y con su chispa, proponía sorteo para el pago del brindis con brandy, que usualmente recaía en el hacendado Gómez.

Con los años, el hacendado Juan Vicente Gómez llegó a la Presidencia de la República, el benemérito que gobernó 27 años. Don Rafael Antonio Godoy nunca explotó su amistad, pues siempre estuvo conforme con los modestos emolumentos que le proporcionaban los colegios y escuelas. Entrado en la senectud de la vida, sin salud ni recursos, le sugirieron que acudiera al General para paliar sus dolencias y achaques. Godoy se trasladó a Maracay en  el viejo Ford. El general lo recibió con los brazos abiertos y con las reminiscencias de la antigua amistad en Rubio. Al despedirse, el general le entregó un sobre cerrado  contentivo de billetes nuevos de banco, diciéndole: “tome esto para los cigarros y a su retorno vuelva a entrar para que nos despidamos”. Después de pasar unos días en la capital, D. Rafael Antonio Godoy, a su regreso, entró a Maracay como era la voluntad del general. Con la misma cordialidad lo recibió, y ya para despedirse, como si se le olvidara algún detalle, D. Rafael Antonio retrocedió y con mucha calma le comentó: ¡General, recuerde que usted me dio para los cigarros, pero se le olvidó darme para los fósforos!.  Días después de su regreso a Mérida, el educador sufrió de la infección de la fiebre perniciosa, causándole la muerte al llegar a Ejido.

Otra picaresca anécdota de Don Augusto Rodríguez sucedió con Hilarión Briceño, hombre bueno y ampliamente conocido en todos los pueblos del estado. Para aquellos tiempos, cuando era nombrado el nuevo Presidente del Estado, la gestión se iniciaba con la remoción completa del tren ejecutivo. El doctor Tulio Chiossone recién designado, hizo la reorganización de una particular manera. Los llamó al despacho con la exigencia que presentaran la renuncia. Don Hilarión, que venía desempeñando la gobernación (hoy en día prefecto) del Distrito Miranda, ante la exigencia, redactó la comunicación de renuncia, entregándole personalmente el pliego y con voz solemne le dijo: “Señor Presidente, le hago constar que en cerca de cuarenta años de servidor público, esta es la primera que renuncio a un cargo, y lo hago porque usted me lo exigió”.  El doctor Chiossone que tenía en mente destituirlo, al escuchar aquella inteligente salida, se levantó del asiento  y  extendiéndole la mano sobre el hombro, le espetó: “No se preocupe Hilarión, que lo voy a ascender”.

La última anécdota de Don Augusto Rodríguez aconteció con un eximio académico de esta corporación merideña. En la revolución de octubre de 1945, el académico para aquel tiempo bachiller, fue designado primera autoridad ejecutiva regional y el doctor Luis Felipe Barreto, para entonces estudiante de medicina, Director de Asistencia Social. El Br. Barreto se presentó ante el despacho del Br. Rigoberto Henríquez Vera, gobernador del Estado, con una factura de la empresa farmacéutica Colimodio: “Rigoberto, qué hacemos, la pagamos?”… El gobernador Henriquez Vera respondió con asombro inaudito: “Por suerte, Dios mío, hemos derrotado  a este gobierno tan despilfarrador, cómo es posible que haya invertido TREINTA MIL BOLIVARES, en una sola medicina en Colimodio”.   

Pero retornemos a  D. Augusto Rodríguez, el homenajeado en este singular acto que reúne a toda la familia Rodríguez Jáuregui, que a los largo del siglo XIX y lo que llevamos del XX, han estrechado lazos de fraterna y fecunda relación de hermandad. Don Augusto fue auténtico y genuino guayabero, la tierra de la jalea de la guayaba. En sus venas corrió la sangre de las familias fundadoras. El vetusto poblado, que más que poblado, fue el camino de recuas para llegar a la laguna de Urao de Lagunillas. El poblado apenas era una calle de entrada, con el paradero de las mulas y caballos, que aposentaban a la espera del próximo viaje de rigor. Al final, hacia lo alto del poblado, estaban las carnicerías, para llegar a la casa materna de Don Augusto.

La Chorrera, la finca de sus padres, vio las travesuras del niño que empezaba a mostrar talento y tesón para el desafío del tiempo. Ubicada en el alto de la Mesa de Los Indios, camino a Jají, transcurre el majestuoso río de aguas cristalinas, cantarinos como los ríos que abrazan la meseta de Tatuy. En aquel lecho de aguas, el niño Augusto aprendió, sin otro maestro que el misterioso encanto de la montaña, a rimar el verso y medir la estrofa.

Permitamos, señores académicos y distinguidos presentes a este acto, que Don Carlos Edmundo Salas, testimonio de las andanzas juveniles, nos relate aquellos días: “Cuando yo quiero soltar a esa que llaman “la loca de la casa”, a la siempre traviesa y entrometida imaginación para que nos presente, chapoteando agua en alpargatas, o en pura pata en el suelo, a un muchacho quinceañero allá en su casita blanca, descorriendo los palos del talanquero, para echar al corral un becerro retozón y fajarse, como los buenos, trapo en mano, a dibujar  más de un pase pinturero. ¡¿Y quién me va a negar que ese impaciente zagaletón, no hubiera podido ser el retoño que años más tarde, se doctoraba en tauromaquia en aquel Tovar, cuna regional de la fiesta brava, al lado del pontífice que ha sido siempre, el infatigable Don Luís Alipio Burguera Dávila?”.  

Más adelante, Don Carlos Edmunto Salas, añade: “Por los primeros años de bachillerato, Augusto pasó a saltos, sin afincarse en ningún peldaño. Se asomó por microscopios de la llamada “Universidad del Llano”, y fuera de eso, nunca tuvo a su alcance los venerables claustros de San Buenaventura. Y ello fue así, mejor sea decirlo, para fortuna de las letras vernáculas, pues, de haber traspasado el pórtico universitario, lo más seguro es que se hubiese malogrado la flor del poeta, marchitándose sin perfume, prisionero entre amarillentos y pesados textos de Derecho Romano”.

La formación intelectual de Don Augusto Rodríguez fue la de un niño inquieto, con la viveza de ingenio, que la providencia dota por azar, que de manera autodidacta, aprovechó de sus maestros el aprendizaje del verbo con soltura y la escritura con caligrafía.  El maestro de gramática fue Don Rafael Antonio Godoy, de quien, ut supra, hicimos mención. Las rimas y los discursos vinieron con la facilidad que Dios le dotó su moldeado cerebro.

Pero como agrega el doctor Salas, fue en el Ateneo de Ejido donde el joven Augusto encontró el ambiente propicio para su despertar literario y poético. Aquel Ateneo, que no era más que la tienda de ropa en la esquina principal de la Plaza Mayor, la tienda de Don Atilio Spinetti, el padre Antonio Spinetti Dini, el recordado Tonino Spinetti. ¡Qué mejor ambiente, qué mejor escenario para descubrir y cultivar las inquietudes intelectuales que con  Tonino, el insigne poeta que un doloroso y azaroso hecho terminó prematuramente con su vida. ¡La muerte es menos que el olvido, cuando se deja el nombre, al pie de un verso!. Antonio Spinetti Dini quedó inscrito al pie de esas vidas que se conjugaron en el tránsito terrenal. Fue allí donde florecieron las primeras letras que con armoniosa secuencia, plasmó las inquietudes poéticas. El “Breviario Galante” de Tonino fue como bálsamo que inspiró el despertar literario  de aquel  imberbe cerebro juvenil.

Permítanme ustedes leerles la carta que don Augusto Rodríguez me escribió desde aquella estrella que ilumina el cielo en noches despejadas:

Reflexiones de nuestros tiempos:

Quiero hablarles a ustedes, mis conciudadanos sobre la realidad que nos atormenta a todos. La realidad que no viene sólo desde que se instauró el modelo del presente siglo. Nuestra realidad viene desde que se instauró la democracia y con ella la inversión de los valores y la distorsión de conceptos. Más valor tenía el carnet del partido que la credencial de preparación para el desempeño eficiente de un cargo. Promesas incumplidas  y sueños no realizados caracterizaron a una democracia que frustró las esperanzas de un pueblo ávido de transformaciones y de cambios. Se votó no por el candidato más preparado sino el más agradable y simpático. Se pensó que como su procedencia era de los sectores más vulnerables, como la mayoría, que había sentido hambre y necesidades, estaría en mejores condiciones para hacerle frente a la triste realidad y solucionar los problemas más apremiantes. El carisma sustituyó a la formación y hoy padecemos las consecuencias. Se conquistó el poder, se buscó el beneficio personal y se olvidó de aquel pueblo que depositó sus anhelos de cambio y transformación. Un liderazgo que encantó con promesas incumplidas y que él era ese cambio. Que haría el país más fuerte social y económicamente. Pero, cuál es la realidad de los tiempos presentes, que estamos más pobres, con una hiperinflación asfixiante, con más violencia y más desabastecimiento, incontenible flujo migratorio de cientos de miles de jóvenes en la búsqueda de un futuro y sumergidos en una sociedad que ha retrocedido decenas de años.

¿Cuál fue la causa de ese fracaso que no permitió el desarrollo de un país moderno que resolviera los inmensos problemas de la población venezolana?. No se construyó verdaderas políticas que impulsaran el  desarrollo y bienestar colectivo. Se gobernó con decretos y retórica. Se gobernó con lo que aquellas masas querían escuchar y no con lo que debían escuchar.

Creció una generación que está sin rumbos, que está pérdida. No se inculcó valores  ni principios. Se sustituyó lo fundamental por lo banal. Se reemplazó la grandeza por la pequeñez. Se olvidó que la patria grande se construye con el esfuerzo de todos y cada uno de nosotros.

Al acercarnos al bicentenario de la muerte del Libertador, a sólo once años, ¿qué sentiría el irrepetible Bolívar de lo que acontece en la patria que él libertó?,  al ver la realidad del padecimiento de un pueblo al que cada día se le aleja más la solución a la escasez de medicamentos, a la falta de alimentos,  a la ausencia de una educación como él mismo la pensó: “moral y luces son nuestras primeras necesidades”. ¿Qué pensaría el Bolívar?. El Libertador no soñó con un país endeudado ni de corrupción. Soñó con un país decente y de ciudadanos. Soñó con una patria en libertad no en libertinaje. 

Pero, concluye Don Augusto Rodríguez Aranguren su carta: Una luz resplandeciente se aproxima en el camino.   Una esperanza nos llena de gozo. ¡Dios salve a Venezuela!.

Permítanme, ya para concluir, que las pinceladas del doctor Salas continúen  dibujando la figura del joven Augusto Rodríguez. A este relato semblanza de Don Augusto Rodríguez lo esencial,  le falta el color de la vida, el aroma de café y el sabor de la miel.

La biografía como género literario es incompleta, es inconclusa, como la obra inacabada de los grandes escultores del renacimiento florentino, si le falta el complemento que no lo da ni el color ni el sonido de las palabras. Para imprimirle vida al discurso, es imprescindible entrar en las entrañas de los seres que rodean al bibliografiado. Alcanzar a lo más íntimo que es una simbiosis de sentimientos y pesares, de triunfos y alegrías, de éxitos y fracasos.  Recuerdo las palabras de mi profesor de clínica propedéutica y clínica terapéutica, Carlos Esteban Chalbaud Zerpa, vaya allá, donde está la razón de la vida, el quehacer de nuestros desvelos, la esperanza de nuestros sueños. El doctor Carlos Edmundo Salas lo define como el lugar donde se “teje el encaje de la vida con madejitas de color remojadas en lágrimas y sudor”.

Y para cumplir con el compromiso que mi afectuoso amigo Chicho Rodríguez me encargó, con la aquiescencia de sus hermanos y hermanas, entremos a la casa de sus hijos, donde palpita ese órgano situado en el mediastino anterior y, dicen que es el centro de todos los sentimientos: El corazón.  Entremos al corazón de la familia. Don Augusto llevó una vida hogareña ejemplar, apegado a los principios éticos, de vida religiosa y cristiana, responsable como padre y esposo, compartía con gozo las ágapes familiares. Sus hijos lo describen como el papá cariñoso, afable, comprensivo, pero también exigente. Deleitaba la parrilla argentina, aderezada de los implementos culinarios de la cocina criolla. Deleitaba de un buen escocés. La predilección por los dulces caseros era inocultable. 

Disfrutó las tertulias y las serenatas,  caballista con especial afición de los caballos de paso, apasionado del balónpie como deporte favorito. La filantropía con inmensa calidad humana la practicó con devoción. Fundó y mantuvo hospicios y comedores para muchachos de la calle y ancianos menesterosos. La mano generosa tendida al pobre le acompañó en su ciclo vital.

José Manuel Quintero Strauss, en el vigésimo quinto aniversario de la muerte de don Augusto (9 de mayo de 2004), escribió: “Sembró buena semilla, regó simientes que sus frutos ahora cosechan  con orgullo  la numerosa prole que gozan de la estima general”.

Reflexión final: El punto por donde pasó un hombre, ya no está solo. Únicamente está solo, de soledad humana, el lugar por donde ningún hombre ha pasado. Las casas nuevas están más muertas que las viejas, porque sus muros son de piedra o de acero, pero no de hombre. Una casa viene al mundo, no cuando la acaban de edificar, sino cuando empiezan a habitarla. Una casa vive únicamente de hombres, como una tumba. De aquí esa irresistible semejanza que hay entre una casa y una tumba. Sólo que la casa se nutre de la vida del hombre, mientras que la tumba se nutre de la muerte del hombre. Por eso la primera está de pie, mientras que la segunda está tendida. César Vallejo. 1884-1885.

Invocatoria:

Señor Jesús, hoy tu palabra como nunca nos da señales claras que estamos en el camino correcto. Con la desbordante participación del pueblo venezolano en las marchas, se ha demostrado al mundo de qué lado está la razón. Y la razón siempre está al lado de la verdad y tan sólo la verdad nos hará libres.

Perdónanos señor si estamos errados, pero hoy sentimos que tu mensaje nos orienta en el camino correcto. Ese camino, lo estamos encontrando con el joven diputado, en quien el pueblo comienza a depositar toda la confianza y la esperanza, para que volvamos por el camino de libertad y democracia, crecimiento económico, ascenso social y creación de empleo.

Impártenos vuestra bendición, para que ese camino, que se está transitando con gran valor por las causas justas, se impregne de las acciones que los pueblos luchan por alcanzar la libertad. Bendice esta tierra que ha profesado el evangelio con devoción y con convicción. Este pueblo gallardo y bregador, desde la madre que levanta a sus hijos con el alba del día para enseñarle el camino de la vida, hasta el campesino, que con sus manos callosas, siembra la semilla para el fruto que deberá recoger. 

Al retorno de mi maestría como cardiólogo en el Instituto del Corazón de Texas, Houston (1979), habité a cuatro casas de la suya. Un mes compartimos como vecinos. A su biblioteca personal acudí en dos ocasiones por especial invitación de D. Augusto, biblioteca que constituyó el motivo de sus andanzas literarias y poéticas. La mostraba orgulloso de lo que allí atesoraba.

Una dolorosa afección acabó con la vida de aquel hombre que dejó gratísimos recuerdos para la Mérida de estos tiempos. El 8 de mayo de 1979 falleció en la ciudad de San Cristóbal.

Imponente despedida de las colectividades emeritenses y ejidenses se hicieron presentes en el sacrosanto. Desde el campesino y el labriego más humilde hasta el merideño de más estirpe,  ofrendaron el último adiós a Don Augusto Rodríguez.

El recuerdo perenne de Don Augusto Rodríguez quedará inmortalizado en esta Academia de Mérida. Será depositaria de sus reflexiones y sus sueños. De su andar por los caminos de los páramos y valles merideños. De ese páramo adusto que dialoga con Dios como Moisés, de ese sombrío ventisquero, esfinge a la que en vano se interroga, pensativo monarca del desierto,  en su mudes se ahoga todo alarde de humano desafío, en palabras del poeta trujillano Régulo Burelli.

Aquí perdurará su imagen y su pensamiento, como heraldo de estos tiempos, para anticipar lo que acontecerá, la gloria de Venezuela de los tiempos presentes y futuros.

Gracias, de verdad gracias, por la paciencia de escucharme.

Gracias a todos.

20 de febrero 2019


Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

A %d blogueros les gusta esto: