Por: Dr. Luis Ricardo Dávila

… pues pensar y ser son lo mismo. Parménides, siglo V a. de C.

el espíritu no puede alcanzar su perfección como espíritu autoconsciente antes de haberse completado en sí, como espíritu del mundo. Hegel, 1807

El futuro es el origen de la historia. AB, 2000

I–       Recuerdo

A veces cuando se escribe atravesado por el estupor emocional que produce una partida inesperada e innecesaria hacia la eterna noche, hay que conjurar esas tormentas íntimas que enceguecen con dolor lo que se quiere decir. Y, sin embargo, escribo con gusto en memoria de nuestra vieja amistad, lleno de gratitud para con mi maestro, paisano y compañero en aventura intelectual. ¡Ah, creo que no le olvidaré nunca! Le oigo aún en nuestros días y noches fraternales; le escucho aún entrando al aula de clase, haciendo sonar su profundo verbo, su infinita indagación, hacienda gala de su vertical figura, siempre presto a dejar sus huellas en el espíritu de quienes éramos párvulos estudiantes. Corrían los maravillosos años 70, comenzaban a romperse paradigmas sobre la condición petrolera de la economía venezolana, empezaban a utilizarse nuevos instrumentos teóricos para la investigación económica e histórica. Nos sorprendía ver la importancia de los hechos económicos en el proceso histórico venezolano.

Era necesario aferrarse a nuevas herramientas metodológicas y a nuevas miradas sobre cómo había transcurrido el siglo nacional y el papel que el negro mineral tenía allí. Una interrogante marcaba la pauta: ¿por qué en el país del petróleo tan poco se sabe, tan poco se indaga, sobre nuestra condición petrolera, sobre los efectos del rentismo petrolero, sobre el estado y la sociedad, sobre las consecuencias psicológicas, políticas y éticas de aquella condición? El punto de partida era saber que no sabíamos nada, o que lo poco que sabíamos era distorsionado y no del todo exacto. Se le había dejado a la clase política construir su propia narrativa petrolera, sin contrapartida de las ciencias sociales que apenas se asomaban al fascinante tema. Asistimos, acaso sin saberlo, al renacer de la economía política clásica bajo su tutela, en esta ocasion para estudiar y comprender la condición petrolera y rentista de la economía y la sociedad. Él, recién regresado de su periplo británico, llegaba a su alma mater abrasado por un afán de mirar fijamente a lo infinito de la cosa, por obedecer a sus más íntimos resortes que tenían en el asiduo preguntarse por los genuinos hitos del pensamiento económico universal un abrevadero importante. Quizás, durante mis años de estudiante en la Facultad de Economía de la Universidad de Los Andes, era el mejor de mis amigos y el maestro con quien no solo coincidía de manera más sensible y más humana en la comprensión de los problemas de la Venezuela moderna. sino también en la reflexión intelectual que a lo largo del tiempo cultivé bajo su cobijo de manera admirable. Resultado: una amistad sin dudas ni secretos que no lograron destruir los años ni las distancias. Una amistad, como le gustaba recordar siguiendo a Epicuro, que no era otra cosa que el supremo ardid de la sabiduría para apoyar la vida.

De  mirada  semidulce  y  semiirónica  sonrisa,  estaba  impregnado  de  pensamiento,  de sabiduría. Pocos hombres tan profundos en su indagación he conocido. AB poseía, más allá de la ciencia y de las matemáticas, una sensibilidad literaria aguda que se fue revelando en el curso de su vida madura. Para comprender la naturaleza, los mecanismos y juegos del poder acudía a Shakespeare (“la compañía de Shakespeare me ha prodigado de mil maneras, las circunstancias que la vida me regaló a lo largo de estos años”), en sus disertaciones económicas recurría a metáforas prestadas al verbo poético, por ejemplo, de Antonio Machado (“Solo el necio confunde valor y precio”), o de San Juan de la Cruz (“En una noche oscura”, de la economía política venezolana). Su verbo era particularísimo. Hablaba como si estuviese escribiendo. Era gallardamente teatral. Con su dicción y sus gestos pudo haber imperado en las tablas; pero aquel indagador sonoro no representó sino la propia tragicomedia de su vida, de su ciencia y de su enseñanza: “he sido profesor toda la vida– acostumbrado por gusto personal y por decisión íntima ser académico”.

Yo le vi en mil instantes. Hombre jovial, compañero risueño, de voz pausada y parsimoniosa, sutil narrador de anécdotas, madrugador impenitente y descubridor de espejismos pero solo para aniquilarlos. Hombre de ciencia y sabiduría a quien, como al viejo Publio Terencio Africano, nada de lo humano le era ajeno (Homo sum, humani nihil a me alienum puto, así nos amonestaba en sus clases). Cero imágenes invertidas o juicios acomodaticios y distantes, la realidad había que asirla intelectualmente y en lo que a la vida económica de las sociedades se refiere, realidad arisca por excelencia, había que domarla con los números, con las series estadísticas, con fórmulas de donde no tendrían escape, con la perspectiva histórica (“¿cómo trasladar el tiempo homogéneo del mundo natural al terreno de lo económico, que es de suyo histórico?”). Todo lo cual practicaba ceremoniosa y escénicamente, a punto de que su simple entrada al aula de clase o a la sala de conferencias era un espectáculo. Poco amigo de hacer visible y retórica su superioridad mental, con actitudes y aspavientos. Por el contrario, era sencillo, galante con sus pares, cruel en frases acres contra obtusos juicios. Dejó una gran obra, pues tuvo en su espíritu una llama genial. La originalidad de AB entre los grandes pensadores de este tiempo, no solo venezolano sino universal, ha consistido en convertir nuestra finitud, nuestro particularismo, en fundamento de nuevas certezas. Al poner en manos de sus lectores su Teoría Económica del Capitalismo Rentístico: Economía, Petróleo y Renta (1997), lo deja bien claro: “si algo se me permite decir con relación a él es que, teniendo el caso de Venezuela como último objetivo, su dimensión es universal”. En este texto, su pensamiento daba cuenta, pues, del mundo viejo agrícola, ya condenado, así como del nuevo mundo, que apenas se enunciaba.

Se vale de lo estrictamente venezolano, de su condición petrolera, para aportar categorías y análisis a la evolución del capitalismo. De la mano de Smith (“quiero reconstruir el camino que siguió para llegar a la idea del mercado”) y de Marx (“la lectura del Capital de Marx me había causado una fascinación que no cesa”), nos legó una auténtica pintura de la historia del capitalismo, constancia evidente de los tiempos en que pernotó. Sin temor a adentrarse en las horcas caudinas de la metafísica especulativa de Hegel se le hizo palpable –reafirmando– la naturaleza histórica y el historicismo de la economía política: “Lo cierto es que me había emergido una idea que nunca abandoné desde entonces, y es la de que mi disciplina era una ciencia de suyo histórica. Me surgían, por consiguiente, nuevos imperativos conceptuales así como nuevos ámbitos de indagación”. De la Antropología Pragmática (1798) de Kant se le hizo claro que “el más importante objeto en el mundo es el hombre”. Y, acaso lo más importante, del pensamiento antiguo clásico, de los griegos, de los Sofistas, de los Epicúreos, de Parménides, de Aristóteles, aprendió que pensar y ser son lo mismo. Todo esto lo trajo generosamente a sus cátedras: “Occidente y el pensamiento”, “Sabiduría para el liderazgo”, “Pensamiento económico universal”, “Teoría económica avanzada”.

No permitió que la ideología todo lo borrase, como había ocurrido con el pensamiento económico anterior, cuando la teoría de la dependencia y el subdesarrollo servían de comodín para ocultar todas nuestras debilidades y para endosarle nuestros atavismos históricos a circunstancias externas y, por tanto, ajenas a nuestra propia naturaleza. A quienes recibimos sus enseñanzas nos hizo dejar de continuar sin ver nada o de verlo de manera inexacta y distorsionada. Difícil seguir echando mano a una acomodaticia naturaleza humana, o a una razón superior o esencia, a un funcionalismo, o a la adecuación imperialista, para examinar la cosa. ¿Con qué objeto escribir libros de economía o de historia, que bien pueden ser manuales de moral, y que ciertamente no lo son de filosofía o de teoría económica? Pues porque un saber es un poder: el saber de AB se impone y se nos impone, posee, sin embargo, su límite: cada valorización de la voluntad de saber, o cada práctica discursiva es prisionera de sí misma, y la historia universal no se teje sino con estos hilos. Si el individuo es hijo de su tiempo, con mayor razón también lo es el pensador. No es posible escapar a la propia época, desear hacerlo es como pretender saltar sobre su propia sombra. De allí entonces que considerase al futuro como el origen de la historia: “Historia y futuro. Me obligo a escribir estas dos palabras como con cierta disyunción, mientras que en mi pensamiento las intercambio con total fluidez”. No podría ser de otra manera porque la filosofía o la ciencia no son sino el pensamiento de su época, son su propio tiempo escrutado, captado, dilucidado.

Vaya cadena de enlaces y consecuencias. El presente lleva el porvenir en su seno; el futuro podría leerse en el pasado; lo remoto está presente en lo próximo. Asdrúbal lo pone en estos términos: “no albergo dudas de que los hechos adquieren su carácter de históricos únicamente cuando demuestran que han cargado el futuro de consecuencias, de significaciones, de planes, de fines y propósitos”. La prudencia antigua se le había vuelto hábito personal, amén de otras formas y cualidades. La redacción de sus libros iba apareada con notas de lecturas filosóficas que habían impactado su pensamiento, los diarios personales también le fueron afines (“Llevé un diario en extremo meticuloso; no hubo un día que no mereciera una nota, un comentario, una simple referencia para no olvidarlos”). Toda esta disciplina cumplía a cabalidad una función: la de una labor de sí sobre sí mismo, la de una autoestilización que no permitía dejar cabos sueltos. Los libros de AB no son, literalmente, libros de un historiador, pero sí tienen por segundo programa y responden a ser un completo inventario en el tiempo. ¿Qué son sus Bases Cuantitativas de la Economía Venezolana sino eso? Ahora bien, digo más, digo que Asdrúbal se volvió historiador particularmente de aquellos puntos en donde el pasado encubre la genealogía de nuestra actualidad (“El tiempo histórico, fue entonces y por años hacia atrás y hacia adelante, un tema que me ocupó horas interminables”). Con esto en mente, el placer de escribir, de trabajar y de enseñar bastaban para acotar toda clase de desbordamiento. Intuyó, adivinó, proclamó lo que faltaba. Vió en las señales de crisis de un mundo viejo, paupérrimo y atrasado, los signos de ese mundo nuevo que desde 1914 pugnaba por abrirse espacio.

Este personaje elegante, dotado de clarividencia, era valiente, inflexible, tan cortante como irónico. Era consciente de la hostilidad y de los celos que inspiraba a su alrededor, pues era un psicólogo muy lucido de las personalidades mediocres. Tendría sus miserias y sus fobias, como todo el mundo, sus astucias, su lado espléndido, demostró que era capaz de afectos y de amistades sólidas y apasionadas. Era un interlocutor rápido cuya presencia se imponía sin ambages ni dobleces. Cortés y educado con todos, no pontificaba ni se mostraba condescendiente con falsedades o con posturas intelectuales fatuas. Asdrúbal fue siempre y en todo momento él mismo, auténtico como ningún otro, modelado desde dentro, prescindiendo de las convenciones propias de cada círculo intelectual o social, lo cual no dejaba de incomodar a sus interlocutores quienes por veces intimidados se preguntaban con quién estaban tratando. Toda esta cotidianidad surgía con naturalidad en él. Fue un maestro del pensamiento, maestro de la palabra. Acuñaba lacónicamente frases aún no completamente asimiladas por la inteligencia nacional, con toda la intensidad y ánimo del caso: “la renta del petróleo no es el futuro del país, pero sin la renta del petróleo no tenemos futuro”.

II–     Despedida

Que la memoria está ligada estrechamente con las despedidas, pareciera obvio. Consistiría en pensar que después de un breve instante, el instante de una vida, siempre tan imperceptible para nuestros sentidos, comenzamos a cambiar la conjugación de los verbos. Nos debatimos así en la vivencia de múltiples lugares de temporalidad, de las más variadas aventuras, hablamos de lo que fuimos, de lo que somos y sobre aquello que seremos. Nuestros afectos se alteran frente a este corte en el tiempo, frente a esta serie de ausencias. ¿Qué más puede ser un recuerdo sino lo que queda de la experiencia vivida? Sin embargo, ¿acaso lo único que puede quedar después de una despedida es el recuerdo? Se me hace que no. Por eso estas páginas no son realmente una despedida, sirven más bien como punto de partida para lo que hasta ahora fue su proyecto de pensamiento, devolverle a la economía política venezolana la capacidad de pensar concretamente, pero también sirven de afecto, de amistad y agradecimiento para quien supo compartir uno de los tesoros más preciados por los seres humanos: el conocimiento y sus formas más preclaras de producirlo.

La partida hacia la noche de las noches no se reduce a un tema, ni a un escrito. La experiencia de este viaje es ante todo un acontecimiento que irrumpe en el pensamiento y en la vida misma. A estas alturas de mi despedida, gotas de sudor bordean mi frente, las palabras se quiebran, siento que se inicia el proceso de una conversación silenciosa. El tiempo compartido, mi querido Pita, que abarcó hermosas décadas, siempre será parte de mi propia experiencia de vida y de mi incurable memoria doliente. Siendo tú un hombre de pensamiento, de ilustre y rica amistad, estoy seguro estás cabalgando en estos momentos hacia la tranquilidad del alma. Por eso me ordeno no estar triste, solo retendré los momentos dichosos compartidos y te sonreiré donde quiera que hayas ido. Allá nos encontraremos en un lugar donde nunca estuve. En especial, ahora que has dado el paso culminante: del ser viviente a la memoria inmortal.

¡Qué mejor que despedirte con nuestro amado Dante!, entre los seres humanos más completos que haya existido, interesado por todo y para quien todo se convertía en pasión. Ese mismo ser puso en su Paraiso a Siger de Brabante, quien oponía verdades filosóficas a las verdades de la fe, en tiempos en que esto era inadmisible, encendiendo todas las polémicas universitarias del caso, diciendo de él: Esa e la luce eterna di Sigieri, Che leggendo nel vico de li strami, Sillogizo invidiosi veri. (Esa es la luz eterna de Sigiero / que, enseñando en el barrio de la Paja, / silogismo verdades envidiadas).

Luis Ricardo Dávila, Miembro de la Academia de Mérida.

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