Dr. José Gregorio Hernández

Por: Dr. Fortunato González Cruz

El escudo de la Universidad de Los Andes incorporó la cita bíblica “Initium sapientiae timor Domini” que encaja como en pocas otras personas en el Venerable Dr. José Gregorio Hernández. Su vida y su obra quedan subsumidas en el Salmo que invita a la humildad, a vencer la arrogancia en quienes creen dominar la totalidad del conocimiento, y los invita a abrir su inteligencia en el amplio e infinito horizonte de la ciencia precisamente para, como lo dijo en su controversia con el Dr. Luis Razetti,  “el adoptar las Academias Científicas tal o cual hipótesis como principio de doctrina, lejos de favorecer, dificulta notablemente el adelantamiento de la ciencia”. Es lo que hoy señala la corriente científica del pensamiento complejo: la necesidad de romper con paradigmas inamovibles que paralizan el avance del conocimiento y proseguir en la búsqueda en los vastos campos de la duda.

Mal podría Hernández en aquellos años de la eclosión del positivismo negar el principio de la evolución, que por supuesto admite, pero en armonía con la idea de Dios. Dijo en la Universidad de Caracas lo siguiente:  “Ella concuerda perfectamente con la verdad filosófica y religiosa de la creación, a la vez que explica admirablemente el desarrollo embriológico de los seres vivos, la unidad de las estructuras y la unidad funcional de los órganos homólogos, la misma generación espontánea nada tiene opuesta a la creación pues muy bien puede admitirse que reunidos convenientemente los cuerpos minerales que han de constituir el cuerpo vivo, Dios concurra para animarlos”. Años más tarde, un científico y teólogo contribuyó al conocimiento de la antropología tanto como Hernández al de la bacteriología: El padre Teilhard de Chardín, cuya vida y obra marcó un antes y un después en la relación entre ciencia y fe, recreada más recientemente en la Encíclica Laudato Si del papa Francisco. José Gregorio Hernández leía el pequeño gran libro “Imitación de Cristo”  de Kempis que comienza con esta frase: “Todo hombre naturalmente desea saber; mas ¿qué aprovecha la ciencia sin el temor de Dios?”. Cervantes pone el Salmo en boca de Don Quijote en sus consejos de gobierno a su escudero con estas palabras: “Primeramente, ¡oh hijo!, has de temer a Dios, porque en el temer está la sabiduría.”

El siglo XXI ha comenzado con la reafirmación de la condición humana como valor, la dignidad inherente al ser humano, la universalidad de sus derechos y su centralidad en una antropología radical y a la vez comprometida con la tarea de cuidar la casa común. Seguramente el Dr. José Gregorio Hernández estaría de acuerdo con esa visión totalizante del pensamiento cristiano que compromete y responsabiliza al ser humano y a la humanidad entera con la caridad y con la ética ambiental, es decir, con el cuidado de sí mismo y del planeta. El significado de este desafió es enorme porque obliga al desarrollo de la inteligencia, a sumir la responsabilidad del conocimiento, a esforzarse en el trabajo productivo y a vivir intensamente, apasionadamente, en medio de este Valle de Lágrimas, para construir una sociedad cada vez más humanizante.

Para no desfallecer en medio de los grandes desafíos que ha significado, significa ahora y lo será por siempre, vivir en medio de la felicidad y la desdicha, de alegrías y tristezas, se requiere el cultivo de los valores, la práctica de la virtud y el cumplimiento del definitivo mandato de Jesús: El amor. “Amaos los unos a los otros como yo os he amado”.” Hasta entregar la vida si es necesario.  José Gregorio Hernández lo dijo con estas palabras: “El más hondo fundamento de la Medicina es el amor. Si nuestro amor es grande, será grande el fruto que de él obtenga la Medicina y si es menguado, menguados también serán nuestros frutos…”  Extrapolando la oración, debe ser así en la investigación, en la docencia, en el sacerdocio, en la función pública, en el productor, en los oficios, en el estudio, en todo. Y nuestro Venerable lo asumió en grado heroico. Escribió a su amigo Santos Dominici lo siguiente:

“He decidido cerrar este Diario hoy. Han pasado siete meses desde mi salida de Caracas a la montaña, pero los he sentido en mi espíritu y en mi existencia con el peso de siete milenios. Hasta agosto del año pasado tenía yo de la vida un criterio apolíneo, rodeado como estaba de amigos de elevada y densa erudición, que desbordaban mi orgullo en aquellos ambientes de refinada elegancia donde el respeto, la dignidad y las buenas maneras se daban la mano con el arte en todas sus manifestaciones.

Ignoraba yo que el crecimiento espiritual valedero está reservado a seres excepcionales, a individuos tocados por la gracia de Dios, pero no para el deleite en solitario, inaccesible a los no elegidos, sino para abrir caminos de redención a la mayoría del común, que víctima de la ignorancia, la miseria y la injusticia, se degrada por las demandas urgentes de la sobrevivencia, y sin poder ir mucho más allá de sus instintos y de las exigencias esclavizantes de los sentidos, entrega su alma al mejor postor, cuando no al enemigo.

Salí de la Universidad reconfortado espiritualmente, colmado de sueños, creyéndome dueño de mí mismo, pero de estos muy duros siete meses de mi estada en la montaña, y de las decisivas siete horas de mi ascenso al páramo, iluminado por la Luz divina, recojo otra visión de los hombres, con sus desgracias, su estrechez mental, su aplanada y confusa espiritualidad y sus muchas desviaciones, producto de sus tinieblas y de herencias nefastas. Siento que de esa triste realidad que no veía, emerjo ahora transfigurado, herido mortalmente por ella, dispuesto a echarme sobre los hombros la cruz nada liviana de entregar mi vida a su redención por la mía propia, dispuesto a desnudarme de la mortaja de la mundanidad y el egoísmo, que nos hace muertos entre muertos, para ir hacia Dios hasta donde me alcancen las fuerzas del cuerpo y del espíritu.”

En su libro “Elementos de Filosofía” expone los fundamentos de su vida y de su obra:

Ningún hombre puede vivir sin una filosofía. La filosofía es indispensable para el hombre, bien se trate de la vida sensitiva, de la vida moral y particularmente de la vida intelectual”…“…publico hoy mi filosofía, la mía, la que yo he vivido; pensando que, por ser yo tan venezolano en todo, puede ser que ella sea de utilidad para mis compatriotas, como ha sido a mí, constituyendo la guía de mi inteligencia…Esta filosofía me ha hecho posible la vida. Las circunstancias que me han rodeado en casi todo el transcurso de mi existencia han sido de tal naturaleza que muchas veces, sin ella, la vida me habría sido imposible. Confortado por ella he vivido y seguiré viviendo apaciblemente. Más si alguno opina que esta serenidad, que esta paz interior  de que disfruto a pesar de todo, antes que a la filosofía, la debo a la Religión  santa que recibí de mis padres, en la cual he vivido y en la que tengo la dulce y firme esperanza de morir: Le responderé que todo es uno.”

La fragua fue Isnotú, un pequeño pueblo de unas pocas  casas la mayoría de bahareque y techos de paja, en un hogar formado por una pareja de enamorados que había dejado las tierras calientes de Barinas para escapar de la barbarie de la guerra federal. Padre y madre amorosos con numerosa prole, de una fe sencilla e inquebrantable, puestos  en manos de un Dios que ama, fortalece y apoya, antes que condena. Buenos ejemplos ellos en el trabajo y en la formación de los hijos, en la alegría de vivir y con claridad en los mecanismos de formación a base de amor, sustento diario y buena educación. Fue bautizado en Escuque por el padre Victoriano Briceño y confirmado en 1867 por el Obispo de Mérida monseñor Juan Hilario Bosset.  No escatimó su padre en poner al niño en manos de un buen maestro, luego en la escuelita de Betijoque y ya adolescente en el Colegio Villegas, de los mejores de Caracas. Se gradúa de Bachiller en Filosofía en 1884. Estudió Medicina en la Universidad Central de Venezuela y se graduó con notas sobresalientes 1888.

Se traslada a Isnotú a ejercer su profesión entre los suyos, quienes preferían al yerbatero y al brujo que al médico hasta que olían la muerte. Atendía pacientes en Betijoque y en los campos aledaños y visitó Valera, Boconó y subiendo el Páramo, Mérida y San Cristóbal. Fue una dura experiencia que de la que aprendió mucho. Aprovechó el tiempo en aquel rincón trujillano para leer viejos libros de un baúl y los que le enviaban sus colegas y amigos de Caracas y allí, en aquel pueblito, aprendió francés, inglés, alemán, italiano y portugués. Dedicó tiempo a diversas actividades como la promoción de obras y servicios como el acueducto, el mejoramiento de los servicios de salud. Ya el sastre dueño de la pensión caraqueña le había enseñado corte y costura y a confeccionar sus trajes, y tocaba el piano y el violín.

Luego de un año de ejercicio en su pueblo y aledaños recibe una beca para estudiar en Paris. Sus viajes de estudio lo llevaron a Nueva York, París, Berlín, Madrid, Roma y otras grandes capitales. En 1904 ingresa como Individuo de Número a la Academia Nacional de Medicina como uno de sus fundadores, y ocupa el Sillón XXVIII. Intenta ser Cartujo y sacerdote, pero su carisma era servir a Dios mediante el ejercicio de la medicina, profesión en la que fue además de atender a sus pacientes un acucioso investigador y un sabio docente.

Del viaje a Mérida dio cuenta en varias cartas a su amigo Santos Dominici y relata el duro ascenso del páramo, el intenso frío y la sobrecogedora soledad de aquellos paisajes. Llegó a Mérida en los últimos días del año 1888 y pernoctó en la casona de la Hacienda La Isla. Visitó la Universidad merideña que vio atrasada en los estudios de matemáticas y medicina y muy buena en derecho, asistió a la fiesta de fin de año que ofreció el entonces gobernador del Gran Estado de Los Andes y bailó con las educadas y elegantes damas merideñas y compartió con los que calificó como cultos habitantes de esta ciudad, de la que salió dos días después hacia San Cristóbal. Tenía intenciones de quedarse a ejercer su profesión en Colón.

¿Qué elementos confluyen en José Gregorio Hernández en la modelación de su carácter? La situación económica de su familia era modesta pero sin carencias básicas, lo que le permitía satisfacer las necesidades esenciales, vivir con relativa holgura y cubrir gastos como en la buena educación de los hijos. Un piso básico económico es esencial, como lo reconoció José Gregorio Hernández en esta frase: “… la mayoría del común… víctima de la ignorancia, la miseria y la injusticia, se degrada por las demandas urgentes de la sobrevivencia, y sin poder ir mucho más allá de sus instintos y de las exigencias esclavizantes de los sentidos, entrega su alma al mejor postor, cuando no al enemigo.”

Con casa propia; unos padres amorosos, honrados y trabajadores; hermanas y hermanos con quienes jugar, estudiar y compartir, y relaciones con un entorno de amigos, vecinos y allegados, la niñez de José Gregorio Hernández estuvo plena de amor, de buenos ejemplos, de enseñanzas, y de cosas malas de las que también se aprende. Destaco la religiosidad en su casa, la fe sencilla y la práctica cotidiana de la oración. Su madre muere el 18 de agosto de 1872 cuando José Gregorio tenía 8 años, y queda bajo los cuidados de su tía paterna María Luisa. De su padre Benigno recibe la lección del trabajo honrado y disciplinado, y un buen ejemplo de ejercicio de autoridad sin atropellos. De su madre Josefa su ternura, la enseñanza religiosa coherente, sin fisuras. De ambos el ejercicio de la caridad. Benigno se casa cuatro años después de enviudar con María Ercilia Escalona Hidalgo con quien tuvo seis hijos. En Caracas vivió en una pensión y luego en su casa de La Pastora con algunos de sus hermanos, hermanas y sobrinos.

Otros elementos claves en la conformación de la personalidad de José Gregorio Hernández eran su humildad, su alegría,  y el riguroso respeto por las formas. En estas virtudes seguía a Kempis en “Imitación de Cristo”, como también en no juzgar ni condenar a nadie. Tuvo amistad con ateos, como su gran amigo Luis Razetti; protegió y fue maestro de agnósticos como Rafael Rangel, y médico de pacientes prostitutas como las pobres mujeres con enfermedades venéreas de Caracas y jamás tuvo un reproche y menos una condena, porque su lección de amor, su talante servicial, su autoridad moral y sus virtudes personales eran más que suficientes para con su ejemplo llamar al examen de las conciencias. Con sus alumnos y discípulos fue severo y comprensivo, y combinaba la teoría, la experimentación, la investigación y el ejercicio práctico de los conocimientos. Sus colegas, alumnos y amigos agregan otras virtudes: su bondad, su generosidad y una permanente actitud respetuosa.

Otro factor del desarrollo de la extraordinaria personalidad de José Gregorio Hernández fue su intensa actividad que no dejaba espacio al ocio, pero si a la diversión. Muy activo, muy curioso y con una inclinación natural a la reflexión. Le gustaba conversar, leer, tocar el piano, pintar, ir a fiestas en las que bailaba con todas las muchachas y hasta el amanecer. De vez en cuando un coñac. En fin, una existencia intensa, disciplinada y servicial.

¿Sacrificó su vida en función de una pretensión de santidad? El ¡no! es rotundo. No se propuso ser santo, ni tampoco sufrir grandes sacrificios ni restricciones. Su opción fue vivir conforme a los valores y principios que cultivó en grado heroico, en su cotidianidad y en las circunstancias que le correspondió vivir, en un país dominado por un dictador, plagado de enfermedades, e inmensamente pobre. Fue opositor de la dictadura pero no enemigo de Gómez, combatió la inmoralidad pero no fue enemigo de los pecadores, fue crítico de la mediocridad pero jamás ofendió a los ignorantes. Un poco como monseñor Miguel Antonio Salas. ¿De dónde sacaba tanta fuerza para mantener sus virtudes en grado heroico? ¡De la oración y de la caridad! El constante y permanente contacto con Dios mediante la oración y la caridad. La caridad volcada al servicio de los demás en tres dimensiones: la atención de los enfermos, la investigación científica y la docencia.

La coherencia entre pensamiento, conocimiento y acción produce en este ser excepcional su admirable personalidad. El Dr. Francisco Antonio Rísquez nos ayuda a comprenderlo con sus palabras, dichas ante la noticia trágica de su muerte: “Yo no pude nunca penetrar en aquella psicología, ni alcancé jamás a descubrir los secretos de aquella ecuanimidad imperturbable. Yo le veía recorrer, con incansable actividad, el intrincado laberinto del mundo, sin comprender qué fuerza le guiaba o sostenía; pero sabiendo, sí, que sus caminos eran los de la virtud y su norte la Eterna Bienaventuranza.”

Dr. Fortunato González Cruz, Individuo de Número de la Academia de Mérida, Sillón No. 6.

Discurso pronunciado en la sesión ordinaria de la Academia de Mérida el día 26 de junio de 2019 con motivo del Centenario de la muerte del Venerable Dr. José Gregorio Hernández.

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